Revista La Ciencia y el Hombre
Septiembre•Diciembre
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 3
Editorial
El origen de las especies o la descripción de las maravillas
El concepto de especie y la explicación de la extinción
La selección natural
La selección sexual
La selección artificial
Distribución geográfica de las especies animales
Distribución de la vegetación y cambio climático como proceso de selección natural
La influencia de Darwin en el pensamiento científico contemporáneo
Malthus, Darwin, las leyes estadísticas y la biometría
A propósito de Darwin
Hongos micorrizógenos y plantas: ¿una relación simbiótica ancestral?
La otra evolución de Darwin: su teoría y la prensa
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Charles Darwin y las claves femeninas de la teoría de la evolución
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
El comportamiento animal... de Darwin
Nuestros colaboradores en este número
CARTAS AL DIRECTOR
 

A propósito de Darwin

Jorge Borja Castañeda

pocas proposiciones científicas pueden presumir de ser el origen de una revolución en la percepción que tenemos de la realidad; la de Darwin es una de ellas, pues logró impactar no tan sólo los postulados básicos de ciencias como la biología, la antropología, la sociología y la psicología, sino que también influyó decisivamente en la imagen que el hombre de la calle tiene de sí mismo. Los conceptos de Darwin se han convertido en palabras de uso cotidiano, cuyo estatus dentro del lenguaje no siempre es evidente, pero que de muchos modos define un denominador común en la visión que de nosotros mismos tenemos como organismos y como personas.
La ruptura epistemológica creada por las observaciones de Darwin separa no únicamente dos épocas, sino también dos modelos de la realidad, dos cosmovisiones. Esto significa que ya sea en la ciencia o en cualquier otro modo de conocimiento, el modelo darwiniano es su base conceptual, lejana o cercana, pero al fin y al cabo su fundamento; lo que quiere decir, a su vez, que si se elimina de ese conocimiento todo lo que tuviese que ver con el mecanismo de la evolución de las especies, el cuerpo teórico de muchas ciencias quedaría desmembrado, si no desaparecido totalmente.
Gran parte de los cimientos de esa estructura que se conoce como ciencias de la vida y del comportamiento está constituida por las ideas de variación y selección natural que el 1 de julio de 1858 propuso Charles Darwin –adelantándose a Alfred R. Wallace en la exposición formal de esta teoría– en una sesión de la Sociedad Linneana, donde leyó sus primeras ideas respecto de la evolución de las especies, semejantes a las del trabajo que Wallace había realizado y del cual Darwin había recibido una copia por parte del mismo Wallace como muestra de honestidad y colaboración científicas, dando pie a la publicación al año siguiente, en 1859, de la obra que acaparó inmediatamente la atención de científicos y de legos: El origen de las especies, poniendo a Darwin en el lugar prominente que ocupa aún en nuestros días.
Sin embargo, esa preeminencia está siendo repensada actualmente dentro de la biología (la ciencia que más le debe) por científicos y filósofos que han detectado algunas fallas en sus postulados, generando también el cuestionamiento del resto del conocimiento que se había construido a partir de la visión de Darwin.
Lo que, por otra parte (hay que aclararlo de una vez por todas), no significa que se ponga en duda la idea general de que la vida y sus innumerables expresiones sean producto de fuerzas naturales, esto es, de la evolución como motor de los cambios en la filogenia.
Ciento cincuenta años –muy pocos en una escala histórica– han sido suficientes para que la teoría de la evolución muestre debilidades que, si bien no fracturan el edificio conceptual, obligan a revisar algunos de sus cimientos categoriales.
La idea de que las especies evolucionan y que son producto de algún mecanismo que las ha hecho cambiar a lo largo de las eras geológicas no surge con Darwin o con Wallace; la primera teoría de la evolución postulada de manera coherente fue la de Jean Baptiste de Lamarck, medio siglo antes de Darwin, en una época en la que todavía la historia de la vida y de la humanidad se medían con la escala bíblica. En efecto, no tan solo la escala del tiempo tenía como referencia a la Biblia, sino que la idea de la creación de las especies separadas entre sí e inmutables, prevalecía en las concepciones al uso. Fue en este contexto que Lamarck y otros pensadores comenzaron a exponer las premisas más importantes de lo que t iempo después se concretaría en las ideas de variación y selección de las especies, que no fueron privativas de Darwin o de Wallace y sí una muestra de la zeitgeist de esa época.

