Editorial
      ¿Contaminando con sus jeans?
     
      El medio ambiente y los límites a la globalización
     
     

La responsabilidad del investigador en la divulgación de la ciencia

     
      El pinabete: una especie en peligro de extinción
     
      El monitoreo de las plantas invasoras
     
      El piñoncillo mexicano: fuente de energía renovable
     
      Las colas de caballo: plantas únicas
     
      Receptores a estrógenos α y β en células normales y cancerígenas
     
      Calidad del semen y contaminación
     
     

Inglés universitario: Sitio WEB E4U

     
      Ambientes virtuales de aprendizaje
     
      ENTREVISTA
     
      Juan Tonda Mazón: Hay una necesidad imperativa de divulgar la ciencia en México
     
    RESEÑA
     
    Adalberto Tejeda Martínez:
Variaciones climáticas y otras notas
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Hildegarda de Bingen: la voz silenciada de la ciencia medieval
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Más que un simple papel
   
 
     

La responsabilidad del investigador en la divulgación de la ciencia

Manuel Martínez Morales

Si aceptamos que el conocimiento científico y sus derivados tecnológicos son un producto eminentemente social, entonces es fácil reconocer la importancia que adquieren las tareas de difusión y divulgación de la ciencia. Algunos especialistas en el tema suelen distinguir entre difusión y divulgación. Difundir el conocimiento científico sería hacerlo llegar a ciertos grupos o sectores sociales para su aprovechamiento directo, en tanto que divulgar la ciencia sería hacer accesibles las teorías y métodos de las diversas ciencias, así como sus aplicaciones concretas, a un público muy extenso. Para los fines de esta exposición, usaremos el término "divulgación" para referirnos a ambas formas de comunicación de la ciencia.

Para un investigador activo en cualesquiera de las disciplinas científicas, o para un ingeniero que trabaja en el desarrollo de tecnologías, el plantearse tareas de difusión o divulgación de la ciencia lo enfrenta a un delicado compromiso, pues tiene que comenzar por preguntarse acerca de la naturaleza de su quehacer y la forma en que éste se articula con su entorno social. Es decir, si el científico no asimila la dimensión social de su propia disciplina o de la ciencia en general, dificilmente podrá hacerse cargo de resaltar el valor de su trabajo en cuanto a su potencial económico, tecnológico y educativo, o en cuanto a su vinculación con otras áreas del saber y la cultura.

Obviamente, la comprensión de la forma en que se inserta la práctica científica en una sociedad específica rebasa el ámbito académico o puramente profesional y requiere que el investigador se asuma conscientemente como sujeto social; esto es, que reconozca plenamente el punto de partida de sus reflexiones no sólo en cuanto científico sino también como integrante de una familia y de una clase social, como ciudadano con derechos y deberes, con conocimientos, prejuicios y valores producto de la educación formal y del adoctrinamiento ideológico al que toda sociedad somete a sus miem bros; igualmente, debe reconocerse en su integridad de hombre concreto con sentimientos, deseos y emociones y -sin evasión alguna- aceptar que, ante todo, el hombre es, como expresa E. Becker, un animal que se mueve en un planeta iluminado por el sol, con la necesidad impostergable de alimentarse y defecar, consciente de su finitud y de su muerte. En palabras un poco más técnicas, el científico debe reconocerse como un miembro de la especie humana, con una historia de evolución biológica y también con una historia social y cultural tras de sí ("El hombre es el mundo del hombre", al decir de Karl Marx).

Creo que sería una tarea imposible instaurar una especie de decálogo sobre la responsabilidad de los investigadores ante las tareas de divulgación de la ciencia. Los senderos que conducen a dichas tareas son múltiples y cada investigador parte de sus propias vivencias y sus motivaciones personales. Así que abordaré el tema a partir de mi propia experiencia y de mi propia ideología, sin pretender que se tenga que estar de acuerdo con todo lo que aquí afirme.

