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Primates, víctimas de la mezquindad del hombre

Samantha Hay-Parker Freyermuth

En México nos jactamos de contar con una gran diversidad biológica. Sin embargo, dicha diversidad enfrenta la más grave amenaza desde que el hombre (“científicamente” denominado Homo sapiens sapiens, “hombre que sabe que sabe”) habita este planeta azul. Este trabajo se centra en uno de estos problemas: el tráfico de primates, actividad que es, junto con la desaparición del hábitat, una de las causas que han diezmado poblaciones enteras, llevando al borde de la extinción a algunas especies. A pesar de la gran cantidad de literatura generada al respecto, este artículo se distingue por crear una reflexión emotiva sobre el cruel destino de los primates que tienen el infortunio de cruzarse en el camino de un traficante.

El tráfico de fauna silvestre en México

México cuenta con la Ley General de Vida Silvestre, que en su artículo 1, apéndices I, IV, VII, XVII y XVIII, define los conceptos de captura, colecta, especies y poblaciones prioritarias para la conservación, así como especies y poblaciones en riesgo. Específicamente, el artículo 60 bis expone que ningún ejemplar de primate –cualquiera que sea la especie– podrá ser sujeto de aprovechamiento extractivo, ya sea para subsistencia o comercial. Sólo se podrá autorizar la captura para actividades de restauración, repoblamiento y reintroducción de dichas especies en su hábitat natural.

A pesar de lo anterior, el tráfico de animales silvestres vivos o de sus pieles es el tercer delito más redituable después del narcotráfico y la venta de armas. Se mantiene clasificado en este nivel al considerarse que en todo el mundo genera ganancias anuales que van de 20 a 25 mil millones de dólares (algo así como 275 mil millones de pesos). Lo anterior, aunado a la enorme diversidad biológica de México, ha convertido a nuestro país en uno de los lugares en que este problema es mayor y donde la cifra promedio anual en este rubro es de 15 millones de dólares. Dentro de los múltiples animales traficados en el país figuran las únicas tres especies de primates, que ya están clasificadas en peligro de extinción, los que son capturados para el consumo de su carne y su uso como mascotas. Ante esta situación, la ley mexicana ha estipulado que las personas que sean sorprendidas violando cualquiera de los apéndices del artículo 122 de la Ley General de Vida Silvestre serán acreedoras a multas que van de 20 a 50 mil veces el salario mínimo, multas que se duplicarán en el caso de que quienes trafiquen sean sorprendidos reincidiendo. Consideramos, pues, que esta postura gubernamental tiende a evitar el acelerado deterioro en las poblaciones de los primates mexicanos.

Un doloroso trayecto

Para conocer la ruta que sigue el tráfico de estos primates, es necesario explicar brevemente su biología. Los primates son animales sociables que viven en grupos de alrededor de 30 individuos, con el vínculo materno como el principal sustento de un infante. Los infantes viven por lo menos un año ligados de forma estricta a la madre y se hallan bajo la protección de los machos, que los defienden para garantizar que viva su descendencia. Habitan las copas de los árboles sin advertir el trágico destino que les aguarda, pues el amanecer no los advierte sobre la llegada de los hombres. Algunas parvadas de aves huyen ante las armas de fuego de los cazadores ilegales. El momento se acerca y el encuentro con un grupo de monos es evidente. El macho advierte la llegada de aquellos individuos; de pronto grita, y con brazadas aterrorizadas todos huyen de rama en rama. Una madre visiblemente asustada intenta huir velozmente con la cría aferrándose a su pelaje. En un momento –sólo un instante–, voltea: es evidente que el tubo de hierro que saca fuego la tiene en la mira. Lo sabe. No va a dejar a su cría, la defenderá. Solo bastan unos segundos para escuchar un sonido estruendoso; después, calor; se debilita rápidamente y sus brazos no pueden sostener su cuerpo cansado. Se aferra a una rama, pero es inútil. Se desploma con su cría hacia el abismo. En el suelo vuelve la cabeza, delirante, y se percata que no es la única. El miedo no le permitió ver que su compañero inseparable, su macho, fue herido al intentar defenderla. Durante sólo dos segundos sus miradas se encuentran antes de que él muera. Todavía ella escucha los desesperados llamados de su cría antes de emprender el viaje eterno.

Después, lo inevitable: la pequeña cría se halla aterrada dentro de una jaula fría, sin el cobijo de su madre. Se aferra a otra cría, que al parecer ya tiene algunos días encerrada después de su captura, porque son evidentes su debilidad y deshidratación. Pasa ahí algunos días de soledad y miedo. Su pequeña compañera de jaula murió hace poco por la deshidratación, el hambre y el terror. Se encuentra en un lugar oscuro, que se mueve y que tiene un sonido similar al de los monstruos plateados que tiraban sus árboles. Un poco más tarde, la cueva obscura se deja de mover; unas puertas se abren y sus captores le rocían agua, lo que intensifica su sed más que mitigarla, pero sólo puede obtener unas gotas del suelo. Se siente tan fatigada y asustada que empieza a dejar de luchar. Presiente que le queda poco tiempo. Díez días después de su captura, unas manos frías y grandes la sacan del encierro; sus ojos apenas logran abrirse ante la luz que no veía desde su captura. Ya no le interesa saber qué es lo que la sostiene y solamente se aferra a eso, intentando sentirse protegida y cálida.

