Revista La Ciencia y el Hombre
Enero•Abril
de 2009
REVISTA DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA Y TECNOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Volumen XXII
Número 1
Editorial
Con la fotosíntesis en casa
Célula:
¿“pequeños animálculos” o unidades de vida?
Agua subterránea:
el agua que no vemos
La biodiversidad desde la perspectiva de la conservación
La conservación de la vida salvaje
La vainilla
La vainilla y sus beneficios en el sistema de acahual
¿Es factible producir alimentos sin agroquímicos?
La produccion de biocombustibles en México:
la caña de azúcar
El problema de la técnica en Ortega y Gasset
La Sociedad de Reformulación Científica
Viajeros en el tiempo: mi encuentro con Turing
ENTREVISTA
Gerardo Jiménez Sánchez:
el conocimiento del genoma humano ha derrumbado el concepto de raza
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
Carolina Herschel:
la astronomía sideral o la canción de las estrellas
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
Cuidar, invertir:
la economía de la vida
 

Carolina Herschel: la astronomía sideral o la canción de las estrellas

Angélica Salmerón Jiménez

Pese a reconocerse que fue a partir del siglo XVII cuando las mujeres fueron parte importante del trabajo científico realizado en el campo de la astronomía, sus nombres siguen siendo prácticamente desconocidos para la mayoría de los lectores cultos, y no obstante el reconocimiento oficial de que fueron muchas las mujeres dedicadas a la astronomía, el resultado sigue siendo el mismo: en las historias de la ciencia no aparecen sus nombres, y mucho menos constancia de sus actividades. Y la paradoja no podría ser mayor en tanto que si bien muchos historiadores apuntan que un rasgo determinante de la “revolución científica” en el campo de la astronomía es que dicha ciencia fue prácticamente invadida por las mujeres, se les siga pasando por alto. Si es cierto que estas contempladoras del nuevo universo fueron tantas, ¿por qué extraños motivos no figuran siquiera algunos nombres representativos que certifiquen que dichas astrónomas fueron reales? La paradoja consiste entonces en el hecho de que, aun siendo indiscutible la existencia de esas astrónomas, sigamos sin saber prácticamente nada de ellas. Habrá que salir de este bache histórico de alguna manera, pues semejante contradicción provoca en nosotros el efecto de un prejuicio, o tal vez nos habla de una consigna histórica –cuya inconsciencia la hace aún más peligrosa– para ocultar las actividades científicas llevadas a cabo por las mujeres.

Para evitar malos entendidos, habría que decir que tampoco se trata de incluir en el insigne listado a esas mujeres que se dedicaron a contemplar las estrellas tomando algunas notas en su diario, o que comentaron sus observaciones en alguna tertulia intelectual, no; sabemos desde siempre que la historia, como la memoria, es selectiva y que en buena medida la esencia de ambas radica justamente en esa capacidad de selección: algo, pues, tiene que ser olvidado para que algo más pueda ser recordado. Lo contrario supondría la pérdida total de la memoria y, por ende, de la historia; ya lo decía San Agustín: “Sin olvido no habría memoria”, cuestión que tan ingeniosamente nos recuerda también Jorge Luis Borges en su espléndido relato Funes el memorioso. Filosofía y literatura nos dan lo que al parecer debemos considerar un principio metodológico para el trabajo histórico, a saber: hay que evitar la obsesión por el pasado ya que el culto irrestricto de la memoria termina por anularla; el camino rememorativo debe implicar un proceso selectivo, de donde resulta a la larga que recuerdo y olvido se implican mutuamente. Con tal precepto, debemos seguir insistiendo en que la historia de la ciencia debe esforzarse por recordar algunos nombres de científicas en la justa medida en que hayan contribuido con su trabajo a determinar una vertiente significativa en el campo de que se trate.

