Revista La Ciencia y el Hombre
Septiembre•Diciembre
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 3
Editorial
El origen de las especies o la descripción de las maravillas
El concepto de especie y la explicación de la extinción
La selección natural
La selección sexual
La selección artificial
Distribución geográfica de las especies animales
Distribución de la vegetación y cambio climático como proceso de selección natural
La influencia de Darwin en el pensamiento científico contemporáneo
Malthus, Darwin, las leyes estadísticas y la biometría
A propósito de Darwin
Hongos micorrizógenos y plantas: ¿una relación simbiótica ancestral?
La otra evolución de Darwin: su teoría y la prensa
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Charles Darwin y las claves femeninas de la teoría de la evolución
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
El comportamiento animal... de Darwin
Nuestros colaboradores en este número
CARTAS AL DIRECTOR
 

El origen de las especies o la descripción de las maravillas

Porfirio Carrillo Castilla

fue hasta 1856 que Charles Darwin empezó a construir el libro que titularía Selección natural; en ese entonces, además, Lyell y Huxley le urgían a publicarlo; dos años más tarde tenía escritos diez capítulos y planeaba escribir otros más. No hubo tiempo. En la historia de las ciencias naturales aparece uno de los momentos más increíbles: la simultaneidad de los descubrimientos; el 10 de junio de 1858, Darwin recibe desde alguna isla cercana a Indonesia una carta y un texto de un joven naturalista, Alfred Russel Wallace, quien le pedía que, de ser favorable su opinión de lo desarrollado en el ensayo, se lo enviara a Lyell para ver si éste podía publicarlo. Las palabras del propio Darwin describen mejor el momento: “Si Wallace –con quien Darwin había mantenido correspondencia previa– hubiese conocido mi primer ensayo sobre el origen de las especies, no podría haber escrito mejor resumen de él”. Darwin tenía ante sus manos el manuscrito titulado On the tendency of varieties to depart indefinitely from the
original type, el cual contenía ¡las mismas ideas desarrolladas por él, las mismas conclusiones, las mismas referencias a Malthus! La teoría de la selección natural ya no era un secreto entre él y algunos de sus amigos, pues era también del dominio de un brillante y joven naturalista, casi desconocido, que decidió compartir sus ideas y su ensayo sobre ellas, a diferencia de Charles, que las había ocultado prácticamente desde 1842.

Repuesto –si acaso alguna vez lo logró– de este tremendo momento que le acarreó toda clase de conflictos emocionales, aceptó la recomendación de Lyell y Hooker de que se publicaran conjuntamente las dos teorías, demostrando, gracias a su escrito de 1842, la paternidad de Darwin de la idea de la evolución de las especies y de la selección natural como su mecanismo. El 1 de julio de 1858 ambos ensayos fueron presentados conjuntamente por los citados Lyell y Hooker –estando ausentes Darwin y Wallace– ante la prestigiosa Sociedad Linneana. Un año más tarde, en noviembre de 1859, como resultado de más de veinte años de trabajo de Charles Darwin, resumido en cuatrocientas páginas y editado por John Murray (quien rechazó la palabra“resumen” en el título original), se publicó On the origin of species by means of natural selection. En unas cuantas horas se vendieron las 1,250 copias impresas.

Sabía Darwin que la primera batalla que debía librar, y sin duda una de las centrales, era demostrar que las especies cambiaban, variaban, que eran dinámicas en sus formas con el paso del tiempo y que no eran inmutables, lo que resuelve sin duda desde el primer capítulo, no como si fuese una verdad propia de expertos académicos o mediante explicaciones técnicas enmarañadas, ajenas a su naturaleza; no, al hacerlo recurre a sus orígenes, al entorno de su infancia, al huerto, a la granja, a los agricultores de plantas y animales, que si de algo saben es precisamente eso: que las especies domésticas bajo su cuidado van variando constantemente, y que no obstante ignorar el origen de las razas domésticas, saben –y así lo demuestran ampliamente– que la variación de los progenitores puede ser transmitida a su descendencia.