Las ideas de cambio o de evolución en periodos muy grandes son producto de descubrimientos y explicaciones que socavaron el orden intelectual y religioso de aquel tiempo; ejemplo de ello lo encontramos en las observaciones de James Hutton, el padre de la geología moderna, y en las de su seguidor, Charles Lyell, quienes con sus estudios llegaron a la conclusión de que la forma actual de la Tierra había requerido millones de años para concretarse, abatiendo así la escala bíblica con que se medía el tiempo.

Lyell se interesó en la biología y llevó a este campo sus ideas del cambio geológico, esbozando una teoría de la evolución de las especies. De aquí en adelante, los trabajos sobre el tema comenzaron a proliferar y desembocaron en la historia ya conocida del viaje de Darwin en el Beagle.
Lo que Darwin propone en El origen de las especies es lo siguiente: todas las especies poseen un origen común, y se han modificado, a lo largo de millones de años, por influjo de un mecanismo llamado selección natural, el cual puede resumirse de esta forma: si de una serie de variedades de una especie una de ellas está mejor adaptada para sobrevivir en su medio, como realmente ocurre, entonces la variedad mejor adaptada para sobrevivir es la que sobrevivirá mejor.
Una crítica fundamental puede hacerse a la afirmación anterior, y es que tal explicación de la evolución es únicamente un argumento circular evidente, independientemente de la forma en que se enuncie. Fred Hoyle, en El universo inteligente, dice sobre el particular: “La enorme diversidad de plantas y animales con que cuenta la Tierra, ¿pudo haber sido producida por una perogrullada de tan poca monta?”. A su vez, Gilbert Ryle, el filósofo inglés, consideraría esta circularidad como un grave error categorial en la construcción del conocimiento.
Un segundo fallo en la visión de Darwin sobre la selección natural (fallo que trataron de corregir los neodarwinistas o genetistas de la evolución) tiene que ver con la pregunta de cómo llegan a transformarse las especies, es decir, cuál es el mecanismo real que produce la variación adaptativa de las especies. Los neodarwinistas arguyen que tal mecanismo es el de los errores aleatorios en la copia de la información genética. Sin embargo, la lógica y las matemáticas, así como el conocimiento de la misma biología, indican que esas explicaciones no lo son realmente. Se sabe que los errores genéticos producen aberraciones no adaptativas, por lo que no es posible imaginar cómo pudieron contribuir a la evolución y a la mayor adaptación de las especies.
En el concepto de evolución se encuentra implícito que ésta implica siempre una “mejora”, es decir, una tendencia hacia formas superiores de plantas y animales, y el registro fósil así parece mostrarlo. Por lo tanto, ¿cómo ayudan las mutaciones a esta mejora? Analizando el problema de los errores genéticos con matemáticas de probabilidades, el resultado es negativo para la propuesta, esto es, la probabilidad de error en la copia de ADN es bajísima, por lo que no puede explicar la enorme variedad biológica, aun cuando se considere que eso ocurrió en el curso de millones de años. Todavía más, ¿cómo hizo la naturaleza para que los cambios “buenos” se perpetuaran y se eliminaran los cambios “malos”? La respuesta a esta pregunta la dio el siglo pasado James Clerk Maxwell mediante un experimento conceptual que narra así Fred Hoyle:

El físico Maxwell propuso un imaginario experimento en el que utilizaba un recipiente lleno de gas con dos compartimientos separados por una trampilla. En el recipiente actuaba un demonio o diablillo que rápidamente abría y cerraba la trampilla para interceptar las moléculas gaseosas en continuo movimiento. Al permitir que las moléculas rápidas o “calientes” se movieran sólo en una dirección, y las lentas o “frías” en la otra, al demonio le era posible, en teoría, separar el gas en dos partes diferenciadas. Maxwell deseaba demostrar que eso sólo era posible con una intervención exterior. Mediante un procedimiento análogo, los darwinistas conciben que grupos de organismos con ligeras diferencias puedan separarse en distintas especies. El problema reside en que, para la teoría darwinista, no se requiere ninguna intervención exterior. ¿Cómo se produce entonces ese fenómeno en el mundo natural? […] Inicialmente, en un mismo grupo de crías viven dos variedades de una misma especie. Se inicia un proceso que las separa de modo gradual en dos subgrupos. Por último, se convierten en especies distintas. Según los darwinistas, se separan desde el interior por un proceso totalmente aleatorio. Es un concepto sin paralelismo en el resto de la ciencia.

