Revista La Ciencia y el Hombre
Mayo•Agosto
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 2
Editorial
A la búsqueda del eros en la tecnociencia: bases de una ciencia para el hombre
Psicología, salud, pasión y vida
La cronoterapia: cáncer al compás del reloj
El virus del papiloma humano
Cuidado con el índice glucémico de alimentos!
Tanatología: el proceso de morir
Microacelerómetros para la industria automotriz
La interacción entre abetos y hongos
Enlazando especies exóticas invasoras y educación ambienta
Áreas naturales protegidas: ¿realidad o antiguo paradigma?
Murciélagos en el México de ayer y hoy
RESEÑA
Culturas del Golfo de Fernando Winfield Capitaine
TRADUCCIÓN
“Invasión hiperoceánica” de Carl Zimmer
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Isabel de Bohemia: luces y sombras de la ciencia cartesiana
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Tochukaso, el curandero que mata a unos para sanar a otros
 

Isabel de Bohemia: luces y sombras de la ciencia cartesiana

María Angélica Salmerón Jiménez

En el esquema general de la época moderna, una de las trayectorias más determinantes y definitivas que permiten caracterizar las nuevas tendencias filosófico-científicas la encontramos precisamente en una de sus grandes metáforas: la revolución científica. La historiografía ha señalado esta etapa como la que ha experimentado los cambios más relevantes con respecto de las concepciones antiguas y medievales, y considera que en ella se origina, desarrolla y llega a su cúspide el edificio conceptual que determina la nueva figura del mundo. En efecto, este periodo, que según dicen los historiadores transcurre entre la publicación del De Revolutionibus de Copérnico (1535) y los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Newton (1687), constituye el tramo que por sus revolucionarias innovaciones ha sido llamada la “revolución científica”. Se trata –como apuntan Reale y Antiseri– de “un poderoso movimiento de ideas que adquiere en el siglo XVII sus rasgos distintivos con la obra de Galileo, que encuentra sus filósofos desde perspectivas diferentes en las ideas de Bacon y de Descartes, y que más tarde llegará a su expresión clásica mediante la imagen newtoniana del universo, concebido como una máquina, como un reloj”.

Este trayecto, que nos sitúa entre los siglos XVI y XVII y fija en este último una de sus directrices fundamentales, apunta de manera determinante a uno de sus representantes más canónicos y oficiales: René Descartes. Y, ciertamente –casi sobra decirlo–, con el pensamiento cartesiano se inaugura prácticamente la edad moderna; no en vano ha sido considerado el “padre de la modernidad” y su figura representa no sólo el perfil filosófico de la época, sino que constituye también su perfil científico. René Descartes es pues un personaje paradigmático de la modernidad en tanto que en su persona se conjunta el nuevo espíritu de la época en su doble vertiente: filosofía y ciencia en estrecho vínculo. Y este hecho, que el mismo Descartes pone de manifiesto en una de sus obras fundamentales –Los Principios de la Filosofía–, nos permite introducir el nombre de una mujer que, sin ser en estricto sentido una filósofa ni una científica, es con todo su mejor interlocutora. Nos referimos a la princesa Isabel de Bohemia, a quien el filósofo dedicó su obra. Pero además fue con Isabel con quien mantuvo una estrecha relación epistolar a raíz de la cual ésta se muestra como una discípula crítica de las concepciones de su maestro, razón por la cual, para intentar resolver las objeciones planteadas por Isabel, Descartes termine escribiendo la que sería su última obra: Las pasiones del alma, que curiosa y quizá paradójicamente está también dedicado a otra mujer: la reina Cristina de Suecia.

