Editorial
 
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Representación acuática: el atuendo de las figurillas sonrientes veracruzanas
 
Xolotli (cuento)
 
ENTREVISTA
 
Roberto Bravo Garzón: problemas reales necesitan soluciones multidisciplinarias
 
TRADUCCIÓN
 
Jacob Bronowski: Los aspectos creativos de la ciencia
James B. Conant: Dos definiciones de ciencia
 
CIENCIA Y SOCIEDAD
 
Tecnociencia, distribución y apropiación del conocimiento
 
DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
 
Ada Lovelace: pionera de la informática
Madame du Châtelet y el incendio en Versalles
 
CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
 
El pasado de la belleza
 
     

Ada Lovelace: pionera de la informática

Angélica Salmerón Jiménez

Queda el nombre de Ada Augusta Byron, condesa de Lovelace, escrito para siempre en la memoria histórica, no porque fuera hija del famoso poeta, sino porque fue el nombre con que el Departamento de Defensa de Estados Unidos bautizó su propio lenguaje de programación en el año de 1979, rindiendo así homenaje y reconocimiento a quien consideró como pionera de la informática. Es así como esta mujer ingresa a la historia de la ciencia con paso firme y se instala con seguridad y donaire en el salón de la fama, pues bajo tal reconocimiento público no hay modo de regatearle sus méritos. El nombre de ADA, ahora reconocido como nombre de un lenguaje de programación, viene respaldado por el trabajo que la condesa de Lovelace realizó al lado del matemático Babbage con las máquinas calculadoras, antecedentes directos de las actuales computadoras. Con ello, la hija de Lord Byron alcanza a fraguar su propia fama y renombre, abonando con su específico trabajo los terrenos de la ciencia informática y computacional.

La historia, que tan parca –y a veces tan francamente mezquina– se comporta con sus figuras femeninas, parece ahora no tener empacho ninguno en reconocer el sitio que corresponde a la condesa de Lovelace en el territorio de la ciencia –y concretamente en el de la informática–, pues es el caso que su nombre aparece con frecuencia en las enciclopedias y diccionarios científicos. Y aunque si bien es cierto que su nombre aparece siempre ligado al de Charles Babbage, inventor del ordenador programable, el trabajo que Ada realizó a su lado puede hablar por sí mismo. De ahí que, gracias a la colaboración que hubo entre ellos, se les considere metafóricamente como “la pareja que engendró la computadora”. Pero además esta pareja compartió la idea de que podían inventar un sistema infalible para predecir quién ganaría en las carreras de caballos, asunto en que no sólo invirtieron tiempo y esfuerzo sino también grandes cantidades de dinero, lo que finalmente los colocó al borde de la ruina. Entre la pasión por la ciencia, que les llevaría a la creación del cerebro mecánico, y la más mundana actividad de la apuestas, nuestros famosos personajes frecuentaron tanto los espacios científicos como los propios del hipódromo.

El espacio cultural y el frívolo de Ada están delineados en los contornos de la primera mitad del siglo XIX; su figura recorre los salones victorianos de la sociedad inglesa, buscando siempre codearse aquí y allá con los más connotados y reconocidos científicos de su época, porque el perfil que intenta dibujar de sí misma no es el de la gran señora de sociedad sino el de estudiosa y científica. ¿De donde le viene a nuestra dama este gusto por las ciencias? Rasquemos un poco en su historia, vayamos a sus orígenes y veamos cómo nacen, se forjan y dan fruto estas inquietudes, pues la vida de Ada es el reflejo –y en buena medida también el espejo– en el que se percibe una franca vocación por el conocimiento.

Ada Byron nace en Londres el 10 de diciembre de 1815, siendo la única hija legítima de Lord Byron y Anabella Mibanke, y no deja de ser llamativo que ambos progenitores fuesen a su modo figuras relevantes en su medio. Su madre, mujer culta pero neurótica e hipocondríaca, a quien Byron había bautizado con el nombre de la “Princesa del paralelogramo” en referencia a su aprecio por las matemáticas, será una constante influencia en Ada, y la llevará desde pequeña a incursionar en los territorios de esta ciencia, pensando, al hacerlo, en alejarla definitivamente de las cuestiones literarias, y en particular de la poesía. Las razones de ello parecen obvias: Lord Byron –casi sobra decirlo– fue un eminente poeta cuya vida y obra han dejado la honda huella en la historia de la literatura; dado lo mal avenido que fue su corto matrimonio con Anabella, quien lo acusó de crueldad y locura, ésta no quería que Ada tuviese un futuro en las tareas intelectuales que habían consagrado a su marido. Pero lo curioso es que el propio Byron llegó a pensar lo mismo: “Espero de los dioses hagan de Ada cualquier cosa menos poeta; es suficiente con que haya un loco en la familia”. La petición del padre fue escuchada: Ada se dedicó a la ciencia. Quizá el deseo de Byron no lo cumplieron los dioses sino la educación científica que la madre le proporcionó, pero sea como sea ambos se salieron con la suya. Parece, pues, que en lo único que estuvieron de acuerdo sus padres fue también en lo único en que la propia Ada se sintió siempre a sus anchas: la ciencia ganaba a una dama de alcurnia y fortuna para engrosar sus huestes.

