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El pasado de la belleza
 
     

El pasado de la belleza

Leticia Garibay Pardo y Heriberto G. Contreras Garibay

Después de leer el libro de Desmond Morris La mujer desnuda surgen como en cascada infinidad de reflexiones; si usted ha tenido la oportunidad de leer este texto, publicado en 2005, seguramente que entre ellas se contará la que compartimos a continuación: el ser bella para las féminas se antoja como un cuento de aventuras en la desesperada búsqueda de la mujer del “querer ser”.

“Bella” se entiende de muchas formas; por ejemplo, la química de los orígenes de las civilizaciones humanas, aun sin concebirse como tal, hizo su aparición en un contexto biológicocultural. Probablemente en las mujeres de las cavernas surgió esta práctica como uno de los múltiples artificios para cultivar la belleza y ser así atractivas para el sexo opuesto, aunque autoras como la argentina Esther Vilar (1971), en su libro El varón domado, aseguran que es más cuestión de simple vanidad femenina la tan acelerada búsqueda de la mujer por querer parecer más bella.

Desmond Morris, célebre, zoólogo-etólogo inglés, divulgador y escritor de dieciocho libros –entre los que destaca El mono desnudo (1967)–, en una de los cientos de entrevistas que concedió, señaló que “la evolución ha interferido más en el cuerpo de la mujer que en el del hombre. Millones de años de evolución de la especie humana interferida por la cultura han cambiado mucho más el cuerpo de la mujer que el del hombre, lo han perfeccionado hacia una sensibilidad sexual inaudita y única […] el cuerpo del hombre tiene más fuerza, y el de la mujer está más evolucionado”. Junto al sentido del olfato, la mujer ha desarrollado más el oído e incluso los ojos, y agrega que “por su sensibilidad olfativa, ellas deberían ser las que probaran el vino, pero los hombres conservan su coto privado y afirman que si una mujer anda por una viña teniendo la regla, la estropea, [lo que es] una creencia medieval sin la menor base científica”

En este sentido, y hasta de una manera graciosa, en ocasiones relata Morris cómo han evolucionado algunas prácticas que anteceden a la cosmética, las cirugías, los tintes, las depilaciones y las pelucas, entre otros métodos para someter cada una de las diferentes partes y funciones de nuestro cuerpo, de los que ahora le platicaremos algunas.

Por ejemplo, la voz femenina es aguda, vibra de 230 a 250 ciclos por segundo, lo que hace que conserve su voz infantil; asimismo, la mujer ha preservado su vello corporal infantil y huesos más menudos, a diferencia del varón, con sus cejas espesas, bigote, voz gruesa, barba y pecho velludo.

Con respecto a la cabellera, Morris describe cómo es que a la hembra humana le crece “exageradamente larga (aproximadamente cada cabello crece de 13 a 18 centímetros por año), y se pregunta cómo es que se las arreglaban las mujeres primitivas para enfrentarse a tal pelambre si aún no había tijeras”.

En el transitar de la historia, el cabello se ha realzado, ocultado, moldeado, cortado, rizado, estirado, ondulado, levantado, soltado, coloreado y adornado de mil maneras diferentes, erigiéndose como uno de los máximos atractivos y hasta motivo de estrictos tabúes religiosos.

Portar pelo postizo es un práctica que data desde hace 5 mil años, pero en el antiguo Egipto las mujeres de alto rango se afeitaban la cabeza y luego lucían una peluca; al igual que entre las mujeres romanas, el cabello afeitado las colocaba en un estatus elevado; sin embargo, el empleo de las pelucas se hizo desagradable cuando estas se comenzaron a elaborar con el cuero cabelludo de los enemigos muertos durante las conquistas del Imperio.

En tiempos medievales, la Iglesia prohibió las pelucas, pero reaparecieron en la época isabelina debido al daño provocado en el cabello por el uso de cosméticos, al grado de que era necesario cubrirlo. Resalta en esta época la moda de estos implementos, la cual llegó a su punto más álgido en el siglo XVIII, cuando llegaron a medir hasta 75 centímetros de altura.