Tal es el caso de la astrónoma que ahora presentamos: Carolina Lucrecia Herschel. En efecto, ella representa en los siglos de la revolución científica precisamente un caso prototípico de lo que una mujer –pese a las resistencias y escrúpulos propios de la época– puede lograr con denuedo y perseverancia, pues no solamente tuvo la fortuna de ser conocida en su propia época como una distinguida astrónoma en toda Europa, sino que además recibió reconocimientos académicos oficiales por su actividad y fue la primera mujer en Inglaterra honrada con un nombramiento gubernamental pagado. Así, los méritos de Carolina Herschel no hacen sino indicarnos el camino rememorativo que debemos seguir, en tanto que su propia trayectoria –como la de los tantos cometas que observó– deja tras de sí una estela que nos hace posible afirmar que es una de las principales científicas de la época moderna y, por lo mismo, que su nombre y su figura deben ser rescatados del pozo del olvido y recuperar con ello parte de la historia de la astronomía.

Para comenzar este recorrido, tomaremos como punto de inflexión las propias palabras de Carolina, puesto que ellas nos muestran las dos cuestiones que hemos señalado antes: la situación de la mujer de ciencia en el espectro de una época y el trabajo científico al que se consagraba. Y proponemos partir de lo anterior porque la misma Carolina pareció estar muy consciente y tomar muy en serio el hecho de que ser mujer y aspirar al conocimiento eran dos polos que –aunque fuese más bien por razones culturales– tendían a repelerse, pues las mujeres dedicadas a la ciencia jamás recibían reconocimiento por su trabajo y, por ende, desaparecían de los registros históricos. Y fue así que ella, como antes sus “olvidadas hermanas”, debieron realizar su empresa al margen de los verdaderos centros científicos, aunque la biografía de Carolina mostrará que, al menos en su caso, no fue así del todo. Pero vale la pena recoger sus palabras porque muestran a las claras su sentir y sobre todo porque dan una pauta para entender cómo veía Carolina su propio trabajo y el de las otras mujeres que la habían antecedido:

William está lejos, y yo me estoy ocupando de los cielos. He descubierto ocho nuevos cometas y tres nebulosas nunca antes vistas por el hombre, y estoy preparando un índice a las observaciones de Flamsteed, junto con un catálogo de 560 estrellas omitidas en el Britsh Catalogue, más una lista de erratas de esa publicación. William dice que se me dan bien los números, así que me encargo de las reducciones y los cálculos necesarios. También hago el programa de observación de cada noche, porque dice que mi intuición me ayuda a mover el telescopio para descubrir un cúmulo de estrellas tras otro. Le he ayudado a pulir los espejos y lentes de nuestro nuevo telescopio. Es el mayor que existe. ¿Puedes imaginarte la emoción de apuntarlo a algún nuevo rincón de los cielos para ver algo que nunca antes ha sido visto desde la Tierra? Realmente me gusta que esté ocupado en la Royal Society y su club, porque cuando termino mis otras tareas puedo pasar la noche barriendo los cielos. A veces, cuando estoy sola en la oscuridad, y el universo revela otro secreto más, digo los nombres de mis antiguas, perdidas y olvidadas hermanas en los libros que registran nuestra ciencia –Aglaonice de Tesalia, Hypatia, Hildegarda, Catalina Hevelius, María Agnesi–, como si las mismas estrellas pudieran recordar. ¿Sabías que Hildegarda propuso un universo heliocéntrico trescientos años antes que Copérnico? ¿Que escribió sobre la gravitación universal quinientos años antes que Newton? Pero, ¿quién la escuchó? Sólo era una sirvienta, una mujer. ¿En qué edad nos encontramos, si aquella era la edad oscura? Y lo es también para mi nombre, que igualmente será olvidado, si no soy acusada de ser una hechicera, como Aganice, y los cristianos no amenazan con arrastrarme hasta la iglesia, con asesinarme, como le hicieron a Hypatia de Alejandría, la elocuente y joven mujer que ideó los instrumentos empleados para medir con precisión la posición y movimiento de los cuerpos celestes. Por mucho que vivamos, la vida es corta, así que trabajo. Y no importa lo importante que el hombre llegue a ser, que no será nunca nada comparado con las estrellas. Hay secretos, querida hermana, y es nuestra tarea revelarlos. Tu nombre, como el mío, es una canción.