Hija así de matrimonio tan peculiar, y dado que a los pocos meses de su nacimiento sus padres acabaron legal y escandalosamente separados, Ada quedó por completo bajo la influencia de su madre. La “princesa de los paralelogramos”, que había estudiado geometría, álgebra y astronomía con William Frend –un maestro de Cambridge–, se dedicó a educar a su hija bajo los preceptos de una cuidadosa educación parecida a la suya. Así que Ada se aplicó tenazmente a sus estudios aun siendo una niña enfermiza; se dice que a los 14 años “ya era competente en matemáticas, astronomía, latín y música”, y que “a los 17 aspiraba a ser mejor matemática que Mary Somerville”, quien fue además su amiga y mentora. En efecto, Mary –que era ya medianamente reconocida en el campo de la ciencia cuando Ada entabló relación con ella– describe en su autobiografía el interés y la fuerza intelectual de su joven amiga, y dice que conservaba cartas en las que ésta le pide explicaciones y hace preguntas sobre matemáticas; la Somerville no tiene empacho en afirmar que Ada estudió matemáticas por consejo suyo. Podemos imaginar que la amistad de estas dos mujeres –en medio de un ambiente científico totalmente masculino– fue para ellas un verdadero hallazgo, y finalmente el oasis donde podían dar rienda suelta a sus inquietudes, mostrando así que su andar por los salones victorianos no se limitaba a las cuestiones banales y cotidianas en las que comúnmente se centraban sus contemporáneas. Encontrar a dos mujeres que hablaran de matemáticas y de otros temas que parecían reservados a los hombres seguramente no fue algo que podía pasar desapercibido.

Pero hay más, pues es el caso que no sólo se conformaron las amigas con murmurar la ciencia entre ellas, sino que ambas, cada cual a su modo, salieron de sí mismas y entablaron comunicación con los científicos más connotados de su época, muchos de los cuales terminaron por reconocer sus dotes intelectuales y las acogieron en sus círculos.

El caso de Ada es cuando menos significativo en este tenor, ya que su relación estrecha con Charles Babbage fue el de una verdadera colaboración entre iguales. Pero de esto hablaremos más adelante.

Además de su relación con Mary Somerville, Ada tuvo como tutor a Augustus de Morgan, quien fuera el primer profesor de matemáticas de la Universidad de Londres, y que, lo mismo que con Mary Somerville, no fue sólo su maestro sino también su amigo. De Morgan y su esposa Sophia se mantuvieron en constante contacto con Ada y se conservan varias cartas en que se aprecia que su relación era muy afectuosa. Ada le escribió a Sophia después de un periodo de enfermedad que entre sus causas, se hallaba “un exceso de matemáticas”. En 1844 el propio De Morgan le escribía a la madre de Ada diciéndole que estaba totalmente de acuerdo con ello:

La capacidad de pensar sobre estos asuntos [matemáticos] que siempre ha demostrado lady Lovelace, desde el inicio de mi correspondencia con ella, ha sido algo completamente fuera de lo común [...] Pero esta capacidad debe ser debidamente considerada por sus amigos, con referencia a la cuestión de si debieran desalentar o frenar su evidente empeño de no sólo tratar de alcanzar los límites actuales del conocimiento, sino de rebasarlos [...] La enorme tensión mental que [los estudios matemáticos] requieren está más allá de la capacidad física de dedicación de una mujer.1

Quede así esta carta como muestra del carácter de nuestra científica; decidida y ambiciosa, Ada quería saber cada vez más y se dedicaba a ello con empeño aun a costa de su propia salud, como ella misma reconocía. En efecto, este “exceso de matemáticas” era provocado justamente porque su deseo fue siempre el de llegar a ser una científica reconocida y anteriorfamosa. Lo cierto es que, además de sus naturales dotes intelectuales, Ada tuvo la suerte de tener un marido que creía en sus capacidades científicas y que por ello siempre la apoyó, aunque al final su esposa terminara casi lanzándolo a la ruina económica y al descrédito social.

El 8 de julio de 1835 Ada se casó con William King, a la sazón octavo barón de King y que más tarde sería nombrado conde de Lovelace. Todo indica que el matrimonio corrió con buena fortuna; los esposos se entendieron bien y procrearon tres hijos, pero el hecho fundamental y quizá hasta insólito fue que Lord King –quien era además un científico aficionado– no frenó las inquietudes científicas de su joven esposa, sino que la apoyó y alentó en sus estudios. Fue ya estando casada que la futura duquesa de Lovelace tuvo la oportunidad de estudiar con los mejores profesores de matemáticas. Algunas historiadoras apuntan que Mary Somerville fue quien la puso en contacto con su futuro marido, de donde resulta que Mary es en la vida de Ada una especie de gozne o de “hada madrina” que con su intervención cumplió el sueño de ésta: dedicarse al estudio y a la ciencia. Mary, que la había apoyado siempre en sus estudios matemáticos, ahora prácticamente la ponía ante el “príncipe azul” que terminaría por hacer que ese sueño se volviese realidad.

