Editorial
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La relación de consecuencia lógica

     
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Tortillas de maíz: una tradición muy nutritiva

     
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      ENTREVISTA
     
      Jacobo Finkelman: Construir la equidad en un sistema inequitativo
     
    RESEÑA
     
    Ginzburg C. Señales. Raíces de un paradigma indiciario
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Sor Juana Inés de la Cruz y la ciencia en un sueño
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Ser o no ser bello
   
 
     

Reseña

Carlo Ginzburg: “Señales. Raíces de un paradigma indiciario”.
En Aldo Gargani (comp.): Crisis de la razón. Nuevos modelos en la relación entre saber y actividades humanas.
México, Siglo Veintiuno Editores, 1983

“Dios está en los detalles”.
A. WARBURG


Hacia finales del siglo X I X surgió formalmente en el ámbito de las ciencias humanas un paradigma o modelo epistemológico conocido como el “método morelliano”, con el que Giovanni Morelli pretendía ayudar a la atribución a ciertos autores de  cuadros antiguos, frecuentemente mal atribuidos o fácilmente falsificados.

Morelli decía que era necesario examinar los detalles menos trascendentes y menos influidos por las características de la escuela pictórica a la que el pintor pertenecía; por ejemplo, los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de las manos y pies.

El método de Morelli fue muy criticado, pero es necesario puntualizar que su autor no se planteaba problemas de orden estético, sino problemas previos de orden filológico. Los libros de Morelli contienen registros cuidadosos de las típicas minuciosidades que acusan la presencia de un artista determinado; el método de los rastros de Morelli es comparable con el del detective que descubre al autor de un delito por medio de indicios que a la mayoría le resultan imperceptibles, como el utilizado por Arthur Conan Doyle en las historias de Sherlock Holmes, su célebre personaje.

Wind, siguiendo a Morelli, comenta que “nuestros pequeños gestos inconscientes revelan nuestro carácter en mayor grado que cualquier otra actitud formal, las que solemos preparar  cuidadosamente”. Este método es importante, tanto para notar la presencia de un artista como para descubrir copias de las obras que se encuentran en las galerías usurpando el lugar de las originales; nos hablan de la importancia de los detalles secundarios, de las peculiaridades insignificantes, como la conformación de las uñas, de los lóbulos auriculares, de la aureola de los santos y otros elementos que por lo común pasan inadvertidos, y que el copista no se cuida de imitar, en tanto que cada artista los realiza de una manera que le es propia.

El método se halla estrechamente relacionado con la técnica del psicoanálisis médico. Freud declaró la considerable influencia intelectual que sobre él ejerció Morelli en un periodo muy anterior al del descubrimiento del psicoanálisis. Para Morelli, los datos marginales eran reveladores porque constituían los momentos en los que el control del artista, vinculado con la tradición cultural, se relajaba, y cedía su lugar a impulsos  puramente individuales, incluso inconscientes.

Se ha expuesto hasta aquí la analogía entre el método de Morelli, el de Holmes y el de Freud. En los tres casos se trata de vestigios, tal vez infinitesimales, que permiten captar una realidad más profunda, de otro modo indescifrable. Vestigios, es decir, con más precisión “síntomas” en el caso de Freud, “indicios” en el de Sherlock Holmes, “rasgos pictóricos” en el caso de Morelli.

Se reitera entonces que entre 1870 y 1880 comenzó a afianzarse en las ciencias humanas un paradigma de indicios que tenía como base precisamente la sintomatología médica, aunque sus raíces fueran mucho más antiguas.

El antecedente de Morelli fue el médico Giulio Mancini, quien pretendió a finales del siglo XVII elaborar un método que permitiera distinguir las obras originales de las falsificaciones, los productos de los maestros de las copias, o los de una misma escuela.
Mancini veía una analogía entre el método de análisis de la escritura y la pintura, y por eso insistía en términos como “trazos” o “caracteres” y pensaba que el estudio de la grafía de esos caracteres demostraba que la identificación de la mano del maestro debía buscarse, de preferencia, en  aquellos sectores de un cuadro que a) eran realizados más rápidamente, y, en consecuencia, b) tendencialmente más disociados de la representación de lo real.

Sin embargo, la posibilidad de un conocimiento científico riguroso iba desvaneciéndose en la misma medida que los rasgos individuales eran considerados cada vez más pertinentes. En este punto se abrían dos caminos: o se sacrificaba el conocimiento del elemento individual a la generalización, o se trataba de elaborar un paradigma diferente, basado en el conocimiento científico, pero de una cientificidad aún completamente indefinida de lo individual. El primero de esos caminos sería recorrido por las ciencias naturales, y sólo mucho tiempo después fue adoptado por las llamadas ciencias humanas.

Para estas últimas, la imposibilidad de la cuantificación se derivaba de la insuprimible presencia de lo cualitativo, de lo individual; y la presencia de lo individual dependía del hecho de que el ojo humano es más sensible a las diferencias entre los seres humanos que a las que se dan entre las rocas o las hojas, además de que es necesario reconocer que cuando las causas no son reproducibles, existe la posibilidad de inferirlas de los efectos.

Morelli se había propuesto rastrear, dentro de un sistema de signos culturalmente condicionados, el sistema pictórico, las señales que poseían la involuntariedad de los síntomas y la mayor parte de los indicios; de este modo, este estudioso retomaba y desarrollaba los principios metodológicos enunciados tiempo antes por su predecesor Mancini.

Con el auge del capitalismo industrial y la necesidad de salvaguardar la propiedad privada y la seguridad de los individuos, los Estados nacionales requerían de sistemas de reconocimiento de individuos, tanto para la certidumbre en la firma de convenios comerciales como para el buen funcionamiento del sistema penitenciario.
En 1879, Alphonse Bertillon elaboró un método antropométrico basado en minuciosas medidas corporales y propuso complementar su método con un “retrato hablado”, pero este método era muy complejo e impráctico; tiempo después, Francis Galton propuso un método de identificación mucho más sencillo, tanto por lo que se refería a la recopilación de datos como a su clasificación. El método estaba basado en las huellas digitales.

Dicho método de clasificación tiene como antecedente la propuesta hecha por el fundador de la histología, Purkyne, quien desde 1823 afirmaba que no existen dos individuos con impresiones digitales idénticas, por lo que esta peculiaridad era digna de tomarse en cuenta.

Además de dar una contribución decisiva al análisis de las impresiones digitales, Galton vislumbró también sus implicaciones prácticas al hacer reconocible y controlable a cualquier individuo. La idea de que si la realidad es impenetrable, existen zonas privilegiadas –pruebas, indicios– que permiten descifrarlas, que es lo que constituye la médula del paradigma indicial o sintomático, se ha venido abriendo camino en los más variados ámbitos cognoscitivos y ha modelado a fondo las ciencias humanas.

Ejemplo de esto es el psicoanálisis, que, como hemos visto, se conformó alrededor de la idea de que ciertos detalles, aparentemente desdeñables, podían revelar fenómenos profundos de notable amplitud.

Concluimos con una reflexión que plantea el autor como pregunta: ¿puede ser riguroso un paradigma indicial? Y la respuesta indica que la orientación cuantitativa y antropocéntrica de las ciencias de la naturaleza, desde Galileo en adelante, ha llevado a las ciencias humanas a un desagradable dilema: o asumen un estatus científico débil para llegar a resultados relevantes, o bien un estatus científico fuerte para llegar a resultados de escasa relevancia.

Luis Alberto Jiménez Trejo