Revista La Ciencia y el Hombre
Enero•Abril
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 1
Editorial
El fascinante mundo de los olores
Del amor y otras adicciones
Secretos para aprender y comercializar
Los virus de las influenzas: viejos conocidos
Dengue: el bueno, el malo y el feo
El aguacate: benéfico en padecimientos cardiovasculares
El reto de la conservación y el desarrollo comunitario rural
Explorando la laguna de Alvarado
Darwin y el cambio climático
Pelos, dientes y garras: nacidos para devorar
Un lindo gatito: impacto de una especie invasora sobre la biodiversidad
La basura electrónica: computadoras, teléfonos celulares, televisiones
CUENTO / Lanza en la tierra
ENTREVISTA / Dora Trejo Aguilar: asociación de beneficio mutuo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Anne Paulze Lavoisier y el nacimiento de la química moderna
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
La champaña que llegará del espacio
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Secretos para aprender y comercializar

Diana Olivo Ramírez, Mario Caba
y Aleph Corona Morales

¿Te ha sucedido que en ciertos momentos del día te sientes más activo, más alerta e incluso más capaz de realizar alguna actividad intelectual?, ¿has notado cómo esta sensación de alerta o actividad va cambiando a lo largo del día? Seguramente te ha ocurrido que cuando llegas al trabajo no te sientes “totalmente listo” para desempeñar tus funciones, y poco después, casi sin darte cuenta, “agarras ritmo” y llega el momento en que te encuentras en un momento óptimo en el que eres muy eficiente. De la misma manera, sin percibirlo, esta capacidad va disminuyendo. Esto no es casualidad, sino un fenómeno que experimenta toda la gente y que está siendo estudiado por científicos en diferentes partes del mundo. Lo que sucede es que a lo largo de las 24 horas del día existe un tiempo para todo: un momento ideal para aprender, para realizar actividades físicas y
hasta para tener un accidente de consecuencias fatales.

En el siglo X V I I I, Jean Jaques de Mairan, prestigioso astrónomo y director de la Academia Real de Ciencias francesa, fundada por Luis XIV e instalada en el Palais du Louvre, observó la siguiente peculiaridad en una planta heliotrópica, la mimosa: sus hojas se cierran en la tarde y vuelven a abrirse en la mañana “como si le dieran la bienvenida al sol”. Con su gran ingenio, se preguntó si este fenómeno se debía a la presencia de la luz solar, es decir, si la luz le daba una señal a la planta para que abriera sus hojas o, alternativamente, si la planta podía abrir sus hojas aun en la ausencia de la luz. Para resolver el dilema, el científico colocó la planta en un sótano, en completa oscuridad. De esta manera, descubrió que incluso a oscuras las hojas se abrían por la mañana y volvían a cerrarse en la tarde; todavía más sorprendente, la planta continuó haciendo lo mismo de manera rítmica cada 24 horas durante varios días (tal como lo hace en su medio natural). Esto le sugirió que la planta tenía un mecanismo propio capaz de medir el tiempo.

Probablemente te preguntarás qué tiene que ver la historia anterior con que tengamos un momento para todo, para realizar actividades físicas o intelectuales, como el aprendizaje, o hasta para tener un accidente. Al igual que la mimosa, los humanos –y en general todas las formas de vida, simples o complejas–, poseemos relojes biológicos, que no son otra cosa que mecanismos celulares capaces de estimar el tiempo y de organizar nuestra conducta y fisiología a lo largo de todo el día, tomando como principal guía externa el ciclo día-noche. En los mamíferos, el principal reloj biológico se encuentra en el cerebro, en un grupo de neuronas llamado núcleo supraquiasmático, que está dentro del hipotálamo. Gracias a este reloj muchas funciones orgánicas y conductuales se activan y desactivan diariamente, aumentando y disminuyendo según la hora del día y el ritmo marcado por aquél. Para nuestra especie, el más conocido de estos ritmos diarios (denominados ritmos circadianos en el argot científico) es el ciclo de sueño-vigilia. Así, el hecho de que sean constantes la hora en que nos vamos a dormir y el momento de despertarnos no es producto de la costumbre, sino una manifestación de nuestro reloj interno que nos está indicando que ya es hora de levantarnos y que también programa nuestra necesidad de sueño. Pero la función de este reloj va más allá de hacernos dormir o de actuar como un despertador. Hasta ahora se han identificado más de cien ritmos circadianos (moleculares, fisiológicos y conductuales). Por poner solo algunos ejemplos: la presión sanguínea, la frecuencia cardiaca y respiratoria, los niveles de ciertas hormonas y la temperatura corporal varían controladamente a lo largo del día.