Ahora bien, el gran acontecimiento en la vida intelectual de Ada Byron fue su encuentro con Charles Babbage. El dato curioso es que Babbage había conocido a Lord Byron en la Royal Society, de la que ambos eran miembros, en el año de 1916, justo poco después de que este fuera padre. La historia empezó entonces a escribir la aventura de nuestros personajes. Byron se separaría de su mujer y “abandonaría Inglaterra poco después del nacimiento de Ada y de su encuentro con Babbage, comenzando así un exilio que a la postre sería definitivo”. Ada quedaría en consecuencia al cuidado de su madre y no conocería a su padre sino a través de una relación a distancia que al parecer no borró nunca de ella su impronta.

Por su parte, Babbage mantenía una correspondencia respetuosa con Lord Byron y progresaba en sus estudios matemáticos ideando la creación de la máquina analítica, hasta que en 1833 se encontró con la hija de su antiguo amigo, Ada, quien habría de convertirse en su más estrecha colaboradora.

Inventor y matemático británico, Charles Babbage (1792-1871) fue un científico en el campo de lo que ahora conocemos como la computación y en quien se reconoce al inventor del ordenador programable. Babbage había estudiado en Cambridge, se licenció en 1814 e ingresó allí mismo como profesor en 1828. Trabajó en el área de la teoría de funciones y el álgebra, pero sus verdaderos intereses e inquietudes estaban dirigidos a la construcción y desarrollo de una máquina de cálculo capaz de producir e imprimir tablas matemáticas sin equivocarse. Se afirma que:

En la década de 1820, Babbage comenzó a desarrollar su máquina diferencial, un aparato que podía realizar cálculos matemáticos sencillos. Aunque empezó a construir esta máquina, no pudo terminarla por falta de fondos. (Sin embargo, en 1991 unos científicos británicos que siguieron los dibujos y las especificaciones detalladas de Babbage construyeron esa máquina diferencial: la máquina funcionaba a la perfección y hacía cálculos exactos con 31 dígitos, lo que demostraba que el diseño de Babbage era correcto.) En la década de 1838 comenzó a desarrollar su máquina analítica, que fue concebida para llevar a cabo cálculos más complicados, pero este aparato no se construyó nunca. El libro de Babbage, Tratado de economía de máquinas y de manufacturas (1832), inició el campo de estudio conocido actualmente como investigación operativa.2

Y es precisamente en estos aspectos del trabajo del matemático en los que Ada comienza a interesarse, dedicando “gran parte de su tiempo a la publicación de las ideas de su maestro y a los diseños de programas para la –hipotética– máquina”.3 Nace así entre ambos una profunda colaboración que, dados los afanes de Ada,4 más tarde habrá de llevarlos –como ya se ha hecho notar anteriormente– no sólo por los caminos de la ciencia en busca de la construcción de la máquina inteligente, sino que más allá de ello, o quizá habría que decir que justamente por ello, recorrerían también juntos el camino de los hipódromos y las apuestas. La mancuerna Babbage-Lovelace, pues, investiga y apuesta a los caballos, y esto último lo hace buscando fondos para financiar sus máquinas. Babbage, a quien apasiona el cálculo de probabilidades, y Ada, al parecer una apostadora compulsiva, intentan “aplicar en las carreras de caballos martingalas infalibles. Sin éxito. En 1851, las pérdidas son evaluadas por los abogados en 3,200 libras. Para cubrirlas, Ada empeña las joyas de la familia”.5 En fin, si el dúo no logra triunfar en las apuestas de caballos, sí lo hace, en cambio, en los terrenos de la ciencia.

Aunque es cierto que las máquinas ideadas por Babbage no llegaron a construirse en su momento, los planteamientos y avances que teóricamente se llevaron a cabo en ese momento fueron de vital importancia para el logro de su construcción futura, y ciertamente que en todo ello la función que Ada desempeñó es digna de todo aprecio. En ese entonces, nuestra joven científica era una de las pocas personas que confiaban plenamente en los ambiciosos proyectos de Charles Babbage, y quizá fue también la única que decidió invertir en ellos no sólo su tiempo sino también su dinero. Además, Ada estaba totalmente convencida de su propia capacidad intelectual y creativa; sabía que podía no sólo comprender el proyecto de la máquina calculadora, sino que también podía ayudar a hacerla comprensible a los demás, y así se convirtió en colaboradora y divulgadora del trabajo de su maestro y amigo.