Sirva lo anterior como una efectiva y viva presentación de nuestra astrónoma, quien en ese breve resumen nos ha puesto ya en conocimiento de su actividad como científica y de los sentimientos que le provocaba. Busquemos ahora, a partir del perfil que nos brinda la propia Carolina, proyectar más ampliamente su quehacer y su figura como científica. Contextualizar y configurar la trayectoria vital y científica de Carolina ocuparía –aunque tan sólo fuese por el espectro histórico que le toca cubrir– las páginas de un libro completo, pues no solo nace en un siglo fundamental para la configuración de la ciencia moderna, sino que además su vida se extiende a lo largo y ancho de casi un siglo; en efecto, Carolina Herschel gozó de una larga existencia ya que vivió 97 años y, por si esto no fuese suficiente, su biografía está ligada a la de su hermano William –un astrónomo fundamental–, al cual, como resulta siempre en estos casos, parece haber subordinado su actividad y su nombre. No obstante que sería necesario determinar con fidelidad muchos detalles en torno del siglo de vida de nuestra astrónoma, del contexto científico (y dentro de éste el específicamente astronómico), amén de la relación filial y de trabajo que mantuvo con su hermano, intentaremos ahora un bosquejo breve de todo ello, evitando en lo general los recovecos históricos de la precisión y el detalle, en tanto que semejante tarea implicaría un concienzudo estudio que no podemos emprender aquí. Bajo tales limitaciones, nos proponemos solamente presentar a Carolina Herschel bajo el ángulo simple y sencillo de establecer dos cuestiones fundamentales: ¿quién fue y qué hizo? Las respuestas a ambas preguntas habrán de ayudarnos a responder la pregunta general de por qué es preciso hablar de esta mujer en la historia de la ciencia astronómica.

Digamos entonces, para empezar, que Carolina Herschel nació el 16 de marzo de 1750 en Hannover (ciudad alemana que en aquel entonces formaba parte de la Corona británica) y murió ahí mismo el 9 de enero de 1848. Así las cosas, estamos ante una astrónoma inglesa de origen alemán que vivió entre Hannover e Inglaterra, pero que además atraviesa una época que ocupa buena parte de dos siglos diferentes: la última mitad del XVIII y la primera del XIX. Nace, pues, Carolina en una era científica y revolucionaria que proyecta sus luces hasta nuestra propia época. Y así, con este entrecruzamiento de fondo, vienen otros que a la larga habrán de determinar su destino último y su compromiso final con la ciencia. Uno de ellos –como habría de esperarse en semejante época– está referido al hecho mismo de que, como mujer, no podía aspirar a otra cosa que a convertirse en esposa y madre, por lo que su educación consistió en formarse para ser una buena ama de casa, tarea a la que la orilló la autoridad materna, pues la madre de Carolina pensaba que era obligación propia de las mujeres cuidar de su hogar y atender a los varones que en él moraban; de aquí resultaría una de las tareas que Carolina siempre cumplió con gran dedicación: cuidar de sus hermanos. Pero no siempre habría de resultar tan simple tal quehacer. Carolina había nacido en el seno de una familia de músicos, y su padre –un astrónomo aficionado– pensaba que su hija debía también recibir otro tipo de educación. Las razones de ello pueden ser diversas, pero la que comúnmente consideran los historiadores se refiere al hecho de que el padre nunca confió en los atributos físicos de su hija, de modo que pensó que, al no ser una mujer hermosa, y careciendo además de fortuna, difícilmente podría conseguir marido. La misma Carolina estaba consciente de ello, y así nos lo hace saber: “No tenía los requisitos para ser institutriz porque carecía de conocimientos de idiomas. Y nunca olvidé la advertencia que me hizo mi querido padre [quien] estaba en contra de toda idea de matrimonio, diciendo que, como no era hermosa ni rica, no era probable que alguien me lo propusiera”. Pese a ello, nada apunta tampoco a que el padre haya hecho gran cosa para que su hija tuviese esa pretendida educación formal. El destino de Carolina se presentaba bastante sombrío y parecía limitarla a la soltería y al cuidado de sus hermanos. Pero la vida de estos fue sin duda más atractiva: por lo menos dos de ellos –William y Alexander– llegarían a ser músicos y residirían en Inglaterra, y el propio William pasaría con el tiempo a engrosar las filas de los astrónomos más connotados de la edad moderna.