Respecto del color del cabello, las mujeres griegas, tratando de ser rubias, utilizaban una pomada de flores con pétalos amarillos en solución de potasio y polvos de color que velaban el del cabello. Y así evolucionaron los trucos para decolorar mediante cenizas de plantas, cáscaras de nuez, bayas de sauco, sedimento de vinagre, azafrán restregado, yemas de huevo cocido, miel silvestre y raspaduras de ruibarbo remojado en vino blanco con exposiciones al sol, y hasta la aplicación de polvos de oro. Sin embargo, existen registros de prácticas tan increíbles como las de algunas damas isabelinas que sumergían directamente el pelo en aceite de vitriolo o agua de alumbre, lo que en ocasiones las dejaba calvas de por vida.

Pero rubias aunque usaran pelucas. Y es que el ser rubia –dice Desmond Morris– sugiere una mayor delicadeza y suavidad del cabello y da una imagen más juvenil y tierna de la mujer, como una niña adulta que transmite intensas señales sexuales que dicen: “cuida de mí”.

Pero dejemos el cabello y vayamos a las cejas, de las cuales existen varios tipos; las hay muy pobladas, juntas, separadas, arqueadas, lisas, escasas, abundantes, hacia abajo, hacia arriba, gruesas o delgadas, que han sido cuestión de análisis de los estados de ánimo que implican e interés de las modas de las diferentes épocas y culturas.

A finales del siglo XVIII surgió un dicho de que las cejas suavemente arqueadas armonizan con la modestia de una joven virgen; en esa época, en Inglaterra también se puso de moda rasurarlas y ponerse unas postizas de piel de ratón; quizás fue entonces que surgió el infaltable lápiz de cejas, omnipresente en las actuales boutiques de casi todo el mundo.

Pasemos ahora a las orejas, que en la actualidad pueden ser operadas para disminuir su tamaño o para que se peguen más al rostro. Plinio, hace casi dos mil años, fue el primero en escribir que cuando las orejas se ponen rojas y zumban, es que alguien está hablando de nosotros en nuestra ausencia. En el acto sexual las orejas cumplen una función muy interesante, pues durante la excitación intensa los lóbulos se hinchan y se llenan de sangre. Kinsey y sus colegas del Instituto de Investigaciones Sexuales de Indiana consideran que una mujer puede experimentar un orgasmo como resultado de la estimulación de sus orejas. Darwin, por su parte, estaba convencido de que son reminiscencias de nuestros días primitivos, cuando eran puntiagudas y se movían libremente para captar los sonidos. Hay gran parte de verdad en lo dicho por Darwin, ya que las orejas puntiagudas aún están presentes de forma muy visible en aproximadamente la cuarta parte de los europeos.

A través de la historia, a las orejas se le han atribuido una serie de funciones, como por ejemplo ser el símbolo de los genitales femeninos e incluso ser capaces de dar a luz; según algunas leyendas, Buda, Karna, hijo de la diosa hindú Kunti, o Gargantúa, el personaje de la sátira de Francois Ribelais, nacieron a partir de la oreja de su madre.

También han sido signo de sabiduría, pues escuchan la palabra de Dios, o bien puerta de entrada del diablo y de los espíritus malignos, de donde seguramente surge el hábito de perforarlas para usar aretes, los que funcionaban como amuleto para protegerse contra tal profanación; esta práctica hoy está muy extendida por todo el mundo, al igual que las perforaciones para piercings y las deformaciones de los lóbulos para colgar pendientes. Por lo general, la mujer lo hace para verse más atractiva, dependiendo de la cultura a la que pertenezca.

Ahora hablemos de los ojos, con los que percibimos el 80 por ciento de nuestra información, toda vez que somos animales visuales como cualquier otro mono; ellos también tienen su historia. Los ojos reflejan emociones e iluminan la cara. Si la pupila se dilata, esto se debe a que hay poca luz; pero, dato curioso, también se dilata cuando nos gusta mucho algo; al parecer, este fenómeno constituye una ventaja para los jóvenes amantes cuando miran la pupila dilatada del otro.

En siglos pasados, las cortesanas de Italia se ponían gotas de belladona para verse más atractivas al dilatárseles las pupilas y aparentar así que disfrutaban de lo que veían, aunque no fuera precisamente un atractivo varón sino cualquier viejo libertino. Otra curiosidad es que somos el único animal terrestre que llora con frecuencia por la emoción, y el punto rosa del extremo interno del ojo es vestigio de un segundo párpado; a su vez, las pestañas de los ojos –que por cierto no encanecen con la edad y que duran entre tres y cinco meses antes de ser remplazadas– son tratadas, hoy en día, con pinturas especiales (rimel) negras, cafés o de otros colores para que se vean más abundantes.

