Editorial
 
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ENTREVISTA
 
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TRADUCCIÓN
 
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James B. Conant: Dos definiciones de ciencia
 
CIENCIA Y SOCIEDAD
 
Tecnociencia, distribución y apropiación del conocimiento
 
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Ada Lovelace: pionera de la informática
Madame du Châtelet y el incendio en Versalles
 
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
 
El pasado de la belleza
 
     

Tecnociencia, distribución y apropiación del conocimiento

José Antonio Hernanz Moral

En artículos anteriores nos hemos acercado al problema de la sustentabilidad dentro del sistema científico-tecnológico característico de las sociedades del siglo XXI (y dentro de lo que genéricamente se denomina “sociedad del conocimiento”), o a partir del modelo cultural que tenemos de la naturaleza. Ahora nos lanzamos a la tarea de acercarnos al último de los elementos desde los cuales parece más fértil desarrollar el reto de la sustentabilidad: la incorporación de la tecnociencia al entramado de la cultura, para de esa manera permitir a los individuos y grupos sociales una adecuada apropiación del conocimiento científico y su aplicación tecnológica al proyecto de futuro que deseen construir, preferiblemente en un contexto de diálogo con los proyectos de futuro del resto de los individuos y sociedades contemporáneos. De esta manera, podremos abrir algunas respuestas a la pregunta de cómo articular, en un sistema no lineal, el desarrollo del sistema científico-tecnológico, los procesos culturales de apropiación de ese sistema y el reto contemporáneo de la distribución social del conocimiento, todo ello dentro del contexto de la sociedad del conocimiento. Lo anterior nos lleva a enfatizar que el desarrollo tecnológico es irreal si no va acompañado de su comprensión y de la aceptación social y cultural.

En el momento actual vivimos una profunda transformación de los parámetros desde los cuales se analizan los conceptos relacionados con la dimensión sociopolítica y económica del desarrollo científico-tecnológico. Nos da la impresión de que esa transformación puede –y debe– analizarse desde el concepto “sociedad del conocimiento”, pues en él encontramos el núcleo problemático básico desde el cual hacer un análisis y unas propuestas pertinentes sobre aquélla, en tanto que permite construir una constelación conceptual nueva, tanto en sus términos como en la lógica de sus relaciones. Obviar ese escenario del sistema científico-tecnológico en el universo simbólico de los individuos y en el imaginario de toda la sociedad. Por supuesto, para que esto último se logre es preciso que los individuos no se vean a sí mismos tan sólo como usuarios “instruidos” en las tecnologías, sino también como actores de procesos de innovación y de apropiación cultural del sistema tecnocientífico, lo que se suele lograr eminentemente a través de procesos de normalización del discurso científico-tecnológico en el sistema sociocultural, para lo que resulta muy útil desarrollar estrategias de alfabetización científico-tecnológica crítica.

De este modo, parece que en las sociedades en que hay programas sistemáticos y consolidados de formación y participación en ciencia, tecnología y sociedad es sumamente explícita la democratización del uso de las innovaciones científico- tecnológicas, lo que se muestra en procesos deliberativos públicos de toma de decisiones respecto a las políticas de gestión del conocimiento o implantación de industrias, creación de comunidades de usuarios críticos y demás. Esta es una ventaja en que los nuevos escenarios de globalización del riesgo e impacto ambiental y consolidación de la emergencia de un sector cuaternario de la economía convierten en crítico todo rezago en torno a la reflexión sobre la sociedad del conocimiento y el desarrollo de estrategias de alfabetización científico-tecnológica que permitan tanto el desarrollo de una cultura científica como de procesos de innovación real.

Una de las principales razones por las que se ha vuelto crucial el problema del entorno y los procesos en los que se genera, aplica y distribuye socialmente el conocimiento es la profunda revolución científico-tecnológica que ha ocurrido en los últimos cincuenta años en todo el mundo. Esta revolución, que aún está lejos de alcanzar su límite, trae consigo la necesidad de replantear el modo contemporáneo de atender asuntos como el desarrollo económico, el papel de la ciencia en la cultura, las relaciones políticas entre centro y periferia, etcétera. Todos ellos, a su vez, forman parte del conjunto de temas que se aglutinan en torno a los estudios en ciencia, tecnología y sociedad, y que, según las últimas tendencias de análisis de este complejo entramado de ideas, se asocian necesariamente con la innovación.