De aquí precisamente es que surgen los subsiguientes entrecruzamiento en la vida de Carolina. En efecto, cuando parecía que su triste destino estaba a punto de consumarse, cambió la trayectoria de su existencia en un viraje casi azaroso que la condujo a convertirse en cantante. El caso fue que la suerte de sus hermanos se cruzó con la suya: William y Alexander, apelando a sus dotes musicales, la llevaron a Inglaterra para que estudiara canto. Y así, en 1772, cuando tenía 22 años, Carolina abandonó Hannover y comenzó una nueva vida. Aunque fue formada primeramente como una mujer dedicada a las labores del hogar con una abnegación que algunos han calificado de patológica, a la larga logró ser una mujer independiente, pero por lo pronto su vida quedaba atada a la de sus hermanos, y al ser así su destino previsible sería la música, y la existencia de la futura astrónoma fue sin duda constituida por esta partitura musical que en buena medida funcionaría como el intermezzo ideal de su destino último: la ciencia. Convertida, pues, en cantante, pasó a formar parte del coro que dirigía William, bajo cuya dirección fue consolidando su carrera hasta alcanzar cierto éxito como soprano, al grado de que tuvo ofertas de trabajo que la hubieran conducido a su total liberación. Pero no fue así. Carolina no quería cantar si no era bajo la dirección de su hermano, de manera que rechazó todas las propuestas, y dado que en esa época William se había entusiasmado con la astronomía, quiso también dedicarse a esta ciencia por completo y tomó la decisión de abandonar la música. Y hete aquí que nuestra cantante se convirtió en astrónoma.

Producto del azar y no de otra cosa parece la vida de nuestra científica, pues Carolina fue arrastrada más por las circunstancias que por la vocación hacia el terreno de la astronomía; sin embargo –hay que señalarlo–, será precisamente a partir de su asentamiento en el territorio científico que esta mujer revelará su verdadera fuerza y entereza. Ha nacido así la verdadera Carolina Hershel, la mujer que será reconocida como la más importante astrónoma de los tiempos modernos.

Por tanto, aunque ciertamente la carrera científica de nuestra astrónoma –al igual que su carrera musical– comenzó en gran medida bajo el signo de William, bajo cuya égida viviría siempre, tomó más tarde su propio rumbo y alcanzó sobradamente sus propios méritos y triunfos. Carolina trabajaba bajo la supervisión de su hermano y realizaba las tareas que le encomendaba, pero también recibió de él sus primeras lecciones de matemáticas y astronomía. Sin embargo, esta subordinación no hizo sino mostrarle el camino de una verdadera vocación, pues al permanecer días enteros observando y registrando lo que sucedía en los cielos, se fue dando cuenta paulatinamente de que aquellas tareas que se le encomendaban no sólo eran importantes para los estudios de su hermano sino que empezaban a serlo para ella misma. Descubrió entonces que convertirse en una contempladora de los cielos la obligaba a conocer materias indispensables para realizar mejor sus observaciones y llevar a cabo los complejos cálculos que debían ser registrados, de modo que decidió ampliar sus conocimientos científicos dándose a la tarea de estudiar por sí misma matemáticas y astronomía, a lo que se dedicó con empeño invirtiendo en ese propósito todo su tiempo libre, incluido el destinado a las comidas y al sueño. Cierto es que no por ello dejaba de atender con diligencia el hogar, y menos a su hermano, cosas estas que contribuían más a su dependencia que a su liberación. Pero Carolina siempre fue así, pese a lo cual hizo de su vida una obra que terminó por legarnos un mejor conocimiento del universo. Sea como haya sido, el caso es que, aun bajo la tutela de su hermano, Carolina empezó a sentir que su vida había dado un giro importante. Y así era en efecto, pues sus responsabilidades pronto empezaron a rebasar el ámbito de lo hogareño y cotidiano para instalarse en el intelectual.