En los años dorados -cuando yo era joven e indocumentado y me iniciaba en los misterios de la física-, el país atravesaba por un sacudimiento social: el movimiento estudiantil de 1968 con todas sus secuelas. En 1970, muchos de los jóvenes de mi generación despertábamos a "lo político", nos estrenábamos en un proceso de concientización de la dimensión social y surgía en nosotros el deseo, la voluntad, de participar en la transformación de la sociedad en que vivíamos, transformación que implicaba una subversión del orden establecido en las dimensiones económica, política, social y cultural. Considerábamos que no era tan difícil si existían la conciencia y la voluntad necesarias para ello. Por tanto, fuimos activos participantes en el movimiento estudiantil y en otros movimientos sociales de la época.  

Las escuelas de ciencias eran pequeñas, los recursos bastante escasos, la planta académica reducida y en su mayoría sin formación de posgrado. Los libros de texto, las revistas especializadas y de divulgación provenían principalmente del extranjero, por lo que resultaba muy costoso tener acceso a ellas; no había fotocopias baratas y ni soñar con la internet. En tales condiciones -de preocupaciones sociales por una parte, y la elección vocacional de una carrera científica por la otra-, nos preguntábamos cómo conciliar esas dos dimensiones de nuestra experiencia vital. La respuesta se nos presentaba con mucha claridad: el conocimiento científico permite conocer la realidad -ya sea física, biológica o social- en forma objetiva, es decir, conducente a la verdad; por tanto, el conocimiento científico tiene un alto potencial revolucionario y habrá que llevarlo al pueblo. ("Nada es más revolucionario que la verdad", apunta V. I. Lenin.) En consecuencia, siguiendo nuestros propios argumentos, la educación científica estaba por los suelos debido a que el gobierno no quería que el pueblo conociera las verdaderas causas de su situación de explotación y miseria. Entonces, las condiciones de atraso y dependencia de los países latinoamericanos serían superadas si se aceleraba el desarrollo científico y tecnológico, para lo que era necesario fortalecer la formación de cuadros científicos en todas las disciplinas, así como crear conciencia sobre el valor social de la ciencia. De ahí nos dimos a la tarea de hacer divulgación tanto de la física y de las matemáticas, como de la biología, las ciencias sociales y la filosofía, organizando para ello conferencias públicas, elaborando un periódico mural y un periódico impreso que tuvo una vida efímera en su primera época, y que años más tarde resurgió en aquella misma añorada escuela como una revista de divulgación y que sobrevive aún con un nombre derivado del original: El Hijo del Cronopio.

Nos iniciamos como estudiantes en la divulgación científica por un compromiso, porque considerábamos esta tarea como esencial para nuestras futuras carreras como investigadores; nos preocupaban las condiciones en que se ejercía la investigación en aquel tiempo y trátabamos de contribuir a su mejora en el mediano plazo y, con ello, contribuir a la transformación social que anhelábamos. No se piense que estas ideas nos caían del cielo. En aquellos años, en todo el mundo había una tremenda discusión sobre el valor social de la ciencia. Había grupos bastante radicales (como por ejemplo Science for the People en Inglaterra, que pregonaba la fundación de una ciencia proletaria, misma que, según ellos, se basaría en principios epistemológicos y lógicos distintos a los de la ciencia burguesa). Junto a esta tendencia surgían otras que, en una vuelta al romanticismo, renegaban de la ciencia y la tecnología y proclamaban el regreso a la naturaleza. Desde luego, tenía preeminencia la corriente que defendía el valor positivo del conocimiento científico y de la naturaleza, suscrita principalmente por los sectores académicos oficiales de la entonces existente Unión Soviética y de los otros países socialistas, así como por académicos neopositivistas en los Estados Unidos y los países de Europa Occidental. Nosotros adoptábamos, a nuestro modo, las corrientes que considerábamos más apropiadas. Debo mencionar que nos agrupamos en el Círculo de Estudios Henri Poincaré, lo cual da una idea de nuestra simpatía hacia las ideas del científico francés, particularmente aquellas expresadas en su obra El valor de la ciencia .

