Editorial
      ¿Contaminando con sus jeans?
     
      El medio ambiente y los límites a la globalización
     
     

La responsabilidad del investigador en la divulgación de la ciencia

     
      El pinabete: una especie en peligro de extinción
     
      El monitoreo de las plantas invasoras
     
      El piñoncillo mexicano: fuente de energía renovable
     
      Las colas de caballo: plantas únicas
     
      Receptores a estrógenos α y β en células normales y cancerígenas
     
      Calidad del semen y contaminación
     
     

Inglés universitario: Sitio WEB E4U

     
      Ambientes virtuales de aprendizaje
     
      ENTREVISTA
     
      Juan Tonda Mazón: Hay una necesidad imperativa de divulgar la ciencia en México
     
    RESEÑA
     
    Adalberto Tejeda Martínez:
Variaciones climáticas y otras notas
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Hildegarda de Bingen: la voz silenciada de la ciencia medieval
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Más que un simple papel
   
 
     

HILDEGARDA DE BINGEN: la voz silenciada de la ciencia medieval

Angélica Salmerón Jiménez

Quizá nada podría estar más fuera de lugar que introducir la voz de una mujer medieval -y mística por añadidura- en el espectro general de una historia de la ciencia hecha por mujeres. Y, sin embargo, nada es tan falso como que Hildegarda de Bingen haya sido solamente una visionaria del siglo XII , y no porque no fuese esta sorprendente mujer una mística en todo el sentido de la palabra; lo fue, en efecto, y con creces pagó el costo de cada una de sus visiones, pero esto no evitó que se ocupara de las cuestiones del mundo real y que pudiera tratarlas de manera natural y científica, aun cuando su vida transcurrió en buena medida en el centro de un mundo sobrenatural. Ciertamente, esto habría de marcarla para siempre, y es por ello que la historia nos la devuelve casi siempre con la marca de la sobrenaturalidad y, envuelta en relatos de milagros, nos la presenta vistiendo las vaporosos velos de la santidad. Todo esto, entendámoslo como lo entendamos, forma parte constitutiva de su vida y de su personalidad, y si en cierto modo algo sabemos de ella, tal conocimiento nos remite fundamentalmente a esa parte de su historia.

Pero la historia de Hildegarda de Bingen es más amplia y nos enseña que fue una mujer que vivió en un mundo real, cuyo arco iris fenoménico y natural quiso también conocer y comprender. Además, habría que decir que fue hábil predicadora, que tuvo un fino sentido de la libertad y la justicia y que incluso discutió con reyes y papas para conservar su autonomía personal y la de sus conventos, de los cuales no solo fue fundadora espiritual sino también material ya que siempre tomó parte activa en su construcción. Por si esto fuese poco, se abrió plenamente a la sensibilidad y a la experiencia artística que la marcó también con el sello de la belleza. Porque esta mujer excepcional fue también una artista: compositora, música y pintora. Tenemos con ello que la figura completa que la historia habría de mostrarnos de Hildegarda es la de una mujer medieval que, con todo y el lastre que suele implicar todavía para los historiadores, se puede mostrar ante nosotros como lo que realmente fue: una personalidad plena y compleja, llena de luces y sombras que, lejos de empequeñecerla, ocultarla o, peor aún, borrarla del gran libro de la historia -como parece ser el caso-, permiten que nuestra vista y oídos, tan atrofiados y desprovistos de sensibilidad para todo aquello que no sea pleno, luminoso o ensordecedor, empiecen a verla y a escucharla en una historia que avanza por senderos que nos remiten al reconocimiento de otras figuras y otros pensamientos que, de un modo soterrado, forman también parte del humus en que se gesta toda nuestra cultura.

