Editorial
      El parteaguas: fábula robótica
     
      Los modelos experimentales en el estudio de las emociones
     
     

La relación de consecuencia lógica

     
      La fábrica de la histeria
     
      ¿Te caen bien los murciélagos?
     
      Primates, víctimas de la mezquindad del hombre
     
      La importancia del olfato en los primates
     
      La informática y el adulto mayor
     
      La agroindustria y sus coproductos: oportunidad interdisciplinaria
     
     

Tortillas de maíz: una tradición muy nutritiva

     
      Obesidad síndrome metabólico y cáncer: fallas al compás del reloj
     
    Tuberculosis bovina: ¿zoonosis re-emergente?
     
    Genotoxicidad y potencial teratógeno
     
      ENTREVISTA
     
      Jacobo Finkelman: Construir la equidad en un sistema inequitativo
     
    RESEÑA
     
    Ginzburg C. Señales. Raíces de un paradigma indiciario
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Sor Juana Inés de la Cruz y la ciencia en un sueño
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Ser o no ser bello
   
 
     

E D I T O R I A L

¿Difusión o divulgación? Los términos, según el diccionario, son prácticamente sinónimos, y la diferencia entre ambos términos es tan solo de grado, pues ambos aluden a la acción de poner al alcance de los más lo escrito o hablado. Ya en el terreno de la actividad académica y científica, las distinciones entre estos vocablos son ligeramente más definidas, y muchos autores han bordado fino en tales distinciones, pero, a la postre, son siempre completamente arbitrarias.

Así, se sobreentiende que la difusión es el acto de poner al alcance de los pares lo hecho o alcanzado en un área particular. Las revistas especializadas de medicina, física o matemáticas, por ejemplo, sirven para difundir los hallazgos experimentales, los nuevos desarrollos teóricos o las aplicaciones prácticas que han hecho los autores, cuyo principal interés es que otros médicos, físicos o matemáticos lean sus trabajos para que, al hacerlo, no partan de cero y así la disciplina o ciencia progrese. Pero lo dicho aquí para estos profesionales, vale para todos los demás: antropólogos, historiadores, psicólogos o ingenieros, quienes están, por ende, obligados a leer los llamados journals o revistas especializadas para que su actividad se base en las últimas aportaciones de sus pares y su trabajo no se repita inútil e indefinidamente; al hacerlo así, el conocimiento se va acumulando de manera paulatina y siempre novedosa. Gracias a la difusión –tomada en este sentido–, la ciencia, en efecto, se desarrolla cotidianamente. Por ello, la aparición del número más reciente de una revista especializada (una revista de difusión, pues) es esperada con gran gusto por sus lectores.

Es por eso también que las revistas especializadas –las destinadas a difundir el conocimiento de los especialistas entre sus pares– son y deben ser homogéneas, esto es, corresponder a un campo perfectamente delimitado, pues si no lo son su utilidad es escasa o nula al no tener el número de lectores deseado. No es prudente, por decir lo menos, que una revista tenga entre sus heterogéneos contenidos un abstruso artículo de física teórica, seguido por otro igualmente complejo de biología molecular, al que precede uno más de altas matemáticas, pues los especialistas de un área harán caso del que les interesa, y pasarán por alto todos los demás. Si son homogéneas –esto es, si sus contenidos corresponden al mismo campo–, estas revistas son el fundamento, la base misma, del avance científico.

Las revistas de divulgación tienen otro propósito, que es el de poner al alcance de todos los lectores, independientemente de su especialidad, los conocimientos generados en las diversas disciplinas. Por supuesto, al hacerlo así deben omitir los términos a veces farragosos, las complicadas fórmulas, los planteamientos incomprensibles, de modo que tales conocimientos sean presentados a los lectores de una forma amena, inteligible e interesante. El público lector de las revistas de divulgación es así mucho más amplio, porque un artículo de zoología, por ejemplo, puede ser valorado y comprendido por un especialista de la arqueología, pero también por un estudiante de preparatoria o por quien aguarda en la consulta de un médico.

Este papel no disminuye el valor de una publicación. Nature y Science son buenos ejemplos de lo anterior y destacan entre las grandes revistas en el mundo, superando en ventas, por mucho, las de cualquier revista de difusión. Y es que pareciera que el que una revista tenga como propósito la divulgación la coloca, según muchos, en un nivel inferior, secundario, disminuido. A algunos provoca franco sonrojo la simple posibilidad de publicar su trabajo en una revista de este corte. Ya en un editorial anterior citamos la frase de un renombrado investigador, quien al ser invitado a colaborar en esta revista, respondió ofendido: “¡Yo no publico para muchachos de secundaria!”.

Es mal asunto, pues, cuando se confunde el papel vital que cumplen las publicaciones destinadas a la difusión del conocimiento entre los pares, y el que las que llevan ese conocimiento a los demás lectores. Sus propósitos son distintos pero están estrechamente entreverados y ambos son indispensables: si aquellas promueven el desarrollo de las disciplinas, estas inducen vocaciones, ilustran, educan y, al hacerlo, vuelven más democrática a una sociedad.