Editorial
 
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Xolotli (cuento)
 
ENTREVISTA
 
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TRADUCCIÓN
 
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CIENCIA Y SOCIEDAD
 
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CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
 
El pasado de la belleza
 
     

Xolotli (cuento)

Jaime Pasquel Brash

Bajo la luz de antorchas y candiles, el escultor golpea, punza y remueve. Sentado sobre la palma tejida, su torso se mueve al ritmo de la presión de sus manos. Prepara los mosaicos de serpientes verdes y azules, traídos en balsas por el río Usumacinta. Debe terminar a tiempo la gran cabeza de piedra y la máscara que ofrendarán al valeroso guerrero, que manejó la casa voladora de los dioses. Esto en una época ya casi perdida dentro de las leyendas de los moradores de la región, pero que, para el anciano que labra las piedras, fue un hecho que ocurrió hace muy poco tiempo.

Los restos del bravo guerrero reposan en una de las criptas cerca de los oscuros pantanos. La cabeza no quedará lejos de la tumba de arena de piedra, con tapa en forma de jaguar y que ha de lucir fastuosa en pocos días. Se escucha que el guerrero muerto fue ya recibido como un dios mayor, y los sacerdotes dicen que si el sitio de su funeral no es acorde con su gloria, desencadenará la furia de los dioses contra ellos. Por esta razón encargaron al gran abuelo Xolotli, astrosabio y maestro escultor, el trabajo de tanta responsabilidad. Él es el mejor, el más grande sabio de la era; se dice que es chichimeca, más nadie sabe cuál es su verdadero origen.

El artesano toca el pendiente de concha que desciende desde su cuello y que lleva inscrito su nombre para que cualquier persona pueda leerlo; en él se encuentran también su ocupación y su rango social. Además, se puede ver si es soltero, casado o viudo, esto según la comunidad en donde vive. Los sacerdotes dicen que este Xolotli es sabio, que puede escuchar y oír cosas que aún no se han dicho, que es más viejo que el mismo tiempo, y saben que estará con ellos siempre, aun después de que el mundo haya desaparecido.

Comentan que los dioses le otorgaron poderes especiales y lo situaron allí para esculpir en piedras grandes rostros de narices y labios gruesos, penachos y collares. Que esos dioses de piel más oscura que la noche un día llegaron por mar y otros por aire en naves increíbles que echaban fuego y humo denso. Que le enseñaron el juego de pelota, pero que lo aprendió en otro tiempo y en otro lugar, muy lejano a esta tierra, cuando la energía de su cuerpo era joven y se reunía con otros de los suyos para golpear con una vara de luz la imagen brillante y suspendida de un planetoide redondo del tamaño de una naranja, que en la actualidad los jóvenes sacerdotes fabrican trenzando largas tiras del árbol del hule porque ya olvidaron el mecanismo original para hacer volar imágenes. Ahora llaman Tlachtli al antiguo juego.

El cuerpo del maestro ha envejecido lento, como si el tiempo se hubiera olvidado que existe, desde que llegó a las playas de Coatzin, por el mar, aunque él no siempre vivió aquí. Antes vivía en la tierra del Jaguar y en ese tiempo se hacía llamar Rodín. Con él vinieron otros sacerdotes, sabios y adivinos que sabían escribir y leer las estrellas, pero no se quedaron. Se fueron hacia el oriente y prometieron regresar para el último fin del mundo.

Esto fue ya hace mucho tiempo, antes de existir Minatlich. El maestro Xolotli no es un extraño en estas tierras fértiles; dicen que llegó sin distancia y habitó en el pequeño tiempo de los hombres con su trabajo, junto a los maestros de la piedra y el jade, brindando su sabiduría. Su obra es reconocida desde Coatzin hasta Culpilc.

El maestro se estableció cerca del volcán y del océano, lugar donde el río entra a regar las tierras. Como un tributo a su maestría, los artesanos han moldeado pequeñas figuras de barro rojo con la imagen del abuelo Xolotli para colocarlas en el sendero del gran acueducto, porque por su gran altura llama la atención de todos los visitantes, comerciantes, sacerdotes y hasta de los más humildes: los mercaderes que vienen desde Hoa y los de las laderas frente al océano, que muchas veces transitan por la ciudad para realizar su mercadeo.

El maestro Xolotli ha laborado intensamente dentro de su taller por varios días, sintiendo algo denso en su interior, algo que no se explica pero que presiente.

Él se fija a lo lejos y sólo puede ver una niebla de color amarillo que se levanta sobre el suelo y que otras veces es de un color brillante opalino que sólo se observa en el amanecer. Los pájaros tempraneros como el jatán han huido a lugares lejanos, los atardeceres se han oscurecido muy pronto y las guacamayas y los tucanes no gritan, ni tampoco los papagayos. Hay un gran silencio dentro de la jungla.

Esto le ha traído reminiscencias de cuando los más antiguos olmecas le trasmitieron cosas y le dijeron: “Cuando escuches resonancias quejosas y se haga denso el cortinaje de la lluvia, prepárate para sentir a la tierra danzar porque el gran Uixitotli estará tocando su música desde las entrañas del mundo de los muertos”.