La abadesa de Bingen pertenece a esos nebulosos territorios que la historia explora poco porque supone que quienes habitan en esas tierras son tan solo sombras que, tras no haber aportado nada espectacular a la construcción de nuestro mundo cultural, tienden a opacar su brillo natural y las luces de sus magníficos fuegos pirotécnicos. Quienes piensan así no se dan cuenta que es precisamente la sombra la que posibilita la luz. Los que, por el contrario, no tememos caminar entre tinieblas, pensamos que vale la pena recorrer el sendero histórico de la cultura medieval del siglo XII y arriesgarnos en la aventura de explorar, aunque solo sea someramente, una de las facetas de esta mujer, que tantas nos muestra: mística, filósofa, artista y científica, por nombrar algunas. Juntas, todas esas facetas nos mostrarían el verdadero rostro de Hildegarda, pero aquí solo nos acercaremos a una de ellas: la científica. Por ende, este pequeño ensayo habrá de explorar la topografía del mundo natural de Hildegarda, dejando de lado el camino sobrenatural que habrá de conducir a nuestra abadesa al misticismo; ese mundo está asimismo atravesado por el del arte, pues el arte es para ella "mediación, camino que conduce de la tierra al cielo, de lo visible a lo invisible". Así, aunque nos hacemos cargo de que los tres ámbitos se entrecruzan de numerosos modos, trataremos en lo que sigue de establecer únicamente algunas pautas para reconstruir su pensamiento científico.

La voz de la Sibila del Rhin es una voz que nos habla de la ciencia medieval y que asume -dentro de ella y a veces en su margen- una postura intelectual que le lleva a delinear su concepción del mundo. Así, aunque si bien es cierto que todo en ella está preñado de sus visiones místicas, estas se convierten en un medio de expresión para sus ideas científicas ya que, como ha hecho notar Margaret Alic: "El afirmar que uno tenía visiones era cosa frecuente en el siglo XII , y siguió siendo un recurso literario durante siglos". Lo anterior no intenta significar en modo alguno que haya que tomar la mística como una farsa; muy por el contrario, esta vertiente del pensamiento medieval constituyó una verdadera tradición que tiene insignes representantes en todos sus periodos; baste recordar nombres como los de Bernardo de Claraval -contemporáneo y amigo de nuestra mística-, Eckart, ya en el siglo XIV , pasando por la mística especulativa de la Escuela de san Víctor, tradición esta a la que habría que añadir los nombres de muchas mujeres, como los de Matilde de Magdeburgo, Beatriz de Nazaret, Hadewijch de Amberes o Margarita Porete, aunque en el caso de las mujeres, como siempre sucede, las cosas no se presenten tan sencilla y abiertamente. En fin, solo intentamos apuntar al hechode que algo que para nosotros puede ser hoy día extraño, extravagante o ajeno, era común y propio de la época que nos ocupa. En consecuencia, hacemos notar que del Medioevo no solo nos separa el tiempo sino también la forma de vida y de pensamiento que, en todo caso, no son sino estructuras culturales que no debemos pasar por alto si queremos comprender mejor el mundo de las personas cuyas ideas revisamos.

En este orden de ideas, empecemos por decir quién era Hildegarda. Afortunadamente, de su vida sabemos bastante ya que contamos con la biografía que escribió Theoderich von Echternach en los años ochenta del siglo XII , después de muerta la abadesa; en esta obra, su autor recoge frases expresadas por Hildegarda que, como han hecho notar los estudiosos, pudieran haber sido parte de una "autobiografía" y que han quedado como fragmentos en esta Vida , compuesta de tres libros y un prólogo en el que su autor relata vida, visiones y milagros de Hildegarda. Hay en esta biografía datos relevantes que permiten comprender su personalidad y sus ideas.

Nace Hildegarda en Bermersheim, junto a Alzay en Rheinhessen, en el año 1098; fue la décima y última hija de Hildebert y Mechtild von Bermesheim. A la edad de ocho años fue enclaustrada en una celda del monasterio de Disibodenberg con la abadesa Jutta, quien fue responsable de su educación, la que consistió cuando menos en latín, sagradas escrituras, oraciones y música. Sabemos también que desde su infancia fue enfermiza y que en su juventud -desde los quince años- empezó a tener experiencias místicas. Ambas cosas formarán desde entonces parte fundamental de su vida. Sufrió siempre de intensos ataques y graves enfermedades -aunque vivió hasta los 81 años, siempre en actividad constante-, y sus persistentes visiones tendieron, como era natural, a constituirse prácticamente en una forma de vida.