Aquellos brazos son los de un hombre que compró la mona a los traficantes como un regalo para su agraciada hija que cumple quince años. La monita –que ahora ya tiene un nombre: “Esperanza”– encuentra en los brazos de la chica la aparente comodidad que tanto le hacía falta. Esperanza es feliz, por lo que no quiere desprenderse de su nodriza. Aquella joven la alimenta y le da el calor que necesita para sentirse bien. Los dulces y chocolates son deliciosos; los pañales que le ponen la irritan, pero una pomada milagrosa mitiga la comezón.

El delicioso alimento que le dan empieza a generar estragos en su sistema digestivo. Pasan meses y el excremento ha olvidado que debe ser firme. Su cola sufre tal infección que la dueña decide regresarla a los fríos barrotes de una jaula ya que nadie la quiere cargar por el putrefacto aroma que emana de su piel. Pasan algunos días y al parecer la familia se asesora finalmente en cuanto a su dieta; la ausencia de los pañales, los lavados dolorosos y la pomada día a día disminuyen la lesión de su cola. Nuevamente parece ser querida en su hogar, ya no está en la jaula y su corazón alberga nuevamente la ilusión.

Ha pasado un año desde que llegó Esperanza a ese hogar. Juega constantemente con lo que encuentra, y eso a la dueña no parece agradarle, sobre todo cuando muerde sus tareas y rompe sus cosas. Tal parece que Esperanza está llegando a ser una carga. Finalmente, la gota que derrama el vaso: la llegada de un bebé firma su sentencia de salida. La hermana mayor de la joven es quien lo tuvo, lo que no ha sido muy grato para la monita pues toda la atención de la familia está puesta en ese pequeño intruso. Tiene que hacer algo, de modo que uno de los deditos del bebé es mutilado por la mordida celosa de Esperanza. ¡Gran error! Se desencadena un gran alboroto, la golpean y la meten nuevamente a la jaula. Se encuentra muy asustada y no entiende lo que sucede. Pasa un mes encerrada y nadie se acerca más que a tirarle alimento y a poner un poco de agua. Unas llamadas bastan para que unos hombres lleguen a retirarla de su hogar. Otra vez la confusión y el miedo recorren su cuerpo. Una última mirada se cruza entre Esperanza y la joven antes de que la lleven a su último destino.

Es un lugar frío y oscuro. En ocasiones, unos hombres llegan y le meten agujas en el cuerpo para extraer sangre; toman muestras de su excremento, la manipulan. Siente el mismo miedo y dolor como cuando fue arrancada de los brazos de su madre. Transcurre otro mes y la tristeza de Esperanza es notoria. Es llevada de improviso a una jaula llena de otros animales iguales a ella. Esperanza se sujeta a los brazos del hombre que la conduce, pues la mirada de los otros monos la aterra. Intuye lo que va a ocurrir si la dejan con ellos, pero el hombre la desprende con fuerza para meterla ahí.

Bastan unos minutos. El agua a presión que expulsan las mangueras y los gritos no son suficientes, y Esperanza pierde su mano derecha y la cola a causa de las terribles mordidas de los otros monos. Es terriblemente mutilada. Los monos del grupo no la han aceptado. Un mes en el hospital del zoológico apenas basta para que se recupere de la infección provocada por las mordidas. El esfuerzo de aquellos hombres por introducirla con el grupo de monos es inútil: Esperanza está destinada a vivir sola en una jaula. Tal vez transcurran otros treinta años antes de que Esperanza se encuentre nuevamente con su madre, treinta años de su vida en ese lugar frío y aislado antes de sentir nuevamente la esperanza de ser libre.

No se conocen las cifras exactas de la cantidad de primates que ingresan de este modo a los distintos zoológicos, albergues y refugios que hay en el país, pero se estima que aproximadamente se recibe al menos un individuo al año. El mono araña muestra una alta tasa reproductiva en condiciones de cautiverio, lo que entraña un grave problema de sobrepoblación para los distintos centros en que se acoge a este tipo de fauna. Los intentos por rehabilitar a estos individuos hasta el momento han sido inútiles por ser animales sumamente improntables1, lo que condena a todas las poblaciones de esta especie que se hallan en cautiverio a permanecer en un encierro de por vida.

1 La impronta –de acuerdo al famoso etólogo Konrad Lorenz– es un proceso biológico de aprendizaje por el cual las crías se identifican con los adultos de su especie y aprenden de ellos, mediante observación e imitación, los distintos métodos de supervivencia, las formas de búsqueda de alimento y refugio y los modelos de defensa, ataque, convivencia y apareamiento.