¿Existe un momento óptimo para pensar?

Aunque la variación de la temperatura puede no parecer tan significativa (en promedio fluctúa durante el día entre los 36 y 37.5 °C,
siendo aproximadamente a las 4:30 de la madrugada cuando alcanza su valor mínimo y alrededor de las 7 de la noche cuando alcanza el máximo), ciertas investigaciones que datan desde hace más de un siglo sugieren que, paralelamente al ritmo de la temperatura, varía también nuestro nivel de atención, mismo que se refleja en una variación de nuestro desempeño y eficiencia mental. Parece ser que nuestro mejor “momento mental” del día, en cuanto a eficiencia se refiere, es muy cercano al tiempo en el que alcanzamos nuestra máxima temperatura. En la actualidad hay cada vez más evidencias que fortalecen esta hipótesis. En pruebas realizadas con voluntarios para medir procesos cognitivos como el aprendizaje, el razonamiento matemático y la comprensión de textos, los individuos tienen un mejor desempeño cuando realizan la actividad en horas próximas a aquellas en las que su temperatura corporal alcanza los valores más altos del día. Ante estas y otras evidencias, ya no podemos pensar que tenemos exactamente la misma capacidad de realizar una tarea intelectual a cualquier hora del día. Lógicamente, la podremos realizar en cualquier momento, pero no con la misma eficiencia. En general, la eficiencia es máxima alrededor de las siete de la noche, menor en las primeras horas de la mañana y mínima en la madrugada. Este patrón puede no aplicarse a todas las personas: algunas dirán que están muy alerta y eficientes durante la mañana –momento que será para ellas el óptimo para el aprendizaje–, mientras que otras pueden sentirse mentalmente más activas al medio día o por la noche. Quizá después de esto puedas entender mejor por qué en las materias que coinciden con esas horas en las que no te sientes “mentalmente dispuesto” del todo para la clase, no sales tan bien, en comparación con otras que tomas en determinado momento en el que te sientes muy activo.

Las compañías dedicadas a la mercadotecnia ya están explorando las diferencias en la atención a lo largo del día. En 2004, el doctor Pornpitakpan publicó un trabajo en el que encontró que las personas compraron más una determinada marca de champú cuando observaron el comercial correspondiente ¡en las últimas horas de la tarde que en la mañana! En nuestro país se dice que el horario de mayor audiencia televisiva es de 4 de la tarde a 9 de la noche. En dichos horarios se transmiten las telenovelas y los programas de la vida personal y pública de nuestras “estrellas”. ¿Sabes cuántos comerciales se transmiten en cada bloque de comerciales? ¡Catorce! Inclusive dentro del mismo bloque repiten el mismo comercial o una variación anunciando el mismo producto. El colmo es que dentro de las secciones propias del programa los conductores también hacen comercomerciales, lo que indica el alto impacto que dichos anuncios tienen en el público, lo que evidentemente se traduce en mayores ventas y, por lo tanto, en mayores tarifas en dichos programas. Seguramente los encargados de este negocio no tienen idea de los ritmos circadianos de temperatura y su relación con la atención, pero lo importante es que los índices de alta audiencia parecen tener un correlato biológico. Sin embargo, hay otros factores que también están involucrados.