Si es posible, a las pestañas se les riza hacia arriba para hacer que los ojos se vean más grandes y expresivos, pues los de la mujer son de menor tamaño que los de los varones. Su color, como ya sabemos, es cuestión de raza, pero a raíz de la aparición de los lentes de contacto, fabricados por vez primera en Suiza en 1887, hoy las mujeres (y los hombres también) lo cambian con tan solo colocarse un par de tales aditamentos.

La historia de la cosmética de los ojos es motivo de análisis aparte. Una vez más, los antiguos egipcios, mediante la galena, precursora del kohol (mineral de plomo), trazaban líneas negras que exageraban la forma de los párpados; con la malaquita, un óxido de cobre, lograban párpados verdes, que además les protegían del sol, y hasta hacían un maquillaje de ojos con huevos machacados de hormiga.

Gracias a su química avanzada, en Egipto las damas elegantes usaban en sus ojos tonalidades violeta, amarilla, azul y tres tipos de blanco que incluso tenían propiedades antibióticas. De esta manera, la obsesión por el maquillaje de ojos es una práctica antigua y milenaria, simbólicamente representada por una de las bellezas de la historia: Nefertiti. Por el contrario, las respetables mujeres griegas mostraban su cutis natural.

Curiosamente, la palabra cosmética (kasmetikos), que significa “embellecimiento experto”, es de origen griego, aunque esa práctica sólo la realizaban las cortesanas.

Por su parte, los romanos sombreaban sus ojos con cenizas de madera negra o polvos dorados derivados del azafrán. Ovidio escribió el primer libro que existe sobre la cosmética, y ya el filosofo romano Plauto comentaba que “Una mujer sin pintura es como una comida sin sal”.

La pionera de la cosmética actual fue la polaca Helena Rubinstein, quien tomó la idea del teatro francés y de los antiguos egipcios, maquillando a la actriz Theda Bara cuando ésta protagonizó a Cleopatra en 1917, ya que por mucho tiempo el maquillaje de ojos fue usado sólo por mujeres de “dudosa virtud”.

Y así podemos recorrer cada parte del maravilloso cuerpo humano: los labios, la barba, el cuello, la espalda, entre otras, y retomar las palabras de Morris, quien piensa que la mujer quiere hoy regresar al remoto pasado, cuando aún era el centro de la vida social, “cuando uno y otro sexo eran diferentes en igualdad de términos”, y confía en que los avances tecnológicos y las computadoras van a permitirle permanecer en casa y combinar sus tareas entre la familia y la profesión.

La opinión de la periodista Chapi Escarlata sobre el ensayo de Morris, en el que se basa este artículo, es muy certera al decir que “Morris echa por tierra el mito del sexo débil, que aunque es menos fuerte físicamente, el cuerpo de la mujer está más evolucionado (neoténico) en muchos aspectos que el del macho”, y llama neotenia al proceso evolutivo resultante de la simbiosis entre la sociabilidad y la curiosidad, al que considera el éxito de los seres humanos (simios sin rabo y con un cerebro muy grande). “Las mujeres han experimentado transformaciones espectaculares –agrega–, muy superiores a las del hombre. Durante millones de años, las formas femeninas se han ido forjando a través de asombrosos ajustes y sutiles refinamientos en un proceso evolutivo en el que la mujer abandonó muchas de la cualidades de otros primates para convertirse en un ser único extraordinario. Desmond Morris analiza los rasgos biológicos y las funciones evolutivas de las formas femeninas y cómo las sociedades humanas han modificado y adornado su cuerpo en función de los conceptos de belleza”. Todo ello para descubrir, según dice, “al organismo más fascinante del reino animal: la mujer desnuda”.

Para el lector interesado

Morris, D. (2005). La mujer desnuda. Un estudio del cuerpo femenino. Planeta, S.A., Barcelona.

En línea
http://www.lecturalia.com/autor/108/desmond-morris

http://www.20minutos.es/noticia/51650/0/morris/desmond/desnuda/

http://blogs.20minutos.es/chapiescarlata/post/2005/09/26/la-mujer-desnuda

http://es.wikipedia.org/wiki/Esther_Vilar

http://www.amazon.com/Manipulated-Man-EstherVilar/dp/0953096424