Más adelante, en la misma obra, Hoyle abunda:

Sin duda, uno de los grandes intereses de los propagandistas seguidores de Darwin, inmediatamente después de la publicación de El origen de las especies, consistió en persuadir no sólo al público, sino a científicos muy competentes en campos ajenos a la biología y la geología, de que los restos fósiles confirmaban la teoría, casi hasta el punto de constituir una demostración. Sin embargo, la realidad era muy otra, como reconoció el propio Darwin al dedicar un capítulo entero de El origen a “la imperfección del registro fósil”. Las pruebas que se aportaban en apoyo de la teoría –por ejemplo, las series de fósiles de caballos de estatura creciente– tenían poca relevancia, pues se referían a animales que poseían básicamente la misma estructura genética. Por otra parte, en dichas series pueden haber concurrido factores externos como la nutrición. Lo que se tenía que buscar eran los cambios cruciales en la estructura genética que se daban paso a paso en los registros fósiles; por ejemplo, la gran transición evolutiva desde los reptiles hasta los mamíferos. Evidentemente, esas grandes transiciones debían buscarse en aquellos casos en que se disponía de una gran abundancia de fósiles. En parte debido a que algunos invertebrados, como los insectos, existen en enorme número, y en parte a que otros viven en el mar, donde la probabilidad de fosilización es, en general, superior a la de la tierra, estos animales aportan los mejores elementos para confirmar o refutar la teoría. Se han identificado más de diez mil especies fósiles de insectos, más de treinta mil especies de arañas y números similares de muchas especies marinas. Y sin embargo, las pruebas a favor de cambios progresivos que produzcan grandes transiciones evolutivas son muy escasas. Todavía falta por encontrar la supuesta transición entre insectos sin alas y alados, al igual que la transición entre los dos tipos principales de insectos alados: los paleópteros (efímeras, libélulas) y los neópteros (moscas comunes, escarabajos, hormigas, abejas). Incluso el Archaeopteryx, el muy aclamado “eslabón” entre los reptiles y las aves, es una pieza aislada del registro fósil. En éste no aparecen los pasos intermedios entre los reptiles y el Archaeopteryx, ni entre este último y las aves, como requiere la teoría darwinista. De hecho, la situación es todo lo contrario de lo que predice la teoría. Desde luego que se perciben pequeñas variaciones, pero éstas no se acumulan gradualmente hasta producir cambios mayores. Las grandes transiciones, caso de haberse producido, tendrían que haberse dado mediante saltos repentinos, tan rápidos que el registro fósil no pueda reflejarlos, cosa difícil de compaginar con los cambios lentos e imperceptibles que aparecen en el mundo vivo que describió Darwin.

La idea de Fred Hoyle es la de que la evolución procede a saltos, y que tales saltos sí explicarían la gran variedad y capacidad de supervivencia de las especies. Seguir los pasos de un modo más detallado de esta argumentación escapa a los objetivos de este trabajo, por lo que se discutirán a continuación otras implicaciones de la visión evolutiva tradicional.
Una de tales implicaciones tiene que ver con la ideología que permea la idea de la selección natural, es decir, con la idea de la supervivencia del más apto (eufemismo usado en lugar de la palabra “fuerte”) en la lucha por la perpetuación de las especies, motivo ciego que guía la evolución, al decir de Darwin.
Ubicando históricamente el nacimiento de la teoría de Darwin, se hace obvia la connotación clasista e imperialista de sus postulados sobre la “ley del más fuerte”. Al nacer y abrevar en la cultura colonialista de la Inglaterra decimonónica, Darwin llevó a su teoría el modelo de la selección comercial –que se traducía a la sazón en el auge industrial– y lo convirtió en selección natural, no por un acto perverso de su parte, sino porque no hubiera podido dejar de representar, consciente o inconscientemente, las ideas de su época. Sobre esto hay mucho escrito, y tampoco es aquí el lugar para abundar en ello.
Lo que sí importa es señalar que actualmente hay avances teóricos sobre la evolución de la materia viva que se alejan, en menor o mayor medida, de la tradición clásica fundada por Darwin, así como de sus recapitulaciones más modernas.

