Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 2
Editorial
El alcance de la mente
La confrontación falaz
humanidad-naturaleza
Darwin y la decoloración del mar: marea roja y FAN
Las catarinas, guardianas de huertos y jardines
Cómo controlan la erosión las las raíces de las plantas
El manejo ecológico de los suelos
Periodo de ablactación en el mono araña
Obesidad: más que un problema de peso
Obesidad y disfunción sexual
El intruso no toca a la puerta
Open acces: ¿conocimiento para todos?
Nanociencia y nanotecnología
Nanorrobótica
Una mirada escéptica al mundo extraterrestre
CUENTO / Clovius en Yusímedes
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Teano y la ciencia pitagórica
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
En contra de nosotros mismos
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Cuento: Clovius en Yusímedes

Ronald Gerardo de Jesús

Nos despedimos del gracioso encargado de la mina, de forma cordial y a las risotadas, y procedimos a subirnos al Croistant. Yo deseaba desaparecer tan rápido como pudiera de este apestoso planeta, al cual nos habían mandado para recoger muestras de minerales y piedras preciosas. El cargamento estaba en pleno orden; pesaba como trescientos cincuenta kilos terrestres, aunque en la atmósfera de Yusímedes parecía mucho más liviano. Como fuera, necesitábamos del maldito Croistant para atravesar la infernal selva lluviosa del planeta, famoso en todo el universo por estar sumergido en un diluvio perpetuo.

Mi nombre es Toilbart y trabajo en el transporte minero y de otros materiales por diferentes partes del universo. Odio este planeta Yusímedes y no tengo idea de por qué le dieron ese nombre. En el planeta original, la Tierra, son buenos para inventar nombres tontos. Pero permítanme explicarles que la atmósfera de este planeta es un grave problema para la salud de un ser humano, por lo que necesitábamos usar constantemente el traje espacial por la atmósfera fétida y llena de hongos, bacterias y todo tipo de venenos. Pero lo peor eran las lluvias y tormentas constantes, aparte de la vegetación enorme y densa.

Por eso necesitábamos el maldito Croistant, que describiré brevemente. Es una especie de tanque de guerra alargado, pesa una tonelada y es tremendamente ruidoso, pero se desplaza fácilmente por la selva gracias a las orugas que tiene por ruedas. Hace un ruido tremendo, que se multiplica por la densa atmósfera del planeta, y es todo un espectáculo verlo moverse a través de la vegetación inmensa, por los agujeros que hay por todos lados, y por el fango que quién sabe qué clase de bacterias y microbios alienígenas contiene.

Tengo que explicarles un poco más esa lluvia. Cae ahí todo el tiempo en forma de torrentes que vienen del cielo, y los relámpagos son terribles y constantes, uno cada treinta segundos en promedio, según mis cuentas, y son espectaculares en verdad, y para nosotros, trabajando en este ambiente, más bien molestos.

Olvidaba decirles otra característica sumamente importante del Croistant: tiene dos incómodos asientos, uno detrás del otro. Yo conducía, y mi amigo Kardipsto, un gordito de feo carácter, iba detrás, siempre resoplando en mi nuca porque el espacio es muy reducido ya que hay que dejarlo casi todo para la carga. La forma del Croistant está diseñada especialmente para el ambiente del planeta, pues, al ser estrecho, puede atravesar estos terrenos tan difíciles y llenos de hoyancos.

Bueno, regreso al principio. Era una noche terrible como siempre y caía una tremenda lluvia. De regreso a la base con nuestro cargamento a cuestas, nos introdujimos en la jungla y empezamos a atravesarla. Claro que aquello era espantoso, sólo soportable por mineros experimentados como nosotros. Yo me rascaba mi gran nariz mientras veía el camino por las pequeñas ventanillas. Poco era lo que veía, pero era suficientemente desagradable, con esas plantas enormes que nadie había bautizado todavía y que también eran un problema, pues a muchos les había averiado el carro, teniendo que salir a reparar los daños que causaban en las orugas. Creo que de esas salidas afuera, en esta lluvia terrible, provenía la leyenda.

Y es que en Yusímedes, con su gran diversidad de formas de vida –si bien casi todas ellas inofensivas–, también han surgido leyendas, como en todo planeta. Aquí se habla sobre todo de entes con capacidad de control psicológico que pueden hacerlo a uno alucinar. Eso sería suficiente para mantener alejados a la mayoría de los mineros, pero la plata es la plata, como decimos nosotros, y aquí estábamos en una aventura más.

