Editorial
 
¿Por qué son tan fascinantes las orquídeas?
 
Blanqueamiento en arrecifes coralinos de Tuxpan, Veracruz
 
Mariposas y cícadas: secuestro de sustancias en la naturaleza
 
La inmunología de las mucosas
 
Las alergias, o la andancia que anda
 
Bacterias transmitidas por agua y alimentos que producen enfermedades
 
Representación acuática: el atuendo de las figurillas sonrientes veracruzanas
 
Xolotli (cuento)
 
ENTREVISTA
 
Roberto Bravo Garzón: problemas reales necesitan soluciones multidisciplinarias
 
TRADUCCIÓN
 
Jacob Bronowski: Los aspectos creativos de la ciencia
James B. Conant: Dos definiciones de ciencia
 
CIENCIA Y SOCIEDAD
 
Tecnociencia, distribución y apropiación del conocimiento
 
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
 
Ada Lovelace: pionera de la informática
Madame du Châtelet y el incendio en Versalles
 
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
 
El pasado de la belleza
 
     

Dos ensayos sobre la ciencia

Los aspectos creativos de la ciencia*

Jacob Bronowski

¿Con qué perspectiva trata el científico de ver en la naturaleza? ¿Puede llamársele imaginativa o creativa? Para un hombre ilustrado la cuestión puede parecer simplemente estúpida; se le ha enseñado que la ciencia es una gran colección de hechos, y, si esto es verdad, entonces todo lo que necesitan los científicos hacer es, según supone, advertir esos hechos. El hombre instruido imagina a los descoloridos científicos yendo a su trabajo por la mañana en un estado neutral, inmaculado, para exponerse a los hechos como si fueran una placa fotográfica. Y entonces, en el cuarto oscuro o en un laboratorio, revelan la imagen de aquellos, de modo que súbita y sorprendentemente aparecen en letras mayúsculas como una nueva fórmula de la energía atómica.

Quienes han leído a Balzac o a Zola no se dejan engañar por el argumento de que estos escritores no han hecho otra cosa que registrar los hechos. Los lectores de Christopher Isherwood no lo toman literalmente cuando escribe: “Soy una cámara”; no obstante, esos mismos lectores llevan con ellos desde sus días escolares esa tonta imagen del científico fijando los hechos de la naturaleza mediante algún proceso mecánico. Conocí a un historiador que me dijo sin asomo de ironía que la ciencia era un montón de hechos, y me parece imposible que ese historiador hubiera estudiado jamás los inicios de un descubrimiento científico.

Puede decirse que la revolución científica comenzó en el año de 1543, cuando se le llevó a Copérnico, quien se hallaba quizá en su lecho de muerte, la primera copia impresa del libro que había escrito doce años atrás. La tesis de esa obra es que la Tierra se mueve alrededor del Sol. ¿Cuándo Copérnico salió a la calle y registró tal hecho con su cámara? ¿Qué aspecto de la naturaleza fomentó tan insultante idea? ¿En qué extraño sentido puede esa idea denominarse “registro neutral de los hechos”?

Copérnico encontró que las órbitas de los planetas serían más simples y sencillas si circundaran al Sol y no a la Tierra; pero no lo hizo al principio a través de un cálculo rutinario. Su primer paso consistió en un salto de la imaginación que lo elevó desde la tierra y lo colocó especulativamente en el sol. “La tierra se concibe desde el sol –escribió–, y el sol rige la familia de las estrellas”. En su mente estaba la imagen de un hombre viril, con los brazos extendidos, contemplando los planetas. Tal vez Copérnico recordó esa imagen de juventud a partir de los dibujos del joven con los brazos desplegados que los profesores del Renacimiento, para enseñar las proporciones del cuerpo, ponían en los libros; quizá conoció los bocetos hechos por Leonardo de su amado discípulo Salai. No lo sé. Según creo, la imagen de Copérnico del joven resplandeciente que nos mira desde el sol es más vívida en una pintura que hizo William Blake basándose en aquella imagen: la conocida como Día alegre.