Si me emociona, me lo aprendo

Desde el punto de vista de los horarios en los que se presenta un examen y la habilidad que mostramos para resolverlos, es evidente que hay otros factores que influyeron en nuestro desempeño de manera importante. Por ejemplo, es probable que los contenidos que se te hacen más fáciles de aprender son de las materias que más te gustan, tus materias preferidas. ¿Por qué cuando algo nos gusta, y hasta de cierto modo nos emociona, no nos cuesta trabajo aprenderlo? Parece ser que, en general, cuando cierta información del medio, un hecho o un evento se acompaña con una emoción, el aprendizaje se facilita. Lo anterior sucede porque enmedio de toda la maraña de redes neuronales dentro de nuestro cerebro, algunas de las estructuras que se encargan de que nosotros percibamos, interpretemos y manifestemos emociones también participan en ciertos procesos relacionados con el aprendizaje y la memoria. Sucede que al activar el “circuito cerebral” de la emoción se agilizan los circuitos que nos permite almacenar información. De esta manera es como las emociones ejercen una poderosa influencia en la asimilación y el manejo de la información.

Por experiencia, a todos nos queda claro que las situaciones o hechos que van acompañados de un componente emotivo se nos quedan grabados más rápida y fácilmente; ¿no es verdad que recordamos mejor los detalles de una película cuyo contenido nos emocionó (la trama, la música, los actores que participaron, etc.) que de alguna otra película en la que simplemente “matamos el tiempo”? Seguramente te ha sucedido que cuando conoces a alguien que te llama la atención no es ningún problema recordar su nombre y su número telefónico, y hasta se te queda grabada la conversación que tuviste con ella y quizá algunos otros detalles irrelevantes. Pues bien, todas estas situaciones aprovecharon la activación del circuito de la emoción para almacenarse en nuestra memoria. Aunque con los ejemplos anteriores se podría inferir que únicamente las emociones agradables o positivas facilitan el aprendizaje de un hecho o suceso, es importante aclarar que este circuito puede activarse con la experiencia de cualquier tipo de emoción, ya sea positiva o negativa. Es por eso que una situación desagradable o traumática se queda en nuestra memoria y es difícil de olvidar.

Los alumnos que se sienten ansiosos, deprimidos o enfurecidos no aprenden igual que aquellos que se sienten alegres o motivados. Diversos estudios demuestran que las personas que pasan por si tuaciones que abaten su estado de ánimo no pueden asimilar eficientemente la información que reciben. Esto sucede porque al experimentar una emoción negativa, como el miedo o la tristeza, se desvía la atención (necesaria para “tomar” la información que necesitamos aprender ) hacia las situaciones que las provocan, interfiriendo en el proceso de “ensamblaje de redes neuronales” que se va formando a medida que vamos aprendiendo algo.

Bajo poca presión, aprendo mejor

¿No es verdad que cuando tienes una cierta presión para hacer algo (entregar un reporte, un trabajo o un proyecto) de pronto tu desempeño mental se optimiza, tanto que te quedas trabajando, casi sin parar, hasta muy tarde?, ¿será que nos gusta la “mala vida” y que por esa razón trabajamos mejor bajo presión? Pues bien, el estrés que te genera esa presión o, mejor dicho, la respuesta del organismo ante una situación estresante, es la responsable de esta mejoría cognitiva.

Para entender lo anterior debemos considerar que la respuesta del organismo al estresor repentino o pasajero (estrés agudo) se considera un mecanismo adaptativo que lo capacita para responder de manera efectiva ante una amenaza, potencial o real, que incluso pone en riesgo su supervivencia. Bajo un estrés agudo, el nivel de alerta aumenta, de manera que se está más dispuesto a recibir información del medio y se puede reaccionar rápidamente. El organismo responde al estrés liberando hormonas que nos permiten estar activos físicamente; de hecho, las hormonas responsables (llamadas corticoesteroides) de que tengamos la fuerza necesaria en la mañana para empezar nuestras actividades del día son las mismas que se liberan como respuesta al estrés. Los corticoesteroides actúan, entre otras, en una estructura cerebral muy importante para el aprendizaje: el hipocampo. En esta región los corticoesteroides promueven ciertos procesos necesarios para el fortalecimiento de las nuevas redes neuronales que se van formando para aprender. En situaciones de estrés agudo, la cantidad liberada de corticoesteroides, como ya se dijo, se eleva; este ligero aumento mejora los mecanismos que promueven el aprendizaje y la formación de memoria. Ahora podemos entender por qué bajo presión aprendemos mejor.