Hoy no estaba de muy buen humor; a cada rato me rascaba la nariz y me jalaba las cejas, deseando fervientemente salir de ese
infierno lluvioso. Cada rayo era parte de mi conteo, que ya sumaba 534, para no hablar de los hoyos terribles, de los cuales ya nos habían tocado seis, uno de los cuales por poco voltea nuestro carro. Es parte de los peligros y por eso nos pagan muy bien. Hasta ahora la experiencia adquirida me ha mantenido a flote, pero mi compañero, aunque no era tan novato, sí era muy torpe.

Pues bien, decían que cuando uno salía del Croistant se encontraba a veces con formas de vida más avanzadas, que sólo jugueteaban alrededor de uno y no causaban mayor problema, excepto por su curiosidad. Pero también había una entidad llamada Clovius, que nos ponía a todos los pelos de punta. Desde que se acercaba, se sentía su influencia sobre la mente de uno; era como un cosquilleo en el cerebro que se acompañaba de ruidos tenebrosos, parecido al que hacen las puertas viejas cuando resuenan en los oídos. La cuestión es que Clovius se acercaba cada vez más hasta que su presencia se le clavaba a uno en la espina dorsal como un cuchillo afilado. Casi todos preferían quedarse tranquilos esperando que se fuera, pero los que se habían atrevido a verlo cara a cara no lo habían podido contar porque el ente destruía su mente al hacer realidad las más terribles pesadillas. Uno tenía una alucinación tras otra, hasta que la mente perdía por completo la cordura. Bueno, esa era una simple leyenda de las muchas que hay sobre el espacio y su vasta soledad.

Y bien, aquí íbamos atravesando la jungla. Unos treinta minutos más y estaríamos en la base, listos para descargar y lanzarnos de vuelta al espacio, dejando atrás este planeta. El asunto es que, de repente, se trabaron las ruedas del vehículo en un montón de porquerías yusimedianas y tuve que salir. En mi mente rondaban las leyendas, pero no hice mucho caso y descendí. El gordito no me iba a servir para nada en esta situación, así que lo dejé en el carro durmiendo, como siempre. Hay que ser justos con el gordito, era bueno para la minería y para encontrar rocas extrañas que luego resultaban muy útiles en la Tierra, tanto para la investigación científica como para el intercambio financiero. Pero tenía esa jueputa maña de quedarse dormido todo el camino, sin que importara lo que ocurriera.

Y aquí estaba yo, bajando del transporte y mirando el paisaje. De improviso, un animalejo se apareció. Sus ojos verdes relucían en la oscuridad. Entonces sobrevino un relámpago, y yo, enceguecido, apenas pude ver cómo saltaba detrás de un arbusto. Saqué la pistola de rayos y disparé inmisericordemente, arriba y abajo, a derecha e izquierda, aunque sólo le di al arbusto. Al acercarme, noté que el dichoso arbusto era un hongo gigantesco que olía a fango, petróleo o no sé que cosa. Estoy acostumbrado a estos extraños hongos, aunque éste era muy peculiar puesto que era azul y con bolitas rojas; de hecho, se podría decir que era hermoso a pesar de su fétido olor. Del animalejo sólo encontré unos restos, parecidos a una madeja de pelos teñida con un líquido verde en lugar de sangre, por lo que regresé al Croistant despreocupadamente.

Estaba allí quitando los pedazos de vegetación de las orugas, y ya estaba por terminar, cuando de repente me invadió un miedo terrible y me acordé de la leyenda. Era como tener un dolor punzante en la espalda, para no hablar del intenso dolor de cabeza y el silbido en los oídos. Seguí trabajando tratando de no hacer caso, pero la presencia era cada vez más palpable. Yo soy valiente, así que terminé mi trabajo y me dispuse a salir de debajo de las orugas para ver qué diablos sucedía. Por supuesto, no había nada. Era sólo mi imaginación. Así que subí a ese remedo de tanque de guerra y seguí avanzando.

Pero aquí los problemas apenas comenzaban. El maldito gordo estaba despierto, no sé por qué, y yo podía ver su cara por el espejo retrovisor. Me fastidiaba cuando roncaba, pero esta vez fue peor verlo ahí, despierto, porque sus ojos no eran normales. Cuando segundos después volví a verlo por el retrovisor, pude percatarme del espantoso gesto que adquiría su cara. Los labios le
temblaban y su color tenía un mal aspecto. También se movía en exceso y hacía ruidos esponjosos.

