Revista La Ciencia y el Hombre
Enero•Abril
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 1
Editorial
El fascinante mundo de los olores
Del amor y otras adicciones
Secretos para aprender y comercializar
Los virus de las influenzas: viejos conocidos
Dengue: el bueno, el malo y el feo
El aguacate: benéfico en padecimientos cardiovasculares
El reto de la conservación y el desarrollo comunitario rural
Explorando la laguna de Alvarado
Darwin y el cambio climático
Pelos, dientes y garras: nacidos para devorar
Un lindo gatito: impacto de una especie invasora sobre la biodiversidad
La basura electrónica: computadoras, teléfonos celulares, televisiones
CUENTO / Lanza en la tierra
ENTREVISTA / Dora Trejo Aguilar: asociación de beneficio mutuo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Anne Paulze Lavoisier y el nacimiento de la química moderna
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
La champaña que llegará del espacio
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

Marie-Anne Paulze Lavoisier y el nacimiento de la química moderna

María Angélica Salmerón

El paso fundamental que condujo a la transformación de la alquimia en química, como ciencia racional y exacta, fue dado en el siglo XVIII por el francés Antoine Laurent Lavoisier. Este hecho, de sobra conocido y estimado por especialistas y legos, ha dado el sitio de honor que le corresponde a tan ilustre científico al ser considerado con todo derecho como el padre de la química moderna. Y, aunque algunos piensan que Lavoisier no es en estricto rigor el padre que la engendró, sino el par tero que la trajo al mundo –discusión en la que no hemos de embarcarnos aquí–, lo cierto es que fue Antoine Lavoisier quien a través de sus investigaciones y experimentos demostró de manera definitiva que las creencias generalizadas, propias de la ancestral y misteriosa alquimia, no eran sino los últimos resquicios de vagas y míticas explicaciones mágicas, abriendo con ello un territorio novedoso para fincar la nueva ciencia de la química sobre bases racionales y haciendo de ella una ciencia exacta. En efecto, Lavoisier terminó por desterrar de una vez y para siempre la teoría del flogisto y, a través de sus experimentos, formuló el principio de conservación de la materia. He aquí la importancia de su trabajo.

Por supuesto que tal tarea no fue sencilla e implicó un arduo y sesudo trabajo que, en honor a la verdad, no emprendió solo; tenía tras de sí el esfuerzo continuado de muchos de sus contemporáneos. Pero dado que, como han hecho notar algunos estudiosos, Antoine era un hombre vanidoso y altivo, y en buena medida poco dado a reconocer los denuedos de sus compañeros de viaje, tampoco –según dicen– tenía mayores escrúpulos en adjudicarse sus trabajos y descubrimientos. Parece que pueden ofrecerse algunos ejemplos de ello, pero la verdad es que no podemos escatimarle sus brillantes logros en el caso de su real y particular aportación en el terreno de la química. Para lo que en este texto nos proponemos poner de relieve, bien vale la pena recuperar la anécdota que circula respecto de la proverbial petulancia y vanidad de Lavoisier cuando de dar cuenta de sus triunfos se trataba, pues su vanidad era tal que con frecuencia le hacía parecer ridículo. Por ejemplo, en 1789, inmediatamente después de la toma de la Bastilla, Lavoisier concibió un juicio paródico a la teoría del flogisto. Invitó a un grupo distinguido y representó este juicio ante ellos. Lavoisier y algunos otros presidían el Tribunal, y la acusación fue leída por un joven apuesto que se presentó bajo el nombre de “Oxígeno”. Luego, el defensor, un hombre muy viejo y ojeroso que caracterizaba a Georg Ernest Stahl –el inventor de tal teoría–, leyó su apología. El tribunal deliberó y sentenció a la teoría del flogisto a morir quemada, tras de lo cual la mujer de Lavoisier, vestida con la túnica blanca de una sacerdotisa, arrojó ceremonialmente el libro de Stahl a la hoguera.