Vale la pena recordar ahora que el proyecto existencial de Ada incluía el de ser reconocida como científica, toda vez que pensaba que su dedicación a la ciencia no era un mero pasatiempo ni una simple excentricidad aristocrática; muy por el contrario, estaba determinada por el verdadero apetito de conocimiento, y sobre todo por el reconocimiento de sus propias capacidades intelectuales, que después la llevarían también por otros senderos en donde pensó que podía aportar también algo original y propio, caminos estos que ella denominaba como una matemática de la función cerebral o un cálculo del sistema nervioso: “Tengo mis esperanzas, y muy claras, de conseguir algún día fenómenos cerebrales de naturaleza tal que los pueda expresar en ecuaciones matemáticas; en suma, una ley [...] para la acción mutua de las moléculas del cerebro (equivalente a la ley de la gravitación para el mundo planetario y sideral)”. Esta matemática del sistema nervioso le planteaba varias dificultades, entre ellas la de los experimentos prácticos: “Para obtener precisamente los efectos que necesito debo ser una manipuladora práctica habilísima en las pruebas experimentales; y eso, con materiales difíciles de manejar; v.gr., el cerebro, la sangre y los nervios de los animales”. Este hecho –tal como señala Witkowski– llevó a nuestra investigadora a utilizar su propio cuerpo como “laboratorio molecular”. Y es que la condesa no se detenía ante nada: no la espantaban las dificultades ni retrocedía ante los impedimentos; por el contrario, suponía confiada que tarde o temprano podría superar cualquier obstáculo: “Supongo que con el tiempo lo haré todo [...] Espero heredar a las generaciones futuras un Cálculo del sistema nervioso”. No vamos a entrar de lleno en esta fase del trabajo de Ada, pero la traemos a cuento para definir mejor el perfil personal y científico de nuestra autora, ya que con él podemos darnos una idea más clara de hasta dónde podía ser capaz de llegar para conseguir sus propósitos y de qué manera se invertía completamente una vez que se decidía por algo.

Por ello, cuando conoció el proyecto de Babbage, intuyendo su importancia y confiando en su viabilidad, apostó, literalmente, todo por éste. Ada se dedicó entonces en cuerpo y alma a establecer las cualidades y funcionamiento de las máquinas calculadoras que proyectaba su amigo, y nos legó en sus escritos el conocimiento sobre los principios teóricos y prácticos en que se sustentaba la operación de tales maquinas.

Se ha dicho que uno de los logros más importantes de Ada tiene que ver con las conferencias que dictó Babbage en Italia en 1840, pues fue a partir de ellas que Luigi Menebrea escribió un trabajo sobre la máquina analítica, texto que Ada tradujo y comentó. Así, fueron finalmente estas notas y comentarios lo que hoy se sigue teniendo en gran estima, pues gracias a ellos es que se conoce lo que era esta máquina analítica. De hecho, la condesa distingue claramente la máquina diferencial de la analítica, apuntando que la primera es “un artefacto mecánico para computar e imprimir tablas de funciones matemáticas, por adición, empleando el método de las diferencias finitas”, en tanto que la “máquina analítica” era un concepto completamente diferente y mucho más complejo. Podía sumar, restar, multiplicar y dividir directamente y, según los planos, se debía programar con tarjetas perforadas”.6 Este trabajo de la condesa fue publicado en 1843 en las Taylor’s Scientific Memoirs y se le reconoce como su trabajo matemático más importante. El mismo Babbage corroboró en su momento la importancia y los méritos que las notas de Ada tenían, al grado que llegó a proponerle que fuesen publicadas por separado. Años después, el matemático e inventor escribiría en su autobiografía cómo fue que su joven colaboradora se había dado a la tarea de realizar el trabajo:

Un tiempo después de la aparición de [la] memoria [de Menebrea] sobre el tema en la Bibliotheque Universalle de Geneve, la difunta condesa de Lovelace me informó que la había traducido. Le pregunté por qué no había escrito un trabajo original sobre un tema que conocía tan profundamente. A esto lady Lovelace contestó que no se le había ocurrido la idea. Sugerí entonces que añadiera algunas notas a la memoria de Menebrea, idea que fue adoptada de inmediato. Discutimos juntos las diferentes ilustraciones que se podrían introducir; yo sugerí varias, pero la selección fue enteramente suya. También lo fue la solución algebraica de los diferentes problemas, a excepción de los que se referían a los números de Bernoulli, que yo había ofrecido hacer para ahorrarle el trabajo a lady Lovelace. Me los volvió a enviar para su corrección, pues había detectado un error grave que yo había cometido en el proceso. Las notas de la condesa de Lovelace son unas tres veces más largas que la memoria original. Su autora ha entrado de lleno en casi todas las abstractas y muy difíciles cuestiones relacionadas con el tema. Estas dos memorias en su conjunto proporcionan a aquellos que son capaces de entender el razonamiento una demostración completa de que la totalidad de los desarrollos y operaciones del análisis son ahora posibles de ejecutar por medio de máquinas.