Podría pensarse, y no sin fundamento, que estos datos son interesantes y que ciertamente Descartes no se andaba con pequeñeces ni por las ramas cuando de sus amistades femeninas se trataba; ser amigo y hasta maestro de reinas y princesas en esa época podía ser bastante redituable, y más aún cuando de dedicar libros se trataba. La época se prestaba bien a ello, y la mayoría de las veces podía convertirse en moneda de uso corriente para los autores; sin embargo, en este caso no parece ni de lejos que Descartes se beneficiara directamente de ello; por el contrario, todo indica que sus dedicatorias podían más bien perjudicarle. De hecho, los estudiosos señalan que dedicar estos textos a Isabel y Cristina –una princesa protestante y la otra una reina luterana–, podían comprometer su propia posición religiosa y hasta política.

El caso es que Descartes redactó sus correspondientes homenajes, y que es posible concluir que si la historia conserva el nombre de estas mujeres, es por el simple hecho de haber coincidido con un hombre que en su época y hasta hoy es reconocido como uno de los filósofo más importantes y, más aún, un pensador que al correr del tiempo se constituiría en la figura señera de los tiempos modernos. Así pues, la memoria histórica retiene el nombre de Isabel y de Cristina, aunque siempre a la sombra de quien tanto contribuyó a dar brillo y esplendor a la modernidad temprana y a su gran movimiento revolucionario; de esto resulta que esas mujeres existen y son “alguien” sólo a través de la luz que irradia su amigo y maestro. Pero, ¿es realmente así? La respuesta tendrá que dárnosla una profundización de estas relaciones si queremos dejar el terreno de la mera anécdota o de la nota curiosa, y para ello es necesario ir al centro mismo de la cuestión a través de su núcleo intelectual, esto es, determinar si en dichas relaciones es posible hallar algo más que un simple y superfluo coqueteo cortesano. Al respecto, vale recordar lo que dice Margaret Alic: “Es irónico que esas mujeres sean recordadas hoy día más por su posición social y política que por su ciencia. Pero de la misma manera en que Anne Conway proporcionó nuevas ideas y temas de estudio a More y van Helmont, así Isabel de Bohemia, la princesa palatina, [...] influyó en su maestro Descartes, y la hermana de Isabel, la electora Sofía de Hannover, inspiró a Leibniz”. Por todo ello podemos seguir insistiendo en el hecho de que muchas de las relaciones que entablaron las mujeres cultas de la época con filósofos y científicos puede ser de tal importancia intelectual que nos permita develar los pensamientos que han quedado en el margen de las historias. Así, el “otro pensamiento” –en este caso concreto el de las mujeres que compartieron las inquietudes de su tiempo y que en cierta medida participaron también en su constitución– nos puede ayudar a comprender mejor una época, y con ello la serie de transformaciones y problemas que fueron determinando su perfil histórico.

Afortunadamente, para el caso que nos ocupa –el de la relación Isabel-Descartes–, contamos con algunos materiales que admiten profundizar en dichas cuestiones: por un lado, la correspondencia que ambos mantuvieron y la carta-dedicatoria con que Descartes ofrece a Isabel sus Principios; por otro lado, algunos señalamientos historiográficos que nos hablan de la importancia que tuvieron para las concepciones cartesianas las observaciones de la princesa palatina. Todo ello nos permite asimismo reconstruir un diálogo que habrá de aproximarnos a reconocer en Isabel un intelecto a la altura de la mente más lúcida de la modernidad, y quien, pese a no contar con una obra propia que dé forma y textura a una concepción filosófica y científica, deja ver claramente que no sólo era una buena lectora de estas disciplinas, sino que también comprendió a cabalidad sus problemas, al grado que pudo criticar y objetar las concepciones fundamentales del gran filósofo, gracias a lo cual podemos asistir a uno de los grandes debates de la edad moderna. Pero antes de ponernos en camino siguiendo el trazo de esas huellas, digamos algo sobre la mujer que hará posible tal empresa.