Por ejemplo, Delbruck, en su obra Mente y materia. Ensayo de epistemología evolutiva, señala que “la cantidad de ADN es un mal índice para estimar el grado de sofisticación evolutiva”. Más adelante, se lee en la misma obra:

Mary Claire King y Wilson han estudiado el parentesco entre el hombre y el chimpancé [...] sus resultados indican que las proteínas del hombre y el chimpancé difieren en menos secuencias de aminoácidos –hay una concordancia global de 99.3%– que las diferentes especies de ratón. En comparación, las proteínas de las razas humanas modernas son mucho más parecidas: por pequeña que sea, la divergencia entre las proteínas del chimpancé y el hombre es de 20 a 60 veces mayor que entre las proteínas de los negros africanos, los japoneses y los caucásicos.

Una presuposición, tácita o expresa, de la idea de evolución es la de que los taxones biológicos muestran organizaciones jerárquicas; es decir, las especies más “complejas” son superiores a las menos complejas. Al respecto, en un capítulo del libro de Whyte, Wilson y Wilson, Las estructuras jerárquicas (“La metafísica, epistemología y metodología de los niveles”), Bunge comenta:

Opino que se debe considerar engañoso hablar de jerarquías en la naturaleza, en especial al referirse a las líneas evolutivas [...] Por otra parte, “más nuevo” no significa “más elevado” ni “superior” (que son conceptos valorativos), sino, simplemente, “más reciente” en el juego; pues ha de admitirse que todo novum habrá emergido, en el curso de cierto proceso, a partir de niveles preexistentes. Y, del mismo modo, en todo proceso evolutivo se pierden algunas propiedades.

En el mismo tenor, Bertalanffy (Perspectivas en la teoría general de sistemas) denuncia:

Desde la aparición de la obra de Darwin en 1859 hasta los años veinte de este siglo hubo un sinfín de polémicas en torno a la teoría de la selección, polémicas que hoy están relegadas al olvido. La crítica que le dirigiese Eduard von Hartmann en 1875 fue una de las primeras y con mucho la mejor. Por mi parte, y pese a todos los beneficios reportados por la genética y la teoría matemática de la selección, sigo sin comprender qué ventajas selectivas les reporta a las anguilas de Comacchio su peligroso viaje a través del Mar de los Sargazos [...] ¿Qué valor de sobrevivencia tiene el estómago múltiple vacuno, cuando vemos que el caballo –un vegetariano que tiene la talla de una vaca– se las arregla bien con un estómago simple? [...] No cabe rechazar estas preguntas y otras muy parecidas por impertinentes; si la explicación seleccionista funciona bien en ciertos casos, no cabe negarla en otros [...] Recientemente se ha planteado (mejor será decir replanteado) la cuestión de si el principio de selección es o no tautológico. Lo es en el sentido de que las explicaciones selectivistas se dan siempre a posteriori. [...] Además, la selección presupone el automantenimiento, la adaptabilidad, la reproducción, etc., del sistema viviente, con lo cual esos rasgos no pueden ser efectos de la selección. He aquí, pues, la discutida circularidad del argumento selectivista [...] A mi juicio, el hecho de que una teoría tan vaga y tan poco verificable, tan alejada, en suma, de los criterios aplicables a la ciencia “rigurosa”, se haya convertido en dogma, sólo cabe explicarlo basándose en motivaciones sociológicas. La sociedad y la ciencia se han empapado de las ideas del mecanicismo y el utilitarismo, así como del concepto económico de la libre competencia. La Selección ocupó el puesto de Dios en cuanto realidad última.

