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      Sor Juana Inés de la Cruz y la ciencia en un sueño
     
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Sor Juana Inés de la Cruz y la ciencia en un sueño

Angélica Salmerón Jiménez

La obra de Sor Juana Inés de la Cruz ha sido estudiada y recuperada desde diversos ángulos y perspectivas, y lo cierto es que cualquiera de ellos no termina de asombrarnos pues encontramos en ella una serie de ideas que nos permite afirmar, sin temor a equivocarnos, que es una de las  voces más autorizadas para referirnos la aventura intelectual de nuestra incipiente modernidad. Modernidad barroca, que inaugura en nuestros ámbitos una nueva actitud cuya forma fundamental  de pensamiento se empareja, en más de un sentido, a los nuevos aires del ambiente intelectual  europeo. Y esta nueva forma de enfrentarse a los añejos problemas tiene además en ella el tinte y el tono propio de los pueblos hispánicos, pues ciertamente Sor Juana no representaría en modo  alguno la luminosidad cegadora que manifiestan sus contemporáneos europeos, sino que viene a  ser más bien una figura mediadora entre la nebulosa oscuridad del pasado y la luz prístina del  periodo moderno. Así, mujer barroca en todo sentido, Sor Juana es una figura de la penumbra que, moviéndose entre lo antiguo y lo moderno, logra construir, contrastando luces y sombras, un espacio propio a través del cual se inauguran nuevas sendas al pensamiento, y sobre todo al pensamiento filosófico y científico mexicano.

Quizá, de entrada, parezca un tanto extraño que intentemos ver en la obra de Sor Juana –obra poética de natural–, algunos rasgos que nos permitan el atrevimiento de incluirla en la trayectoria que viene dibujando el espectro del pensamiento de las mujeres en la historia de la ciencia. ¿En qué sentido pudo haber contribuido una poetisa al desarrollo de las disciplinas científicas?, ¿qué teoría propuso?, ¿qué artefactos inventó?, en fin, ¿qué tipo de científica fue esta mujer del siglo XVII mexicano? En términos generales, podemos adelantar que en sentido estricto Sor Juana no propuso teorías ni tampoco inventó nada por lo cual su nombre tuviese que ser recordado en   este preciso sentido. Pese a ello, podemos, en otro sentido, recuperar su obra como un prototipo histórico del derecho de las mujeres a una educación científica y, más allá de ello –y aun siendo que no es Sor Juana una científica en el significado estricto del término–, justo es reconocer que existen en su obra y en su actitud rasgos que bien podemos considerar “científicos”.

A estos rasgos quisiéramos remitirnos, pues aunque poca atención se le ha prestado a ello, parece ser con todo un asunto relevante para un mejor conocimiento y comprensión de un periodo de la ciencia en nuestro país. En efecto, el hecho de que Elías Trabulse no dude en incluirla en su  magnífica Historia de la ciencia en México nos da una pauta para hacer una revisión más profunda de las ideas que podemos encontrar en esta mujer, que no sólo saltó las barreras temporales de su época para posesionarse de una intemporalidad tal que la ha hecho inmortal en el ámbito de las  letras y de la filosofía, sino que, rompiendo lanzas contra los prejuicios propios de su tiempo, logró ser reconocida en el mismo siglo XVII como una inteligente y sabia mujer que, siendo además monja, dejó escuchar su voz en un ambiente que parecía hacer todo para acallarla.

