Editorial
      El parteaguas: fábula robótica
     
      Los modelos experimentales en el estudio de las emociones
     
     

La relación de consecuencia lógica

     
      La fábrica de la histeria
     
      ¿Te caen bien los murciélagos?
     
      Primates, víctimas de la mezquindad del hombre
     
      La importancia del olfato en los primates
     
      La informática y el adulto mayor
     
      La agroindustria y sus coproductos: oportunidad interdisciplinaria
     
     

Tortillas de maíz: una tradición muy nutritiva

     
      Obesidad síndrome metabólico y cáncer: fallas al compás del reloj
     
    Tuberculosis bovina: ¿zoonosis re-emergente?
     
    Genotoxicidad y potencial teratógeno
     
      ENTREVISTA
     
      Jacobo Finkelman: Construir la equidad en un sistema inequitativo
     
    RESEÑA
     
    Ginzburg C. Señales. Raíces de un paradigma indiciario
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Sor Juana Inés de la Cruz y la ciencia en un sueño
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Ser o no ser bello
   
 
     

La fábrica de la histeria

Julio Ortega Bobadilla

En los meses de abril y mayo de este año los diarios y los noticieros de radio y televisión en México prestaron considerable atención a un fenómeno singular y alarmante. Las niñas que habitan en el centro de asistencia social y escolar conocido como “Villa de las Niñas”, en Chalco, Estado de México, empezaron a sufrir una serie de trastornos diversos que, según la clasificación psiquiátrica de los trastornos mentales, se denominan trastornos somatomorfos, y más específicamente, trastornos de conversión. Las chicas afectadas tenían dificultades para caminar y sufrían parálisis de las piernas, mareo, vómito, dolores de cabeza y musculares, y aseguraron que esa “enfermedad” se debió a una extraña maldición que les cayó (sic) porque una de ellas fue sorprendida por las religiosas jugando la ouija. El comunicado de prensa núm. 124 de la Secretaría de Salud, fechado el 13 de abril, informó: “A partir de los estudios y conclusiones de un grupo multidisciplinario de expertos, incluyendo médicos, psiquiatras, psicólogos, sociólogos y antropólogos, fue posible diagnosticar que esos síntomas son producto de un padecimiento conocido como “trastorno psicógeno de la marcha”, el cual, desde el punto de vista psiquiátrico, corresponde a un trastorno conversivo motor que, como en este caso, se manifiesta básicamente por dificultad en la marcha”.

El hecho, quizá destinado a pasar de largo en nuestra pequeña historia surrealista, tomó una importancia inusitada. De pronto, el número de casos subió, de las 200 iniciales, a 600, de un total de poco más de 5 mil niñas (El Sol de México). Las niñas afectadas fueron primero aisladas, y ante la imposibilidad de encontrar un remedio, se procedió finalmente a llamar a los padres. Las chicas que sufrían del mal fueron confinadas a los pisos superiores de la institución, siguiendo una práctica medieval que consistía en aislar a los leprosos, los enfermos infecciosos y los locos.

Aun en el lenguaje ambiguo de los políticos se coló la palabra histeria de masas por parte del subdirector epidemiológico del Estado de México, y pronto se tuvo la certeza de que no se trataba de un problema de origen infeccioso o toxicológico. Previamente se había practicado una serie de pruebas al agua y a los alimentos y exámenes médicos a las chicas, los que no arrojaron ningún resultado concreto que aclarara la naturaleza de esa extraña afección que había corrido como epidemia entre las niñas, y que en muchas de ellas desapareció a los pocos días de que abandonaron la institución para irse a sus casas.

Según la directora del plantel, la madre Margie Cheong, entrevistada por el periodista Carlos Loret de Mola el 6 de abril, desde febrero de este año se empezaron a presentar este tipo de trastornos, de los cuales ella estaba dispuesta a aceptar la responsabilidad si se probaba que había maltratado física o psicológicamente a las menores. Desde Madrid, Oscar Santiago Salinas, un ex profesor de esa institución que se encuentra haciendo estudios de doctorado, en entrevista con La Jornada declaró que esa escuela se hallaba en manos de fanáticos y describió la realidad del colegio como “espeluznante” y “extraña”. Describió la enorme represión sexual y la vigilancia extrema que sufren esas niñas, quienes no tienen acceso a periódicos, revistas, radio ni televisión para no ser contaminadas por el mundo exterior. En su relato, confirmado por otras fuentes, dio cuenta del aislamiento que sufren, incluso de su propia familia, a la que escasamente pueden ver una vez al año, y con la que no tienen contacto telefónico ni correspondencia. Al hablar de su experiencia dentro del colegio, anotó: “La disciplina era la principal preocupación de las monjas. Muchas veces castigaban a las niñas. Por ejemplo, cuando una jefa de grupo no dedicaba tiempo suficiente a sus actividades, la dejaban de pie un día entero. Muchas veces tuve que dar clases con algunas niñas en esa situación.

