Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 2
Editorial
El alcance de la mente
La confrontación falaz
humanidad-naturaleza
Darwin y la decoloración del mar: marea roja y FAN
Las catarinas, guardianas de huertos y jardines
Cómo controlan la erosión las las raíces de las plantas
El manejo ecológico de los suelos
Periodo de ablactación en el mono araña
Obesidad: más que un problema de peso
Obesidad y disfunción sexual
El intruso no toca a la puerta
Open acces: ¿conocimiento para todos?
Nanociencia y nanotecnología
Nanorrobótica
Una mirada escéptica al mundo extraterrestre
CUENTO / Clovius en Yusímedes
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Teano y la ciencia pitagórica
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
En contra de nosotros mismos
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

La confrontación falaz humanidad-naturaleza

José David Lara González

Existe una confrontación que históricamente ha permeado a distintas sociedades alrededor del mundo y que es muestra de la elaborada separación entre lo comúnmente reconocido como humano, cultural y social, y lo asumido como naturaleza o medio natural; se ha establecido una distancia considerable entre ambas esferas y se ha querido ver una divergencia entre ellas. Dicha confrontación ha sido tan fuerte y manifiesta, tan impactante, que ha orientado las actitudes y acciones de mucha gente, ha generado controversias y servido de sustento para la ruptura entre el medio social y el natural, considerados en consecuencia como diferentes y alejados entre sí.

Esto resulta más claro cuando vemos que tal situación ha favorecido comportamientos individuales y colectivos con los que hemos contribuido a la grave condición que hoy enfrentamos, entre grandes retos a nuestra supervivencia, hábitos de consumo desbocados, agotamiento de recursos, deterioro socioambiental sin precedentes y alto riesgo de entrar en un callejón sin salida, ya no sólo para las generaciones futuras, sino también para una gran parte de la humanidad del presente, haciendo así muy reales algunos supuestos del maltusianismo.

Vivimos hoy una crisis mundial, crisis en el nivel y calidad de vida de las mayorías y crisis de los ecosistemas, ya sean naturales, inducidos o construidos. Es la mayor crisis socioambiental que el mundo ha soportado y que hasta el momento no tiene solución, al menos una lo suficientemente seria o siquiera factible. Es una crisis que no distingue entre clases sociales, grupos humanos, regiones o países y que nos involucra y afecta a todos, dado que todos somos habitantes de este único ecosistema global: nuestra “casa azul sideral”.

La confrontación humanidad-naturaleza

Tal confrontación consiste en que el quehacer del ser humano carece de toda vinculación con la naturaleza; se considera a ésta como algo exterior, ajena al ser humano; esto es, se ve al hombre como algo diferente y muy distante del mundo natural, y a la naturaleza como un medio que rodea a aquél, pero de quien no forma parte intrínseca, lo que conlleva confusión y una serie de problemas. Intentaremos establecer por qué ésta es una visión insostenible y al mismo tiempo una equivocación engañosa que implica elevados costos y peligrosos resultados.

El hombre es un ser natural y su esencia es parte de la propia naturaleza. La naturaleza no está hecha de cosas sino de elementos animados e inanimados, donde caben los inmateriales. La naturaleza no sólo es fuente de “recursos”, según se le percibe constantemente, sino vida y fuente de vida; la naturaleza contiene vida y es capaz de soportarla, de alimentarla. También es capaz de limitarla y de terminarla en una espiral evolutiva donde la propia muerte es natural y necesaria para iniciar nueva vida y nuevas formas de ella. Como una forma o expresión particular de la vida, emerge el ser humano mucho después que otras numerosas especies. Rememoremos la retardada aparición del humano sobre la Tierra. Hablando en términos geológicos, acabamos de nacer. Sí, somos “planetariamente” unos recién nacidos, lo cual no carece de importancia.

Son comunes dos posiciones, a saber:

a) Centrar la importancia de la evolución en el ser humano, reduciendo la correspondiente al medio natural, lo que da origen a una interpretación antropocéntrica.

b) Centrar la importancia de la evolución en la naturaleza, desplazando lo humano a un segundo plano, lo que ha generado la interpretación geocéntrica.

En la confrontación que exponemos hay, sin embargo, una tercera posición menos conspicua:

c) Generar la bipolaridad antropocentrismo-geocentrismo y asumir que esta perspectiva es excluyente de las otras, o sea, que es la única.