Isabel de Bohemia nació en Heidelberg el 26 de diciembre de 1618 y murió el 8 de febrero de 1680. Fue hija de Federico V del Palatinado y de Isabel Estuardo, hija a su vez de Jaime I de Inglaterra. Las vicisitudes que esta familia real tuvo que sortear terminaron por conducirlos a perder el reino de Bohemia y a vivir exiliados en Holanda. Bajo tales circunstancias, la vida de Isabel no parecía fácil y menos aún glamorosa; de hecho, no podía serlo para una princesa sin reino ni fortuna y, por si esto fuese poco, marcada por la égida del protestantismo que profesaba. Eran tiempos difíciles, e Isabel los enfrentó de la mejor manera que pudo. No se casó, y como mujer soltera tuvo que depender de sus parientes hasta que finalmente se refugió en un convento de Herford, del que llegó a ser abadesa, condición ésta que finalmente le acercó un tanto al estilo de vida adecuado a una princesa.

Hija pues de reyes depuestos y exiliados, Isabel recibió una cuidadosa educación que corriendo el tiempo la convirtió en una mujer célebre por su erudición. Se sabe que estudió música, danza, arte, ciencias naturales, matemáticas y lenguas; hablaba inglés, alemán, francés, holandés e italiano y conocía el latín; también fue una estudiosa de la Grecia antigua, lo que le valió el mote de “La griega” entre los miembros de su familia. En general, nuestra princesa fue una gran lectora y una entusiasta estudiosa de las ciencias: asistía a experimentos científicos y a disecciones anatómicas, lo que terminó por conducirla hacia uno de los filósofos más importantes de su tiempo: René Descartes, de quien Isabel fue una devota admiradora; conocía su obra y había leído varios de sus textos, entre ellos las Meditaciones, el Discurso y las Reglas. Isabel se dio a la tarea de cavar honda y contundentemente en las propuestas cartesianas, de forma que buscó el diálogo directo con el propio Descartes mediante una correspondencia que a menudo se ha señalado como una de las fuentes principales de la última obra del filósofo: Las pasiones del alma, además de proporcionar datos que aclaraban sus teorías. Historiadores de la filosofía y la ciencia, como Reale y Antiseri, afirman que dicha correspondencia “es muy importante para aclarar muchos puntos oscuros de [la] doctrina [de Descartes], y en particular la relación entre el alma y el cuerpo, el problema moral y el libre arbitrio”. Y más aún, como ha dicho Eugenio Garin: el epistolario viene a constituirse en “el preámbulo, el fondo y el comentario” de esa obra.

Por ende, la relación epistolar que sostienen la princesa y el filósofo, iniciada en 1643, aporta una gama tal de datos que no podemos perderla de vista; como hacen notar De Martino y Bruzzese, este importante intercambio epistolar que va del 16 de mayo de 1643 al 3 de diciembre de 1649 y que comprende 26 cartas de la princesa y 33 del filósofo en las que se tratan cuestiones filosóficas y matemáticas, debe ser tenido en consideración no sólo a partir de lo que apunta Descartes, sino de aquello que preocupa a Isabel, pues afirman que “el contenido de las cartas de la princesa, casi todas de argumento moral, ha sido generalmente subestimado, cuando no ignorado del todo por los historiadores, a favor de las cartas del filósofo”. En fin, como dice Margaret Atherton, “la reputación de Isabel como filósofa descansa en su correspondencia con René Descartes”. De ahí que esta correspondencia no sólo ayuda a reconstruir las concepciones del filósofo, sino que a través de ella estamos en condiciones de perfilar también el pensamiento de la princesa.