Recurramos a este relato para hacer comparecer a los personajes principales de nuestra historia. Primeramente digamos que aquí no tomaremos a Stahl, el hombre, sino al mismo Flogisto como uno de los actores fundamentales de nuestra obra, quien, junto al Oxígeno, habrá de conducirnos por los senderos inéditos de la nueva ciencia; finalmente, al igual que en la anécdota, veremos aparecer a la señora Lavoisier, la cual, aunque de momento parece ser sólo parte de la comparsa, es en realidad, junto con Antoine, la mancuerna protagonista de esta aventura científica. Por tanto, la pareja Marie-Antoine, al lado del Flogisto, el Oxígeno y la Química, constituyen las piezas clave del relato. Aprovechemos también esa fecha memorable para reconstruir el escenario en que se desarrolla nuestra obra. Es 1789, el año de la Revolución Francesa y el de la publicación del Tratado elemental de química, la obra cumbre de Lavoisier, en la medida en que se considera a ese texto tanto un punto de llegada como uno de partida, pues sintetiza todo lo analizado y discutido anteriormente en torno a la química y es el eje de arranque de dicha disciplina, entendida ya estrictamente como una ciencia racional y sistemática. Ambas revoluciones habrán de dejar su impronta en los Lavoisier. Este peculiar escenario tiene como telón de fondo la revolución científica de los dos siglos anteriores, que constituyen no sólo una etapa esencial de la historia de la ciencia sino de la cultura y la civilización en general. Así pues, nuestro escenario no puede restringirse únicamente al montaje de las discusiones intelectuales y científicas dentro de las instituciones académicas; antes bien, debe ampliarse a los ámbitos políticos y sociales en que se genera el conocimiento, pues ambos mundos se encuentran entrelazados. Y esto, que en lo fundamental vale para cualquier periodo histórico, vale particularmente para la época que nos ocupa.

Ahora bien, para dar cuenta de todo ello, es preciso que contemos una historia. Determinemos el marco de la época que verá nacer a esta ciencia y a sus personajes principales. El siglo X V I I I, como es bien sabido, es el siglo de la Ilustración, esa edad de la razón que básicamente parece tener su capital en Francia y cuya hegemónica luminosidad alumbra prácticamente a toda Europa. Por ello, como ha dicho Jesús Kumate: “Francia era el centro de atracción no sólo político sino científico, cultural, literario y social: todo europeo de posibilidades […] Sólo en la música se admitía un lugar secundario a favor de Italia y Alemania”. Este es el ambiente en que viven los Lavoisier, quienes también se mueven entre la aristocracia intelectual que les proporciona el privilegio de participar de una generación iluminada por las luces de la razón. Es aquí donde habrá que introducir la figura de la señora Lavoisier buscando darle una fisonomía propia con la que, sin abandonar el lazo que la une a Antoine, adquiera presencia y nombre dentro de nuestra historia, pues habrá que decir que la joven esposa del reconocido científico Antoine Lavoisier tiene el mérito de haber participado activamente en los trabajos de investigación que realizó su marido, lo que por lo general la historia oficial de la ciencia no está siempre dispuesta a reconocer, porque estas oscuras colaboradoras no tienen derecho ninguno y a veces ni siquiera a un nombre propio. Para el caso la “señora Lavoisier”, en algunos textos se le señala como “una eficaz colaboradora”. Es simple y sencillamente eso: la esposa de Antoine Laurent Lavoisier. Pero si no nombramos a las personas por su nombre propio, lo que hacemos es negarles una existencia concreta, es decir, declararlas inexistentes. Por ende, para empezar a determinar quiénes fueron y qué hicieron las mujeres que trabajaron al lado de los grandes científicos, lo primero que necesitamos hacer es restituirles su nombre y, con ello, otorgarles un espacio existencial en el cual se asiente su presencia. Sólo así estaremos en condición de establecer lo que hicieron y pensaron.

Empecemos, pues, por restituirle su nombre a la “señora Lavoisier” y recuperemos para ella el lugar que debe ocupar en el campo de la ciencia.