Las descripciones de las distintas cruzas entre razas de palomas, hechas a lo largo de muchos años por el propio Darwin, junto con las interesantes referencias históricas, muestran al lector lo que será este atento y disciplinado observador-relator, un apasionado de las especies vivientes que traza una ruta hacia la comprobación de sus teorías utilizando referencias eruditas, descripciones que rayan en la composición literaria; un rigor de pensamiento basado en las abundantes evidencias; remisiones a los clásicos romanos o enciclopedias chinas; imágenes de mujeres o perros en la Tierra del Fuego; referencias a Plinio; visiones de África del gran Livingstone; cuadros sobre los bárbaros y su relación con los animales; relatos sobre los horticultores de la antigüedad, etcétera, todos los cuales constituyen deslumbrantes y bien descritos pretextos para demostrarnos la importancia que tiene la selección de especies por el hombre, esto es, la selección artificial, en cuanto que, al ser seleccionadas, van acumulándose un gran conjunto de variaciones que resultan en marcadas modificaciones en la estructura y características de la descendencia a lo largo de varias generaciones.

A continuación, en el segundo capítulo, Darwin, después de convencernos del gran poder del hombre para reconocer y seleccionar las variaciones espontáneas de los animales, nos vuelve a dejar perplejos, pero ahora poniéndonos justo en el lugar que nos corresponde, estemos para verlas o no, para seleccionarlas o no: es la naturaleza el escenario más importante en el cual se llevan a cabo las variaciones, y es ahí mismo donde estas toman su papel para servir a la sobrevivencia y la evolución de las especies; nuestra intervención, si ocurre, es una mera metáfora de la crianza; lo real es la lucha por la existencia, donde las variaciones ventajosas, por mínimas que sean, determinan al ganador. Es éste el verdadero valor del cambio, la sobrevivencia, como lo demostrará más adelante.

En el tercer capítulo hallamos explicaciones fundamentales. La primera de ellas tiene como marco la comprobación de que las especies varían en estado natural y no tan solo en la granja o en la huerta, de tal modo que varios de los principios de la variación y sus consecuencias, descritos en el capítulo anterior, se aplican a la variación individual en la naturaleza y cómo incluso esta variación sirve para reconocer, ordenar y clasificar las especies. Así, con mucho sentido crítico, Darwin reconoce que el término especie, a pesar de ser una palabra de uso corriente, indica ciertamente un acto de creación, la unidad mediante la cual entendemos el mundo viviente, aunque no es la única ya que hay otros términos importantes, como variedad, que designa la comunidad de origen entre las especies.

Aquí está, pues, explicada con detalle, la selección natural; de la conservación de variaciones útiles para la sobrevivencia de los que serán los más aptos, la selección natural, nos dice Darwin, “siempre es una fuerza dispuesta a la acción y será siempre enormemente superior a los esfuerzos del hombre; así de superiores serán las obras de la naturaleza con respecto a las obras de arte”. Hablando de la lucha por la existencia, “si nos dejamos llevar por el rostro resplandeciente y aparentemente feliz de la naturaleza, tenemos que apreciar el resplandor sin dejar de reconocer que este implica destrucción; ciertamente las aves de bellos cantos se alimentan de los insectos que matan, y a su vez las cantoras son aniquiladas, junto con su polluelos, por otras aves o mamíferos rapaces”. La naturaleza es, sin duda para Darwin –y está en lo cierto–, un espectáculo de belleza y horror, un escenario de distintos niveles naturales interconectados por eslabones de individuos, donde dependiendo de lo observado hay escenas de esplendor o de destrucción. Leer este importante capítulo es imaginar, presuntuosamente, que Darwin quedó perplejo y horrorizado de esta visión de la lucha; la prueba se halla en el maravilloso párrafo que cierra el capítulo: “Cuando reflexionamos sobre esta lucha, nos podemos consolar con la completa seguridad de que la guerra en la naturaleza no es incesante, que no se siente ningún miedo, que la muerte es generalmente rápida, y que el vigoroso, el sano, el feliz, sobrevive y se multiplica”.

El cuarto capítulo, uno de los más extensos, si no el que más, es la argumentación y descripción cuidadosa del poderoso principio de la selección natural o la supervivencia del más apto. La argumentación darwiniana comienza, nuevamente, a partir de los procesos que Darwin ha observado en la cruzas domésticas; la selección de caracteres que el agricultor hace, ¿opera en la naturaleza? Sí, y eficazmente; nos dice el autor: “A la conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y la destrucción de las perjudiciales le he llamado yo selección natural o sobrevivencia del más apto”. Ahí está resumido, en gran parte, el arduo trabajo de observación y deducción en la vida de Darwin, brevedad descriptiva resultado de un largo proceso.