La obra de Sor Juana recoge en su seno una serie de ideas que mucho tienen que ver con las tendencias que se abren en torno a las nuevas e inéditas inquietudes que se respiran en el ambiente y que, como no podía ser de otro modo, apuntan como referencia determinante al espectro que en  Europa se viene estableciendo en torno de la nueva perspectiva científica que ha venido abriéndose paso a través de la tradición antigua y medieval. Y aun siendo que no proporcionan España y sus colonias “prototipos” de científicos del alcance de los demás europeos, no obsta para que  desdeñemos los vislumbres y acercamientos que desde el México colonial empiezan a prefigurar otro modo y nuevas formas del pensamiento moderno. Valga para el caso mencionar la  “modernidad” científica de don Carlos de Sigüenza y Góngora, contemporáneo y amigo de Sor Juana, de quien la historia de la ciencia poco se ha ocupado, pero que, como dice Trabulse, da fe “del avance astronómico y matemático a que había llegado la colonia en el siglo XVII, mostrando la superioridad que guardaban dichos estudios con respecto a la mayoría de los europeos y  angloamericanos de la misma época”. Y es que cuando de ciencia hablamos, en general parece ser que no es nuestro país territorio propicio para encontrar cosas tales, y menos aún si se trata de querer hacerlo en un siglo netamente colonial, como lo es el XVII. Empero, como bien lo ha hecho notar Trabulse, “La apertura a la ciencia moderna se deja sentir desde el tercer decenio de este siglo y empiezan a ser conocidas las teorías de Copérnico, Kepler, Tycho Brahe, Galileo, etc., teorías que en esos años se difunden y exponen en la cátedra”. Por ello –nos dice el estudioso de la ciencia mexicana–, suponer que la decadencia de los estudios científicos en España corre pareja con la de sus colonias es deformar la verdad histórica sobre el desarrollo científico de la Nueva España.1 Parece, pues, que ya es momento de que rasguemos los velos de los malos prejuicios y nos acerquemos más a nuestra propia historia.

Y nuestra historia indica también que en la segunda mitad del siglo barroco sobresalen dos figuras que señalan la transición de lo tradicional a lo moderno: Sor Juana y Sigüenza, quienes, inspirados en la fórmula básica de cualquier buena filosofía, apelan a la búsqueda de la verdad mediante la libre investigación y de la defensa de la razón en contra de los dogmas y la tradición. Parece una ingenuidad suponer que en nuestro país y en una época semejante pudiéramos realmente empezar a entrever en el fondo de la oscuridad medieval y escolástica algunas mentalidades modernas, pero así es: la historia no miente en cuanto a los hechos, y estos podemos encontrarlos en las obras. Por ello recurrimos ahora a la obra de Sor Juana, para rastrear algunas pistas que nos lleven a  recuperar esta trayectoria del pensamiento moderno y los alcances científicos que en ella se  manifiestan.

Ahora bien, podemos recuperar un retrato científico de la monja jerónima intentando responder una de nuestras preguntas anteriores, a saber, la de qué tipo de científica fue esta mujer mexicana del siglo XVII, y podemos hacerlo abriendo dos caminos que paralelamente nos conducen hasta lo que hemos denominado en el título como la ciencia en un sueño. Tomamos el tema del sueño como vía regia para determinar la relación de Sor Juana con la ciencia, recurso estratégico que, siguiendo dos textos fundamentales –Primero Sueño y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz– , habrá de mostrar de manera más clara y precisa de qué modo puede considerarse a Sor Juana dentro del espectro científico y en qué medida ello contribuye a los estudios de la historia de la ciencia hecha por  mujeres. Ambos caminos implicarían un estudio más profundo del que aquí podemos emprender, pero trataremos de dejar establecida la trayectoria que se dibuja en ambos para los fines que de momento nos ocupan.

El primer camino nos permite explorar uno de los aspectos más interesantes del pensamiento de Sor Juana y nos conduce a un espectro histórico poco explorado del siglo barroco. Urbanizar este sendero implica recuperar el espacio intelectual que las mujeres de la época ayudaron a establecer y que, pese a la proscripción de la intervención femenina en el campo científico, terminó por convertirse en un verdadero territorio plagado de nuevas ideas. Y así, aunque la incursión de las mujeres en los ámbitos intelectuales y académicos no constituye la norma, comenzamos ahora a reconocer en este espectro una línea claramente definida que remite a un frente defensivo en que una serie de mujeres se dan a la tarea de ir destruyendo los argumentos  con que la visión tradicional ha pretendido mantenerlas al margen de los ámbitos del saber. Y es en este frente de defensa de los derechos de la mujer al conocimiento científico que podemos colocar a Sor Juana. Recordamos aquí nombres como los de Madame de Gournay, Anna Maria van  Schurman, Bathusa Makin, Mary Astell y María de Zayas y Sotomayor. Basten de momento estos pocos nombres para darnos una idea de lo que en Europa empezaba a ser una reivindicación  femenina de la modernidad, que habría de recorrer el siglo y hacerse cada vez más intensa con el correr del tiempo.2