Marie Anne Pierrete Paulze nació el 20 de enero de 1758 en Loire, una provincia de Francia. Hija de aristócratas, Marie fue la única mujer entre los cuatro hijos que tuvieron Jacques y Claudine Paulze. La madre murió cuando ella tenía tres años y por tal motivo Marie fue traslada a un convento. Este triste acontecimiento es el que, paradójicamente, contribuyó a su buena educación, pues eran los conventos del siglo XVIII los lugares más apropiados para acceder a una educación sobresaliente. Dadas las dotes y habilidades intelectuales de nuestra protagonista, su formación fue consolidándose de tal modo que adquirió fama de mujer culta y erudita. Sabemos que dominaba varios idiomas –entre ellos el latín y el inglés–, que estudió pintura y que se convirtió en una diestra dibujante y grabadora. Por lo pronto, a los 13 o 14 años, era ya una jovencita cuya educación rivalizaba con su belleza y fortuna. Así que antes de que apareciese en escena su famoso marido, Marie contaba ya con las cualidades necesarias para comenzar a destacar en el mundo social e intelectual de la época. Sin embargo, fue a partir de su encuentro con Antoine que acrecentó y puso en práctica su arsenal cultural, porque si Marie se hubiese casado –como inicialmente se había previsto– con el conde de Amerval, lo más seguro es que nuestra historia se tendría que haber escrito de otra manera, pues fue justamente su unión con el futuro padre de la química moderna la que la llevaría a emprender el camino de la ciencia. Fue bueno para Marie y para el mismo Antoine que el padre de aquella hubiese buscado otras posibilidades matrimoniales para su hija y no hubiese terminado por casarla con aquel conde cincuentón al que la propia Marie llamó “un tonto, un insensible rústico y un ogro”. La cuestión es que, a partir de aquí, el encuentro de nuestros protagonistas cambió el rumbo de sus destinos, y aunque el final se constituyó en un drama, por lo pronto y durante varios años la vida de los Lavoisier parecería ser un cuento de hadas.

Marie-Anne tenía 14 años cuando se casó con Antoine, de 28, en una boda celebrada el 16 de diciembre de 1771, aunque arreglada también a la usanza de esos tiempos. Tras ella, la joven pareja entabló un efectivo encuentro emocional en el que ambos terminaron realmente enamorados; aunque no hubo hijos, fue, como se sabe, un mat rimonio feliz y armonioso en el que reinaron la confianza, el aprecio y la fidelidad. Quizá sobre esta plataforma de mutua comprensión fue que el amor de la pareja Lavoisier rindió sus mejores frutos en el campo intelectual. Al respecto, señala Bryson: “El matrimonio fue un encuentro de corazones y de mentes. La señora Lavoisier poseía una inteligencia arrolladora y no tardaría en trabajar productivamente al lado de su marido. A pesar de las exigencias del trabajo de él y de una activa vida social, conseguían, la mayoría de los días, dedicar cinco horas a la ciencia (dos por la mañana temprano y tres al final de la jornada), así como todo el domingo, que ellos llamaban su jour de bonheur (día de la felicidad)”.

A partir de aquella boda, Antoine, que era ya un reconocido hombre de ciencia, encontró no sólo a su compañera emocional, sino a su más dedicada e inteligente colaboradora, por lo cual –y quizá abusando de la metáfora– podemos decir que entre ambos esposos se dio tal química que luego no hubo manera de detener el surgimiento de la nueva ciencia. Parteros o padres de la química –como se quiera–, el caso es que fueron ellos los que le dieron su forma y estatus. Y es aquí donde bien vale señalar que los logros en este campo mucho deben a la joven señora Lavoisier, pues el trabajo que hizo al lado de su marido fue de extremada importancia para la consumación de las investigaciones de Antoine. Digamos primero que aunque Marie-Anne no era una investigadora independiente sino, por el contrario, fue conducida hacia el ámbito científico de la mano de él, la tarea que a ella le tocó llevar a cabo determinó en buena medida que Antoine pudiera encontrar las claves fundamentales con las cuales descifrar los misterios que aún guardaba en su seno la vieja alquimia. Para explicar lo anterior, llamemos a escena al Flogisto y al Oxígeno.