El antropocentrismo posibilita la idea de que la naturaleza se encuentra por fuera del ser humano, que conforma un medio donde puede moverse y desarrollarse, pero que no está dentro de él. Entonces, dadas sus facultades pensantes y otras habilidades, el ser humano puede declararse no sólo como diferente de las demás especies, sino como la mejor de todas, la única que tiene, por ejemplo, una visión tridimensional del tiempo (pasado-presentefuturo). Retroalimenta los deseos y la imaginación de que puede desligarse, desentenderse y doblegar a la naturaleza, incluso a la misma parte de la naturaleza que bajo ciertas circunstancias llega a concebir como elemento constitutivo de sí mismo. Lucha contra los elementos naturales buscando la seguridad de las regularidades de una vida apartada del entorno natural, no las sorpresas inesperadas, así como la liberación de sus necesidades y ataduras al mismo entorno. Sincrónicamente, lucha contra la parte natural que contiene en su interior intentando ser menos sujeto de instintos y reflejos calificados como “salvajes”, los que identifica como provenientes de la parte “animal” que lo integra, considerando lo animal como algo inferior y quizás indeseable, lo que indicaría que no ha cruzado por distintos estadios de civilización, porque ser bárbaro es algo indeseable en nuestro medio y cultura. Los bárbaros son los “otros”, no nosotros. El bárbaro adquiere las características de la “otredad”; si lo fuéramos, no formaríamos parte, digamos, de la sociedad moderna, y quedaríamos fuera de los procesos globalizadores y del desarrollo social. Pocos quieren quedar excluidos de tales “consensos”, y por ello se tiende a ver al bárbaro como distinto y lejano a nosotros y se le mantiene a distancia, asignándole cualidades “naturales” para el mundo de los bárbaros, a los cuales, por ser diferentes de nosotros, se llega a temer y a considerar un problema para el progreso. Así, la humanidad ha intentado ubicarse por encima de los caprichos de la naturaleza y lograr así su libertad y satisfacer sus necesidades y gustos cada vez más independizados de la naturaleza: esta es una primera forma de presentar el divorcio naturaleza-humanidad.

Sin embargo esto es erróneo, ya que la humanidad, hasta hoy, no puede vivir fuera de este mundo, puesto que todo lo material (y buena parte de lo inmaterial) que requiere para su sobrevivencia, desarrollo y reproducción social e individual, proviene de la naturaleza. Por ende, esa liberación del mundo natural no es factible y el alejamiento del hombre de lo natural es forzado, costoso, engañoso, una perspectiva fantasiosa, un autoengaño, una utopía inviable.

El geocentrismo es la consideración que pone por delante a la naturaleza y descalifica al hombre. Se concede una importancia suprema a lo natural y se califica lo humano como defectuoso de origen, como desprestigio, como si todo lo humano fuera sucio, mal hecho, inacabado, resultado de aquella desobediencia que facturó el llamado “pecado original”.

En esta percepción lo natural es lo mejor y no hay competencia con la hechura humana, que es imperfecta por definición. Pero lo humano puede ser perfectible a través del tiempo; así, pasamos de la etapa de baja calidad de lo humano a otra “superior” de alta calidad. Nos vamos perfeccionando a cada paso.

Se presume que la naturaleza es la fuente de la verdad y de todo valor, de lo bueno y de lo importante. Se toma a la naturaleza tanto por su realidad como por su verdad. En cambio, se plantea lo humano como fuente de error; la cultura y la sociedad descomponen y corrompen lo puramente natural con que venimos al mundo: el ser humano nace limpio y puro y el bien anida en él; después, la sociedad lo descompone, introduce el mal en ese ser prístino y lo conduce finalmente a denostar la sociedad; quienes sostienen tal postura exigen el derecho de “retornar” a lo natural, inclusive huyendo de la sociedad para vivir en una especie de isla, a salvo de los demás humanos corruptos, como si la sociedad fuera una especie de peste. Esta es, pues, una segunda forma de presentar el divorcio naturaleza-humanidad.

El geocentrismo es también histórico. Con base en esta forma de asimilar nuestra evolución es que se ha querido ver en la naturaleza la raíz de todas las bondades, y en la humanidad el venero de todas las maldades. Esto se llega a expresar con las frases: “la naturaleza es sabia” y “la historia de la humanidad es la historia de la infamia”. Esta segunda versión es tan equivocada como la primera. La naturaleza no es más ni vale más que lo humano: humanidad y naturaleza son uno mismo e inseparables. La bondad y la maldad son consideraciones filosóficas no aplicables a entes no humanos: una planta, una ballena o una roca no contienen bondad o maldad, a no ser que aceptáramos un “animismo” irracional e inconducente.