El testimonio no puede dejar lugar a dudas. Babbage encontró en la aristocrática dama a la única persona capaz de comprender y de divulgar sus investigaciones; había hallado en Ada Lovelace el alma de su máquina. Era ella quien daba vida al frío artefacto; era ella quien intentaba poner al alcance de todos el conocimiento de la máquina poniendo de relieve sus funciones, desentrañando sus virtudes y explicando sus tareas. Mucho se ha discutido sobre lo que realmente Ada aportó a los estudios e investigaciones realizadas por Babbage. No vamos nosotros a entrar de momento en esta cuestión, sino que, partiendo de los mismos testimonios del padre de la máquina, asumimos que la condesa de Lovelace fue su colaboradora y ayudante más cercana, y asimismo la divulgadora de su trabajo, actividades todas ellas que no se conformaron en la pura asimilación sino en las que aportó también lo suyo. Al decir de Margaret Alic, “las aportaciones originales de Ada Lovelace se referían a la programación de la máquina analítica, e ideó varios programas para hacer cálculos matemáticos avanzados. También hizo algunas notables predicciones referentes tanto a las aplicaciones de la máquina analítica (incluyendo la composición musical) como a algunos de los problemas que podrían surgir en el funcionamiento de tal máquina”.7

Escribió la condesa de Lovelace al respecto:

Es deseable prevenirse contra la posibilidad de ideas exageradas que pudieran surgir en cuanto a los poderes de la Máquina Analítica [...] La Máquina Analítica no tiene ninguna pretensión de originar nada. Puede hacer cualquier cosa que sepamos ordenarle cómo hacer. Puede seguir el análisis, pero no tiene capacidad de anticipar cualquier relación o verdad analítica. Es de su incumbencia ayudarnos a hacer disponible lo que ya conocemos. Está calculada para hacer esto primordialmente, y sobre todo, claro está, por medio de sus facultades ejecutivas; pero es posible que ejerza una influencia indirecta en la ciencia misma de otra manera. Porque al distribuir y combinar las verdades y las fórmulas del análisis de manera tal que sean lo más fácil y rápidamente disponibles a las combinaciones mecánicas de la máquina, las relaciones y la naturaleza naturaleza de varios temas en esa ciencia reciben necesariamente una nueva luz y se investigan más profundamente.

Sirva lo anterior para descubrir en el trabajo de Ada Byron una investigación seria y concienzuda que bien vale la pena conocer para intentar escribirla más ampliamente en los anales de la historia de la ciencia. Es claro que aunque su trabajo depende del de Charles Babbage, la función que Ada desempeñó a su lado no fue sólo la de ser un mero portavoz de aquél. Por ello, si bien es cierto que la informática y la computación deben tanto a Charles Babbage, habrá que reconocer con ello que también deben mucho a Ada. Pese a haber sido la hija de Lord Byron y aparecer como la colaboradora de Babbage, el hecho es que nuestra científica logró escribir su propia historia y el lenguaje de programación que lleva su nombre –ADA– le reconoce una personalidad propia y autónoma.

Se dice que entre el famoso padre poeta y la hija matemática hubo grandes similitudes físicas y existenciales y una serie de parangones, entre los que cabe destacar el hecho de que ambos murieran a la misma edad. Cierto, el cáncer termina con la vida de Ada el 27 de noviembre de 1852, cuando tenía treinta y siete años, y su muerte acaece en el marco de unas condiciones un tanto dramáticas ya que lega a su marido las pesadas deudas de sus correrías por los hipódromos. Y quizá también como a su padre, el genio termina por colocarla ante el abismo: “Soy –dice a su marido– uno de esos genios que, a causa de su temperamento físico, corren a su pérdida. Rogad por mí”.

Quede pues la figura y el trabajo de la condesa de Lovelace como muestra y ejemplo de la tenacidad y el esfuerzo, pero sobre todo de la pasión por la ciencia, cuyos “excesos matemáticos” la condujeron a la fama e inmortalidad con que siempre soñó, pues hoy se la reconoce y recuerda como la pionera de la informática.

1 Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI, p. 191.

2 Enciclopedia Microsoft Encarta, 2000.

3 Millar, D., Millar, I., Millar, J., Millar, M. (1994). Diccionario básico de científicos. Tecnos, Madrid, p. 43.

4 En una carta, le escribe a Babbage: “Mientras más estudio, más irresistible encuentro que es mi genio para ello. No creo que mi padre fuera (o pudiera haber sido jamás) tan buen poeta como yo seré analista y metafísica, pues en mí los dos están unidos de forma insoluble”.

5 Witkowski, N. (2003). Una historia sentimental de las ciencias. Siglo XXI, Buenos Aires, p. 178.

6 Alic, pp. 187-188

7 Alic pp. 188.

Madame du Châtelet y el incendio en Versalles

Viridiana Platas Benítez

No es baladí reparar en que la participación de las mujeres en la ciencia de los siglos pasados configuran el anecdotario de un primitivo orden social, político, religioso y, sobre todo, educativo, encargado de adiestrar a los géneros según sus disposiciones naturales: las mujeres en el hogar, los hombres en las aulas. Si bien la propia sor Juana denunció alguna vez el mandato de San Pablo mulieres in eclessis taceant (las mujeres en la iglesia callan), refiriendo la censura para la incursión femenina en el estudio de la teología, aquí podemos agregar mulieres in eclessis et scientiam taceant. Así, no es exhortación a polemizar que se constate la escasez de nombres de mujeres en la lista de personajes ilustres e influyentes en los mares compuestos de papel de las diferentes historias de la ciencia y de la filosofía. En verdad las mujeres callaron, como deseaba el santo, y la omisión de sus nombres en los anales parece confirmar este hecho. Siendo justos con la historiografía tradicional, la ausencia de la evocación de científicas y filósofas se debe en gran medida a las formas de recepción de sus obras por parte de sus contemporáneos; en casos afortunados, gozaban de admiración y prestigio; en otros igualmente afortunados, eran presas de la detracción –porque ser detractado implica incluirse en el juego de la creación intelectual–, y en el peor de los casos posibles, eran simplemente ignoradas.