El flogisto era un fluido imponderable que impregnaba las sustancias combustibles; cuando éstas ardían, se liberaba en un movimiento arremolinado que se manifestaba como una llama. Y así, Priestley dedujo que cuando las sustancias ardían en el aire, el flogisto se escapaba dejando un residuo inerte que no soportaría más combustión ni, de hecho, vida; a este gas (el nitrógeno) le llamó “gas desflogistizado”. Pero Lavoisier demostró que las sustancias quemadas en aire u oxígeno realmente ganaban peso en una medida predecible, y que de algunas otras (como el óxido rojo de mercurio) se podía hacer que cedieran oxígeno nuevo.

He aquí de qué manera aparece la Química en escena. Los descubrimiento de Antoine comienzan por urbanizar el territorio de la nueva ciencia, demostrando que se podía encontrar a través de la exper imentación expl icaciones más claras y racionales, o sea, realmente cient íf icas, y empezar así a deshacer los mitos que rondaban los fenómenos de la combustión. Este es un relato que va desde las antiguas explicaciones de los alquimistas hasta la aparición de las que establece Lavoisier para negar todas las anteriores, cuyo logro último c o n stituirá el acta de defunción del flogisto como principio de combustión que contenían las sustancias inflamables. Sin entrar de lleno en ese relato, bástenos señalar que a principios del siglo XVIII los filósofos naturales aceptaban la teoría del flogisto para explicar la combustión, pero los descubrimientos posteriores habrían de mostrar que estaban equivocados. Tal fue el logro de Lavoisier, quien, basándose en sus experimentos, logró además establecer la ley de la conservación de la energía y determinar una nomenclatura química que proporcionó a los investigadores la base de un lenguaje común. Uno de estos nombres fue precisamente el del oxígeno, que constituyó el punto de arranque para dar nombre a otras sustancias; de hecho, “oxígeno” fue el nombre que Lavoisier eligió para referirse al “aire desflogisticado” y cuya etimología griega significa “engendrador de ácidos”.

Pues bien, en esta apretada síntesis ya tenemos el perfil general de nuestro químico en relación al legado científico que le permitió grabar su nombre en el libro de la historia. Cabe ahora señalar que Lavoisier no navegó solo por estos mares, y que así como el trabajo llevado a cabo por él tenía una larga tradición teórica y experimental que contribuyó a conducir su aventura científica a buen puerto, en buena medida también habrá de ser reconocido el trabajo desempeñado por su fiel compañera de viaje, pues la participación que Marie tuvo en todo ello no sólo es digna de mención sino de justo reconocimiento.

Como sabemos, “los descubrimientos de Lavoisier atrajeron a un grupo de excelentes investigadores franceses, con los que se formó un equipo llamado a efectuar una auténtica revolución en el ámbito de la química. El primer fruto del trabajo de este equipo, en el que colaboró Marie-Anne, fue la aparición, en 1787, del Método de nomenclatura química”. En ese revolucionario equipo comandado por su esposo, madame Lavoisier no fue una mera figura decorativa, pues, según era del conocimiento público de la época, se convirtió en una experta ayudante y una eficaz colaboradora tanto en el trabajo experimental como en la traducción de textos del latín e inglés al francés, así como en las ilustraciones y dibujos de los trabajos de su marido, amén de ser la anfitriona del salón científico al que acudían las personalidades más relevantes de la intelectualidad científica de la época, como Laplace, Priestley o Franklin, por sólo mencionar algunos. Marie mantuvo ese salón durante toda su vida, y ya sabemos lo que en dicha época representaba tener un salón así. Arthur Young, un economista agrícola británico que fue a París en 1787, nos ofrece un testimonio de ello: “Madame Lavoisier –apunta–, una mujer viva, sensible y científica, había preparado un dejeune Anglois de té y café, pero el mejor alimento fue su conversación sobre el Essay on phlogiston del señor Kirwan, que está traduciendo del inglés, y sobre otros temas, que una mujer inteligente que trabaja con su marido en su laboratorio sabe cómo adornar”.