En este marco de enfermedades y visiones, Hildegarda desarrolla toda su actividad religiosa, política y filosófica. En el año de 1150 funda y construye su primer monasterio en Rupertsberg; para entonces ya ha recibido la aprobación del papa Eugenio III (quien confirma su facultad visionaria y la exhorta para que escriba sus experiencias), a partir de lo cual comienza también a sostener una intensa correspondencia con los personajes más notables del mundo eclesiástico y político de Occidente. Entre 1151 y 1158 elabora sus escritos físicos y médicos. Ya antes había terminado su primera obra profética, Scivias , que recoge el contenido de sus primeras visiones y mensajes recibidos de Dios, mientras que la segunda de este género, el Liber vitae meritorum, de contenido moral y que pone en el centro de laexposición al hombre, será compuesto entre1158 y 1163. Nueve años después termina el Liber divinorum operum , en el que aborda ladivinidad, la creación y la encarnación, cuyo temade fondo es el amor de Dios y donde se dacuenta también de una antropología. Este últimotexto contiene diez visiones que, según dice Elena Chico, renuevan la iconografía medieval con formassimbólicas inusitada que unen el arte, la ciencia y la mística, creando así un espectro de la totalidad. Años antes, en 1165, funda el monasterio de Eibingen. Para esas fechas ya ha emprendido tres de sus cuatro viajes de predicación, el último de los cuales concluye en 1171. A esto habría que añadir la composición de poemas, pinturas y música, sus controversias con papas y emperadores, y asimismo las curaciones "milagrosas" que se dice practicó. Pero baste con lo dicho para hacernos una idea de la inmensa riqueza vital e intelectual que se esconde tras el velo de esta ilustre religiosa del siglo XII , siglo de suyo rico y lleno de contrastes.

En efecto, el siglo de Hildegarda es uno de renovación política, social y económica, cuyos rasgos más representativos pudiéramos -según David Lindberg- reducir a lo siguiente: los desarrollos tecnológicos , como el molino de agua, cuyo perfeccionamiento y difusión originan una "pequeña revolución industrial"; las innovaciones en la agricultura , como el cultivo rotatorio y la invención del arnés del caballo y el arado de ruedas; la explosión demográfica y la urbanización , que generan una acumulación de riqueza y estimulan el crecimiento de la cultura intelectual y, con ello, la expansión de las escuelas. Todo lo anterior provoca que las escuelas urbanas salgan de las sombras monásticas y se conviertan en la principal fuente educativa al ampliar sus objetivos y modificar el currículum: lógica, artes del cuadrivio, teología, derecho, medicina. Aparece con ello una nueva generación de estudiosos, filósofos y científicos que inician una especie de "giro" del pensamiento en un intento más contundente por racionalizar varias áreas de la actividad humana (el comercio, la administración estatal y la eclesiástica), pero también, de manera más decisiva, la misma teología, lo que la llevará al extremo de determinar si algunas de las doctrinas son o no verdaderas con base en meros criterios racionales y aplicaciones lógicas. Un ejemplo de ello lo tenemos en Pedro Abelardo, en cuya obra se nota una tensión entre fe y razón, y quien en una confrontación de saberes a través de su método sic et non (pro y contra) provocó que se le viera como un peligro por pensadores más conservadores, como Bernando de Claraval -místico e interlocutor de Hildegarda-, que tanto despotricó contra Abelardo. Y no hay que olvidar que es el siglo XII -según ha hecho notar Jacques Le Goff- el que ve nacer una nueva clase social: el "intelectual" que, como hombre de oficio, se instala en las ciudades. Así, a la clase de los nobles, clérigos y siervos se suma la de los intelectuales; su oficio consiste en escribir y enseñar profesionalmente y su sentir principal es "hacer algo nuevo, ser hombres nuevos". A esta nueva clase pertenece Abelardo, primera gran figura del intelectual moderno y, dentro de los límites de la modernidad del siglo XII , primer profesor . En efecto, maestro y poderoso dialéctico, entusiasmó con su método filosófico a sus alumnos, entre los cuales figura también una sabia mujer de este siglo: Eloísa. Sirva, pues, de telón de fondo este somero esquema de ese siglo para ubicar a Hildegarda y vislumbrar los matices y riqueza que encierran su mundo y su siglo: misticismo, religión, lógica, filosofía, teología, ciencias naturales, medicina, astrología. Esto y más confluyen en un mismo momento. Mundo natural y sobrenatural, Dios y mundo: todo provoca curiosidad y discusión; los debates y los embates entre unos y otros son comunes y en buena medida naturales. Los aires del tiempo soplan desde distintos frentes y, aunque parezca extraño, hay sitio para todo tipo de pensamiento.