Xolotli recuerda también a los sacerdotes que llegaron con él y que partieron para formar las siete tribus de aztlanes, los siete lazos de sangre que hablaban el mismo idioma y reconocían sus mismos dioses. Y esos dioses prometieron volver en alguna ocasión desde sus antiguas ciudades para seguir compartiendo con los hombres su infinita sabiduría y aprender de ellos, de los humanos, sus bondades.

Por entre paredes adornadas de piedra de jade, sobre una galería alfombrada con tapetes de junco, penetra de pronto un aire recio que hace mover la alfombra de palma tejida. Afuera sopla el viento húmedo que viaja desde la montaña, poco usual en esta temporada. Dicen que Zentlotzin, dios del maíz, está furioso con este aire.

El viejo artesano escucha la suave y dulce melodía de un tin-tin, fabricado de maderas traídas desde el norte, que al golpear una contra la otra producen sonidos melodiosos. Alza la vista y por el espejo de opalina y obsidiana, colgado en un mueble de bambú, ve a la mujer que acaba de entrar. Su cabello es de color rojo, lleva en su cuello y orejas colgantes de piedra de jade, y también en sus dedos: jade engarzado con esmeraldas extraídas del mar y coral negro. Trae sujeto a la cintura un rodeo de piel de ardilla y un cinto tejido de culebra de río, de color verde intenso, y sus sandalias son de piel de ocelote. Masca un pedazo de goma dulzona, que él nunca probará porque es mala para el organismo, y él lo sabe.

Ella es sirviente del templo de Tecuán, el dios Jaguar, que se encuentra al final de la ciudad, un hermoso edificio tallado en piedra traída desde montañas lejanas. Xolotli lo considera como una gran obra de arte; en su parte tallada y pulida aparecen las vestimentas de los extranjeros que tienen sus reinos en el oriente.

La sirviente deja en el suelo dos recipientes: uno de barro negro y el otro confeccionado de una calabaza tallada al fuego; el primero contiene pulque y el segundo vino de cerezas. Xolotli dice que tomar ambos aclara la mente y da energía. Después, la sirviente sale.

Tras servirse y tomar algunos pequeños sorbos, el maestro se incorpora de inmediato tirando la jícara. Viene quedamente a sorprender a los sacerdotes en sus templos, a los mercaderes en sus ventas, a los humildes, un tronar apagado, sordo, que se siente verberar; es un murmullo imponente, ininterrumpido. El revestimiento de la casa de Xolotli, de blanca cal de piedra, se rompe, la pared se derrumba al instante y apenas tiene tiempo de salir. En el cielo se ven nubes extrañas, como burbujas grises que viajan veloces de poniente a oriente, en este violento amanecer. Está llegando lo que él ha esperado, lo intuye...

Xolotli siente en sus pies un vapor que emana de las profundidades del suelo y que comienza a vibrar. Se estremece Xolotli y cae de rodillas. Queda en ese momento de frente a la ciudad y la ve desmoronarse como un edificio de arena, entre los gritos histéricos de sus moradores. La calzada se ha rajado, apareciendo en ella grietas enormes; ve con tristeza cómo las columnas del templo del jaguar se parten, mientras las aguas del río y de los grandes estanques parecen hervir e inundan los terrenos, ahogando todo a su paso.

Un estruendo que llega, un ruido espeluznante acompañado de miles de luces multicolores se oye a lo lejos; viene hacia él y se aparece en forma distinta del tronar de la tierra. Xolotli sabe perfectamente qué es. De entre los miles de pobladores de su ciudad, que desaparece poco a poco bajo la fuerza del terremoto, él es el único que lo conoce. En las nubes grises, como si tuviera luz propia, como si viniera otro sol que acompañara al que ha comenzado a surgir por el oriente, aparece un objeto de un color blanco perlado.

Xolotli recibe una sensación ya conocida que le recorre el cuerpo; sabe que en su alrededor se formará un fuerte campo magnético. Desde una parte del interior de su cerebro, escucha una voz conocida, una voz que le trae recuerdos de su pasado aquí ignorado, de su otra vida, la que se encuentra en estado latente en su interior, aguardando. En ese instante, envía un mensaje: ordena que sean salvados todos los sobrevivientes del terremoto, que devasta la que fuera una hermosa ciudad.

Por sobre las ruinas de lo que fue la gran urbe, por los campos agrietados, por los maizales, por las huertas de frutas dulces, por los caminos y calles, surgen de inmediato penetrantes luces de un intenso color magenta que se desplazan por toda el área. Una de esas luces se posa exactamente sobre Xolotli, que aún se encuentra sobre sus rodillas. Cierra los ojos, se incorpora bañado por la fuerte luz y comienza a elevarse, hasta desaparecer en el mismo vórtice irradiante que lo ilumina y que segundos después desaparece a gran velocidad por el rojizo horizonte...