Lo anterior nos sirve para determinar algunos de los trabajos que Marie-Anne realizó para ayudar a las investigaciones de su marido, y no cabe duda que éste que menciona Young fue uno de los más valiosos. En efecto, la traducción que hizo Marie del libro de Richard Kirwan sobre el flogisto, constituyó un hiato para establecer las nuevas teorías propuestas por Lavoisier, ya que es a partir de dicha traducción que Antoine estuvo en condiciones de rebatir una a una las tesis de Kirwan. Los expertos en el campo señalan que fue dicha traducción la que puso en marcha la convicción de Lavoisier de que la hipótesis del flogisto era incorrecta, orientándolo así a los estudios sobre la combustión y el descubrimiento del oxígeno. Por otro lado, hay que añadir que una traducción de este tipo no representaba para Marie únicamente el reto de poner de manifiesto su destreza en el manejo del idioma, pues traducir del inglés al francés no sólo implica el manejo absoluto de ambas lenguas, sino que, más allá de eso, significa también mostrar pericia en el conocimiento de las teorías y terminología científicas. Tal vez el mero hecho de la traducción no demuestre la importante contribución de Marie al trabajo científico de Antoine, pero sí ponemos de manifiesto que para llevar a efecto dicha tarea nuestra traductora debía de estar empapada del tema que se descifraba, las cosas pueden cambiar bastante, y es un hecho que Marie no se limitó a la simple traducción del Ensayo sobre el flogisto, sino que también lo anotó y criticó señalando los errores de la teoría en abundantes notas a pie de página. Además, tradujo del mismo Kirwan su obra Fuerza de los ácidos y proporción de ingredientes en las sales neu - tras, en el que incluyó un original comentario que apareció en los Annales de Chimie en 1792. De igual modo, hay que considerar que Marie hizo varias traducciones sobre el flogisto y otros temas de alquimia y química, entre los que podemos señalar las obras de autores como Joseph Priestley y Henry Cavendish, que significaron también un valioso aporte a los estudios de Lavoisier.

Lo mismo valdría decir de su labor como ilustradora. Marie-Anne, que estudió con el pintor francés Jacques-Louis David, era una artista talentosa e ilustró muchas publicaciones de Antoine. El famoso Tratado elemental de química es una muestra fehaciente de la habilidad de la joven dibujante para mostrar los instrumentos de laboratorio y el equipo utilizado en la práctica experimental en trece placas. Aquí y en otros grabados –como los del experimento sobre la respiración y transpiración–, la autora nos muestra de lo que era capaz en cuanto a detalle y precisión, no sólo por esa serie de bosquejos en que muestra los artefactos, sino también en mantener registros claros y específicos de los procedimientos que en los experimentos se seguían. Durante las investigaciones de la respiración y transpiración, Madame Lavoisier hizo bocetos (que afortunadamente aún existen) en los que dibujó a “uno de los colegas de Antoine con la cara cubierta por una máscara, respirando aire u oxígeno”, y en los que también se dibujó ella misma “para grabar los datos y procedimientos del laboratorio”.

Lo anterior podría, sin embargo, seguir pareciendo poca cosa cuando se trata de establecer aportes en el campo de la ciencia, pero afortunadamente se cuenta con registros que nos permiten acercarnos a los delicados grabados de Marie-Anne para comprobar el modo en que en ellos se documentan, de forma vívida y específica, los experimentos que se llevaron a cabo para alcanzar los tan traídos y llevados logros que dieron su forma a la química como ciencia racional.

Y ciertamente es aquí donde está el meollo y la fuerza con que puede catalogarse la inapreciable colaboración de esta mujer, pues en el esfuerzo que se realiza para alcanzar la cúspide de un nuevo conocimiento está el trabajo conjunto de un grupo que acepta el papel de mediador o de simple colaborador al lado de quien abre y dirige con su inteligencia y creatividad el nuevo rumbo que ha de seguir la ciencia. Este fue, entre otros, el gran ejemplo de Marie-Anne: no se sintió a sí misma como protagonista más que en la medida en que contribuía al protagonismo de su marido; porque nuestra científica sabía muy bien que no actuaba sola, que era parte de un equipo y que su conocimiento y aportación se consolidaba dentro de él. Por ello, no deja lugar a dudas que como integrante del equipo de Lavoisier no sólo estaba al tanto de las discusiones y los experimentos que se efectuaban, sino que era una activa participante; es en este sentido que podemos decir que ella contaba con una sólida formación científica que le permitió en todo momento estar a la altura de las tareas que desempeñaba. Por ende, dejar la colaboración de Marie en la mera traducción y el dibujo sería –por más que dicho trabajo posea un valor indiscutible– dejarla al margen del trabajo teórico y experimental que en sentido estricto determina el sendero de la ciencia, y ciertamente que ello no remite al verdadero sentido histórico de este relato. El punto medular hemos de localizarlo justamente en la formación científica que fue adquiriendo con el tiempo y que le permitía entender los estudios teóricos que traducía y los usos del material que dibujaba. Y señalar la formación científica de Marie-Anne no debe sorprender porque existen testimonios que indican que participó activamente en los estudios que dieron origen a la nueva ciencia química. Debe ser así, pues de otro modo no se explicaría por qué en su círculo era vista y tratada como una científica por propio derecho y no como un mero apéndice de su marido. Además, no habría que olvidar que fue ella quien, a la muerte de Lavoisier, logró rescatar sus apuntes y se dio a la tarea de editarlos y publicarlos en su obra póstuma: Memorias de química.

