Editorial
 
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Representación acuática: el atuendo de las figurillas sonrientes veracruzanas
 
Xolotli (cuento)
 
ENTREVISTA
 
Roberto Bravo Garzón: problemas reales necesitan soluciones multidisciplinarias
 
TRADUCCIÓN
 
Jacob Bronowski: Los aspectos creativos de la ciencia
James B. Conant: Dos definiciones de ciencia
 
CIENCIA Y SOCIEDAD
 
Tecnociencia, distribución y apropiación del conocimiento
 
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
 
Ada Lovelace: pionera de la informática
Madame du Châtelet y el incendio en Versalles
 
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
 
El pasado de la belleza
 
     

EDITORIAL

Hace ya cien años que tres grandes científicos obtuvieron el Premio Nobel: Gabriel Lippman (Física), Ernest Rutherford (Química) y Paul Ehrlich (Medicina), este último compartido con el bacteriólogo ruso Ylia Mechnikov.

Irredento indisciplinado, Gabriel Lippman, nacido en Luxemburgo en 1845, no fue un alumno brillante, interesado como estaba solamente en algunas asignaturas. Pero la oportunidad de trabajar al lado de dos notables científicos durante una misión oficial, Gustav Kirchhoff y Hermann von Helmholtz, le abre las posibilidades para hacer una brillante carrera, de modo que es nombrado sucesivamente profesor en la Facultad de Ciencias de París en 1878, profesor de física matemática en la Sorbona en 1883, y profesor de física general en 1886. Después, se le nombra miembro de la Academia de Ciencias, de la que años más tarde será su presidente.

Fascinado por la fotografía, encabezará igualmente la Sociedad Francesa de Fotografía al finalizar el siglo XIX, y creará al lado de otros célebres científicos el Instituto de Óptica Teórica y Aplicada francés. Ahí, trabajando en los campos de la fotoquímica, óptica, electricidad y la termodinámica, entre otros, inventará el electrómetro capilar y el coelostato, instrumento que, al igualar la rotación de la Tierra, hace posible fotografiar una región del cielo como si estuviera fija. En la cima de sus descubrimientos, se halla sin embargo la fotografía en color, que más adelante dará lugar al descubrimiento de los hologramas. Trece años después de la obtención del Nobel, al regresar de una visita a Estados Unidos, Lippman murió en 1921, durante la travesía en barco, a los 76 años.

En cuanto al neozelandés Ernest Rutherford (barón Rutherford de Nelson y de Cambridge) nacido el 1871, pocos físicos ha habido en la historia de la ciencia tan importantes como él. Descubridor de las radiaciones que emitía el uranio, a las que denominó alfa y beta, Rutherford publicó en 1899 un documento esencial sobre el poder de penetración de esas radiaciones. Sus trabajos con el torio, otro elemento radiactivo, lo llevaron a descubrir en 1900 el periodo de los elementos radiactivos. No obstante, su descubrimiento fundamental es el de que la radioactividad se acompaña de la desintegración de los elementos, lo que contraviene el principio de la indestructibilidad de la materia. En 1904 cristalizó estas ideas en su famosa obra Radioactividad, en la que explicaba que la radioactividad “no es influida por las condiciones externas de presión y temperatura, ni por las reacciones químicas, pero comporta un desprendimiento de calor superior al de una reacción química”. Rutherford es asimismo famoso por ofrecer el primer esquema de un átomo, en el que representa los electrones, que tienen una carga negativa, como planetas que giran alrededor de un núcleo, constituido por la carga positiva de los protones. Hace, pues, cien años que ganó merecidamente el Premio Nobel de Química por sus trabajos, lo que no le satisfizo en modo alguno al considerarse a sí mismo como un físico, y es célebre su afirmación de que ”la ciencia, o es física, o es filatelia”. Rutherford murió en Cambridge, Inglaterra, en 1937, a los 66 años de edad.

El polaco Paul Ehrlich compartió con Lippman y Rutherford la misma ceremonia de entrega de los premios Nobel de 1908. Nacido en Polonia en 1854, recibió el doctorado en la Universidad de Leipzig con una tesis sobre la tinción de tejidos, fue profesor de la Universidad de Berlín en 1889 y al año siguiente catedrático de medicina interna. En el Hospital de la Caridad de Berlín, como su director, trabajó en el campo de la hematología, elaborando el diagnóstico de las distintas enfermedades de la sangre. Pese a ello, su área principal de investigación, continuando así sus intereses estudiantiles, fue la de la de las tinciones, gracias a lo cual pudo estudiar las reacciones microquímicas de las toxinas. Una de sus mayores innovaciones consistió en el uso de diferentes tintes para detectar diferentes tipos de células. Un autor señala que Ehrlich “fue el primero en investigar las vías del sistema nervioso, inyectando azul de metileno en las venas de conejos vivos, obteniendo extraordinarios resultados experimentales al tratar con un derivado azoico a animales que sufrían la enfermedad del sueño”. A principios del siglo XX curó la tripanosomiasis mediante el colorante conocido como rojo de trípano.

Desarrolló la teoría de la inmunidad de cadena lateral y, con ella, los principios de la inmunidad celular.

Uno de sus mayores descubrimientos fue el salvarsán (arsfenamina), al que denominó bala mágica, para el tratamiento antibiótico de diversas enfermedades infecciosas causadas por protozoarios y otros animales unicelulares, como la sífilis, y más tarde el neosalvarsán, también llamado “Ehrlich 914”. La razón de este número fue que, después de haber preparado 913 compuestos, fue este con el que tuvo éxito para curar dichas enfermedades.

Paul Ehrlich murió en Hamburgo a los 61 años, en 1915.