Así, Juana Inés forma par te de un movimiento que reivindica el derecho de las mujeres al    conocimiento exigiendo una educación científica formal y académica y apelando a la idea de que el entendimiento femenino es tan capaz para las ciencias como el de cualquier hombre: “¿No tienen [las mujeres] alma racional como los hombres? […] ¿Qué revelación divina, qué determinación de la Iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotras tan severa ley? [...] Y si me responde que en  los hombres milita otra razón, digo…”.3 Y todo lo que entonces dice Juana es cosa que vale la pena recordar, pues apela entonces tanto a los doctores sagrados como a las santas Escrituras; recorre la lista de los filósofos gentiles y apunta hasta una genealogía femenina de la sabiduría. Por estas y otras razones que se nos quedan en el tintero, la monja representa en nuestro contexto cultural la voz femenina por antonomasia, claro símbolo de una habitante de los linderos del mundo en grado sumo porque su situación particular la coloca prácticamente en el margen de una batalla que en el mundo europeo comparten y abonan una serie de mujeres que, cuando menos, tienen el consuelo  de apoyarse unas a otras. El caso de Sor Juana es diferente: su aislamiento es casi total, está sola en un mundo de hombres y en general abandonada por sus propias cofrades. Tal exclusión habrá de ser un inevitable punto de referencia para comprender mejor su vida y su obra, pues no cabe  duda que en este sentido no tiene parangón. Mientras en Europa el frente defensivo del derecho de las mujeres a saber se establecía como un muro de contención integrado por un sinnúmero de  voces femeninas, en la Nueva España se dejaba oír una sola voz que, a pesar de su reclusión,  logrará ser lo suficientemente potente como para cimbrar las concepciones tradicionales.

En fin, tal camino se abre con un texto representativo de lo que pudiéramos considerar como el documento fundacional del derecho de la mujer al libre uso de la razón y a la crítica como  verdaderos reductos de modernidad científica: la legendaria Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, en donde esta religiosa, vía la autobiografía, muestra en detalle dificultades y proezas de la mujer que compromete su vida en la investigación de la verdad. Baste señalar que en ella aparecen  claramente delineados los ideales de una modernidad científica que apela al método de  investigación cuyos recursos fundamentales son el razonamiento y la experiencia como medios para hacerse una idea sensata del mundo natural. Y si bien es cierto –como decíamos antes– que Sor Juana nada inventó ni hizo ningún experimento que pudiese ser tenido como contribución a la ciencia, el hecho de que apelara con tanta vehemencia a la experimentación de los fenómenos  naturales para tratar de acercarnos a su explicación es de suyo, en este contexto, una propuesta  revolucionaria, pues es el caso de que nuestra monja tuvo que efectuar semejantes observaciones en las cuestiones más triviales y cotidianas (“filosofía de cocina”, como ella misma dijo), lo que no invalida en modo alguno el principio científico en que se desenvuelve: apelar a la observación de los hechos y apegarse a los fenómenos concretos. Investigación experimental en su más puro sentido, como cuando relata que puso a bailar un trompo en la harina para estudiar las curvas que describía, cuando especulaba sobre triángulos de alfileres, y hasta de los secretos naturales que, al guisar, descubrió sobre las reacciones del huevo, la mantequilla y el azúcar en el brasero. Encontramos en ese notable documento un verdadero plan de estudios que abarca todas las ciencias de la época y cuya variedad hace visible, en la convergencia de todos estos saberes, una especie de armonía cuya escala o configuración piramidal conduce a la cima misma del conocimiento: lógica, retórica, física, aritmética, geometría, arquitectura, arte, historia, derecho, música y astrología. Ciencias, todas ellas, que la monja estudió y que tanto esfuerzo le costaron (como dice, “no el saber (que aún no sé), sólo el desear saber”) en una sociedad que le negó expeditivamente el derecho de acercarse al conocimiento.

Nos muestra la monja en esa carta toda una historia de vida dedicada a la búsqueda de la verdad, que comienza desde sus más tiernos años y que la lleva a soñar con la posibilidad de acercarse a la sabiduría, vedada por principio para ella. Soñó, pues, Sor Juana con saber, con alcanzar la verdad, y para ello emprendió un itinerario lleno de letras, se introdujo en el laberinto de su  pensamiento, buscó en el fondo de sí misma y, observando la realidad, empezó también a leer en el gran libro del mundo, tal como había hecho en los libros de su propia biblioteca. Y sabemos que  este sueño, en parte, se convirtió en realidad en cuanto que nuestra monja, sin maestros y sin guías, se introdujo en el universo del conocimiento. De lo que alcanzó a saber nos habla también en otro sueño.

