Revista La Ciencia y el Hombre
Enero•Abril
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 1
Editorial
El fascinante mundo de los olores
Del amor y otras adicciones
Secretos para aprender y comercializar
Los virus de las influenzas: viejos conocidos
Dengue: el bueno, el malo y el feo
El aguacate: benéfico en padecimientos cardiovasculares
El reto de la conservación y el desarrollo comunitario rural
Explorando la laguna de Alvarado
Darwin y el cambio climático
Pelos, dientes y garras: nacidos para devorar
Un lindo gatito: impacto de una especie invasora sobre la biodiversidad
La basura electrónica: computadoras, teléfonos celulares, televisiones
CUENTO / Lanza en la tierra
ENTREVISTA / Dora Trejo Aguilar: asociación de beneficio mutuo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Anne Paulze Lavoisier y el nacimiento de la química moderna
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
La champaña que llegará del espacio
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

El reto de la conservación y el desarrollo comunitario

Ana Paulina Vázquez Karnstedt

La conservación de los recursos naturales y el desarrollo son temas intrínsecamente relacionados al sector rural mexicano. En la actualidad, resulta imposible establecer acciones de planeación del desarrollo sin considerar la heterogeneidad social y cultural, así como los efectos de las actividades humanas sobre los recursos naturales. Desafortunadamente en nuestro país las políticas públicas tradicionalmente han pospuesto las propuestas y sólo dan soluciones paliativas y de corto plazo a los complejos problemas socioambientales del campo mexicano, los que se agudizan cuando se trata de comunidades indígenas.

En general, en México existe una percepción de los grupos indígenas y campesinos que se asocia a su supuesta ignorancia e incapacidad para resolver sus propios problemas, ante lo cual el Estado ha implementado estrategias asistencialistas cuyo único resultado ha sido la reproducción de los patrones de pobreza. Así, al definir y planificar acciones de desarrollo comunitario y conservación suele emplearse una perspectiva de análisis centrada en la determinación de las incapacidades y debilidades de las comunidades, dejando de lado las fortalezas, conocimientos y estrategias de trabajo que hay en ellas.

Consideramos que un rumbo más propicio para planear estrategias de desarrollo en el sector rural mexicano, es la adopción de programas de desarrollo comunitario que potencialicen las capacidades locales y que no se centren en el apoyo económico per se, ya que de esta manera el sentido de comunidad se desgasta y se refuerza el paternalismo en aras de una supuesta transición de lo “tradicional” a lo “moderno”. Para ello, la planificación debe considerar la construcción participativa de estrategias que respondan a las necesidades locales, desde la perspectiva de las propias comunidades.

Orientaciones de los modelos de desarrollo y conservación

Históricamente, el concepto de desarrollo se ha vinculado con la transición de las culturas, países y comunidades de un estado social menos avanzado a uno que lo es más. Ejemplo de ello ha sido la denominación histórica de las civilizaciones y culturas indígenas como “primitivas” o “no occidentales”, con lo que se denota que son incapaces de dominar a la naturaleza, desarrollar una sociedad compleja –como la europea– o construir conocimientos científicos; por eso se les debe “civilizar” o, como se dice hoy, “desarrollar”. En el caso de las culturas americanas, tal percepción del indígena viene acompañada por la idea de una naturaleza inferior e insalubre, según los naturalistas del Nuevo Mundo la describieron.

Como consecuencia de lo anterior, la industrialización, la modernización, el progreso y la urbanización han sido empleados como sinónimos de desarrollo. En la actualidad, este concepto ha sido planteado de tal modo que se crea una dicotomía entre lo “desarrollado” y lo “subdesarrollado” o “en vías de desarrollo”. El ideal construido en torno al desarrollo se basa en el paso de lo tradicional a lo moderno, y no está exento de visiones del mundo impuestas por aquellos grupos o países con mayor poder económico y político. De este modo, los diversos pueblos y culturas no han tenido oportunidad de defini r las formas de vida que consideran pertinentes de acuerdo a sus valores. Si se analizan estos conceptos, la perspectiva de acumulación de capital está implícita en todos ellos, lo que nos da una pauta para reflexionar sobre los costos sociales, políticos y ambientales de este enfoque incompleto del desarrollo modernizador. Ante dicho panorama, el desarrollo debe considerar los segmentos sociales más desfavorecidos y fortalecer sus identidades y capacidades.