En este ambiente intelectual desarrolla Hildegarda su obra y su personalidad y ambas -como no podía ser menos- pueden ser calificadas de liberales. La fuerza de las convicciones de la sabia mujer se deja sentir tanto en sus disputas religiosas como políticas, en las cuales siempre se percibe una clara idea de justicia y autonomía; igualmente, su obra científica muestra a todas luces esa raíz liberal al hablar y escribir con naturalidad sobre la sexualidad. Y esto a pesar de ser mujer en una época en que serlo significaba prácticamente ser inferior. La Sibila del Rhin alzó la voz, buscó expresarse siempre en términos femeninos y supo imponer sus convicciones, influyendo por igual en hombres y mujeres. Por ello, Elena Chico la considera como "la primera filósofa cristiana en tratar con seriedad y de manera positiva lo femenino y no como un mero reto de la mujer en un mundo dominado por los hombres". De hecho, Hildegarda fue reconocida y respetada en su época; fue la abadesa más influyente, se le reconoció autoridad en materia de doctrina cristiana y fue consultora de poderosos personajes que le pedían opinión en materia de religión, ética o dirección espiritual. No cabe duda de que ello se debió precisamente a su fortaleza espiritual y a su carácter combativo, características de su personalidad que igualmente encontramos reflejadas en sus obras.

Fina artista, Hildegarda fue también sensible a la admiración que le provocó el sistema del universo y sobre todo al dolor que producía la enfermedad. Entre saber y servir, nuestra abadesa, buena observadora del mundo social, político y natural en que habitaba, supo ver en él y a través de él su constitución y su riqueza. Así, el mundo físico fue para ella una fuente inagotable de riqueza intelectual y experimental; el cosmos hildergardiano fue en general un mundo material y mecánico, determinado por leyes cósmicas naturales y provisto de una inmensa y variada exuberancia en la que podría encontrarse al gran proveedor de los remedios contra la enfermedad.

Cosmóloga y médica, Hildegarda nos legó una obra científica: el Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum . Todo parece indicar que podemos considerar esta obra un tanto al margen de su trilogía visionaria y profética, y la misma Elena Chico apunta que dicha obra fue dividida en dos partes después de la muerte de su autora: Physica y De causi et curis . Física y causas y curaciones son títulos sugestivos y sugerentes, y en ellos Hildegarda se ocupa fundamentalmente de la medicina naturista, por todo lo cual Margaret Alic no duda en considerarla "una de las científicas más importantes del siglo XII". Esta obra que, como decíamos, es la más científica porque Hildegarda nunca pretendió que fuese calificada como de inspiración divina, sino más bien un producto de la observación y la experiencia, constituye un verdadero tratado enciclopédico de ciencias naturales cuyo estilo es a la vez directo y didáctico.

Es posible reconstruir su contenido a través de lo que de ella nos dicen autores como Alic, Chico y Peter Dronke. La Física fue una obra popular que se convirtió en libro de texto en la escuela de medicina de Montpellier. Hildegarda entendía que la medicina debía consistir en fomentar en el hombre el equilibrio y la armonía tanto entre su cuerpo y espíritu como con respecto de su entorno, lo que la reivindica como una pionera de la ecología. En general, su visión es la que tiene toda la ciencia médica de la época, esto es, la relación microcosmos-macrocosmos, y su tema se centra en la determinación de las enfermedades que afectan a hombres y mujeres y de las medidas preventivas y curativas que habrán de seguirse; aunque sus nociones médicas hunden sus raíces en "la fisiología y la patología humorales y revelan una influencia hipocrática", sus teorías y tratamientos parecen apartarse ya de las concepciones tradicionales, Intervenpues hace "una descripción apasionada y realista de los aspectos biológicos femeninos que no aparecen en ningún otro escrito médico de la Edad Media y que son una importante aportación a la ginecología del siglo XII ". Vale la pena hacer notar que en todo ello Hildegarda se inclina, como tratadista médica, a examinar la realidad empírica que constituye a los seres humanos, y asume que como organismos responden a principios físicos, lo que pone de relieve un punto de vista materialista y determinista aunque no separe de modo tajante lo físico de lo metafísico. No podemos olvidar que Hildegarda es también una mística, cuestión esta -al decir de Dronke, quien compara aquí a nuestra autora con Avicena, el gran filósofo árabe- que genera una tensión en su obra que rara vez estalla porque su enfoque es marcadamente biológico: «Estos principios dispares se ponen de manifiesto acerca del principio de Causae et curae. Aquí y en la Physica que complementa esta obra, aun cuando el pensamiento de Hildegarda se acerca al de sus escritos visionarios, no presenta nada como una revelación; aquí no hay "la luz viviente me ha dicho...", sino más bien una serie de intentos propios y tal vez los más personales por aprehender el cosmos». Por ende, podemos decir que la obra de Hildegarda tiene en su mayor parte una orientación "positiva" que asume y reafirma el mundo natural: la creación se razona según los esquemas materialistas; los fenómenos espirituales y psicológicos son explicados de manera determinista y material, si bien en ocasiones muestran matices astrológicos; además, resalta el hecho de que la sexualidad humana se admite y se describe sin ningún tipo de censura moral, y los caracteres humanos se establecen de acuerdo con la fisiología y sin que medie ningún juicio de valor.