También las castigaban con trabajos forzados en la huerta o en la cocina. Tampoco discriminaban por edad. Las niñas tenían un temor tremendo a las monjas”. Declaró también que no podía salir del espacio delimitado para el profesor ni podía acercarse a las niñas a menos de metro y medio; tampoco podía sentarse durante las ocho horas de clase ni hablar de ciertos temas de política o de historia de México. Por ejemplo, cuando explicó la fundación del Estado mexicano, tenía que referirse necesariamente a la aportación de Benito Juárez, pero no se lo permitieron porque, según las autoridades del plantel, se trataba de un “tema polémico”. También le prohibieron mostrar folletos de museos europeos; en especial, les molestó que pretendiera enseñarles La maja desnuda de Goya, pues tenía una carga excesiva de erotismo. Lo mismo ocurrió con las esculturas griegas. Agregó: “Lo que sí les enseñaban las monjas era a admirar a Vicente Fox y a su esposa (Marta Sahagún). Les decían que era el prócer de la patria y que además iba a misa. Por eso las niñas los consideraban sus padrinos. Y la mayoría lo creía”.

La historia de estas niñas es singular. Provienen de familias de escasos recursos o, en otros casos, de hogares donde eran maltratadas, por lo que el internado es su única opción para poder estudiar o recibir sus tres comidas al día. Es la razón por la que muchas de ellas han expresado su deseo de regresar, pues apenas han experimentado mejoría fuera de la institución. Puede decirse que se encuentran entre la espada y la pared. Si algunas de ellas quieren regresar a esa prisión, es porque no tienen adónde ir; si las ex alumnas se acercan a la institución para apoyar el trabajo de las religiosas y exculparlas de maltratos, es debido a la paradoja del esclavo –según Hegel–, quien se identifica con su amo “hasta lamer míseramente las cadenas que le sojuzgan”. Estas niñas sufrían, según sus declaraciones, maltratos no sólo psicológicos sino también físicos; se les condenaba a trabajos forzados en la huerta o en la cocina para disciplinarlas, lo que recuerda en mucho a las niñas, objeto del trato sádico de las monjas, de la película En el nombre de Dios (2002), basado en tremendos hechos reales.

Génesis Mauries, niña expulsada por su conducta sexual inapropiada y por llevar el cabello corto “Primero Noticias”, descubrió que debido a un problema de la piel, que luego se reveló como un cáncer ya intratable, fue sometida por las monjas a un duro tratamiento que consistía en quemarle la piel, pues la madre Cheong se negó desde el principio a que se le practicasen exámenes médicos o que se recurriera a la cirugía. “Me mandó quemar; me marcó tres puntos en mi espalda. Ponían una pasta, le acercaban un cerillo y era como una brasa que dolía mucho”, dijo Génesis al asegurar que no le ponían anestesia. “No quemamos a las niñas”, respondió la monja a esa acusación, pero admitió conocer a Génesis, a la que, según aseguró, sometió a un tratamiento oriental de un “maestro coreano”. Aceptó que “fue un error, una imprudencia invitar (a someterse a estos tratamientos) a las niñas mexicanas que tienen una cultura diferente a la de Oriente”. ¿En verdad fue una invitación la que se les hizo a esas niñas? ¿Por qué la palabra “sometimiento” surge tan espontáneamente? ¿No debería funcionar un tratamiento médico independientemente de la cultura?

La madre coreana dijo que el internado no avisó a los padres de familia del padecimiento de las niñas porque no querían espantarlos con la versión de una epidemia. Pidió entonces tolerancia hacia la institución, y agregó que no se debe especular que allí se realicen prácticas de castigo o incluso de brujería: “Si esas fueran nuestras prácticas, la población no las hubiera aceptado y no existiríamos. Hemos estado aquí diecisiete años y han salido 10 mil graduadas”. Las declaraciones de la religiosa estaban llenas de falacias lógicas y embustes. Son varias las niñas que fueron sometidas a esos tratamientos y otros tormentos físicos (se dice que llegaron a colgar a varias de cabeza para corregirles problemas de la espalda) en nombre de la aplicación de métodos disciplinarios y de médicos orientales. Varios maestros, opuestos a esos hábitos feroces, fueron despedidos. También llama la atención la falta de información a los padres, lo que hace pensar en que las niñas son un bien usufructuado por las religiosas en cuestión, quienes pueden entonces decidir de manera divina sobre su futuro y su bienestar sin que nadie cuestione sus disposiciones.