Hacer una reflexión más profunda del desarrollo en el ámbito rural requiere entender que la filosofía subyacente al concepto de desarrollo comunitario es la de contribuir a que la población se convierta en sujeto, no objeto, de los procesos de desarrollo, y que tenga una actitud proactiva y no reactiva ante las situaciones problemáticas. La cuestión campesina e indígena no deben ocuparse sólo de lo productivo; actuar así sería adoptar una visión simplista que deja de lado elementos de gran importancia, como la educación; la salud; el uso, acceso y manejo de los recursos naturales, y los significados y valores culturales y su transmisión.

La conservación y el manejo de los recursos naturales, como componentes indispensables del desarrollo en el ámbito rural, no pueden ni deben centrarse únicamente en la permanencia, en el largo plazo, de las especies silvestres, sino que debe incluir la mejora de las condiciones de vida de la población local. Esto es especialmente pertinente en el contexto de los trópicos, donde los “objetos de conservación” son en realidad el sustento no sólo alimenticio de millones de personas, sino parte relevante de su cosmovisión, los cuales proveen los insumos indispensables para la satisfacción de las necesidades básicas y culturales.

Esta perspectiva da sentido a una nueva ciencia y práctica de la conservación biológica, una que centra su atención en las necesidades y expectativas de los grupos tradicionalmente excluidos. De este modo, la visión tradicional de la conservación debe complementarse con el desarrollo y mantenimiento de paisajes manejados que incluyan a las especies de importancia local. Es por ello que conservación y desarrollo local van de la mano; a menos que se desarrollen nuevos enfoques conceptuales de análisis y acción, se creen y fortalezcan las estructuras sociales, institucionales y políticas pertinentes, y se reconfigure el sentido de comunidad a partir de la construcción de capacidades locales, el éxito de los esfuerzos conservacionistas será limitado y de corto plazo.

La ineficacia de las acciones de conservación que no prestan atención al contexto social y económico puede apreciarse en diversas áreas protegidas de nuestro país, en las cuales se pretenden proteger los recursos por “decreto”, sin consultar e involucrar de manera efectiva a las poblaciones locales. Así, no sólo no se ha logrado mantener la diversidad biológica, sino que se ha imposibilitado el manejo adecuado de los recursos naturales, lo que ha fomentado a su vez el descontento social y el aumento de conflictos en torno al uso y acceso a los recursos.

Por su parte, los ejemplos de sociedades que no centran su atención en el mantenimiento de su base de recursos naturales y, por ende, condicionan su desarrollo, son innumerables. Como señala Jared Diamond, ex director del Fondo Mundial de Vida Silvestre, en su libro Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, muchas sociedades antiguas sufrieron problemas de deforestación y destrucción de hábitat –entre ellas, las tierras altas de Nueva Guinea, Japón, Tikopia y Tonga–, aunque luego desarrollaron una gestión forestal acertada y continuaron prosperando, mientras que la Isla de Pascua, Mangareva y la Groenlandia noruega no consiguieron desarrollar un manejo forestal adecuado y sus sociedades desaparecieron. Entre los ejemplos actuales podemos señalar el caso de Ruanda, cuyo grave deterioro ambiental se acompaña de un alarmante crecimiento demográfico y de conflictos étnicos que han sumido a la población en numerosas y violentas crisis. Diamond argumenta que la diferencia entre las sociedades que logran superar las crisis ambientales y las que no lo hacen se debe a que las respuestas de cada una de ellas a los problemas ambientales dependen de sus instituciones políticas, económicas y sociales, así como de sus valores culturales.

¿Cómo cambiar de perspectiva?