Yo seguí adelante, como buen profesional, pero la cosa se ponía cada vez peor. El gordo temblaba cada vez más y hacía más ruidos. Ahora parecía hablar un raro idioma y sus saltos en el asiento habían aumentado. Además empezó a lanzar gases en forma continua.

“Tranquilo –me dije–, que ya pronto acaba esto”. Faltaban quince minutos para llegar, cuando un rayo tremendo cayó iluminando
toda la cabina, y fue entonces que lo vi realmente. El gordito tenía una cara casi verdosa, los ojos estaban desorbitados y se quejaba constantemente. Pero yo seguí adelante, que al fin ya estábamos cerca.

Pero ya ustedes saben cómo es el miedo. Se me empezó a meter por la espalda, y aumentaba con cada maldito rayo. Seguía viendo al gordito por el retrovisor, quien parecía empeorar cada vez más. Mi nerviosismo también se agravaba, y por eso caíamos con más frecuencia en hoyos cada vez más grandes mientras la tormenta empeoraba. Al cabo de unos minutos, era ya rayo tras rayo y la cara de mi compañero adquiría un aspecto de muerte. Y yo con mi miedo, porque me estaba acordando del condenado Clovius. A lo mejor se había metido a la cabina aprovechando que no había dejado cerrada la puerta, aunque nunca oí de un Clovius capaz de abrir una puerta, ya que se decía que eran bastante estúpidos y que sólo servían para matar de miedo a la gente y hacer que sus cerebros explotaran.

El gordito me empezó a picar la espalda porque al parecer me quería decir algo. Eso aumentó mi miedo. De pronto, por el resplandor de otro rayo, lo vi como no lo había visto nunca, y la cara de espanto de mi compañero en el retrovisor me reveló la verdad: ¡lo había poseído el pinche Clovius sin duda alguna, y quién sabe si no vendría ahora por mí!

No lo pensé mucho –así de duro y bronco es el viajero espacial– y me lancé sobre él metiéndole el cuchillo hasta el fondo, donde más dolía. Dio unos cuantos grititos y, por fin, mi compañero dejó de existir y de molestar. Mi miedo disminuyó mucho una vez que acabé con él, que era la causa de todos mis males. Creo que me excedí un poco en mi violencia porque dejé residuos por toda la cabina, pero así son las cosas en el espacio y nadie se espantaba de ello. “Ahora sí, todo en orden”, pensé. Ya tendría alguna forma de explicarle a los jefes lo que había pasado: el tipo se había vuelto loco y no tuve otra alternativa que matarlo después de un altercado. Por eso me apresuré a rasgarme un poquito el traje, alborotarme el cabello y hacerme unas pequeñas heridas en la cara para dar la impresión de haber estado en una pelea.

La cosa es que llegamos a nuestro destino. Uno vivo y otro muerto, pero al fin llegamos. Mis compañeros me recibieron en la base con mucha algarabía. Todo iba bien hasta que se fijaron en el asiento trasero del vehículo. Entonces todos se me quedaron mirando asombrados.

Me preguntaron por mi compañero y dije lo que tenía planeado decir, pero su cara de asombro no desaparecía. “Oye, amigo –me
decían–, es que no sabes lo que has hecho”. “¡Pero si sólo fue un accidente!”, respondí. Por fin me convencieron de que me asomara a la cabina y me di cuenta entonces de lo que había pasado. Lo que estaba ahí atrás no era el gordito sino una masa informe y maloliente, llena de garras y erupciones verdosas y ambarinas, para no hablar de sus espantosos dientes. De los ojos no quedaba nada, si es que los había tenido alguna vez.

De mi compañero no se supo más, pero yo había matado al maldito Clovius. Pronto se constató que era una entidad malévola terrible, capaz de poseer psicológicamente a sus víctimas y de mimetizarse en sus cuerpos. Yo fui el primer hombre que mató a uno de ellos, pero hay miles por todo el espacio esperando un descuido nuestro.

Ojalá que esta lectura no lo haga desistir de su próximo viaje a Marte, donde corre el rumor de que hay muchos Clovius. Después de todo, ¡quién sabe cuántas otras cosas horribles ronden por allá, en la negrura del espacio!