Tomando este texto como marco, llegamos al final de nuestro relato. Antoine ha muerto ya desde hace varios años. La otra gran revolución de la época, la social y política, cortó la vida y la cabeza del gran sabio. Lavoisier era uno de los 28 fermiers –titulares de una cesión gubernamental para la acción recaudatoria de impuestos– que fueron condenados a muerte y guillotinados el 8 de mayo de 1794; él era el cuarto de la lista, y su suegro el tercero. Marie-Anne perdía el mismo día a su esposo y a su padre. La historia de esta peripecia es larga y sinuosa, pero la conclusión es que pese a todos los esfuerzos de Marie no le fue posible lograr el perdón ni la liberación de sus seres queridos. Madame Lavoisier quedaba sola y desamparada en un mundo que no únicamente amenazaba con derrumbarse bajo la sombra del terror, sino que además amenazaba con destruir la obra científica que Antoine y ella habían construido. Todos sus bienes (dinero, casa, laboratorio, instrumentos y documentos de investigación) le fueron arrebatados y quedaron en manos de sus mortales ene-migos. Marie-Anne recurrió a toda suerte de estrategias para recuperarlos, y con el tiempo logró rescatar algunas cosas, entre ellas los apuntes y notas de su marido que posteriormente publicó como las Memorias. Otra peripecia implicó dicha publicación. Primeramente, ordenar y dar forma a los papeles de Lavoisier para los que Marie escribió además un prólogo que finalmente no se publicó. Las razones de eso remiten al hecho de que estando ella tan resentida y enfadada porque nadie había querido comprometerse para ayudar a Antoine, el texto iba preñado de toda clase de acusaciones y reclamaciones que se consideraron ofensivas, por lo que nadie quiso ayudar a que se publicara. Pero Marie batalló hasta el final al considerar que esa era la única manera de “velar por la memoria y el crédito científico de Antoine”, y lo logró finalmente, primero en una edición barata y mala (la de 1803), y después en una reimpresión en 1805, donde sustituyó el ofensivo prólogo por una cita de Antoine: “Esta teoría no es, como he oído decir, la teoría de los químicos franceses; es la mía; es una sola pieza que reclamo a mis contemporáneos y a la posteridad”. El reclamo de Lavoisier fue escuchado gracias a la incansable mujer que puso al servicio de su esposo y de la ciencia todo el arsenal de que disponía para lograr sus objetivos. La historia tendría que reconocer también la fuerza y el carácter de esta mujer que no se amedrentó ante ningún peligro ni abandonó jamás el campo de batalla cuando de defender lo científico y la ciencia se trató. Si bien puede no ser cierto que cuando guillotinaron a Lavoisier se dijo que la República no necesitaba sabios (en contra de los argumentos aducidos por su esposa, de que no era posible que Francia matara a sus científicos), Marie estaba convencida de que justamente era eso lo que más falta le hacía a una república que parecía concentrada en la muerte y el terror. Por ello también nosotros podríamos decir hoy que aquella república que no necesita sabios se parece a nuestra historia, que al parecer no precisa de las mujeres para determinar sus relatos. Pero ni en uno ni en otro caso se está en lo correcto, y ha sido la historia misma –la paradoja vale en su justa medida– la que confirma la falsedad de ambas afirmaciones, de lo que deja constancia con su vida y su obra el matrimonio Lavoisier.