Ahora, si bien es cierto que mis propias ideas sobre la ciencia y su valor social han cambiado con el paso del tiempo, que de 1970 a la fecha ha habido cambios notables en el tamaño y la orientación de lo que puede llamarse el "sistema científico nacional", y que el mundo se ha movido hacia la denominada globalización, que ubica a México en una posición de mayor subordinación y dependencia política y económica que en aquel entonces, sigo convencido de la necesidad de practicar y promover la divulgación y la difusión de la ciencia como una de las tantas formas de socializar el conocimiento.

Antes de continuar, permítaseme enfatizar lo siguiente: la responsabilidad del investigador ante las tareas de divulgación y difusión de la ciencia no puede imponerse como una obligación laboral, ni alcanzarse mediante la equívoca política de estímulos a la productividad académica; lejos de ello, el compromiso del investigador ante estas tareas surge de la confrontación directa de su práctica científica con la realidad social. Si la divulgación científica se aborda desde la exclusiva y excluyente asepsia de cubículos y laboratorios, no tiene muchas posibilidades de éxito en cuanto a cumplir con su función central: contribuir a la socialización del conocimiento.

¿Y qué significado le damos a esta socialización del conocimiento? Primero, partimos del hecho de que el conocimiento científico, en todas sus variantes, es un producto social; que si bien lo van construyendo individuos concretos, en las condiciones de hoy día el trabajo científico no puede lograrse aisladamente, pues requiere de amplios recursos, infraestructura y planeación que sólo pueden darse por acuerdo de la sociedad. En ese sentido, la ciencia es un bien social: todos, con el pago de impuestos, patrocinamos el trabajo científico, y por tanto sus resultados nos pertenecen. Ahora bien, para que realmente la sociedad en su conjunto se apropie del conocimiento científico es menester socializarlo, hacerlo llegar a todos los grupos y sectores sociales. Mas, ¿cómo lograrlo? Mediante la educación formal e informal en primer término; en segundo, a través de la difusión y la divulgación por los medios de comunicación masiva, esto es, radio, televisión, cine, periódicos, revistas, libros, conferencias, internet. Claramente, este proceso de difundir el conocimiento tecnocientífico en forma efectiva no depende exclusivamente de la voluntad de los investigadores. (Recordemos que hay periodistas, cineastas, escritores, productores de radio y televisión que son excelentes divulgadores, aunque no necesariamente cuentan con una carrera científica.) Para realmente lograr la socialización del conocimiento es necesario, ante todo, un proyecto de país. Por tanto, debemos entonces preguntar qué país queremos.  

Echemos una mirada al México actual: 70 millones de pobres, 40 de ellos en la pobreza extrema; cerca de 10% de la población mayor de quince años es analfabeta; el promedio de escolaridad es de 7.4 años; el salario real de los trabajadores disminuyó en 20% de 1994 a la fecha; 83% de los jóvenes en edades de 19 a 24 años no tiene acceso a la educación superior; de 1982 a la fecha, la inversión en ciencia y tecnología bajó de 0.6 a 0.35 por ciento del PIB; el número de investigadores por cada 10 mil habitantes era de 2.0 en 1982 y ahora, en el mejor de los casos, es de 1.4; la deuda externa e interna asciende a cerca de un billón de pesos; la transnacional Monsanto , dedicada a la biotecnología, invirtió más en desarrollo científico y tecnológico en un año (5 mil millones de dólares) que México en todas las áreas científicas y tecnológicas; más de tres cuartas partes de la población tiene en la televisión comercial su principal fuente de información...