Sin embargo, hoy día contamos con la fortuna de pensar que la historia, en su carácter eminentemente narrativo, tiene la posibilidad de escribirse y reescribirse. Escribiendo y corrigiendo es ahora posible saber que hubo una importante actividad de las mujeres en las ciencias, la filosofía y las artes mucho tiempo antes de las grandes conquistas emancipatorias femeninas de los dos siglos pasados.

Esta es la historia de una mujer nacida en el año de 1706 en la mismísima tierra de la Ilustración: Gabrielle-Emile Le Tonnelier de Breteuil, quien más tarde, por matrimonio, adquiriría el título de marquesa du Châtelet-Lomont. “Juzgadme por mis propios méritos, o por falta de ellos, pero no me consideréis como un mero apéndice de este gran general o de aquel renombrado estudioso, de tal estrella que relumbra en la corte de Francia o de tal autor famoso”1. El amable lector notará la fascinante personalidad de la marquesa a través de este modo de presentarse. No es para menos dicha apelación, pues el apellido du Châtelet se ha visto opacado por el nunca desapercibido Voltaire. En efecto, como es el caso de Lou-Andreas von Salome, Hanna Arendt o Simone de Beauvoir, Emile du Châtelet salta más a la luz por su relación amorosa con un contemporáneo famoso que por sus propios méritos científicos.

Su fama de mujer fatal la situó como presa fácil de los rumores y suspicacias en la corte de Versalles; no es difícil imaginar que una mujer de singular fisonomía (con sus casi 1.76 metros de altura) y temperamento “masculino” por dedicarse al estudio como pasatiempo predilecto, fuese víctima de mordaces comentarios que pusieron en entredicho hasta la autoría de sus escritos. Imaginemos la majestad con que la marquesa recorrió el Salón de los Espejos, que al estar complementada por una belleza natural y cubierta con artificiosas joyas y encajes, atraía las miradas curiosas de los cortesanos. Esta escena casi ficticia nos hace pensar que, efectivamente, Emile du Châtelet prendió fuego en Versalles –y en toda la nación gala–, cuyos jardines ahora recuerdan sus verdaderos méritos. La adversidad de su contexto creó la condición padecida en vida por nuestra protagonista, pero su sagacidad, agudeza y claridad intelectual venció en la balanza al final de sus días, pudiendo gozar del reconocimiento público al ser de las pocas mujeres de la época en ser seguida por jóvenes científicos ansiosos de ser instruidos por ella.

Toda esta buena fama ya la gozaba antes de morir de fiebre puerperal, causa de muerte que ha creado otro mito que refleja la pasión con la que esta científica francesa abrazó su profesión. En efecto, se cuenta que al saberse embarazada a los 42 años tuvo la certeza de su próximo deceso, por lo que comenzó una carrera sin tregua a contrarreloj para finalizar el estudio que en esos momentos la ocupaba; así, dio a luz a su tercer hijo mientras trabajaba en su escritorio, preparando los que parecen ser comentarios a la traducción de los Principios matemáticos de filosofía natural de Isaac Newton. Es necesario destacar que la física newtoniana fue el vector con el cual la marquesa creó para sí un proyecto de labor científica sin precedentes en su patria.

La traducción que en dos tomos hizo Madame du Châtelet de los Principia de Newton fue la obra culminante de su vida. Incluía sus comentarios, cuya primera parte era puramente matemática, consistiendo la segunda de una revisión en seis capítulos de los Élements, notablemente mejorados. Es necesario destacar que la suya sigue siendo la única traducción francesa de Newton. Con su publicación, el método científico newtoniano se volvió por vez primera parte integrante de la Ilustración francesa.2

El trabajo de Gabrielle-Emile va más allá de simplemente fungir como uno de los primeros portavoces de la física y la geometría newtoniana en Francia, puesto que la marquesa siempre mostró simpatía por la monadología de Leibniz, primordialmente por la idea de la fuerza intrínseca en los cuerpos. Con estos elementos configuraría la propuesta de fusionar la metafísica leibniziana y la física newtoniana. Por otra parte, nuestra científica trabajó arduamente para que la Academia de las Ciencias sustituyera el sistema del mundo cartesiano por el newtoniano; de esa forma, Emile –junto a su maestro Pierre Louis de Maupertuis, su colega Alexis Claude Clairaut y el propio Voltaire– razonó el colapso final de la explicación cartesiana: el mecanicismo plenista del filósofo francés ya no satisfacía las interrogantes en torno al funcionamiento del mundo; en cambio, la matematización newtoniana ofreció la posibilidad de excavar las causas de los efectos naturales mediante las leyes de atracción y gravitación universal, salvaguardando –al menos en forma aparente– únicamente la explicación física en aras de no inventar hipótesis.