Así las cosas, y siguiendo de cerca algunos de los nuevos estudios sobre el tema, habría que señalar que se ha llegado a establecer en términos generales que el trabajo realizado por los esposos Lavoisier implica una tarea conjunta en que es prácticamente imposible separar las contribuciones de Marie de los propios aportes de Antoine, toda vez que se encuentran íntimamente engarzados. Por ello, la mayoría de las estudiosas actuales –con Margaret Alic a la cabeza– piensan y afirman que Marie y Antoine “juntos provocaron una transición fundamental en la química, al sustituir los arcanos principios de la alquimia por reglas científicas sistemáticas”. Sea de ello lo que fuere en el futuro historiográfico de la ciencia, el hecho contundente que parece no dejar lugar a dudas es que Marie-Anne Pierrette Paulze merece ocupar un lugar relevante en el esquema general de la revolución científica que llevó a la química a consolidarse como ciencia. Por ende, aunque nosotros hemos seguido un camino diferente tratando de señalar el particular trabajo de Marie, lo cierto es que éste no puede entenderse sino desde el centro mismo en que se genera el trabajo de Antoine, emprendieron juntos la aventura de descubrir nuevos territorios para la ciencia moderna. La historia debe dar cuenta de este hecho, pues aunque es claro que Antoine Lavoisier es quien entona la voz principal, también es cierto que Marie armoniza la segunda con asombroso vigor. Si Antoine siempre demostró en los hechos que Marie no era sólo su compañera sentimental, sino también su complemento intelectual; si jamás la excluyó del ámbito científico en que se movía y, por el contrario, la vio siempre como una colaboradora capaz y eficiente, en la que podía confiar y a la que él mismo había preparado para llevar a efecto las tareas que se proponía; si el propio Antoine no le escatimó un lugar al lado de su ciencia, ¿por qué –preguntamos– la historia habría de mostrarse ahora tan mezquina para negarse a incluirla en sus filas?

Pues bien, siguiendo el espíritu que inspiraba al propio Antoine, incluimos el nombre de Marie-Anne en los anales de la historia, y cumpliendo quizá con la última voluntad de su marido, escribimos juntos sus nombres al lado de la Química, la ciencia que tanto amaron y a la que dedicaron sus vidas. Sobre esa base, afirmamos que los Lavoisier hicieron de esa ciencia lo que es hoy porque ya antes hubo química entre ellos, lo que favoreció la unión de mentes y corazones que, como en experimento alquímico, logró transmutarse en un verdadero equipo científico. Es en esta conversión que debemos entender la colaboración y el trabajo de Marie: el elemento sustancial e integrador del trabajo científico de Antoine. Se puede entender así la razón de que hoy muchas historiadoras no duden en otorgarle a Marie-Anne el título de “Madre de la Química”. Podría parecer exagerado, y quizá pensemos que es querer estirar la cuerda demasiado; aun así, no resulta inadecuado si lo vemos desde la perspectiva del lazo intelectual y personal que une a Marie-Anne con Antoine Lavoisier. En este sentido, queda claro que si a él se le considera el padre de la química, nada de extravagante sería que ella fuese la madre, pues en todo caso –y siguiendo la metáfora– bien podemos decir que la química se hizo en ellos y que a su través adquirió una forma y consistencia químicas y se configuró como ciencia racional y exacta. Es lo mismo que decir que la Química moderna es la hija más bella de una pareja sin hijos: el matrimonio Lavoisier.

Para el lector interesado

Kumate, J. (Coord.) (1991). La ciencia en la Revolución Francesa. México: El Colegio Nacional.

Graatzer, W. (2004). Eurekas y euforias. Cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas. Barcelona: Crítica.

Bryson, B. (2005). Una breve historia de casi todo. México: Océano.

Eagle, C.T. y Sloan, J. (s/f). Marie Anne Paulze Lavoisier: La madre de la química moderna (trad. de Diego Sánchez Aguilar). Disponible en línea: http://chemeducator.org/bibs/0003005/00030249.htm.