De hecho, uno de los principales parámetros para conocer el impacto de la distribución social del conocimiento es la medición de la capacidad de innovación de una organización, por lo que de poco sirve que una sociedad posea un alto nivel de formación o cultura científica si no es capaz de establecer procesos adecuados de innovación en el desarrollo de tecnologías (patentes) y en el desarrollo de dinámicas sociales innovadoras (equidad de género, formación en valores, alta capacidad de autogestión de la sociedad civil).

Esta relación entre ciencia, tecnología, sociedad e innovación puede enfocarse al menos de dos maneras: la primera, de carácter hegemónico, afronta los problemas del sistema tecnocientífico como un todo homogéneo, en el que los problemas y soluciones de las sociedades más avanzadas (postindustriales) son las que deben ser aceptados por todos; la segunda es de carácter intercultural y entiende que, aunque efectivamente las aportaciones de la ciencia y la tecnología son más fácilmente universalizables que las de otras formas de conocimiento, y que vivimos en un frágil entorno global que exige propuestas que nos comprometen a todos, deben tomarse a partir de procesos deliberativos, abiertos e integradores. Este segundo enfoque parece tener más virtudes para un país como el nuestro que el primero, fundamentalmente por basarse en criterios multirregionales, y multiculturales para el establecimiento de políticas y prácticas sociales respecto al sistema científico-tecnológico, así como por disponer un intenso debate sobre las aportaciones de la tecnociencia en un contexto teórico de crisis de la teoría del conocimiento de la modernidad.

De este modo, para que una sociedad como la mexicana sea capaz de encontrar su propia dinámica de desarrollo social, físico e intelectual dentro de unos parámetros de sustentabilidad razonable, debe asumir un reto paralelo al del aumento de la población activa que trabaje en el ámbito tecnológico (desde la creación de patentes hasta el ensamblaje de aparatos de mediana o baja tecnología): la inserción de ese sistema científico-tecnológico en su universo de significados, en su cosmovisión, de manera que seamos capaces de comprender en forma crítica el presente que vivimos y su creciente complejidad tecnológica, política y cultural. Ese es el reto de lo que se viene llamando “alfabetización científico-tecnológica crítica” y de la que ya antes se ha hablado en estas páginas.

Para establecer una propuesta sobre alfabetización científico-tecnológica crítica, parece una ruta sumamente eficaz establecer las relaciones conceptuales entre tres ámbitos problemáticos yuxtapuestos: la relación del creciente sistema científico-tecnológico con la interculturalidad, y muy especialmente la rica interculturalidad mexicana; el desarrollo de políticas de innovación, a través de los actores superde la toma de decisiones en este campo, y los procesos de gestión del conocimiento, desde su construcción hasta su distribución social.

En cuanto al primero de ellos, la relación entre sistema científico-tecnológico e interculturalidad, parece –y he ahí lo problemático– que se está hablando de dos cosas muy distintas: universal, impositiva, la una, y local, socialmente construida, la otra, de manera que el diálogo entre ambas se agotaría en la improductiva discusión sobre hasta dónde debe llevarse la frontera entre los desarrollos de la ciencia y la tecnología (modernas, occidentales) y el respeto a lo “étnico-cultural” y la necesidad de su pervivencia. Esta primera lectura del problema, a ojos vistas estéril si no se le hace ir más allá, hacia sus raíces, nos obliga a preguntarnos por el lugar de la ciencia en la cultura, para darnos cuenta de que es una construcción social que sólo tiene sentido en tanto que se articule con el resto de prácticas epistemológicas y culturales de la construcción simbólica de una red de ciudadanos. La ciencia, sobre todo si la entendemos en el complexus de un sistema científico-tecnológico, forma parte de las dinámicas sociales, culturales y políticas.

Respecto del segundo, es conocido el debate actual sobre la necesidad de fortalecer políticas que lleven la investigación científica y el desarrollo tecnológico a la meta de la innovación. Innovar no consiste tan sólo en “hacer cosas nuevas”, sino en desarrollar creativamente soluciones para resolver necesidades de los diversos grupos humanos y culturas que conviven en nuestras entidades, de manera colaborativa con el resto de México y del mundo. En ese sentido, parece claro que sólo podemos hablar de innovación sostenible cuando ésta involucre y se revierta en toda la sociedad, siendo la clave que permite medir cuantitativa y cualitativamente el impacto de los procesos de distribución social del conocimiento.