Veamos ahora cómo fue que de aquella opaca mujer surgió el cariz luminoso de la astrónoma que terminó descubriendo cometas y nebulosas y cuyas contribuciones a la astronomía fueron reconocidas y premiadas en distintos momentos de su vida.

Ya desde las primeras etapas de su trabajo, Carolina dio asomos de ser una verdadera y utilísima ayudante: observaba cuidadosamente el cielo y hacía los cálculos necesarios, tomando notas que después se convertirían en trabajos científicos, pero además colaboraba en la construcción de los telescopios de William; de hecho, estuvo involucrada en la fabricación del famoso e inmenso telescopio que entre 1784 y 1787 diseñó su hermano; supervisó el equipo de trabajo y ayudó a preparar los materiales necesarios. Si bien el resultado final fue decepcionante, el caso es que el telescopio trajo consigo fama y prestigio. En 1781 William Herschel descubrió el planeta Urano con uno de sus telescopios, lo que le valió ser nombrado poco después astrónomo del Rey. Aun cuando el salario no era gran cosa (doscientas libras esterlinas para cubrir todos los gastos), los hermanos Herschel pudieron seguir estudiando formalmente los cielos y dedicarse a la construcción de los telescopios e instrumentos con los que contribuyeron al progreso de la ciencia astronómica, pues, tal como señala Margaret Alic: “Juntos, los Herschel fundaron la astronomía sideral –el estudio de las estrellas–, con lo cual la astronomía progresó del estudio del sistema solar al […] de los sistemas estelares”. La misma autora apunta el año de 1782 como el comienzo de la carrera independiente de Carolina como observadora de los cielos, toda vez que fue este el año en que William le obsequió a su hermana un pequeño telescopio que había de permitirle un adecuado barrido de los cielos en busca de cometas. Se inicia así la historia de los “barredores de cometas”, gracias a lo cual, al pasar el tiempo, Carolina pudo descubrir varios cometas, uno de los cuales lleva afortunadamente su nombre. Carolina y sus telescopios barrieron incesantemente los cielos hasta que, tal como quedó registrado en su diario, descubrió su primer cometa el 1 de agosto de 1786: “Hoy he contado cien nebulosas, y esta tarde vi un objeto que, según creo, mañana resultará ser un cometa”. Carolina no se equivocó. Al día siguiente anotó: “Hoy calculé 150 nebulosas. Me temo que esta noche no será clara. Ha estado lloviendo todo el día, pero parece que ahora está despejando un poco. El objeto de anoche es un cometa”. El informe de su descubrimiento al doctor Charles Blagden, secretario de la Real Sociedad –mismo que fue leído el 9 de noviembre y publicado en las Philosophical Transactions de 1787, junto con las ilustraciones que hizo de la posición del cometa y las observaciones de William–, dice lo siguiente:

En razón de la amistad que sé que existe entre usted y mi hermano, me atrevo a molestarlo, en ausencia suya, con el siguiente informe imperfecto sobre un cometa.

La ocupación de anotar las observaciones cuando mi hermano usa el reflector de veinte pies no me permite muchas veces el tiempo necesario para observar el cielo, pero como ahora está de visita en Alemania, aproveché la oportunidad de hacer barridos en las cercanías del Sol en busca de cometas; y anoche, 1 de agosto, alrededor de las 10, encontré un objeto de color y brillantez muy semejantes a la nebulosa 27 de la Connaissance des Temps, con la diferencia, sin embargo, de que es redondo. Sospeché que era un cometa; pero al aparecer una nebulosidad, no me fue posible asegurarme de su movimiento sino [hasta] esta noche. Hice varios dibujos de las estrellas en el mismo campo de observación, e incluyo una copia de ellos, a la que anexo mis observaciones, para que pueda usted compararlos […] Me hará usted el favor de comunicar estas observaciones a los amigos astrónomos de mi hermano.