A partir de este poderoso enunciado, Darwin tejerá pacientemente un cúmulo importante de explicaciones para derrumbar los malentendidos de su propuesta y la franca oposición a la misma; incluso aclara que la frase “selección natural” es, obviamente, falsa en su sentido literal: no hay quien conscientemente seleccione; no es una fuerza divina, sino una metáfora explicativa de un conjunto de procesos que permiten la adaptación, la sobrevivencia y la reproducción de los más aptos; una síntesis como la de los químicos, que hablan por ejemplo de las “afinidades electivas de los elementos”, o de los físicos, que hablan de la fuerza de gravedad; son, pues, metáforas “necesarias para la brevedad”.

En un gran árbol brillantemente construido cuyas ramas se extienden por todas partes y combinan los principios de selección natural y extinción, Darwin nos explica cómo los descendientes modificados de las especies prosperan mejor en la medida en que son más distintos de sus progenitores. El cuadro, entonces, nos explica la formación de géneros y subfamilias, familias u órdenes, donde también está representada la extinción. La comprensión de este cuadro es fundamental para entender gran parte del proceso de la evolución, y evidentemente regresará a él en otros capítulos.

Así pues, una de las claves centrales para la evolución es la variación, materia prima de la selección, de la sobrevivencia y de la reproducción, de tal modo que en el quinto capítulo Darwin detalla algunas de las leyes de esta variación, no sin reconocer como principio la ignorancia profunda de las causas de cada variación particular; en términos contemporáneos, hablaríamos de ignorancia de los mecanismos de la herencia, de los secretos por los cuales el material genético se modifica y surgen las variaciones en los organismos.

A continuación la expresión de Goethe: “la naturaleza, para gastar en un lado, está obligada a economizar en otro”, sirve para adentrarnos en la explicación sobre la compensación y economía de crecimiento; esto es, puede haber variación correlativa, pero también hay búsqueda del equilibrio en la variación; la selección natural, indica Darwin, se esfuerza continuamente por economizar todas las partes de la organización. La disminución de las estructuras poco útiles –por ejemplo el cambio de costumbres– podrá también ser favorecida. Darwin nos ofrece explicaciones detalladas de uno de los grupos más estudiados por él: los cirrípedos.

Después de cinco capítulos ampliamente descriptivos, deductivos, plagados de evidencias y citas de autores respetados, el andamiaje de la teoría está casi terminado. Darwin nos muestra esta fina trama basada en los hechos descritos no tan solo al agrupar las principales objeciones que cualquiera pondría a su teoría, sino además con la contundente explicación que va dando a cada una de esas objeciones. Y si bien va contestándolas en el capítulo, en realidad la respuesta detallada a cada una de las cuatro objeciones principales se encuentra en al menos los siguientes cuatro capítulos.

En uno de los párrafos más acertados y bellos de El origen, Darwin manifiesta lo siguiente: “Cuando se dijo por vez primera que el Sol estaba quieto y la Tierra giraba a su alrededor, el sentido común declaró como falsa esta doctrina, pero el antiguo adagio de vox populi, vox dei, como todo filósofo sabe, no puede admitirse en la ciencia. La razón me dice que puede demostrarse que existen muchas gradaciones, desde un ojo sencillo e imperfecto a un ojo complejo y perfecto, siendo cada grado útil al animal que lo posea”. En otro pasaje ampliamente citado y celebrado por los darwinistas modernos, y para referi rse a la variación de los órganos, Darwin cita “la vieja y algo exagerada regla de la historia natural de que Natura non facit saltum (la naturaleza no trabajadando saltos)”.

Sin duda es este séptimo capítulo de la obra el que mejor nos muestra la estupenda habilidad de Darwin para defender sus ideas. Es claro que su prosa revela ya a un profundo pensador crítico demoledor de sus adversarios, e incluso el tono de sus argumentaciones es fuerte por momentos y totalmente seguro de que su teoría es la correcta.


Para el capítulo octavo de El origen ha reservado Darwin la amplia explicación que requería una de las objeciones marcadas en el séptimo, a saber: si los instintos pueden modificarse también por selección natural. Advierte Darwin que no ha intentado con su teoría explicar el origen de la vida, y asimismo que no intentará ocuparse del origen de las habilidades mentales (a las que sin duda Darwin se asoma al describir el comportamiento).