A la situación real de nuestro país, reflejada en los indicadores arriba señalados y derivada de la perenne sujeción de México a los intereses de los grandes capitales, hay que agregar que en los últimos 18 años se ha hecho entrega de casi toda la riqueza del país -incluida la fuerza de trabajo nacional- a las corporaciones transnacionales, principalmente a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte ( TLC ). La citricultura en Veracruz está en crisis, pero tomamos jugos envasados en Florida. La cafeticultura en México está por los suelos, pero se importa café colombiano. Los ingenios están quebrados por la introducción de fructuosa estadunidense y por la negativa de Estados Unidos a comprar los excedentes de azúcar mexicana. La educación superior avanza a pasos acelerados hacia la privatización, que significa sobre todo suplantar el derecho a la educación por un servicio comercial, y las corporaciones ya se ocupan de patentar recursos y bienes naturales gracias al TLC y las leyes y reglamentos derivados de este. Igualmente, se está caminando hacia el abandono del conocimiento como un bien social a través de la subordinación de la investigación científica y tecnológica a los intereses privados de las corporaciones (véanse el TLC, la Ley Federal de Educación, la Ley de Fomento y Protección de la Propiedad y la Ley para el Fomento de la Investigación Científica y Tecnológica).

En este contexto, ¿qué sentido tiene la divulgación de la ciencia?, ¿quiénes son los receptores de la comunicación científica?; en caso dado, ¿hacia dónde orientar el trabajo de difusión y divulgación?

Si bien la difusión y la divulgación de la ciencia pueden clasificarse en diversas categorías según el público al que están dirigidas, el nivel de profundidad técnica o su temática, aquí, con el objeto de ir resumiendo mis propias conclusiones, propongo una clasificación de la divulgación en dos categorías: 1) la divulgación que llamaré aséptica , orientada solamente a proporcionar información en un lenguaje no técnico; esta forma de divulgar la ciencia asume que el sujeto que la produce debe esconderse lo más que pueda tras los "hechos" científicos o técnicos que pretende comunicar, haciendo a un lado sus propias valoraciones, prejuicios e ideología; 2) la divulgación comprometida , en la cual la comunicación científica no se limita a relatar o a describir "hechos" sino que está matizada por las opiniones, las valoraciones, la ideología de quien la emite, apareciendo el sujeto en una posición en efecto comprometida, puesto que todo juicio que rebase los criterios lógicos y metodológicos de la ciencia será objeto de debate extracientífico.

La divulgación del tipo 1 parte del supuesto de que la ciencia es una práctica universal y abstracta, objetiva, en la cual la valoración de los científicos no es de mucha importancia y no depende del contexto social o del momento histórico en que se produce. Sólo mencionaré que la fragilidad de este supuesto ha quedado expuesta ya desde hace tiempo por numerosos autores, tan diversos como Marx, Bachelard, Holton, Morin, Wallerstein, Prigogine, Penrose, Feyerabend, Lakatos, Zemelman y otros. Este tipo de divulgación ha alcanzado cierto desarrollo en México; existen publicaciones -libros y revistas- dedicadas a este tipo de divulgación desde hace algún tiempo, y me parece que es en este tipo de comunicación en el que se piensa cuando se habla de "divulgación y difusión de la ciencia". Aunque incipiente, también encontramos dicha forma de divulgación en la radio y la televisión y en notas periodísticas. En mi opinión, este tipo de divulgación y difusión tiene un efecto limitado, sobre todo porque su público es sumamente restringido. De las cifras arriba citadas que nos dan una radiografía del país, podemos inferir que son pocas las personas que leen libros o revistas de este tipo, y que también es escaso el número de quienes escuchan o ven este tipo de programas de radio o televisión en los canales comerciales, que son los que dominan el espacio mexicano. En todo caso, deberían hacerse sondeos para ver qué tipo de público tienen estos medios, cuál es su efecto en la educación y -cosa por cierto muy plausible- si es que algunos libros y revistas llegan realmente a alguien.

La divulgación del tipo 2 es menos frecuente en nuestro país, pero considero que sería la más importante en el momento actual. Porque la difusión y divulgación de los procesos y de los resultados de la investigación científica y tecnológica deben darse envueltas en consideraciones sobre su potencialidad social, es decir, dar señas sobre el alcance de su impacto en lo económico, lo político, lo social y lo cultural, y también para que la sociedad tenga elementos para tomar decisiones sobre asuntos que afectan a todos. Piénsese en los efectos contaminantes y destructivos del medio ambiente de diversas industrias, en el efecto de herbicidas y pesticidas, en la producción y consumo de productos transgénicos. Y también el público, la sociedad, tiene el derecho y la necesidad de tomar en sus manos la decisión acerca del tipo de conocimientos y tecnologías que deben buscarse y la forma en que deben aplicarse, además de tener el dominio sobre los recursos científicos y técnicos del país, lo que implica, en primer lugar, apropiarse del conocimiento y no permitir su privatización.