Este otro sueño –que marca el rumbo de la navegación científica de Sor Juana– es también, a su modo, un documento fundacional sobre los intentos de la mente humana por acercarse al conocimiento último de la realidad. Por ende, el segundo camino se abre con el Primero Sueño, que representa en el ámbito de nuestra cultura y de nuestra tradición un inigualable portento creativo en el que los estudiosos de todas las disciplinas han vislumbrado una inagotable fuente de  acercamientos interpretativos, que van desde un centro eminentemente poético, hasta la periferia última de sus lecturas filosóficas y científicas. Es esta una periferia que, sin prejuicio de su composición literaria, apunta cada vez más a las irradiaciones que se desprenden de su núcleo y que terminan por ser parte constitutiva y esencial de su trayectoria poética. De este modo, Primero Sueño se  nos aparece hoy día como un inmenso círculo cuyo centro está en todas partes y en ninguna. Y es que este sueño de Sor Juana es un sueño creador que, recreando poéticamente la búsqueda del conocimiento, plasma en su trayecto la imagen del cosmos y una serie de saberes que nos ponen en contacto con un universo cuyo ensamble dibuja la ciencia de su época y que ya prefigura algunas concepciones modernas.

La visión del mundo que Sor Juana ofrece es, además de un logro poético de la sensibilidad, un nuevo intento de la inteligencia humana en la búsqueda de la verdad.4 La autora vuelca en él todas sus ansias de saber y discurre sobre todo: la inteligencia, el método, el conocimiento. Lo central es lograr un acercamiento conceptual de la realidad, explicarla en su más profundo sentido y penetrar su razón última.

Esto confirma un tanto lo que se decía al principio: que el pensamiento de la monja jerónima se mueve entre ideas y concepciones tradicionales e innovadoras, pero que en ningún momento permanece fijo en alguna, sino que, moviéndose entre ambas, es como se actualizan. En efecto, este Sueño busca desentrañar el misterio, acercarse a la verdad y alzarse con un modo válido para este acercamiento; es decir, implica en su seno la búsqueda del método. Entramos, pues, con este poema en la aventura del saber. La cuestión medular está dada por la meditación filosófica y científica: postulaciones intuitivas y racionales afectan buena parte del mismo. La monja está buscando una explicación para todas las cuestiones que provocan su curiosidad y alcanzar así una visión sintética del universo. Sin embargo, como se sabe, Sor Juana no ha de conseguir su propósito ya que, según dice, la aparatosa máquina del universo es tan inmensa y portentosa que es imposible comprenderla a cabalidad.

Ahora bien, hay en el desarrollo poético de esta búsqueda una concepción científica del cosmos que tiene su origen en el saber de su época, ciencia que se ha venido interpretando de diversos modos en el decurso de la historia y cuyo análisis sería motivo de otro trabajo. Pese a ello, vale la pena señalar que dicho modelo científico tiene sus más cercanas fuentes en el neoplatonismo y en la filosofía hermética de Kircher,5 pero también en algunos autores renacentistas y modernos que Sor Juana seguramente conoció a través de sus lecturas y de sus conversaciones con Sigüenza. Y aunque muchos autores asumen por principio que el universo sorjuanesco pertenece antes que nada a la tradición escolástica, pensamos que tiene razón Octavio Paz cuando afirma en Las trampas de la fe que:

Es imposible confundir el mundo de Primero Sueño con el de la cosmografía tradicional. En sus descripciones del espacio celeste no alude nunca a los descubrimientos de la nueva astronomía y no sabemos qué pensaba realmente acerca de los temas controvertidos y peligrosos como el heliocentrismo, la infinitud del universo y la pluralidad de mundos habitados. No importa: sus emociones y sentimientos ante el cosmos cuentan tanto como sus ideas: Ante todo: su mundo no tiene contornos claros ni límites precisos. Esto lo distingue radicalmente del cosmos tradicional que fue un mundo armonioso. Otra diferencia: las distancias no sólo son  inmensas sino que son inconmensurables. Por último, rasgo moderno  entre todos: su mundo carece de centro y en sus espacios deshabitados el hombre se siente perdido. Es un mundo que, si no es infinito, provoca sentimientos e imágenes que son propias de lo infinito. Por esto Sor Juana para pensarlo, acude con toda naturalidad a la paradoja del cardenal de Cusa sobre el círculo divino: hace exactamente lo mismo que Bruno y Pascal, que sí creían en un universo infinito.