Hasta aquí hemos explicado el efecto benéfico del estrés sobre el aprendizaje. Pero, ¿qué sucede si el estrés continúa y se siguen liberando más corticoesteroides? Con una excesiva concentración, el hipocampo puede atrofiarse, y entonces los procesos necesarios para formar las redes neuronales necesarias para el aprendizaje no solo ya no ocurren, sino que ahora se promueven procesos que desestabilizan las redes ya formadas. De esta manera, a medida que el estrés aumenta y se vuelve crónico, se deteriora la capacidad para aprender y memorizar. Se ha comprobado que el deterioro cognitivo relacionado con la edad se exacerba con el estrés crónico. Por estas razones, hoy día se considera al estrés permanente, en cuanto factor ambiental, como una amenaza potencial para los organismos.

La relación entre la elevación de las corticoesteroides durante los estados de estrés cuando tenemos la presión de resolver un asunto indica que no somos únicamente “esclavos” de nuestro reloj biológico para estar atentos solamente a una hora determinada del día. Por lo tanto, si tenemos un examen en la mañana, liberaremos corticoesteroides que nos ayudarán a tener una mayor atención en esa hora. Pero independientemente de esta condición especial, nuestro reloj biológico continúa su marcha y nos prepara para disfrutar nuestros programas favoritos y estar atentos a lo que la mercadotecnia quiere vendernos.

¿Hay un “momento óptimo” para un accidente?

Probablemente al inicio de este artículo te resultó un poco difícil creer que hay un “momento óptimo” para tener un accidente durante el día. Pues bien, si retomamos lo mencionado acerca de la variación del nivel de alerta a lo largo del día y su relación con la variación de la temperatura, eso ya no parecerá tan ilógico. En 2001, el doctor Akerstedt , del Instituto Karolinska de Suecia, reportó un estudio sumamente interesante. Al analizar durante cuatro años las horas del día en que acontecían más accidentes de tránsito, encontró que la mayor tasa de eventos ocurre entre las 8 de la mañana y las 8 de la noche, con una alta incidencia alrededor de las 5 de la tarde. “¡Claro –diríamos–, si son las horas en las que hay más tráfico en la carretera!”. Sin embargo, cuando calculó el número de accidentes en proporción al número de autos que circulaban, descubrió que las 4 de la madrugada es la hora en que hay una mayor cantidad. ¡Esta probabilidad es tan alta que no es necesario que haya otros automóviles en la carretera para que tengamos un accidente! Un estudio diferente muestra que de 6 052 accidentes de tráfico, 1100 ocurrieron a las 2 de la mañana, 200 a las 6 de la tarde y 700 a las 6 de la mañana. Por supuesto, esto está relacionado con las horas de la noche dedicadas al sueño. Sin embargo, existe otra razón. Como mencionamos anteriormente, el cuerpo tiene un reloj interno que mantiene un ritmo de nuestra fisiología, y existe una disminución de la temperatura corporal después de la medianoche. Al mismo tiempo, ocurre una disminución del nivel de alerta del individuo y una menor velocidad en los reflejos y de reacción ante una eventualidad. Si a esto le sumamos un mayor consumo de alcohol y otras drogas, el resultado se vuelve más claro.

Esperamos que con este sencillo artículo te puedas explicar ahora por qué te sientes más capaz de aprender a ciertas horas del día (y ser influido por anuncios comerciales); por qué el teléfono de la persona que te gusta –o una cita con ella– no se te olvida, y por qué percibes que puedes trabajar mejor bajo cierta presión. Los corticoesteroides y nuestros relojes biológicos están atrás de ello.