El poder narrativo de Darwin solo se entiende por su poder de observación; perplejo ante la naturaleza, este colector de escarabajos, cazador y criador de palomas es el más exacto y minucioso de los relatores. Así como para apreciar los lienzos de los pintores de la escuela del río Hudson o de Barbizon se recomendaban catalejos, para leer este maravilloso capítulo –un lienzo descriptivo de la naturaleza– bien se puede requerir una lupa o un microscopio. Pero no: es la mano y el ojo de Darwin los que nos dan esta visión y este generoso conocimiento, un lienzo de letras y brillante descripción de maravillas.

En el noveno capítulo hallamos al naturalista un poco más técnico, más preocupado por la cuarta de las cuestiones opuestas a su teoría, planteada desde el capítulo sexto, esto es, la esterilidad producida por el entrecruzamiento de especies y la producción de híbridos estériles. Discutir este importante tema a la luz de la mucha ignorancia sobre los mecanismos de la reproducción y de los órganos reproductores que en ella participan no fue fácil para Darwin; es aquí donde tiene que reconocer repetidas veces lo poco que se conocía, pero sin duda es un tema ineludible para demostrar que las especies han surgido por la evolución gradual de las variedades, y que el utilizar el entrecruzamiento como prueba de la unicidad de las especies no es del todo confiable. Menciona Darwin que “la esterilidad de diferentes especies, al cruzarse, es de grado tan distinto y presenta gradaciones tan insensibles, y además la fecundidad de las especies puras es tan fácilmente influida, que es difícil decir dónde termina la fecundidad perfecta y dónde empieza la esterilidad”.

En el capítulo décimo Darwin seguirá contestando las objeciones enunciadas desde el sexto y que se esgrimen como opuestas a su teoría. No satisfecho con las explicaciones dadas a por qué no se encuentran en la naturaleza las formas de transición que han dado origen a las distintas especies actuales –ausencia íntimamente ligada al proceso de selección natural–, aborda esta misma discusión, pero ahora con una mirada al pasado. Utilizando sus amplios conocimientos de geología responde a la objeción de por qué el registro fósil no muestra la enorme acumulación esperada para las variedades intermedias, “los eslabones intermedios”, en cada formación geológica y estrato. Y es que ciertamente el registro geológico no muestra los estratos repletos de tales eslabones, y esta es sin duda para Darwin una grave objeción en contra de su teoría. “La explicación está a mi parecer –apunta– en la extrema imperfección de los registros geológicos”, pero Darwin sabía que tenía que explicar detalladamente esa “extrema imperfección”. Lo primero es saber qué buscamos, qué deberíamos de encontrar: “siempre se deben buscar en el registro fósil formas intermedias entre cada una de las especies y un antepasado común y desconocido que habrá diferido de todos sus descendientes modificados”.

Pero lo más importante –como nos recuerda Darwin– es que los naturalistas no tienen “una regla de oro para distinguir las especies de las variedades; conceden cierta pequeña variabilidad a todas las especies, pero cuando se encuentran una diferencia algo mayor entre las formas cualesquiera las consideran a ambas como especies, a menos que puedan enlazarlas mediante gradaciones intermedias muy próximas; esto es muy poco probable que pueda hacerse en un solo corte geológico”. Hacia el final del capítulo, con su acostumbrada y elegante prosa, Darwin, a partir de Lyell, construye una de las metáforas mejor logradas de El origen:

Considero los registros f ósiles como una historia del mundo imperfectamente conservada y escrita en un dialecto que cambia; de esta historia poseemos solo el último volumen, a lo más dos o tres siglos. De este volumen solo se ha conservado aquí y allá un breve capítulo, y de cada página solo unas pocas líneas saltadas. Cada palabra de este lenguaje, que lentamente varía, es más o menos diferente en los capítulos sucesivos y puede representar las formas orgánicas que están sepultadas en las formaciones consecutivas y que erróneamente parece que han sido introducidas de repente. Según esta opinión, las dificultades antes discutidas disminuyen notablemente y hasta desaparecen.