Pero, preguntémonos ahora, ¿por qué puede esto valer para introducir el nombre de Isabel de Bohemia en la historia del pensamiento filosófico y científico? Si su nombre merece un sitio en nuestra historia es porque contribuyó significativamente al desarrollo de la ciencia y la filosofía, obligando a Descartes buscar mejores y más clarificadoras explicaciones físicas y metafísicas, de donde –como hemos de mostrar más adelante– resultará que el influjo que tuvo sobre Descartes constituye una de las aportaciones más decisivas en el curso de la historia. Ciertamente, las objeciones y críticas de Isabel a Descartes obligaron a éste a revisar y ampliar sus planteamientos, al grado de que hoy por hoy la mayor parte de los estudiosos del pensamiento cartesiano remiten a su correspondencia con Isabel porque consideran que en ella se profundizan, amplían y aclaran algunas de las ideas fundamentales del filósofo. El diálogo Isabel-Descartes nos abre el camino a una doble vertiente de reconstrucción histórica: por un lado, ampliamos nuestro radio de comprensión de los planteamientos cartesianos; por el otro, recuperamos el nombre y el pensamiento de la mujer que no sólo se atrevió a poner en apuros al padre de la modernidad con sus preguntas y reflexiones, sino que, más allá de eso, lo condujo en buena parte a escribir su última obra. Por consiguiente, la relación epistolar que a mediados del siglo XVII mantuvieron Isabel de Bohemia y René Descartes es relevante en general para una mejor comprensión del periodo histórico en que se genera una de las propuestas más importantes del pensamiento filosófico-científico moderno y, en particular, para acercarnos al propio pensamiento cartesiano. La correspondencia, pues, cuenta con el mérito de ser un diálogo intelectual que nos permite introducirnos a través de las inquietudes de Isabel en las oscuridades que propiciaban algunas de las doctrinas más luminosas de la época.

Descartes, también llamado “el filósofo de la luz”, había concebido la idea de que si se quería explicar el funcionamiento de la nueva figura del mundo traída a cuento por la revolución cientí- fica, tendría que verse el universo como una mera extensión cuya cualificación última había de ser el mecanicismo: el mundo es una máquina cuyo funcionamiento puede ser entendido a través de procedimientos matemáticos, y cuyas leyes invariables y últimas no obedecen en modo alguno a fuerzas oscuras o subterráneas sino a su propia constitución. Es decir, el universo quedaba homogeneizado bajo el mismo régimen, olvidando así las viejas teorías aristotélicas cuya distinción lunar y sublunar hacían del universo un espectro heterogéneo; por ende, su explicación científica dependía de los diferentes elementos que lo componían. De igual modo, dejaba atrás las concepciones animistas del periodo renacentista. Descartes, con ello, había conducido a buen puerto las nuevas tendencias científicas dándoles una base metafísica adecuada: la naturaleza dejaba de ser cualitativa y entraba en su fase cuantitativa. El universo matematizable de la res extensa marcaba uno de los derroteros más significativos de la ciencia moderna. Así, en opinión de Descartes, la física quedaba segura bajo el suelo metafísico de la sustancia extensa que le servía de soporte y raíz. La luz de la ciencia cartesiana empezaba a irradiar con fuerza iluminando con sus destellos la temprana modernidad. Pero en este basamento metafísico subsistían también la sustancia pensante y la divina como pivotes y ejes fundantes del espectro general que constituía lo real. Y fue desde aquí, el cogito y la divinidad garante, como las sombras empezaron a proyectarse de nuevo sobre el fulgor del pensamiento cartesiano, cuestión esta que varios contemporáneos de Descartes supieron desde el principio poner de manifiesto. En sentido estricto –y sin entrar en detalles que rebasarían con mucho las expectativas de este pequeño bosquejo–, desde la aparición de las famosas Meditaciones metafísicas, las luces y las sombras de la fundacional metafísica moderna iniciaron juntas un recorrido que aún hoy provoca y mueve a las valoraciones más disímbolas. Y es que el filósofo que con su luz había intentado desterrar las oscuridades del pasado, terminaba por acarrear nuevas sombras sobre su propia luminosidad: Descartes legaba un dualismo tal que tanto sus críticos como sus mismos continuadores tuvieron que enfrentar, los unos para destacar aún más las sombras, alegando la insolubilidad del problema; los otros, para intentar despejarlas buscando una solución alternativa que, intentado mantener los cimientos, permitieran nuevas construcciones. Así, entre unos y otros, entre las luces y las sombras del planteamiento cartesiano, se fue reconstituyendo el pensamiento científico de la modernidad, y la historia ha dejado constancia de ello en miles de páginas. Ahora bien, y tomando esta cuestión como eje, en tanto que fue justamente Descartes quien formuló un completo dualismo, estableciendo la línea divisoria entre materia y pensamiento, contrastando así el mundo de la materia con el del espíritu, es claro que el universo material concebido como máquina había de comprometer de manera específica el status ontológico del hombre –compuesto de cuerpo y alma–, y también habría de acarrear problemas a su fisiología porque el dualismo abría la puerta a los cuestionamientos sobre la interacción de tales entidades: ¿cómo era posible que una sustancia material actuara sobre el alma, y viceversa?

