Revista La Ciencia y el Hombre
Enero•Abril
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 1
Editorial
El fascinante mundo de los olores
Del amor y otras adicciones
Secretos para aprender y comercializar
Los virus de las influenzas: viejos conocidos
Dengue: el bueno, el malo y el feo
El aguacate: benéfico en padecimientos cardiovasculares
El reto de la conservación y el desarrollo comunitario rural
Explorando la laguna de Alvarado
Darwin y el cambio climático
Pelos, dientes y garras: nacidos para devorar
Un lindo gatito: impacto de una especie invasora sobre la biodiversidad
La basura electrónica: computadoras, teléfonos celulares, televisiones
CUENTO / Lanza en la tierra
ENTREVISTA / Dora Trejo Aguilar: asociación de beneficio mutuo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Anne Paulze Lavoisier y el nacimiento de la química moderna
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
La champaña que llegará del espacio
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Los virus de las influenzas: viejos conocidos

Enrique González Deschamps,
María del Pilar Bada Pérez y Beatriz Torres Flores

Se ha vuelto común en la actualidad –y lamentablemente hasta costumbre– que debido a los adelantos científicos y tecnológicos en las ciencias de la salud los médicos tratemos las consejas como falsedades, cuando, paradójicamente, al transcurrir del tiempo sea la misma ciencia y la tecnología las que vengan a comprobar que aquellas eran verdaderas.

La población general que desconoce la presencia a lo largo de la historia de los virus causantes de la influenza, escucha y lee sin comprender la nomenclatura médica con la que se les bautiza, lo que actúa como un elemento más de alarma porque da la impresión de que nos enfrentamos a algo inédito en los anales de la historia de la medicina.

Es conveniente resaltar que la palabra virus proviene de la palabra latina empleada para “jugo o veneno”, y que se comenzó a usar en 1590 con la idea generalizada de que la enfermedad era el efecto de haber ingerido algún veneno. Todavía hoy se discute si los virus son seres vivos en una aceptación biológica estricta, ya que requiere robar varias de las funciones vitales de las células que infectan. Empero, la ciencia médica ha descubierto partículas proteicas que producen enfermedad en los animales y en los seres humanos, a las que se conoce como “priones” (del inglés pro - teinaceus infectious particle). Ellas son las causantes de diversas enfermedades en los humanos, como la encefalitis espongiforme, y en el ganado bovino el padecimiento conocido como “síndrome de las vacas locas”.

La palabra influenza es de origen italiano; sinónimo de gripe, es empleada desde 1899. Con el tiempo ha habido rectificaciones a los nombres asignados a las epidemias por parte de las instancias correspondientes; sin embargo, debemos ajustarnos a la terminología aprobada; incluso en el C D C y la Organización Mundial de la Salud es frecuente el uso de siglas que no están apegadas a las normas.

Empecemos ahora por expl icar qué quiere decir “A ( H 1 N 1)” . La letra A designa la especie viral; la inicial H, la hemaglutinina, compuesto que permite al virus adherirse y penetrar en las células que infecta, lo que le permite replicarse; el número 1 indica que es la primera de las diecinueve especies que existen; la letra N es la primera letra de las enzimas llamadas neurominidasas, que determinan la liberación del virus de las células infectadas y que facilitan su penetración a otras células, a las que infectan logrando con ello su diseminación; por último, el 1 final indica que es el primero de los nueve tipos que hay de tales enzimas.

Es, pues, una nomenclatura de carácter neutral, completamente técnica, que evita cualquier reminiscencia emocional o la satanización a algún país o animal, como el cerdo; si bien este animal es un interlocutor muy importante en el proceso biológico del virus, se evita su referencia para no causar estragos a la industria porcina.

Se supone que la mala nutr ición, la pobreza en general, las condiciones de vida inadecuadas y la escasa higiene son factores que favorecen la virulencia y mortalidad de este tipo de influenza, aunque realmente se desconocen con certeza médica sus causas.

En la fase terminal aparecen neumonías atípicas que son la causa de su letalidad. Las mujeres embarazadas son proclives a enfermar gravemente.

La actual pandemia A ( H1N1) empezó en México, por lo que fuimos injustamente estigmatizados en el extranjero y hubo una verdadera alarma y muestras de discriminación, especialmente los países que comparten sus fronteras.

Pese a lo anterior, es necesario aclarar que no se tienen pruebas fehacientes de que el debut del virus haya sido en México, y posiblemente fue aquí donde solo se propagó.

Lo que se olvida frecuentemente es que estas epidemias son viejas conocidas y que no han dejado de presentarse a lo largo de la historia. La única diferencia estriba en que actualmente la ciencia médica puede identificar el tipo de virus y su agente transmisor, pero ya Sócrates dejó testimonio, en el año 412 a. C., de una epidemia que afectaba al aparato respiratorio y que probablemente era muy parecida a la actual. El historiador Tito Livio también escribió relatos médicos de una patología semejante. Hay registros de que durante la Edad Media hizo su aparición una enfermedad que se acompañaba de síntomas similares, con alteraciones de las vías respiratorias altas, que alcanzó el grado de epidemia y que provocó una gran mortandad no solamente de seres humanos sino también de animales.

Respecto de la ocurrida en 1918 no se conocía la causa, que fue posteriormente descubierta por dos investigadores ingleses en 1933: sir Christopher Andrews y Wilson Smith. Estos investigadores, tras pasar el exudado de vías respiratorias de animales enfermos de moquillo a través de un filtro que detiene todas las bacterias pero permite el paso de los virus, y aplicar el material infectado a otros animales, constataron que enfermaban también; así, quedó demostrada en forma incontrovertible la presencia del virus.

La peor epidemia de este tipo ocurrió en 1918 y se le llamó “influenza española”, a pesar de no iniciarse en ese país; a su diseminación mundial contribuyeron los ejércitos que participaron en la Primera Guerra Mundial, los que regresaron a sus países de origen portando muchos de sus soldados el virus. Se desconocen hasta la fecha las dimensiones de la gran mortalidad que ocurrió en el mundo a causa de dicha epidemia, aunque algunas estadísticas conservadoras citan que llegó a provocar la muerte de alrededor de 50 millones de seres humanos; tan sólo en la India hubo 18 millones de muertes, y nuestro país se vio también severamente afectado. En 1968 hubo otra severa epidemia por el virus aviar: la gripe de Hong Kong, que causó muchas víctimas.

Al iniciarse la epidemia A(H1N1), observamos con tristeza la falta de coraje de muchos integrantes del personal médico –sobre todo pasantes– que, afortunadamente en escaso número, abandonaron sus funciones en esos días aciagos, temerosos de un supuesto contagio y de la muerte, aunque era ya evidente que existía una leve posibilidad de epidemia, actitud ética y moral muy lejana a la adoptada por los doctores Carlos Ubari, experto de la OMS, muerto en Vietnam por la gripe aviar, y Mathew Lukwiya, víctima del virus del Ébola en Uganda, por citar solo dos casos.

Se ha observado que la mayoría de las personas que contraen este virus son adultos jóvenes, dato desconcertante que amerita una mayor investigación. En efecto, la población más afectada en México fue la de entre 20 y 50 años, sin que se observara la prevalencia de algún género.

La comunidad científica teme que el virus A ( H1N1) puede sufrir mutaciones adicionales que lo hagan más peligroso aún y haya una elevada mortalidad, motivo por el que las autoridades sanitarias deben estar en permanente vigilancia para evitar que eso ocurra.