Al visitar una página de la Internet con información oficial sobre la “Villa de las Niñas”, (www.yoinfluyo.com.mx/artman/publish/printer_4484.php), pude constatar que las monjas realzan su obra desde hace tiempo y que tienen sucursales en varias partes del mundo, entre ellas una institución para varones en Guadalajara.

Con cara de tristeza, la madre Margie explica que tiene un problema muy grave con el municipio porque ha construido casas de interés social alrededor de la institución sin respetar las instalaciones del colegio: “No (se tiene en cuenta) que es una institución grande, donde viven 4 mil niñas necesitadas, gente pobre, sin protección. Nosotras, como religiosas, estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para proteger a nuestras niñas, pero el municipio está dejando que construyan las casas sin contrabarda y con las ventanas hacia nuestra casa. Si no me quejo, el municipio no hace nada. Se debe cumplir la ley”, denunció.

En otras palabras, lo que la tan bondadosa religiosa desea es que la institución siga siendo un “castillo de la pureza” que no tenga ninguna relación con el mundo, y se facilite así la labor de adoctrinamiento, represión y violencia, desorientación y fanatismo religioso que ejercen sin piedad contra esas adolescentes. Diversos reportajes han ido esclareciendo la situación de esas chicas, quienes reciben las sobras de alimentos caducos, donados por empresas alimenticias que buscan eludir impuestos. Una nota del diario Uno más Uno señaló que el Centro Nacional para la Salud de la Infancia y la Adolescencia llegó a la conclusión de que el denominado “trastorno psicogénico de la marcha” fue el causante de la invalidez temporal de las menores sin que mediaran causas físicas u orgánicas, por lo que se descartó cualquier tipo de contagio; dijo, además, que se aplicarían las medidas preventivas para evitar que tal situación se convierta en un problema de salud pública.

Durante la conferencia de prensa en la que se dieron a conocer estos hechos estuvieron presentes el subsecretario de Promoción de Salud Federal, Mauricio Hernández; el epidemiólogo del Instituto de Salud del Estado de México, Víctor Manuel Torres, y el obispo de Valle de Chalco, Luis Artemio Flores. ¿Acaso no estaban separados en este país los poderes estatal y eclesiástico? Todos coinciden en un punto: la “Villa de las Niñas” sigue funcionando normalmente. El director de Salud Pública mexiquense ha declarado que hoy día no hay un solo caso con esas características, y que hasta el momento se desconocen las causas del síndrome que afectó a las estudiantes de secundaria y preparatoria de dicho internado, que un nuevo recuento sitúa en menos de 4 mil.

El lugar que se reserva a los especialistas es el de exonerar a las religiosas, y lo hacen con una industria tal que no hace más que evidenciar los problemas teóricos y la falta de solidez de las disciplinas dedicadas al estudio de las perturbaciones mentales en México. “Trastorno psicógeno de la marcha” no es una etiología, sino una simple descripción fenoménica de los males que aquejaron a las chicas. Las niñas han sido atendidas con terapias de grupo, se les han aplicado pruebas psicológicas y, según las autoridades de Salud, “se está haciendo el análisis estadístico correspondiente para encontrar la raíz del problema” (El Sol de México).

¡Triste papel de la psiquiatría oficial al servir como coartada ideológica del poder, a la que está condenada sin el auxilio de la comprensión psicoanalítica! De hecho, este caso de histeria colectiva es único en el mundo y un hito en la historia de las enfermedades mentales en lo que va de más de medio siglo. No recordamos desde la Saltpètriere y Nancy, a finales del siglo antepasado, que tantas histéricas hayan estado juntas en un solo lugar; es más, Charcot y Bernheim colectaban estas pacientes de muchos sitios diferentes. Los académicos y especialistas en salud mental encargados de estudiar este fenómeno, en lugar de pensar que el ambiente de aislamiento, las usanzas de la crueldad, la explotación en el trabajo, la falta de educación sexual, las restricciones a las medidas mínimas de higiene, los castigos físicos y la vigilancia rígida (que hablan de una erotización extrema de la relación entre las religiosas y sus alumnas) como las causas de estos trastornos, prefieren usar un lenguaje médico ambiguo y estéril para evitar estudiar esa fábrica de la histeria, producto de la moral más rancia, donde se llevan a cabo prácticas punitivas propias de la Santa Inquisición.

A las instituciones de salud pública y a la psicología académica, perdida en sus importantes investigaciones estadísticas que apuestan en su práctica por el cientificismo, la voz que surge del síntoma en esas niñas con tanta desesperación no les dice nada. Los políticos se conforman con explicaciones pseudocientíficas. A los periodistas la noticia les ha dejado de interesar. Mis propios colegas psicoanalistas no han dicho nada. Quizá porque esas niñas son pobres y no le interesan a nadie.