Isabel pudo ver con meridiana claridad el problema y, pese a ser cartesiana en buena medida, no dejó de presionar a su maestro para que lo resolviera, aunque en el fondo también supo darse cuenta de que la cuestión del dualismo, tal y como quedaba planteada en las Meditaciones, no alcanzaría una solución adecuada por parte de Descartes. Y la historia nos muestra que no se equivocó. Además, tal dualismo se manifestaba de forma peculiar configurando lo que habría de ser uno de sus mayores obstáculos y uno de los problemas más relevantes para las épocas posteriores: el problema de la interacción mente-cuerpo, así como el de sus implicaciones morales, cuestiones ambas que Isabel hizo explícitas y que Descartes, haciendo gala de cortesía y dedicación, se dignó a explicar paciente y cordialmente a la princesa. Y este es un punto que debe destacarse ya que el filósofo no era amigo de debates y evitaba a toda costa entrar en discusiones, guardándose en la mayoría de los casos de responder a las objeciones. Pero a Isabel no solamente respondía a sus interrogantes por la mera gentileza debida a una princesa, sino profundizando en las objeciones y buscando realmente resolverlas. Esto pone de relieve el hecho de que el “filósofo de la luz” estaba seriamente preocupado por las sombras que sobre él proyectaban los agudos comentarios de Isabel, y si con ella se tomó el tiempo y tuvo la disposición de debatir sobre estas cuestiones, es claro que se las tomaba muy en serio, como seriamente consideraba el hecho de que una mujer carente de educación formal estuviese tan capacitada intelectualmente como para discutir sobre asuntos tan complejos y especializados. Que esto fue así lo señaló el mismo Descartes en su dedicatoria de los Principios al referirse a la sabiduría que consideraba que la princesa poseía en grado sumo:

Dispongo, además, de otra prueba particular, pues ninguna otra persona conocida por mí ha comprendido en general y tan adecuadamente cuanto hay en mis escritos; es más, algunas de las cuestiones tratadas son consideradas como muy oscuras por los espíritus más capacitados y más doctos. Además, me percato que casi todos lo que comprenden las cuestiones propias de la metafísica, y al contrario, quienes cultivan con facilidad éstas, no siguen con facilidad las propias de las matemáticas. Así pues, puedo decir que no he conocido a otra persona que siguiera con igual facilidad las unas y las otras y, por tal tazón estoy asistido de razón para estimar incomparable vuestra capacidad.

No parece factible que Descartes sólo quisiera ser amable y salva- guardar las reglas de la más exquisita cortesía. Por más que el filósofo siempre gustó del ocultamiento y las máscaras, sabía que con semejante halago reconocía en Isabel a una interlocutora de altura que no únicamente comprendía las cuestiones matemáticas, sino también las complejas explicaciones metafísicas. Y no hay que olvidar que la obra que dedicaba Descartes era precisamente la síntesis filosófico-científica de su pensamiento; en ella resumía y sistematizaba su física y su metafísica, es decir, resaltaba el vínculo entre la filosofía y la ciencia; el texto era fundamental, y en ese mismo tenor habría que situar la relevancia de la dedicatoria. En ella prosigue: “Lo que, no obstante, me produce una mayor admiración es que un conocimiento tan diverso y tan perfecto de las distintas ciencias que no suele poseerlo un anciano doctor que hubiera empleado muchos años en su instrucción, lo posee una Princesa joven, cuyo rostro se asemeja más al que los poetas atribuyen a las Gracias que al que atribuyen a las musas o a la sabia Minerva”. Revelador y poético resulta este pasaje en el que el filósofo asume la superioridad del intelecto femenino de Isabel, remitiéndonos así a su famoso comienzo del Discurso del método: la razón es la cosa mejor repartida del mundo, y tan bien repartida está que las mujeres también la poseen. Y tanta “razón” posee Isabel que Descartes no duda en contestar sus cartas aun cuando en ellas la princesa lo objete y lo fuerce a dar respuestas más claras y concienzudas.