De este modo, entre las publicaciones de la marquesa du Châtelet se encuentran los Elementos de la filosofía de Newton, escrito en coautoría con Voltaire,3 y, como autora independiente, Disertación sobre la naturaleza y la propagación del fuego, Instituciones de física,4 y por supuesto, la traducción comentada de los Principios newtonianos.

La anécdota sobre el nacimiento de la Disertación sobre la naturaleza y la propagación del fuego es por demás digna de remembrarse. En el año de 1737, la Academia de Ciencias anunció el concurso de ensayo que en esa ocasión atendería la cuestión sobre la naturaleza del fuego. Tanto Mme. du Châtelet como Voltaire decidieron inscribirse, con la consigna de escribir juntos el texto a concursar; con todo, “un mes antes de terminar el plazo para la competencia la marquesa decidió participar de forma independiente. Trabajando de noche y en secreto completó su Dissertation […] justo a tiempo”.5 Finalmente, ninguno de ellos ganó, pero la Academia decidió publicar sus ensayos junto con el trabajo de Leonard Euler, triunfador del certamen.

Sin temor a equivocarnos, creemos que el citado escrito no debe soslayarse cuando de conocer la historia del periodo se trata; de hecho, es una muestra viva del espíritu metódico moderno y la sofisticación instrumental que el Siglo de las Luces aportaría para el desarrollo de la ciencias; advierte la autora: “El fuego se manifiesta a nosotros por fenómenos tan diferentes que resulta casi difícil definirlo por sus efectos, como conocer enteramente su naturaleza: escapa en todo momento a la captación por nuestro espíritu, aunque esté dentro de nosotros mismos y en todos los cuerpos que nos rodean”.6 En esta cita puede apreciarse la línea general de todo el opúsculo: en primer lugar, la intervención primordialmente metodológica que es necesaria para el estudio de la naturaleza, pues el sólo uso de la percepción sensorial no proporcionaría datos plenamente verosímiles; por otra parte, la naturaleza del fuego es exaltada en toda su complejidad epistémica; no en vano la convocatoria de la Academia de Ciencias buscaba atender un tema no encarado en las nuevas investigaciones; finalmente, la tesis principal se estipula de entrada, al asegurar el carácter intrínseco del fuego en los cuerpos.

Partiendo de la creencia popular que caracteriza al fuego como sinónimo de luz y calor, la Disertación considera tales manifestaciones como propiedades del fuego; no obstante, estos no son sus atributos esenciales; de ahí, se establece la distinción entre los efectos de la luz y el calor en los objetos, pues aun cuando frecuentemente aparezcan juntos ante nuestros sentidos, no se infiere que en esencia no puedan manifestarse separados: la luz de la luna, la luz de las luciérnagas y los gusanos de luz son ejemplos de fenómenos de luz sin calor, mientras que el hierro incandescente es ejemplo de calor sin luz. Recordemos: la universalidad de las conquistas científicas dan vida al proyecto del conocimiento científico en general; por ende, la encuesta de la marquesa tiene que acertar en la naturaleza misma del fuego, a saber: “Es necesario buscar en el fuego algún efecto más universal y cuya existencia no dependa de nuestros sentidos”.7

Incluso contraviniendo su propia impugnación de las enseñanzas cartesianas, la científica francesa insiste en la insuficiencia de los meros datos sensoriales para el conocimiento del fuego; si bien la ciencia los toma como materia prima de la empresa del saber, los datos otorgados por los desnudos sentidos no son suficientes para adquirir sentencias verosímiles. Por ello, la experimentación y el uso de instrumentos como el termómetro son el vehículo del desengaño sensorial y de la comprobación de las hipótesis de trabajo, que en el caso del fuego sirven para proponer a la rarefacción como el buscado efecto universal. Por ello, la rarefacción es un efecto que se presenta de igual manera en todos los objetos afectados por el fuego; es decir, toda exposición continua de un objeto al citado elemento manifiesta el aumento de su volumen antes de desprender sus partes y extenderlas. Además, el fuego no tiene un lugar específico o centro: la posibilidad de la distribución equitativa de este elemento en los cuerpos se debe a su carácter intrínseco. El equilibrio mediante el cual el elemento ígneo propicia el calentamiento radica en que la causa del movimiento es el fuego interior que habita en los cuerpos:

El fuego es, pues, el antagonista perpetuo del peso, lejos de estar sometido a él; en consecuencia, todo se halla en la naturaleza en una perpetua oscilación entre la dilatación y la contracción por la acción del fuego sobre los cuerpos y la reacción de los cuerpos que se oponen a la acción del fuego por su peso y la cohesión de sus partes. No conocemos cuerpos perfectamente duros porque no conocemos ninguno que no contenga fuego y cuyas partes estén en perfecto reposo; así, los filósofos que niegan el reposo absoluto estarían seguramente más acertados, tal vez sin saberlo, que aquellos que niegan el movimiento.8