La mente de Kepler, según sabemos, estaba colmada de analogías igualmente caprichosas. Sabemos que lo eran. Kepler quería relacionar las velocidades planetarias con los intervalos musicales; trató de ajustar los cinco sólidos regulares a sus órbitas, pero esas semejanzas no funcionaban y pronto las olvidó; sin embargo, se mantenían y aún se mantienen como las guías de una mente creativa. Kepler planteó sus leyes como metáforas, y buscó místicamente semejanzas con todo lo que él conocía de cada extraña esquina de la naturaleza. Y cuando entre estas conjeturas él dio con sus leyes, no hizo sus cálculos como si fuesen el balance de una cuenta bancaria cósmica, sino como una revelación de la unidad de toda la naturaleza. Para nosotros, las analogías mediante las cuales escuchó el movimiento planetario en la música de las esferas son muy hermosas, pero ¿son distintas acaso del inmenso salto que dieron Rutherford y Bohr para hallar en el sistema solar el modelo del átomo?

El científico busca orden en las apariencias de la naturaleza explorando esas semejanzas porque no se manifiesta de suyo. Si puede decirse que está ahí, no lo está para que simplemente lo miremos; no basta con señalarlo con el dedo o apuntarle con la cámara. El orden debe ser descubierto y, en un sentido profundo, creársele. Lo que vemos y cómo lo vemos es simplemente desorden.

Este punto de vista ha sido puesto sugestivamente en una fábula por el profesor Karl Popper. Supóngase que alguien quiere dedicar el resto de su vida a la ciencia; supóngase que él, por consiguiente, se sienta, lápiz en mano, y que los siguientes veinte, treinta o cuarenta años llena libreta tras libreta con todo lo que puede observar; se supone que no deja nada fuera: la humedad del día, los resultados de las carreras, el nivel de radiación cósmica, los precios del mercado de valores o la visión de Marte; en fin, todo lo que observa. Compila los registros más cuidadosos sobre la naturaleza jamás hechos, y, tras morir en la certeza de haber vivido una vida bien empleada, lega sus notas a la Real Sociedad. ¿Le agradecería la Real Sociedad el tesoro de una vida consagrada a la observación? Seguramente no. Se rehusaría incluso a abrir las libretas heredadas porque sabría sin siquiera mirar que contienen solamente una jungla de cuestiones desordenadas y carentes de sentido.

El progreso de la ciencia es el descubrimiento de cada paso conducente a un nuevo orden que da unidad a lo que había parecido inconexo. Es lo que hizo Faraday cuando cerró la brecha que había entre la electricidad y el magnetismo, y Clerk Maxwell cuando vinculó ambos con la luz; Einstein enlazó el tiempo con el espacio, la masa con la energía, y la trayectoria de la luz al pasar cerca del sol con el vuelo de una bala, y pasó sus últimos años de vida tratando de sumar a estas semejanzas otra, que implicaría un solo orden imaginativo entre las ecuaciones de Clerk Maxwell y su propia geometría de la gravitación.

Cuando Coleridge trató de definir la belleza, retornó siempre a un profundo pensamiento: la belleza –afirmó– es “unidad en la variedad”. La ciencia no es más que una búsqueda para descubrir la unidad en la dilatada variedad de la naturaleza, o más exactamente, en la pluralidad de nuestra experiencia. La poesía, la pintura, las artes implican la misma búsqueda –en la frase de Coleridge– de la unidad en la variedad. Cada una busca a su manera la semejanza que subyace a la variedad de la experiencia humana.

El acto creativo es semejante en la ciencia que en el arte, pero no puede ser idéntico en ambos. Debe haber tanto diferencias como semejanzas. Por ejemplo, el artista, para su creación, seguramente tiene abierta ante sí una dimensión de libertad que está cancelada para el científico. He insistido que el científico no meramente registra los hechos, sino que debe conformarse a ellos. La sanción de la verdad es un enclave preciso que lo constriñe de una manera muy diferente al del poeta o el pintor.