En su carta del 16 de mayo de 1643 Isabel preguntaba lo siguiente: “¿Cómo el alma humana (ya que no es más que una sustancia pensante) puede llevar a los espíritus del cuerpo a producir acciones voluntarias? Ya que parece que toda determinación de movimiento proviene de un impulso de la cosa movida, acorde con la manera en que es empujada por aquello que la mueve; y si no, depende de la calidad y figura de la superfi- cie del segundo. Se requiere contacto para que se den las primeras dos condiciones y la exten- sión para el tercero. Usted excluye por completo la extensión de la noción del alma, y el contacto, por lo tanto, me parece incompatible con una cosa inmaterial”1. Exigía a continuación una defini- ción más precisa del alma, pues consideraba que la que se apuntaba en la metafísica de su in- terlocutor no era suficiente. La respuesta de Descartes (21 de mayo de 1643) no deja lugar a dudas en cuanto a la relevancia que concedió a la pregunta de Isabel:

“Puedo decir con toda honestidad que la pregunta que Su Alteza propone puede ser formulada, con toda justeza, con base en los escritos que he publicado debido a que existen dos cosas en el alma humana de las que depende todo el conocimiento que podemos tener de su naturaleza: la primera, que piensa, y la segunda, que estando unida al cuerpo, actúa y sufre con él. He dicho muy poco refiriéndome a esta última cuestión y he estudiado sólo lo suficiente para entender adecuadamente la primera [en virtud de] que mi objetivo principal era comprobar la diferencia que existe entre cuerpo y alma, por lo que la primera cuestión, por sí misma, era suficiente, mientras que la otra habría sido un obstáculo. Sin embargo, como Su Alteza es tan aguda que uno no puede ocultar cosa alguna de ella, intentaré explicar la forma en la cual concibo la unión entre alma y cuerpo y cómo el alma tiene la fuerza para mover el cuerpo”.

A continuación viene una detallada exposición con que el filósofo intenta resolver el problema. Cottinham lo resume del modo siguiente: «Descartes habla de tres categorías o nociones primitivas en términos de lo que pensamos acerca del mundo (“modelos que constituyen un patrón para nuestro conocimiento”). Hay extensión (que abarca la forma y el movimiento) que sólo le corresponde al cuerpo; pensamiento (que abarca entendimiento y voluntad), que sólo le corresponde a la mente y, finalmente, [la] “unión” de cuerpo y mente (que abarca los resultados de las interacciones psicofísicas, tales como las “sensaciones y pasiones”)». A estas cuestiones volverá el filósofo en una carta del 28 de junio, ya que Isabel le ha vuelto a objetar en su carta del 10 o 20 de junio. Apunta la abadesa: «Y admito que sería más fácil para mí admitir materia y extensión en el alma que admitir la capacidad de mover un cuerpo y de ser movido a un ser inmaterial. Ya que si ocurriera lo primero mediante “información”, los espíritus que efectúan el movimiento tendrían que ser inteligentes, lo cual usted no atribuye a nada corporal. Y aunque en sus Meditaciones metafísicas muestra la posibilidad de lo segundo, es, sin embargo, muy difícil comprender cómo un alma, como usted la ha descrito, después de tener la facultad y el hábito de razonar bien, pueda perderlo todo debido a ciertos vapores, y que, aunque pueda subsistir sin el cuerpo y sin tener nada en común con él, sea de tal manera regido por él». Pese al empeño del filósofo por ir resolviendo las dudas y las objeciones de Isabel, ella seguía convencida de que los argumentos esgrimidos por Descartes no eran suficientes. Así, la correspondencia continúa entre preguntas, dudas, aclaraciones y sarcasmos, y es que Isabel también sabía hacer uso de la ironía cuando se trataba de poner al maestro en su lugar. Como ha señalado Watson: “En un maravilloso intercambio, Descartes pontificaba haciendo alarde de su autoridad (casi como un padre) e Isabel le replicaba airada y lo ponía en su lugar (casi como una hija)”.