¡Así que Carolina se convertía en la primera mujer que descubría un cometa! Sobre todo, habría que resaltar el hecho de que tal descubrimiento le fue reconocido plenamente. En fin, que las cosas no podían irle mejor. Carolina se había hecho de su propio observatorio y las constantes ausencias de su hermano la condujeron a sus primeros descubrimientos: cometas, nebulosas y estrellas. Finalmente, en el año de 1787 recibió un nombramiento oficial y un salario: Carolina Lucrecia, a la edad de 37 años, fue nombrada formalmente asistente del Astrónomo de la Corte por el rey Jorge III. Era este su primer reconocimiento como astrónoma, y de ahí que se la considere como la primera astrónoma profesional. Pero este crédito no habría de ser sino el primero de los varios a que se haría merecedora, y constituye también el inicio de lo que bien podemos considerar como su carrera profesional. Así que aunque Carolina seguía unida a su hermano, empezaba a dejar de ser simplemente “la hermana de William” y comenzaba a convertirse en una científica independiente, a pesar de lo cual siguió colaborando con él. Debiéramos ver el trabajo de los Herschel como un trabajo de colaboración en el que ambos invirtieron lo mejor de sí y dieron, con sus descubrimientos, forma a la astronomía moderna, pues juntos se asomaron al mundo de la ciencia y juntos siguieron en paralelo sus actividades, hasta que el matrimonio de William con Mary Pitt condujo a Carolina a una parcial separación al tener que abandonar la casa que ambos compartían, emprendiendo con ello una vida aún más independiente –que significó también su etapa más productiva–. La muerte de su amado hermano en 1822 acabó por obligarla a seguir su camino en solitario.

Antes de eso, hicieron juntos miles de cosas. Construyeron telescopios más grandes y más potentes que les permitieron ir más allá de la observación de la Luna y los planetas para estudiar y registrar objetos celestes más lejanos. Descubrieron un millar de estrellas dobles y demostraron que algunas de ellas eran sistemas binarios, lo que –como apuntan los especialistas– vino a constituirse en la primera prueba de la existencia de la gravedad fuera del sistema solar. Y juntos –como señala Gribbin– descubrieron el planeta Urano, lo que provocó una gran conmoción en aquella época porque se trataba del primer planeta que no había conocido el mundo antiguo y abría la posibilidad de hacer nuevos descubrimientos más allá de de los límites entonces conocidos del sistema solar. Así fue, en resumen, que en estrecha colaboración los Herschel fundaron la astronomía sideral.

Sin embargo, todo el trabajo realizado al lado de su hermano no niega el mérito de su propio quehacer. Se reconoce como suyo el descubrimiento en 1783 de tres nebulosas, que aparecen en el Catalogue of one thousand new nebulae, obra de su hermano, con una nota que le concede todo el crédito a Carolina; de estas tres, encontramos el nombre de dos de ellas: Andrómeda y Cetus, a las que pocos meses después añadiría once más. También se acepta como suyo el descubrimiento y registro de ocho cometas. Otros de sus trabajos consistieron en escribir catálogos, registros, cálculos y observaciones que iba apuntando minuciosamente y con los cuales llenaba páginas y páginas en las que daba constancia de los astros que localizaba y de sus posiciones: estrellas, nebulosas, galaxias…, trabajo este que –como han señalado varios estudiosos– contribuyó a un mejor y más fiable conocimiento de los cielos y, con ello, al avance de la ciencia astronómica.