La ciencia es la creación de conceptos y su exploración en los hechos. No tiene más prueba del concepto que su verdad empírica respecto del hecho. La verdad es la pulsión última que radica en el núcleo de la ciencia; debe tener el hábito de la verdad, no como un dogma sino como un proceso.

Los descubrimientos de la ciencia y las obras de arte son más que una exploración; son explosiones de velada semejanza. El descubridor o el artista presenta en ellos dos aspectos de la naturaleza y los fusiona en uno solo. Es este el acto de creación en el cual surge un pensamiento original, y ese acto es el mismo tanto en la ciencia original como en el arte original. El orden debe ser descubierto y, en un hondo sentido, debe ser creado.

Dos definiciones de ciencia*

James B. Conant

Existen sobre la ciencia dos puntos de vista: el estático y el dinámico. El estático pone en el centro de la escena el conjunto interconectado de principios, leyes y teorías, junto con un vasto arreglo de información sistematizada; en otras palabras, la ciencia es una manera de explicar el mundo en que vivimos. Quienes proponen esta perspectiva exclaman: “¡Qué espléndido es que nuestro conocimiento sea tan colosal!”. Si consideramos la ciencia únicamente como una fábrica de conocimiento, el mundo tendría que gozar de todos los beneficios culturales y prácticos de la ciencia moderna, aun si todos los laboratorios cerraran mañana mismo.

Esta fábrica estaría incompleta, claro está, pero para aquellos que se dejan impresionar con la importancia de la ciencia como “explicación”, sería completamente satisfactoria. Qué tanto se mantendrían así, es otra cuestión.

La perspectiva dinámica, en contraste con la estática, considera la ciencia como una actividad; así, el estado actual del conocimiento es importante sólo como fundamento de operaciones adicionales. Desde tal punto de vista, la ciencia desaparecería por completo si se cerraran los laboratorios, y las teorías, principios y leyes embalsamados en los textos no serían sino dogmas. Porque si todos los laboratorios se clausuraran y toda la investigación se cancelara, nos se podría reexaminar ninguna proposición.

He esbozado a propósito este panorama. Nadie, a no ser que estuviera en un humor demasiado argumentativo, defendería una interpretación extrema, sea dinámica o estática, de las ciencias naturales.

Pero la presentación de la ciencia elemental en las escuelas y en la percepción popular casi necesariamente asume la forma dogmática, y por ende el ciudadano medio, con mucha frecuencia, va inconscientemente demasiado lejos en una u otra dirección. Quien trabaja en el laboratorio, no obstante, no seguirá esa dirección si está interesado primordialmente en la ciencia como una exploración. Para entenderlo a él y a sus predecesores que hicieron avanzar la ciencia desde el siglo XVI, difícilmente se puede exagerar la naturaleza dinámica de la ciencia.

Para todos los efectos, ese es mi propio prejuicio y no haré el menor intento para convencer a nadie. Mi definición de la ciencia es, luego entonces, algo así como lo siguiente: la ciencia es una serie de conceptos y esquemas conceptuales interconectados, los cuales se han desarrollado como resultado de la experimentación y de la observación, y que a la vez propician más experimentación y observación. En esta definición pongo el énfasis en la palabra “propiciar”. La ciencia es una empresa especulativa. La validez de una nueva idea y la importancia de un nuevo hallazgo experimental deben medirse por sus consecuencias –consecuencias en términos de otras ideas y otros experimentos.

Concebida así, la ciencia no es una búsqueda de certezas, sino más bien una indagación que es provechosa sólo en la medida en que es continua.

* Publicado originalmente en Bronowski, J. (1956). Science and human values. New York: Julian Messner.

* De Conant, J.B. (1951). Science and common sense. New Haven, CO: Yale University Press.

Traducción: Rafael Bullé-Goyri