Lo anterior no puede menos que hacernos pensar que Isabel de Bohemia era un hueso duro de roer, y que ello se debía precisamente a su capacidad intelectual: como era capaz de pensar por sí misma, no iba a someterse a la autoridad intelectual de otro, aunque ese otro fuese el mismísimo padre del pensamiento moderno. En el diálogo que mantuvieron se puede oír discutir a dos personas en igualdad de condiciones; nada importa que uno funja como mentor y la otra como aprendiz, pues entre ellos se establece un canal de comunicación tal que uno y otro terminan por reconocer y aceptar la estatura intelectual de su interlocutor. En un diálogo que bien valdría la pena reconstruir en su totalidad –y del que aquí sólo hemos dado una muestra–, y amén de este problema central de la interacción entre mente y cuerpo, la princesa y el filósofo discutieron también sobre otras muchas cuestiones, tales como la naturaleza soberana de Dios, el libre albedrío, la vida feliz y la relación entre la razón y las pasiones. Por ello, como ha dicho Cottingham: “En sus cartas, [Isabel] planteó preguntas acerca de la explicación de Descartes sobre la mente y su relación con el cuerpo que apuntaban con precisión hacia algunas de las principales dificultades de la postura cartesiana; las detalladas respuestas de Descartes son una fuente fecunda para los estudiosos de su filosofía de lo mental. La correspondencia con Isabel versa también sobre la relación entre la razón y las pasiones, y los pensamientos de Descartes sobre este asunto fueron después incorporados en su principal tratado fisiológico-psi-cológico-ético, Las pasiones del alma, publicado finalmente en 1649”.

El minucioso análisis de esta correspondencia puede devolvernos no sólo el diálogo que legaron a la posteridad Isabel y Descartes, dos intelectos ávidos de conocimiento, sino además el nombre y la figura de una pensadora de la temprana modernidad en quien el filósofo más representativo de la época supo ver que las luces más claras del intelecto emanaban de un cuerpo de mujer, aunque dichas luces pusieran de manifiesto las sombras del alma de su propia doctrina. Al final de su dedicatoria, en efecto, escribe el filósofo: “Tan perfecta Sabiduría me obliga a un respeto tal que no sólo entiendo que debo dedicarle este libro, que trata de Filosofía (pues no es otra cosa que el deseo de la Sabiduría), sino que tampoco poseo más celo por filosofar –es decir, por adquirir la Sabiduría– del que poseo por ser, Señora, el más humilde, obediente y ferviente servidor de Vuestra Alteza”. Nos queda, pues, como legado esta lección de Descartes: la historia no debiera olvidar el nombre de esta sabia mujer. Isabel de Bohemia merece ser recordada por sus propios meritos intelectuales.

Para el lector interesado

Descartes, R. (1995). Los principios de la filosofía (“Carta a Isabel”: pp. 3-6). Madrid: Alianza Universidad.

Atherton, M. (1994). Women philosophers of the Early Modern Period. Indianápolis, IN: Hackett Publishing Company.

Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI.

Martino, G. y Bruzzese, M. (1996). Las filósofas. Madrid: Cátedra.

Watson, R. (2003). Descartes, el filósofo de la luz. Barcelona: Vergara.

Cottingham, J. (1995). Descartes. México: UNAM.

1La traducción de la correspondencia Isabel-Descartes es de Mario C. Márquez, integrante del Proyecto de Investigación “Ciencia, Filosofía y Cultura” de la Facultad de Filosofía de la Universidad Veracruzana.