Revista La Ciencia y el Hombre
Enero•Abril
de 2010
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXIII
Número 1
Editorial
El fascinante mundo de los olores
Del amor y otras adicciones
Secretos para aprender y comercializar
Los virus de las influenzas: viejos conocidos
Dengue: el bueno, el malo y el feo
El aguacate: benéfico en padecimientos cardiovasculares
El reto de la conservación y el desarrollo comunitario rural
Explorando la laguna de Alvarado
Darwin y el cambio climático
Pelos, dientes y garras: nacidos para devorar
Un lindo gatito: impacto de una especie invasora sobre la biodiversidad
La basura electrónica: computadoras, teléfonos celulares, televisiones
CUENTO / Lanza en la tierra
ENTREVISTA / Dora Trejo Aguilar: asociación de beneficio mutuo
DISTINTAS Y DISTANTES, MUJERES EN LA CIENCIA
Marie-Anne Paulze Lavoisier y el nacimiento de la química moderna
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
La champaña que llegará del espacio
NUESTROS COLABORADORES EN ESTE NÚMERO
Contenido
 

La champaña que llegará del espacio

Heriberto G. Contreras
y Leticia Garibay Pardo

El año 2009 estuvo bajo la constante de los últimos tres: la preocupación por el serio deterioro ambiental que los seres humanos hemos ocasionado al planeta. No era de esperarse que, desde diferentes frentes –universidades, organizaciones no gubernamentales, asociaciones, instituciones públicas y privadas– emitieran juicios y opiniones en torno a este espinoso tema.

La comunidad científica no fue la excepción. Sin embargo, 2009 estuvo también marcado por la euforia astronómica producto de la conmemoración del telescopio que Galileo presentara al mundo hace cuatro centurias. En ese contexto, la actividad espacial fue notoria prácticamente en todas las semanas y en todos los medios de comunicación.

Para el caso de nuestro país, el fenómeno se agudizó tras la participación del más reciente vuelo del trasbordador espacial Discovery de un astronauta de origen mexicano. En efecto, José Hernández Moreno fue parte del grupo de especialistas que coordinó desde tierra las actividades de la Estación Espacial Internacional, desde el lanzamiento de transbordadores hasta la comunicación permanente con los astronautas. Al final, pudo llegar al espacio como parte de la tripulación de la nave.

Históricamente, la investigación espacial ha aportado cientos de elementos que hoy resultan prácticamente necesarios en nuestra vida cotidiana. Ha habido en la historia de las misiones espaciales fracasos rotundos y éxitos que han generado grandes avances, sobre todo en materia de ciencia y tecnología. Algunos de los casos exitosos que debemos a la carrera espacial son el desarrollo de pinturas especiales, anticorrosivos o el teflón que utilizamos en las sartenes con que cocinamos. Quién iba a pensarlo .

¿Se ha preguntado usted de dónde viene el velcro, esa fibra con la que alguna ropa se abre y se cierra y que reemplaza a la tradicional cremallera? No es asunto de moda, sino que se creó para minimizar el peso en la ropa de los astronautas; además, los botones o cierres metálicos transmiten la electricidad, lo cual siempre es un riesgo. Si esto parece poco, tenemos los sensores eléctricos, esos que permiten que un elevador o las puertas de los bancos o tiendas de autoservicio abran y cierren cuando estamos a punto de cruzarlas, o los inodoros que automáticamente descargan el agua cuando se terminan de usar.

De igual forma, esas bolsitas de plástico en las que los escolares llevan su sándwich a la escuela o los adul tos al trabajo, y que se pueden abrir y cerrar una y otra vez gracias al sistema llamado zip pack; pues bien, ellos guardan su desayuno en las mismas bolsitas en las que los viajeros espaciales llevan sus alimentos durante las misiones. Por supuesto que dispositivos como el tubo en el que viene la pasta de dientes o las pomadas, las micas que se emplean en lugar de los cr istales, o los lentes con fotogray también se inventaron para esos fines.

Además de esta serie de inventos, los viajes espaciales y su desarrollo han permitido a los científicos conocer aspectos del planeta que antes ni se imaginaban. Gracias a las tomas satelitales, hoy sabemos con tristeza que existe un agujero en la capa de ozono, la que nos protege de los efectos nocivos de los rayos ultravioletas o del calentamiento global de planeta.

Sin embargo, también gracias al monitoreo por satélite se pueden observar sitios donde se forman los huracanes y sus trayectorias, lo que permite al máximo la prevención y la disminución de los daños que ocasionan; además se han podido elaborar mapas más detallados del mundo y de regiones específicas, lo que hace posible localizar posiciones exactas, encontrar personas extraviadas o monitorear el clima del planeta.