Sólo para hacernos cargo de la magnitud de estos trabajos, citemos el Catalogue of 860 stars observed by Flamsteed, but not included in the British Catalogue y el A general index of reference to every observation of every star in the abovementioned British Catalogue, ambos publicados en 1789 por la Real Sociedad. Pero fundamentalmente habrá que recordar aquel inmenso trabajo que a los 75 años completó Carolina sobre 2,500 nebulosas: A catalogue of the nebulae which have been observed by William Herchel in a series of sweps. Por él recibiría en 1828 la Medalla de Oro de la Real Sociedad de Astronomía, galardón otorgado por una resolución unánime en que se leía lo siguiente: “Que una Medalla de Oro de esta Sociedad sea otrorgada a Miss Caroline Herschel por su reciente reducción, hasta enero de 1800, de las nebulosas descubiertas por su ilustre hermano, la que puede ser considerada como la terminación de una serie de esfuerzos probablemente sin paralelo, en magnitud o en importancia, en los anales de las labores astronómicas”.

Por todo lo anterior, y por otras cosas que se nos quedan en el tintero, es que se ha dicho que Carolina ha sido la mujer que más contribuyó al avance de la astronomía de todos los tiempos, lo que no es mera exageración. Lo cierto es que sus trabajos fueron minuciosos en sus cálculos y exactos en sus observaciones. Su esfuerzo y dedicación habían de otorgarle un sitio en la ciencia que ciertamente no se hizo esperar: en 1835 se la reconocía, junto a Mary Somerville, como Miembro Honorario de la Real Sociedad de Astronomía. Así, estas dos científicas de principios del siglo XIX compartían un importante crédito como reconocimiento a sus logros. A pesar de que esto era prácticamente inaudito en esa época, el hecho de que dicha membresía les fuera concedida de manera unánime no deja de llamar la atención. Al respecto, señala el informe del Consejo: “Aunque las pruebas de mérito astronómico en ningún caso se deberían aplicar a la obra de una mujer con menos severidad que a la de un hombre, el sexo de la primera ya no debería ser un obstáculo para recibir cualquier reconocimiento que se considerara deber al último”. Pero además, nuestra astrónoma fue reconocida por la Real Academia Irlandesa en 1838, y en 1846 recibía la Medalla de Oro de la Ciencia de manos del rey de Prusia en ocasión de sus 96 años de vida. Estos eran los reconocimientos a una larga, ardua y fructífera tarea. Eran ciertamente honores que coronaban una vida dedicada a la ciencia, en particular a la astronomía, y nuestra astrónoma podía estar con justicia irritada y molesta porque –tal como ella misma lo hizo saber– ya no le servían de gran cosa: era una anciana y sus cansados ojos (uno de ellos prácticamente ciego) ya no podían escudriñar el cielo. Tal vez tenía razón al pensar que los honores y reconocimientos ya eran inútiles cuando su vida estaba por concluir: Carolina Herschel murió al año siguiente de recibir del rey de Prusia la Medalla de Oro. Era el 9 de enero de 1848 y ella tenía 97 años.

Vistos desde una perspectiva actual, estos galardones tienen un significado, otorgan un sentido y determinan igualmente la trayectoria de la historia de las mujeres en la ciencia. El hecho de que Carolina los haya recibido muestra el modo en que algunas barreras comenzaban ya a romperse; la muralla que separaba a las mujeres de los campos del conocimiento científico comenzaba a desmoronarse gradualmente, y Carolina –al lado de muchas otras– marcaba un camino que muchas otras científicas después de ella habrían de continuar pavimentando.

Queda así el nombre de Carolina Lucrecia Herschel escrito en el espacio celeste como un nuevo cometa cuya estela habrá de seguirse en la narración del libro de la historia de la ciencia. Nuestra vigilante de los cielos es una más de las estrellas del firmamento que tanto ayudó a develar, y su nombre –como ella misma lo señaló– es como una canción cuyos tonos evocan aún los complicados cálculos matemáticos que, como las notas musicales de una partitura, nos invitan de nueva cuenta a escuchar su templada voz y los sorprendentes rumores del cielo. La voz de soprano de Carolina no se apagó: solo cambió de registro y hoy por hoy nos permite de nueva cuenta escuchar la canción de las estrellas.

Para el lector interesado

Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX (pp. 162-165). México: Siglo XXI.

Gribbin, J. (2004). Historia de la ciencia (1543-2001). Barcelona: Crítica.