La idea de que la diversidad biológica y la cultural están invariablemente ligadas, y de que el bienestar social y la conservación no pueden alcanzarse de manera separada, constituye un paradigma emergente que puede y debe transferirse a la investigación biológica y social y a las políticas públicas ambientales y de desarrollo rural de nuestro país. La construcción de un nuevo paradigma no es fácil, pero bajo las condiciones en las que nos encontramos es indispensable operativizar un enfoque del desarrollo que no sea entendido únicamente como sinónimo de desarrollo económico.

El nuevo paradigma debe implicar la promoción de una visión crítica que cuestione el modelo dominante de desarrollo en unión con otros movimientos sociales de gran relevancia, como los antirracistas, los de los derechos de las mujeres y los de los pueblos indígenas, entre otros. Por ello, el nuevo desarrollo considera un proceso de “empoderamiento” o toma de control, entendido como un poder individual (reconocimiento y fortalecimiento de la identidad y la autoconfianza) y un poder colectivo (organización y trabajo conjunto que permitan la acción social).

Idealmente, el desarrollo –entendido desde todas sus dimensiones– fortalece el capital social, esto es, incrementa las redes y recursos sociales con los que cuentan los individuos y que facilitan su acción. De este modo, las relaciones sociales que se establecen en una comunidad, así como los principios que rigen dichas relaciones, determinarán su capacidad de acción ante los elementos externos que la afectan positiva o negativamente. Desde esta perspectiva, se asume que la conservación y el manejo adecuado de los recursos naturales dependen de dicho capital social, ya que, más que un asunto ambiental y científico, constituyen un proceso social y político que requiere la evaluación de las instituciones sociales, de la estructura económica y de los factores políticos que promueven o amenazan la biodiversidad.

Así, el doble reto de la conservación biológica y el desarrollo comunitario enfatiza la necesidad de conjuntar factores sociales, culturales y ecológicos, de manera que se puedan construir formas adecuadas de manejo de los recursos naturales, incluidos los agroecosistemas, a través del rescate de los saberes de las comunidades y los conocimientos científicos. Para ello, debemos fomentar esfuerzos y promover procesos que busquen el rescate de los recursos naturales en un contexto histórico, social, cultural y familiar, que celebre el pasado, pero que no lo romantice, y que planee a futuro.

Las propuestas de desarrollo comunitario deben partir de las percepciones locales de lo que son los problemas, entendiendo que estos son construcciones sociales. Así, se podrán planificar soluciones integrales, sólidas y permanentes con base en: 1) la determinación de las causas de los problemas y sus consecuencias en los distintos ámbitos de la vida comunitaria, 2) los actores que deben ser involucrados y que pueden, de manera factible, transformar las condiciones actuales, y 3) la construcción participativa de estrategias de largo plazo que busquen la sat isfacción de las necesidades no sólo materiales de las comunidades, sino culturales, espirituales y recreativas, entre otras.

De este modo, las propuestas de desarrollo y conservación deben centrarse en las perspectivas y valoraciones de la realidad de las propias comunidades. Se trata de identificar los distintos significados que para los diversos actores tiene una misma situación y su porqué, así como de conocer los procesos de decisión individual y colectiva, las variables que entran en juego y las relaciones sociales que resultan importantes.

El enfoque que se ha planteado en estas líneas requiere por supuesto de la participación corresponsable de autoridades gubernamentales, organizaciones académicas, sociedad civil y población local. Ello representa un enorme reto para todos los involucrados en las cuestiones rurales, pero que debemos asumir a partir del compromiso con las comunidades en las cuales tenemos injerencia, promoviendo procesos de largo plazo que permitan alcanzar logros en una escala local y demostrando la factibilidad de este nuevo paradigma del desarrollo como política pública.

Para el lector interesado

Bawa, K. (2006). Globally dispersed local challenges in conservation biology. Conservation Biology, 20(3), 696-699.

Christenson, J., Fendley, K. y Robinson, J. (1989). Community development. En J. Christenson y J. Robinson (Eds.): Community deve - lopment in perspective (pp. 3-25). Ames, IO: Iowa State University Press.

Diamond, J. (2007). Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen (trad. Ricardo García Pérez). México: De Bolsillo.

Toledo, V. (1994). El mito del indígena ignorante. Ojarasca, 30: 6-12.