Aunado a lo anterior, al avance de las investigaciones espaciales se le debe prácticamente casi todo el desarrollo de los sistemas inalámbricos; la fotografía satelital; los sistemas de control remoto; los radares para el control de tráfico aéreo; los filtros para agua, aire y café; los vasos, platos y cubiertos desechables; los cristales blindados; las turbinas de aceleración prolongada y las cámaras micro de video, por citar algunos de los muchos productos del avance espacial.

No sólo inventos, sino también tendencias y acciones específicas se han desarrollado en el seno de la investigación espacial, que a la postre hemos adoptado. En ese sentido, Rodolfo Neri Vela, el primer astronauta mexicano que visitó el espacio, hizo una interesante reflexión que al final concluye con una propuesta que, sin duda, más tarde o más temprano adaptaremos los seres humanos en la Tierra. Vale la pena la trascripción íntegra de la misma:

La urgencia de cuidar al planeta y conservar el agua es ya un pensamiento universal gracias al movimiento ecológico. Imagine el lector que forma parte de un campamento permanente en la Luna o en Marte, donde el agua es escasa; peor aún, suponga que está en un laboratorio en órbita terrestre sin la posibilidad de que una pipa llegue a surtirla. Enviar cualquier cosa al espacio requiere de mucha energía pues hay que vencer la fuerza de gravedad. Hasta ahora, el surtido del agua no ha sido un problema serio en las misiones espaciales, porque los orbitadores de la NASA –por la forma en que fueron diseñados– generan su propia electricidad combinando hidrógeno con oxígeno; al mismo tiempo que la electricidad es generada, se produce agua como excedente, y con ella los astronautas han satisfecho todas sus necesidades. Es tanta el agua que se produce en un orbitador, que ninguna tripulación se la termina, de modo que es común tirarla con frecuencia a través de toberas para evitar que el tanque de almacenamiento se sature. De allí que, al haber agua en demasía, cada vez que un orbitador visita a la estación espacial internacional le entrega generosas cantidades del vital líquido .

Pero los orbitadores pronto dejarán de volar y la gran pipa espacial dejará de existir. Para complicar más las cosas, la estación espacial ya cuenta con tripulaciones permanentes, los 365 días del año, de seis astronautas, ¡y todos consumen agua! Desde luego que las nuevas cápsulas cargueras de Rusia, Europa, Japón y Estados Unidos podrán seguir llevando no sólo agua, sino también otros fluidos necesarios para la supervivencia, pero a un alto costo. Por eso, la optimización del uso y racionamiento del agua en el espacio es fundamental, y la NASA ya comenzó a utilizar a bordo de la estación un flamante equipo que permite el reciclaje de la orina. Todo médico sabe que los riñones funcionan como un extraordinario filtro que le quita las impurezas a nuestros fluidos corporales de desecho, y que por lo tanto la orina es estéril y cristalina –como el agua más pura de un manantial –, libre de microorganismos y bichos patógenos. De ahí que los astronautas, que pasan por rigurosos exámenes médicos antes de ir al espacio, pueden compartir sus fluidos sin ningún peligro. Pero el aspecto –que es a veces amarillento por los colorantes o componentes de los alimentos–, la temperatura y el asunto psicológico exigen un procesamiento más depurado de la orina. Ésta es recolectada por mangueras conectadas a los dos W C que hay en la estación y pasa al “sistema de recuperación de agua”, donde es purificada al máximo, por lo que su calidad supera a cualquier agua embotellada que se venda aquí en la Tierra. El primer brindis con este precioso líquido dorado convertido en agua cristalina lo realizaron los astronautas Padalka, Barrett y Wakata el pasado 20 de mayo (¡nueva fecha conmemorativa!), y con ello se han sentado las bases para poder reciclar la orina no sólo en la estación espacial, sino en los próximos campamentos lunares y marcianos, así como en las futuras naves que viajen por meses o años para llegar a su destino. Esto es tener imaginación y saber planear con suficiente anticipación; sólo así se consigue el éxito. En cuanto a los beneficios de esta tecnología para todos nosotros los terrícolas, no sería nada extraño que en los próximos cincuenta años, o antes, millones de hogares cuenten con su purificador casero. Los primeros en dar el ejemplo tendrán que ser los ecologistas, y si tienen algunos cubitos de hielo a la mano, podrán decir felices: “¡Salud!”.

Puede resultarnos curioso, pero el destino nos ha mostrado que siempre nos alcanza, nos somete y termina por enseñarnos que siempre tiene la razón; tarde o temprano lo comprobamos. Antes de lo que imaginamos, podríamos estar celebrando esto con champaña espacial.

Referencias

Neri-Vela, R. (2009). Agua que vale oro. El Universal, 22 de junio.

Agencia Europea del Espacio (ESA). Disponible en línea: www.esa.int.

Agencia Nacional de Aire y el Espacio (NASA). Disponible en línea: www.nasa.gov.

Instituto Smithsoniano. Disponible en línea: www.si.edu.

National Center of Academic Research (NCAR) . Disponible en línea: www.ncar.edu.