En general, el mundo científico de Hildegarda es un mundo natural y físico que debe ser explicado mediante la experiencia y la razón; un mundo cuya lógica depende de sus propias leyes, las que lo mueven mecánicamente, lo que no impide en modo alguno la intervención divina. Hay ciertamente tensiones en todo ello, pero, como se ha dicho, esto no devalúa su acercamiento científico. Y aun siendo que su visión del cosmos depende considerablemente de las tradiciones griega y judeocristiana, en la medida en que no fue una simple "transmisora" los estudiosos han visto en su cosmología una cierta originalidad, originalidad que algunos parecen llevar al extremo "atribuyéndole la exposición de una nueva teoría gravitacional heliocéntrica", pero que, al decir de Alic, resulta poco probable, pues al parecer las ideas de Hildegarda sobre la gravedad son básicamente aristotélicas, lo que podemos ver claramente en uno de los textos que analiza Dronke; además, nos hace posible reconocer la manera en que explicaba Hildegarda la creación, lo que hacía en términos de un esquema materialista y mecánico, ya que lo que resulta fundamental en el "experimento divino" no es ninguna milagrosa intervención sobrenatural, sino la de los elementos primordiales -agua, tierra, aire y fuego- y sus propiedades y mezclas, de todo lo cual resulta el hombre:

Que cuatro son los elementos: ciertamente, no pueden ser ni más ni menos de cuatro. Y los hay de dos clases: superiores e inferiores. Mientras que los superiores son celestiales, los inferiores, en cambio, son terrenales. Las cosas que viven en los superiores son impalpables y están hechas de fuego y de aire. En cambio, las que habitan en los inferiores son cuerpos palpables y formados, y están hechos de agua y de barro [.] Los espíritus, así pues, son de fuego y aire, mientras que el hombre es de agua y de barro. Cuando Dios creó al hombre, el barro se mezcló con el agua, y de eso se formó el hombre. Y Dios envió sobre aquella figura su aliento de fuego y de aire.

Lo anterior nos lleva a ver la manera en que Hildegarda busca hacer coincidir el microcosmos con el macrocosmos: ambos mundos se mueven bajo las mismas leyes; así, no es extraño que intentase armonizar la física con la anatomía y la fisiología, lo mismo que su idea del alma y de la mente, pleno todo ello de sus creencias teológicas. Podemos ver claramente en ello su concepción del alma, cuyo análisis remite a una relación con los elementos materiales: "el alma es ígnea, ventosa y húmeda [.] es fuego que penetra todo el cuerpo y vivifica al hombre", y "el hombre saca del fuego la sensualidad y el deseo; del aire, los pensamientos y divagaciones; del agua, la sabiduría y el movimiento". Pese a semejante idea materialista, nuestra autora afirma igualmente la creencia en la independencia del cuerpo y el alma y la inmortalidad de esta última. Piensa que ambas ideas son compatibles y buscará su integración a través de la "recomposición final".

Otro ejemplo de sus puntos de vista lo podemos encontrar en sus explicaciones médicas sobre el sexo. Llama la atención primeramente el hecho de que Hildegarda hable de la "belleza" del acto sexual, y luego que logre hacerlo de una manera tan natural y sin temor de llamar a las cosas por su nombre; de hecho, no deja de ser llamativo ver que en una época como la medieval, tan religiosa y conservadora, por decir lo menos, una mujer escriba de sexo como lo hace Hildegarda, y que rescate asimismo la fuerza del sentimiento amoroso entre los dos sexos:

Cuando la mujer se une al varón, el calor del cerebro de ésta, que tiene en sí el placer, le hace saborear a aquél el placer en la unión y eyacular su semen. Y cuando el semen ha caído en su lugar, este fortísimo calor del cerebro lo atrae y lo retiene consigo, e inmediatamente se contrae la riñonada de la mujer, y se cierran todos los miembros que durante la menstruación están listos para abrirse, del mismo modo que un hombre fuerte sostiene una cosa dentro de la mano.