Con el detalle y estricto sentido darwiniano, donde las evidencias y las generalidades extraídas de los hechos son las que cuentan, en el capítulo onceavo Darwin desarrolla ampliamente cómo la sucesión geológica armoniza, más que con la fijeza de las especies, con el cambio gradual por variación y selección de los seres orgánicos. Apoyado por las ideas y hallazgos de Lyell sobre el gradualismo en la sucesión de formas extintas y vivientes en los pisos terciarios, establece que las especies nuevas han aparecido “lentísimamente” tanto en la tierra como en el agua, confirmándose que las especies pertenecientes a distintos géneros y clases no han variado ni con la misma velocidad ni con el mismo grado.

Por lo que toca al aumento gradual de las especies en las sucesivas formaciones geológicas, lo compara con el trazo de una línea gruesa que finalmente se afila, señalando la extinción. Aquí se halla también una de las descripciones más reveladoras del pensamiento temprano de Darwin. Para representar el origen y aumento de las especies, recurre a una de sus famosas libretas rojas, inseparables compañeras de reflexión, donde dibuja en el año de 1837 un pequeño árbol ramificado, representación de cómo surgen las especies, arriba del cual Charles escribió tímida pero claramente “I think” (“Pienso”). En este capítulo nos revela tal pensamiento diciéndonos que “una especie da primero origen a dos o tres variedades, estas se convier ten en especies, estas producen otras variedades y especies, y así sucesivamente, como la ramificación de un árbol partiendo de un solo tronco, hasta que el grupo llega a ser grande”.

Otro tema importante de este capítulo onceavo se refiere al desarrollo de las formas antiguas comparado con el de las especies actuales. Asumiendo que la organización en su conjunto ha producido adelantos –esto es, individuos mejor adaptados y exitosos estructuralmente para vencer en la lucha por la vida–, Darwin nos recuerda que también han quedado formas sencillas casi sin cambios (sin adelantamientos) dadas sus sencillas y estables condiciones de vida. Este adelantamiento representa una dificultad en su demostración, ya que no había registros geológicos lo bastante antiguos para demostrar con claridad que la organización ha avanzado; luego entonces, el concepto de “formas superiores” –implicando que las hay inferiores–, uno de los grandes conceptos aún discutidos en estos tiempos, debe ser utilizado con mucho cuidado; de otro modo, utilizando las palabras de Darwin, es un intento “vano”. “¿Quién decidirá si un molusco como la jibia es superior a una abeja, insecto que el gran von Baer cree que es de hecho de organización superior a la de un pez, aunque de otro tipo?”. En la paleontología –el análisis de los registro fósiles– tenemos pues, si bien incompleto, un gran apoyo para reafirmar que las especies han aparecido por generación ordinaria, suplantándose las formas antiguas por formas nuevas, producto directo de la variación y la sobrevivencia del más apto.


En los dos siguientes capítulos la mirada de Darwin abarca ahora la superficie del globo terráqueo. De la explicación del registro fósil, pasa al análisis de la distribución de los seres vivos; de las capas de subsuelo que cuentan la historia remota de las especies, aborda ahora la distribución de las especies actuales sobre la superficie de nuestro planeta. Una vez más la mirada escrutadora de Darwin nos reta a ir más allá de lo visible, de lo sabido; siempre más allá, en la incansable búsqueda de las evidencias que den soporte a la selección natural como la explicación del origen de las especies, pero ahora a través de la distribución geográfica de las mismas.

Así, a través de los cambios geológicos, la historia natural de la superficie terrestre (los cambios constantes en el terreno, los mares, ríos, montañas, etcétera, así como los cambios climatológicos) nos puede explicar, estudiada con detalle, la aparentemente difícil e inverosímil migración de una misma especie a puntos remotos o increíblemente accesibles. Es cuestión de reconstruir la historia de esa migración en el tiempo primigenio, de verla como una película que pasa rápidamente mostrándola, teniendo como escenario la perplejidad y como fondo el constante cambio en las condiciones geológicas y climatológicas, una danza incesante de nubes, ríos, montañas y valles, de hundimientos y erupciones, ya descritos en los capítulos anteriores. Todo tiene sentido, todo encaja. Es hasta chocante, si se quiere, esta visión por ser tan perfecta, pero lo es porque Darwin nos la revela con su inteligencia y su capacidad para explicar el presente reconstruyendo los escenarios naturales del pasado. Y en este portento de visión reconoce su comunión con Wallace, “el cual llega a la conclusión de que toda especie ha empezado a existir coincidiendo en espacio y en tiempo con otra especie preexistente muy afín, y es bien sabido que Wallace atribuye esta coincidencia a la descendencia con modificación”.