Adjudicarle a una palabra propiedades causales del fenómeno observado es un error categorial, pues el término que se usa para describir lingüísticamente el asunto se convierte en la causa material de lo estudiado. Otro ejemplo del espíritu que anima a la máquina.
Más adelante, el mismo autor, en la obra ya citada, cuestiona que la evolución sea el producto de que las variaciones genéticas produjeran ventajas adaptativas, pues

...la adaptación es posible a cualquier nivel de organización. Una ameba, un gusano, un insecto o un mamífero no placentario están tan bien adaptados como los animales placentarios. Si ello no fuera así, se hubieran extinguido desde hace mucho tiempo [...] Tampoco existen diferencias adaptativas considerables entre especialización y no especialización [...] No es claro tampoco que la conquista de nuevos nichos ambientales deba relacionarse con un aumento del nivel organizativo, y que tal conquista ha tenido lugar a niveles muy diversos de organización.

Se aprecia en este autor la profunda insatisfacción que produce en el ánimo intelectual el que una teoría tan poco sólida pueda guiar todavía los esfuerzos de muchos científicos en diversas áreas del conocimiento. En otro sentido, esa insatisfacción se expresa, como se apuntó líneas arriba, respecto de la clara función ideologizante de la teoría darwiniana.
Sin minimizar estos “pecadillos” políticos evidentes y hasta grotescos de algunos darwinistas sociales, lo importante es que la teoría no se mueve por caminos nivelados sino, por el contrario, entre hondonadas y precipicios conceptuales que han divido a la comunidad científica, especialmente a los biólogos.
W. I. Thompson lo expresa de una manera semejante en la introducción que hace al libro Gaia. Implicaciones de la nueva biología, cuando hace una comparación entre Wilson y Maturana: “Como podemos observar, Wilson y Maturana son dos imágenes opuestas uno del otro, pero dentro de estas dos biologías diferentes hay dos ideas diferentes de método, dos ideas diferentes de orden político”.
A pesar de la admiración incondicional que me produce la obra de Wilson sobre la unificación conceptual de todas las ciencias (The Consilience), no puedo dejar de reconocer que las proposiciones de Varela, Maturana, Margulis, Lovelock y otros me son también muy atractivas, pues entre otras cosas consideran que es la simbiosis (el altruismo) y no la competencia (el egoísmo) el motor de la evolución biológica, desacralizando así el papel de la agresión en la adaptación de las especies y, con ello, dejando sin justificación “científica” la violencia social. Siguiendo este hilo de pensamiento, no es el acto de matar lo que nos hace humanos (tal como se ve en las películas 2001: Odisea del espacio –homónima de la novela que le sirve de base– y La búsqueda del fuego), sino el reparto de la comida.
Todo esto a despecho de lo que Richard Dawkins (El gen egoísta) opina cuando dice que la cooperación es sólo otra forma de la competencia.
Algunas divergencias epistemológicas y teór icas ent re los dos tipos de biología respecto de la teoría darwiniana de la evolución se pueden identificar claramente en la antinoevolumia de los conceptos de correspondencia y coherencia. Estos términos son utilizados por Varela para hacer una distinción entre dos modos de entender la actividad biológica. El primer término resume la forma en que la biología tradicional explica los fenómenos de su incumbencia, y consiste en suponer que las acciones de un organismo están determinadas por el ambiente exterior y sin aportación dinámica por parte de ese organismo, sin que le quede otra cosa por hacer, pues es pasivo en su capacidad para adaptarse a su entorno; esto es, tan sólo reacciona a él mediante estructuras que corresponden a esas exigencias, las cuales fueron creadas a lo largo de la evolución. A cada exigencia del medio correspondería un conjunto de estructuras y sus concomitantes funciones, las que serían nada más que el reflejo de la realidad de ese organismo. De esta forma, la evolución se convierte en un juego ciego y aleatorio de creación de estructuras para lidiar con un ambiente que cambia. Ésta es la idea, por otro lado, que se encuentra detrás del concepto pavloviano de reflejo: la representación neuronal, pasiva, del mundo exterior. Dicho principio libera al hombre de la responsabilidad ontológica de sus acciones; al fin y al cabo, sus acciones son reflejo, representación, reacción al entorno.
Von Bertalanffy apunta al respecto:

Consideremos ahora el problema planteado por la reactividad de un organismo. Se empieza a reconocer en nuestros días que el organismo, aun en condiciones externas constantes, no es inerte sino que constituye un sistema activo. Dicha actividad es evidente en su metabolismo, pero también en su actividad autónoma, que no puede explicarse exclusivamente a partir de los reflejos. Así, el enfoque mecanicista, para el cual el organismo viene determinado pasivamente y sólo puede reaccionar ante influencias externas, tuvo que dar paso a una concepción que reconoce la primacía de la acción sobre la reacción

Puesto en otras palabras, lo que un organismo haga no depende de lo que el ambiente le hace, sino de cómo está hecho ese organismo. Maturana lo expresa con una metáfora:

Si tienes un frigorífico, por ejemplo, los cambios que experimenta en sus aspecto dinámicos no dependen de lo que tú le hagas, dependen de cómo está hecho el frigorífico. Esto lo sabemos muy bien por haber utilizado cualquiera de estas máquinas con botones que, si los aprietas, ocurre algo –lava, se ilumina, toca música– que no se determina apretando el botón.

La visión clásica de la adaptación biológica se asienta en la concepción de que la acción de un organismo corresponde por necesidad a los cambios en el ambiente, pues de otro modo no podría hablarse de la selección que el ambiente hace de las características estructurales que el azar crea ciegamente mediante los errores en la copia de ADN.
La llamada “nueva biología”, contrario sensu, parte de la premisa de que, ajustándose a una epistemología distinta, los organismos no son máquinas que el ambiente programa para reaccionar de alguna manera, sino que por su cualidad de seres vivientes tienen la posibilidad de variar activamente sus acciones o funciones estructurales como ajustes inteligentes, quizás al modo en que ya lo planteaba Piaget en sus numerosas obras (véase, por ejemplo, Adaptación vital e inteligencia).
Para decirlo llanamente, aceptar el principio de coherencia significa aceptar que el organismo no reacciona a su ambiente ni refleja nada del exterior. Lo que hace que un organismo se comporte de cierta manera no es el influjo del ambiente sino su estructura (la que incluye también eso que se llama ambiente). El tambor suena como tambor y la guitarra como guitarra porque así fueron hechos, y ambos sólo pueden ser tocados de cierta manera y no de otra para que se exprese su “esencia musical”.
Ahora bien, de lo que se trata es de explicar en la teoría de la evolución cómo surgen las distintas estructuras y qué leyes regulan su variación.
Jacques Monod, en El azar y la necesidad, afirma que no hay ningún secreto metafísico en que la materia viviente cambie y se haga más compleja, y que es consustancial a la vida el cambiar; se trata de un principio teleonómico. Según este autor, dos características definen la vida: la emergencia y la teleonomía. La emergencia es “la propiedad de reproducir y multiplicar estructuras ordenadas muy complejas, y de permitir la creación evolutiva de estructuras de complejidad creciente”. La teleonomía tiene un sentido similar al de “finalidad”: “Parece que los seres vivos se encuentran estructurados, organizados y condicionados para un determinado fin: la supervivencia del individuo, pero también de la especie”. El organismo es, en sí mismo, un complejo ambiente que se autorregula, es decir, que varía e interactúa con el ambiente en un plano de igualdad. Se puede decir que ambos pertenecen a un sistema más complejo, de distinto nivel, en el que ninguno determina unilateralmente la acción del otro, sino que ambos trabajan con el “propósito” de mantener la coherencia de ese sistema mayor, y sin que éste se reduzca a la acción de aquéllos; a esto se le llama “ecosistema”, y a la ciencia que lo estudia se le conoce como ecología. Más precisamente, la distinción entre organismo y ambiente es arbitraria y obedece a una concepción mecánica, analítica y reduccionista del universo que, como epistemología, normó la vida científica en Occidente desde Galileo. Von Bertalanffy nuevamente opina al respecto:

Todo parece indicar que estamos asistiendo a un cambio de las categorías básicas del conocimiento en la ciencia contemporánea, y que la compleja tecnología del presente es sólo una manifestación –probablemente no la más importante– de ese cambio. Tal proceso tiene que ver con la revisión del así llamado enfoque mecanicista de la ciencia, que encontramos sintetizado en el tercer axioma formulado por Descartes en su Discours de la Méthode: “Comencemos con los objetos más simples y de más fácil discernimiento, para ascender después gradualmente a la comprensión de los más complejos”. Contrastando con dichas palabras, que resumen el enfoque analítico o reduccionista, hoy nos enfrentamos a problemas definidos vagamente por términos como sistema, organización y otros similares. Ya ni la física es “mecanicista”, puesto que la materia se ha desmaterializado para la teoría moderna, el determinismo ha alcanzado sus límites en la teoría cuántica y las partículas últimas constituyen ent idades definibles sólo mediante expresiones matemáticas muy abstractas [...] Análogo malestar se deja sentir en la psicología. Durante la primera mitad del presente siglo la psicología se propuso, consciente y deliberadamente, modelarse según los paradigmas de la física. El resultado fue el “modelo robot” del hombre, en el que domina el esquema conductual de estímulo-respuesta (E-R) y de condicionamiento (derivado de los experimentos con animales), negando o desechando la especificidad del comportamiento humano frente al animal.

El reconocimiento de este proceder en la ciencia de Occidente une, en una extraña paradoja, lo que aparentemente es opuesto: a Wilson, por un lado, y a Varela y Maturana, por el otro.
Ellos y otros más de bandos opuestos, aparentemente, cuestionan al ambiente y al organismo como entidades que parecen poseer independencia ontológica y que son accesibles directamente a la experiencia del científico y del lego. Para estos autores, ambiente y organismo sólo tienen existencia como conceptos que regulan la actividad intelectual del científico al momento de aplicar sus métodos de investigación, pero no como realidades complementarias; no puede haber organismos como algo separado del ambiente, ni ambiente sin organismos; sería un contrasentido epistemológico.
Pronko, en su libro From AI to Zeitgeist: A philosophical guide for the skeptical psychologist, lo expresa así:

Objetos sin sus historias e historias sin objetos parecen caer en el patrón newtoniano de un universo compuesto de “cuerpos” existiendo de manera independiente, o de partículas por un lado y fuerzas por el otro. Pero bajo una orientación de campo, las entidades son sólo abstracciones de ocurrencias complejas. Así, cosas tales como organismos, objetos estimulantes y cerebros son aspectos continuos de un flujo de eventos en los cuales están inmersos.

Éstas y otras discusiones semejantes han marcado a la biología moderna, con lo que necesariamente sus efectos deberán revertirse a su fundamento más importante, a saber: el mecanismo de la selección natural.
Como se puede ver, el panorama de la teoría de la evolución comprende algo más que la pura visión darwiniana. Suponer lo contrario va en contra del espíritu científico.
La deuda que tenemos con Darwin es enorme, sin duda cabe, pero la enseñanza de su pensamiento se enfrenta a dos enemigos. El primero de ellos es quizá el menos peligroso, aunque no por ello despreciable: el renacimiento del creacionismo. El segundo es francamente insidioso, pues al considerarse el abanderado oficial de la teoría impide su crítica y el avance del conocimiento. Las voces discordantes, aunque científicas y honestas, son tratadas como traición a la palabra de Darwin. No obstante, la ciencia posee su propia dinámica, por lo que Darwin deberá revisarse (en ambos sentidos de la palabra) cuantas veces sea necesario, aun cuando los guardianes de la fe darwiniana se opongan.
La mejor manera de honrar a Darwin es impidiendo que su obra se convierta en el dogma científico que se usa para oponerlo al dogma religioso.
Honrar a Darwin es leerlo, releerlo, cuestionarlo, identificar sus carencias y proponer nuevas soluciones como el único modo para que la evolución, como concepto básico de la zeigeist occidental (según la cual nada puede dejar de evolucionar), permanezca viva y evolucionando.
Mucho hay que discutir todavía sobre la naturaleza humana; por ello hay que vencer la tentación de sacralizar a Darwin, pues sería lo mismo que fosilizarlo; por el contrario, hay que ponerlo de nuevo en la palestra para que la parte interesada (la humanidad toda) pueda también seguir evolucionando. Pues en el caso del ser humano, sin el conocimiento de sí mismo no hay evolución posible.