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EDITORIAL

En el terreno de la psicología hay dos conceptos que pueden parecer un tanto abstrusos, pero que no lo son tanto. Estos son el llamado “locus de control interno” y el “locus de control externo”. Veamos primeramente en qué consiste el segundo.

Es frecuente que las personas consideren que las causas de que actúen como actúan radican “fuera” de ellas. Así, atribuyen las razones de su comportamiento a la posición en que se hallaban los planetas al momento de su nacimiento, al destino marcado, al deseo de alguna divinidad, a los karmas que deben experimentar por las malas acciones cometidas en una vida anterior, a lo que indica el horóscopo sobre un día particular, a una malentendida genética, etcétera. En otras palabras, hay algo allá afuera que provoca nuestros actos; por supuesto, el suponer tales razones nos libera de toda responsabilidad en nuestras vidas, pues es por aquellas que somos o nos comportamos de una cierta manera. Así, se dice que los nacidos bajo el signo de Leo, por ejemplo, son inteligentes, razonables, tiernos y emprendedores, y que los de Acuario son impulsivos, egocéntricos y apasionados (estas características dependerán de quién hace el horóscopo). No es posible, pues, hacer nada para modificar tales rasgos de personalidad, ni tampoco si se cree que lo que nos ocurre es el pago por lo hecho en una vida anterior (el karma), o el resultado de una decisión divina.

Las personas que tienen un locus de control interno, por el contrario, depositan el móvil de su conducta en ellas mismas; son ellas, y sólo ellas, las responsables de lo que les ocurre, sin subterfugios posibles.

Claro está, quienes tienen un locus de control externo poco pueden hacer por evitar un comportamiento lesivo o impropio para sí mismos y para los demás, pues ya todo está determinado para ellos incluso desde antes de su nacimiento. Solo queda atenerse a lo que ya está escrito desde el principio de los tiempos, o rogar por que tales decisiones sobre su vida se vean de algún modo modificadas.

Los estantes de las librerías se han llenado en estos últimos años de libros que tienen como su esencia ese locus de control externo. Menudean los libros de horóscopos, dianética, discursos sectarios y demás; en otras palabras, de pseudociencia de todos los géneros, olores y sabores, que desplaza cada vez más a los que ofrecen una perspectiva racional y realista de los fenómenos, entre los cuales se incluye nuestro propio comportamiento.

Pero si aspiramos a modificar para bien nuestro entorno, debemos responsabilizarnos de nuestras acciones de una buena vez y abandonar esa visión absurda de que nada de lo hagamos logrará alterar un ápice nuestro destino personal y el de nuestros semejantes.

Somos perfectamente capaces de tomar decisiones sobre nuestras vidas y de alterar mediante la inteligencia lo que nos ocurre. Ojalá algún día verdaderamente arrojemos al cajón de lo inservible el horóscopo, la quiromancia, la brujería, el mal de ojo y todo aquello que sólo nos distrae de lo que verdaderamente nos debe importar.