Los análisis de Dronke respecto de este y otros muchos pasajes que recupera de la obra de Hildegarda nos ponen en la pista de que, efectivamente, las más de las veces nuestra autora se mueve con facilidad y naturalidad en cualquier terreno. Encontramos en su obra finas descripciones y análisis tanto biológicos como psicológicos y hasta una teología sexual que en esta vertiente es también "positiva"; en fin, para ella nada más natural y acorde con la naturaleza humana que el acto sexual, que une física y emotivamente al hombre con la mujer. De ahí se derivarán otros aspectos, entre los cuales se incluye el entendimiento de lo humano sobre la base de un determinismo fisiológico, en ocasiones con claras implicaciones astrológicas que condicionan el sexo y carácter de los hijos. Podríamos multiplicar los ejemplos y recuperar muchos que caen en el ámbito de la medicina, como el tratamiento de las enfermedades y el cuidadoso análisis que hace de plantas, árboles o hierbas, lo que también coloca a nuestra médica en la línea de la botánica.

Pero bástenos por el momento decir que desde el punto de vista médico, alimenticio y medioambiental, Hildegarda recupera la infinita gama de propiedades ignoradas de la naturaleza y sus poderes insospechados; su Phisyca recoge, entre los medicamentos que recomienda, "485 plantas que aconseja tomar en dosis mínimas, similares a las usadas en homeopatía".

Por otro lado, habría que rehacer su imagen del cosmos -lo que nos remite a sus textos místicos, sobre todo las Scivias -, según la cual el universo es ovoide, aunque después, en el Liber divinorum operum simplicis hominis -seguramente bajo la influencia de las obras aristotélicas y de las teorías científicas de su época, como dice Alic- abandona esta concepción. En consecuencia, y según los esquemas que nos presenta la misma Alic, tendríamos dos visiones del cosmos hildegardiano: uno ovoide y otro esférico. Sin entrar aquí en detalles, valga señalar tan solo el hecho de que Hildegarda buscó, entre una y otra "visión", como lo hizo siempre en sus obras, razonar y establecer su disposición a través de los datos científicos que poseía.

Por ende -y aunque aquí no hemos hecho sino bosquejar algunos aspectos de su obra científica-, no nos puede caber duda de que merece un reconocimiento y un tratamiento adecuado que, por fortuna, poco a poco se va realizando. Quédenos de este breve y sintético recorrido por el mundo natural de Hildegarda un dato crucial: el que siendo una mujer sin instrucción formal haya logrado adquirir un saber que la condujo a aceptar que el verdadero "milagro" en el mundo que la rodeaba consistía en que -fuesen cuales fuesen los impulsos sobrenaturales que lo habían originado- existía en el cosmos un juego de fuerzas naturales que la observación y el razonamiento podían desentrañar. Así, esta mística y filósofa, poeta y música que fue Hildegarda -voz lejana de los tiempos oscuros-, a quien han querido mantener en el silencio quienes no comprendieron del todo su mensaje, vuelve a nosotros como la sibila que habla también el lenguaje natural de la ciencia.

Para el lector interesado

Alic, M. (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX (pp. 79-95). México: Siglo XXI.

Chico de Borja, M. E. (2006). La mujer en el mundomedieval. Siglos X a XIII (pp.184-204). México: Porrúa.

Dronke, P. (1955). Las escritoras de la Edad Media : Crítica (pp. 200-278). Barcelona: Grijalbo/ Mondadori.

Epiney-Burgard, G. y Zum Brunn, E. (1998). Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval . Barcelona: Paidós.

Le Goff, J. (1999). Los intelectuales en la Edad Media . Barcelona: Gedisa.

Lindberg, D.C. (2002). Los inicios de la ciencia occidental . Barcelona: Paidós.

Von Echternach, T. (2001) "Vida". En Vida y visiones de Hildegard von Bingen (Edición a cargo de Victoria Cirlot). Madrid: Siruela.