El fuego es la clave para entender el funcionamiento de la naturaleza; el mundo en perpetuo movimiento y transformación le debe su funcionamiento. De esa manera, nuestra autora piensa que la acción imperecedera del Dios se pone de manifiesto en la perenne actividad ígnea: “El fuego es, por decirlo así, el alma del mundo y el soplo de vida repartido por el Creador sobre su obra”.9 Al sentar el carácter vital del fuego, es menester mencionar cómo se distribuye: en primer lugar, se distribuye por igual en todo el espacio cuando la temperatura del aire que contiene a los cuerpos es igual. En segundo lugar, en los seres vivos; la manifestación del mismo es análoga a una fuerza viva y muerta a la vez: “[Así como] la fuerza del cuerpo puede pararse sin destruirse, del mismo modo el fuego conserva, en este estado de inacción aparente, la fuerza por la cual se opone a la cohesión de las partes de los cuerpos, y el combate perpetuo de este esfuerzo del fuego y de la resistencia que los cuerpos le oponen produce casi todos los fenómenos de la naturaleza”.10

El estado de inacción antes aludido responde a la suposición del equilibrio entre los cuerpos y el fuego, mismo que es caracterizado como el primero de los tres estados diferentes del elemento tratado; el segundo de tales estados es la resistencia que oponen los cuerpos, lo que explica la sensación del frío; por último, cuando la acción del fuego supera la reacción de los cuerpos, se presenta la rarefacción, que, como hemos visto, separa sus partes; esto tiene su origen en el frotamiento, en donde “la elasticidad de los cuerpos hace que las oscilaciones de la contracción y dilatación que el frotamiento produce en ellos se comuniquen hasta sus partes más sensibles y que, en consecuencia, el fuego retenido en sus poros adquiera un movimiento mayor”.11 Señala la científica que de los dos últimos estados es posible explicar los perpetuos movimientos en la naturaleza, en los que la pugna entre resistir y ceder ante el fuego explica la cohesión y separación de los cuerpos.

Como muestra la química hoy día, el fuego es un proceso de oxidación que desprende calor, llamas y gases; como se puede apreciar, la distinción entre estos efectos y el fuego tiene tal vez su antecedente en aquella propuesta de la marquesa; asimismo, la manera en la que nuestro personaje caracteriza la tendencia de la acción del fuego hacia arriba evoca nuestra actual explicación vía la convección; para finalizar, la radiación como forma de propagación del calor se hace presente en el opúsculo que nos ocupa a través de la explicación de la distribución equitativa del fuego en todos los cuerpos –todos los cuerpos son susceptibles de sucumbir ante él– y en la penetración que éste ejerce para proporcionarles calor.

En suma, la Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego muestra sólo un fragmento del trabajo incesante de Emile du Châtelet, quien por su labor científica y filosófica destaca como protagonista de la forja del cuerpo de saberes ilustrados. Nuestras líneas han dejado en el tintero los pasajes dedicados a la propagación del calor en los cuerpos, la acción del fuego en los sólidos y líquidos y la naturaleza del Sol. Por ello, lejos de permanecer indiferentes ante nuestra científica, su obra nos invita a acercarnos a la labor de quien alguna vez incendió la Corte de Versalles, quizá alumbrando desde ahí a la vecina Ciudad Luz.

1 Edwards, J. (1970). Citado en Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Siglo XXI, México, p. 175.

2 Ibid., p. 172.

3 Aunque tal aportación no fue reconocida, el mismo Voltaire intervino más de una vez para exaltar el mérito de su compañera.

4 Nos dice Alic (op. cit., p. 171) al respecto de esta obra: “Las Institutions eran fieles a la física newtoniana, pero la filosofía puramente científica y materialista de Newton no satisfacía por completo a la marquesa. Creía que la teoría científica exigía una fundamentación metafísica, cosa que encontró en Leibniz. A comienzos de 1738 aceptó las forces vives –las mónadas vitales de Conway y Leibniz– y decidió escribir los capítulos iniciales de las Instituciones para que reflejaran su nuevo punto de vista”.

5 Ibid., p. 170.

6 Châtelet, E. (1994). Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego (trad. de Carmen Mataix). Universidad Complutense, Madrid, p. 9.

7 Ibid. p. 13.

8 ibid. p. 32.

9 Ibid. p. 38.

10 Ibid., p. 42.

11 Ibid., p. 46.

Para el lector interesado

Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Siglo XXI, México.

Châtelet, E. (1994). Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego (trad. de Carmen Mataix). Universidad Complutense, Madrid.

Koyré, A. (1996). Del mundo cerrado al universo infinito (trad. de Carlos Solís Santos). Siglo XXI, México.

http://www.paranauticos.com/Notas/Tecnicas/seguridad/el-fuego.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Fueg