La última dificultad abordada por Darwin se refiere a la reducida población de las especies habitantes de las islas oceánicas, comparada con la de las que viven en los territorios continentales. En principio, reconoce que estas especies isleñas oceánicas son únicas y que no se encuentran en ninguna otra parte. Inevitablemente, describe aquí a las especies de las cuasimíticas islas Galápagos y proporciona una nueva e interesante referencia a Wallace y su propia tierra mítica del archipiélago malayo. Experimentos minuciosos con los moluscos terrestres complementan la explicación.Nueva y ampliamente aparecen las Galápagos, sus corrientes oceánicas y su ausencia de viento, en el lienzo darwiniano, mismas que le sirven para explicar con sumo detalle cuáles son las relaciones entre las especies habitantes de las islas y los de las cercanas tierras continentales: “Los habitantes de las islas de Cabo Verde están relacionados con los de África, lo mismo que los de las Galápagos con América. Hechos como estos no admiten explicación de ninguna clase dentro de la opinión corriente de las creaciones independientes”. Es esta frase la confirmación de que solo es la acumulación de variaciones por selección natural –por ejemplo, a lo largo de una dispersión o migración– lo que lleva a la evolución y lo que explica y teje la fina trama que une a las especies, en este caso a las especies de las islas y de los continentes: “En ambos casos las leyes de variación han sido las mismas y las modificaciones se han acumulado por el mismo medio de la selección natural”.

El capítulo catorce bien se podía considerar como el último de El origen de las especies, ya que el final, el quince, es, como bien lo llama Darwin, una recapitulación y conclusión. Pero antes de llegar a él, Darwin desarrollará una idea más, interesante y fundacional de un conjunto de temas de investigación que hoy alcanzan la embriología, la biología del desar rollo o la anatomía, por citar solamente algunos campos de conocimiento.

A partir de la reflexión sobre lo que era el sistema natural, la tan usada “ingenua e útil” clasificación biológica de los individuos por sus afinidades en grupos subordinados, órdenes, subórdenes, familias, subfamilias y géneros, nuestro autor encuentra otra explicación a lo que es este sistema, una explicación que refuta que sea la “revelación del plan del creador”. Darwin apunta que “la comunidad de descendencia –única causa conocida de estrecha semejanza en los seres orgánicos– es el lazo que, si bien observado en diferentes grados de modificación, nos revela, en parte, nuestras clasificaciones”. Así pues, la tesis evolutiva de Darwin da orden y coherencia a una clasificación que hasta ese entonces tenía más interrogantes que certezas acerca de los grupos y las afinidades de los grupos de plantas y animales. A lo largo de su gran obra va dando respuesta, paso a paso, con la parsimonia y el detalle darwiniano, a las implicaciones de este sistema a la luz de su visión; atiende la importancia relativa y a veces falsa de distintas partes de las estructuras usadas para clasificar o no a un individuo dentro de un grupo, tengan o no importancia funcional; el fracaso de la clasificación basada en un solo carácter, hasta llegar a un punto crucial. La clasificación debe comprender todas las edades, y por ello los caracteres estructurales del embrión son tan esenciales como los del adulto, tanto en plantas como en animales; afirma Darwin: “El sistema natural es genealógico en su disposición”.

Así llega nuestro autor a “uno de los asuntos centrales de toda la Historia Natural: el desarrollo y la embriología”, expresados primero a través de la metamorfosis de los insectos. El desarrollar una visión comparativa entre distintos individuos de una misma especie en distintas etapas de su desarrollo, y también de distintos individuos en las mismas etapas del desarrollo y entre embriones, las larvas de los insectos, la aparición de estructuras tempranas y sus variaciones, su permanencia o su desaparición en perros, palomas, yeguas y potros, y estas variaciones embrionarias en estado natural –como por ejemplo en los coleópteros–, lo lleva a una serie de importantes y contundentes conclusiones: “La estructura del embrión es aún más importante para la clarificación que la del adulto”. “La comunidad de conformación embrionaria revela, pues, comunidad de origen […] Agassiz cree que es esto una ley universal de la naturaleza, y podemos esperar ver comprobada en el porvenir la exactitud de esta ley”. “La embriología aumenta mucho en interés cuando consideramos el embrión como un retrato, más o menos borrado, ya del estado adulto, ya del estado larval del progenitor de todos los miembros de una misma gran clase”.