La tercera posición de la confrontación es crear la bipolaridad antropocentrismo-geocentrismo, lo que supone la única forma de plantear la evolución de nuestro mundo. Esta tercera posición incluye a personas a favor del antropocentrismo y a otras en pro del geocentrismo, pero también a algunas en una ubicación intermedia que trata de conjuntar ambas esferas y de hallar el equilibrio justo entre ellas, sin privilegiar a ninguna, toda vez que concebir la existencia de estos dos polos es ya un error. No hay tales polos, lo que existe es un todo complementario, un sistema integrado por elementos eminentemente naturales, así como por elementos humanos o provenientes de la hechura humana: lo humano es naturaleza y la naturaleza no se concibe sin lo humano (al menos dentro del planeta), sin dejar de aceptar que la naturaleza no requiere de lo humano para ser. En otras edades, la naturaleza era sin la presencia humana, y es posible que siga siendo si es que la especie humana llega en algún momento a extinguirse. Pero lo humano, para ser, necesita de la naturaleza, al menos hasta ahora. Cabe preguntarse cómo sería la existencia de lo humano sin la naturaleza, e incluso qué sería de esa parte de la naturaleza que está dentro de nosotros en un universo ajeno a ella.

Sin embargo, esta tercera posición va más allá, puesto que no tan solo se nutre de la bipolaridad y se retroalimenta de la misma; según esta perspectiva, si no detectamos esos polos no avizoraríamos una salida para nuestro presente y futuro. Pero este es un planteamiento cerrado, sesgado y sofístico del problema socioambiental de que tratamos. Al no existir dichos polos no estamos obligados a reconocerlos para intentar una o varias soluciones. Por lo tanto, lo que tenemos que encarar es superar dialécticamente la confrontación entre el ser humano, sus culturas y sociedades, y la naturaleza, reconociendo por fin su unicidad.

Superación de la confrontación

La confrontación aquí esbozada tiene una amplia repercusión e importancia, según puede deducirse de lo señalado; por lo tanto, es patente la necesidad de deshacer este entuerto histórico y desde diferentes aristas replantear su finiquito o cuando menos intentarlo. Tenemos que comprender a fondo la confrontación y hacernos sus portavoces. Debemos darnos a la tarea de resarcir el daño por medio de un compromiso con la ambientalización del problema. De diferentes modos y haciendo acopio de distintas estrategias, es menester trascender el entorno y declarar que tal confrontación es insostenible. Se necesita romper con los mal apostados preconceptos, prejuicios y elementos ideológicos que la soportan (posibles obstáculos epistemológicos) y hacer ver los equívocos que la alimentan.

Debemos recordar que nuestra propia designación de hombres proviene directamente de una raíz del prontuario de la naturaleza, humus, que significa literalmente “tierra”. Hombre es así el que está hecho de tierra. La tierra es natural y por ende la propia denominación del hombre nos lleva a considerarnos naturales. A veces esto se olvida o pasa desapercibido, es obviado o negado por el orgullo del ser humano acerca de su racionalidad exaltada, moderna y prepotente, donde solemos abatir ese alto valor, humanizado y humanizante de la humildad, otro vocablo proveniente de la misma fuente: humus; pues humildad es lo que está al nivel de la tierra, lo que se pone a ese nivel. Ser humilde es entonces ponernos en el mismo plano de la tierra, de lo natural. Somos seres telúricos (de tierra, de la tierra).

Para el lector interesado

Aledo T., A. y Domínguez G., J.A. (2001). Sociología ambiental. Madrid: Grupo Editorial Universitario.

Jacorzynski, W. (2004). Entre los sueños de la razón. Filosofía y antropología de las relaciones entre hombre y ambiente. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Porrúa.

Leff, E. (2004). Racionalidad ambiental. La reapropiación social de la naturaleza. México: Siglo XXI.

Toledo V., M. (2003). Ecología, espiritualidad y conocimiento. México: UIAPNUMA.

Torres C., G. (2006). Poscivilización: guerra y ruralidad. México: Universidad Autónoma de Chapingo-Plaza y Valdés.