En lo tocante al tercero, que cierra el círculo de esta interacción problemática, nos encontramos con que en esta necesidad de promover acciones, estrategias y visiones a largo plazo de crecimiento sostenible en un entorno intercultural integrado (en el que la diferencia es riqueza y la homogeneidad pérdida de innovación), es preciso repensar el problema del conocimiento más allá de la posición hegemónica en la Modernidad, y en un diálogo continuado entre disciplinas científicas (ciencias cognitivas, de la complejidad, psicología, inteligencia artificial, etc.) con otros tipos de saberes, incrustados en el universo simbólico de las culturas. Para ello, al menos contamos con un actor clave, claramente detectado, para lograr este flujo de transformaciones sociales, culturales y políticas: la universidad. De este modo, la universidad es seguramente la organización que más claramente se ha replanteado su misión y sentido de supervivencia en el contexto de la sociedad del conocimiento, y eso no sólo gracias a su tradicional función de capital humano altamente cualificado, sino por ser un espacio en que, desde su creación en los albores de la modernidad, ha habido un debate crítico, sincero y profundo sobre el hombre mismo. Esto nos ofrece una pista clara de la inanidad del debate sobre la vigencia de las humanidades en las instituciones de educación superior de la sociedad del conocimiento: sin ellas se pierde la perspectiva que permite hacer del conocimiento una fuente sustentable de bienestar y responsabilidad social, o, en definitiva, de construcción de una ciudadanía que tomará decisiones sobre el rumbo a seguir del sistema científico- tecnológico.

Si el contexto de la sociedad del conocimiento nos sirve para interpretar tendencias de desarrollo sustentable consolidadas durante las últimas décadas, no resulta descabellado afirmar, a partir de los indicadores existentes, que México no se está preparando sistemáticamente para insertarse en aquélla. Ello supone una desventaja estructural, ya que –y ese es el nudo gordiano de nuestra propuesta– este término, así como una alfabetización científico-tecnológica aparejada a él, hacen posible unir coherentemente esfuerzos tan aparentemente dispares como el impulso de la democratización de la sociedad, la mejora del nivel de vida de los individuos, la regionalización de las propuestas, la mejora en la competitividad, la gestión ambiental y otros.

Para conseguirlo –y aparte del desarrollo realista y generoso de centros, grupos de investigación e investigadores dedicados a la tecnociencia–, es preciso ahondar en la idea de que el sistema científico-tecnológico es un producto cultural, por lo que es preciso acercarnos a él desde una perspectiva cultural, lo que exige un planteamiento multidisciplinario que permita entender y hacer propuestas sobre los procesos de integración de este sistema en el universo simbólico de nuestra realidad multicultural y de los profundos cambios sociales.

La ciencia forma parte de la vida cultural de la comunidad. A finales del siglo XIX se consolida la idea de lo que se viene catalogando como “las dos culturas”: la de las ciencias y la de las humanidades. Esta ruptura se ha alimentado desde el ámbito del trabajo, la política y la educación, de suerte que aparecen fuertemente divorciados; además de este divorcio, nos encontramos con que en contextos culturales como el nuestro se fortalece la idea de que a la literatura, el arte, las tradiciones o el folclor los podemos catalogar como “lo nuestro”, mientras que la ciencia y la tecnología son “lo suyo”. Mientras no se incluya en el ámbito estrictamente cultural de lo “nuestro” la manera de hacer investigación científico- tecnológica y su aplicación, difícilmente podremos esperar un impacto real en el desarrollo económico, político y humano de tal actividad. Para esto es necesaria una sociedad que haya incorporado decididamente la tecnociencia a su universo cultural y la discuta abiertamente, lo que sólo se logra en procesos de alfabetización científico-tecnológica crítica a largo plazo.