Considero que la ciencia y la técnica, no reducidas a la versión instrumentalista, tienen un gran potencial liberador para el hombre en lo individual y para la sociedad, primeramente porque nos ayudan a entender nuestra posición en el mundo, a acercarnos a la comprensión de la naturaleza, de la historia, de las formaciones sociales, de la genésis de la cultura, y también a comprender mejor nuestro propio ser, al decir de Becker. Adicionalmente, los recursos tecnológicos, orientados por el interés público y no por el interés privado, pueden contribuir a mejorar la calidad de vida de todos los mexicanos. Es obvio, entonces, que creo necesario fomentar la divulgación y la difusión de la ciencia en su versión comprometida, lo que no implica que juzgue al otro tipo de comunicación (la aséptica) como superflua o innecesaria. Cabe aclarar que la distinción que hago entre estas dos formas de comunicación de la ciencia no implica que una sea de mejor calidad que la otra: hay divulgación científica de buena y mala calidad en las dos modalidades.

La divulgación del tipo 2 nos permite reflexionar ampliamente sobre las formas en que la ciencia y la técnica pueden articularse en un proyecto de transformaciones sociales; es decir, en el diseño de otro país, distinto al país sombrío en el que hoy vivimos, lleno de hambre, de carencias enormes en lo material, lo social y lo cultural, en el cual se pretende reducir la ciencia, el arte y a los hombres mismos a mercancías intercambiables y desechables. También nos acerca a la complejidad de la investigación científica y nos brinda una oportunidad de pensar la articulación de la ciencia con otros niveles de la realidad humana. En tal sentido, me atrevo a sugerir una forma de desarrollar este tipo de comunicación, ya sea en medios escritos, audiovisuales o electrónicos: independientemente del tema específico que se aborde -por ejemplo la física cuántica, la teoría de la evolución, la ingeniería genética, el psicoanálisis o la teoría del caos-, el tratamiento puede enfocarse desde uno o de alguna combinación de los siguientes ejes temáticos: la historia de la ciencia, la historia de las sociedades, las implicaciones tecnológicas, la epistemología, la sociología de las ciencias, la relación con otras disciplinas, la institucionalización de la ciencia, el impacto cultural, la relación con la educación, la filosofía, la religión y lo que se acumule en la semana, todo ello sin demérito del estilo propio del comunicador.

Queda el problema de cómo formar divulgadores, cómo motivar (no obligar ni chantajear) a los investigadores para que practiquen la divulgación, cómo atraer estudiantes de ciencias a que se interesen en esta fascinante actividad. Soy escéptico en cuanto al establecimiento de planes y programas para lograr lo anterior, pues casi siempre conducen a la burocratización de la actividad y eventualmente a su liquidación. Confío más en que se genere la formación de divulgadores alrededor de quienes espontáneamente lo han empezado a hacer, ya sea por gusto o por sentir un compromiso con la sociedad en general, con los jóvenes estudiantes o con la comunidad de la que se es integrante. Lo importante aquí sería la creación de espacios como talleres, foros de discusión, cine-clubs y demás, independientes de los monstruos burocráticos; es decir, espacios abiertos, públicos, en los cuales no se pague a los asistentes en especie, dinero o diplomas; espacios adonde se acuda por gusto, por interés, por curiosidad y donde puedan expresarse y discutirse libremente toda clase de ideas; espacios donde la mirada pueda escudriñar el futuro posible, el futuro que se gesta en el potencial de nuestra sociedad para buscar y construir un país con libertad, democracia y justicia para todos y, desde luego, con ciencia y tecnología también para todos.