Una de las estrategias básicas para este proceso de alfabetización es la divulgación de la ciencia. En general, hasta ahora, la divulgación de la ciencia se ha entendido eminentemente como la producción de documentos (textos, programas de radio y televisión, conferencias) encaminados a acercar los avances de la ciencia al espectro más amplio posible de la sociedad. Esta labor, crucial para el fomento de una cultura científica, se enfrenta a un triple problema: a) la creciente complejidad y especialización del trabajo de investigación; b) el carácter secundario que en la mayor parte de los casos tiene esta actividad para los actores de los procesos de generación y aplicación del conocimiento, con la consiguiente carencia de auténticos especialistas en la divulgación de la ciencia, y c) el cada vez mayor desinterés de la ciudadanía por comprender culturalmente el desarrollo científico-tecnológico. Sin embargo, en nuestra opinión esos tres problemas dependen de otro de mayor calado, consistente en que la divulgación de la ciencia se suele presentar como actividad aislada, cuando realmente es una de las aristas del proceso de alfabetización científico-tecnológica y no la fuente de ese proceso.

Pero no basta con desarrollar “programas”, “estrategias” o “políticas” a mediano y largo plazo. La sustentabilidad es un reto que debemos afrontar pronta y expeditamente, pues de otro modo es ilusorio hablar de tecnociencia, naturaleza y cultura mientras los rezagos en los indicadores más básicos de bienestar siguen apabullándonos. Así, si nos planteamos los retos de la sustentabilidad en México, podremos establecer al menos tres vías prioritarias de análisis y acción: el abatimiento de la pobreza y el rezago estructural del campo, la gestión y distribución social del conocimiento y la democratización del desarrollo.

En relación con el primero, es bastante conocida la quiebra entre el México rural y el urbano; hay grandes dificultades para, por ejemplo, abatir la pobreza por las diferencias entre las infraestructuras urbana y rural, la dispersión de la población en el campo o la escasa productividad de la actividad agropecuaria, entre otras. Cabe señalar que un acercamiento desde la sociedad del conocimiento no consiste en mecanizar el campo sin más, o esperar que el crecimiento de la industria tecnológica y sus servicios adyacentes haga las veces de motor mágico del desarrollo de las comunidades más desfavorecidas, sino que supone la posibilidad de establecer procesos microinnovadores que admitan el desarrollo real y sostenible de cada comunidad en cuestión.

Respecto del segundo, resulta evidente la enorme dificultad de vincular la educación superior, el sector productivo y las políticas de innovación. Esta dificultad está ligada a la separación entre la ciencia y la cultura, de suerte que es muy probable que en la medida en que se produzca la inserción de la constelación conceptual del sistema científico-tecnológico en el universo simbólico de los agentes sociales, políticos y económicos, será más probable incorporar en un mismo esquema organizativo la generación de conocimientos explícitos en nuestro tejido educativo y productivo.

En lo relativo al tercero, parece claro que en muchos casos el desarrollo de proyectos tecnológicos, o la formación del capital humano en este campo, se hacen sin tener en cuenta las demandas sociales, que casi siempre son de rango regional. El “desarrollo” aparece como un concepto abstracto, etéreo y ajeno a la voluntad, intereses y posibilidades de las comunidades; de este modo se torna en algo políticamente sospechoso con lo que no vale la pena involucrarse.

Hay un desconocimiento real de la percepción y actitudes de la sociedad mexicana ante la ciencia y la tecnología, por lo que no resulta fácil establecer mecanismos de democratización del sistema científico-tecnológico. El gran reto, en definitiva, estriba en establecer un desarrollo sustentable equilibrado, es decir, un contexto de acción y toma de decisiones en el que haya un equilibrio efectivo (que no una simetría sin más) entre desarrollo científico-tecnológico y diversidad cultural; sólo de esta manera podremos hablar de una red de innovación real, en la que el imaginario individual y colectivo de los mexicanos incluya en sus escenarios a futuro el sistema científico-tecnológico como una aportación, no como una intromisión.

Si tenemos en cuenta estos elementos, estaremos en condiciones de orientar socioculturalmente la tecnociencia, pues en un contexto de “sociedad del conocimiento” no parece viable un desarrollo técnico miope y ajeno a los intereses materiales y a los procesos simbólico-culturales de sus ususarios. De este modo, en tanto que se incorpora la tecnociencia a la cultura y hay acciones masivas y estructuradas de alfabetización científico-tecnológica crítica, se crean espacios de articulación de procesos de innovación a través de la reapropiación del conocimiento en flujos de distribución social del mismo. Todo ello exige repensar la constelación regional de los problemas para evaluar la pertinencia de los procesos de innovación, la distinción entre los procesos regionales de tipo urbano y rural (seguramente también indígena) y la creación de transductores simbólicos entre sistemas regionales o culturales heterogéneos.