Por tanto, esta imposibilidad de tener una imagen total y una explicación última de la realidad parece efectivamente llevar a Sor Juana, si no a la concepción, sí por lo menos al sentimiento o a la  vivencia de un universo infinito: imagen poética que lo reconoce como una circunferencia cuyo centro está en todas partes y no alcanza a ser conocido absolutamente en ninguno. Así, se explica que  cualquier acercamiento unilateral fracase, es decir, que cualquiera de los métodos con que se intente su total aprehensión son insuficientes, pues todo indica que, dado que no hay un punto de vista privilegiado, el observador depende de la perspectiva en que esté colocado, de donde resulta que el conocimiento es relativo y depende del punto de vista del observador. De ahí que aun   colocada en la cima, el alma no alcance la comprensión de la causa primera ya que nuestro entendimiento es limitado. Surge entonces un pensamiento fronterizo que reconoce que un saber total es, en efecto, un sueño, un sueño nacido de la soberbia de la razón, que piensa que a través de unos cuantos principios habrá de alcanzar la verdad única y completa del mundo natural y hasta del sobrenatural. Se abren entonces nuevos horizontes al pensar y se apunta hacia una visión más contemporánea del problema.

En efecto, la ciencia actual se guarda de establecer una visión compacta de lo real dejando espacio a diferentes teorías explicativas que, a pesar de que no alcancen a converger en una teoría  unificada, brinda con todo la posibilidad de aproximarnos cada vez más al conocimiento de la naturaleza. Parece que en este sentido la actualidad del pensamiento de Sor Juana deja su impronta al señalar la doble ruta que siguió la modernidad, a saber: razón y experiencia, pero sin deshacerse de ninguna, y además a señalar la idea de la insuficiencia del método que es propia del
pensamiento actual. Cierto, la modernidad europea recorrió de tal modo el camino estableciendo un divorcio entre razón y experiencia (empiristas y racionalistas alegaron siempre la primacía de uno sobre el otro), que hubo que esperar hasta Kant, quien, basado en el diseño newtoniano, intentó la convergencia entre ambos, pero que terminó igualmente privilegiando a uno de ellos: la razón. La modernidad, pues, terminaba consolidándose bajo el espectro de una racionalidad que dictaba sus leyes a la naturaleza. Habría de llegar la edad contemporánea para que semejantes  concepciones hicieran eclosión tanto en el campo de la filosofía como en el de la ciencia.

Pero en pleno siglo científico, parece que Sor Juana pudo ver con meridiana claridad que los nuevos caminos de la investigación del conocimiento no estaban del todo asfaltados con la razón pura sino con una racionalidad contaminada, pues las impurezas surgían precisamente de un universo que no era del todo claro: luces y sombras se agazapaban en él de igual manera. En consecuencia, la búsqueda del saber general, y en particular el de la naturaleza, no podía iniciarse sino combinando métodos y teorías; más aún, la monja jerónima descubrió que a pesar de ello la realidad era tan vasta y amplia que ningún entendimiento y experiencia humana podía abarcarla toda.

Así las cosas, y pese a que el sueño del conocimiento absoluto de la realidad es imposible, no invalida en modo alguno los intentos por acercarnos a la verdad. Por ello, vale que dejemos vestigios de nuestro saber en las distintas épocas, y eso hizo nuestra monja: su sueño está plagado de ellos. Hay en el Primero Sueño constancias de todo tipo de conocimientos, que van desde los astronómicos, físicos, fisiológicos y psicológicos, pasan por los lógicos y matemáticos, y llegan hasta los históricos, jurídicos y políticos. Pero sobre todo existe en esa obra la reflexión y la crítica que muestran, a través del hilo con que se teje su trama, el vestigio fundamental de un saber filosófico que denota precisamente el modo y convergencia de todos estos saberes que –como puede verse en el diseño del poema– se complementan y ayudan a encontrar la ruta de la sabiduría. No es posible desdeñar ninguno ni reducirlos en su riqueza y complejidad, pues cada uno de ellos apunta a una perspectiva, a un modo de acercarse a la verdad. Y siendo que nuestra autora piensa que “No hay cosa más libre que / el entendimiento humano; / pues lo que Dios no violenta, / ¿por qué yo he de violentarlo?”, será precisamente el entendimiento el que ha de ir abriendo las sendas que  considere necesarias para transitar en busca de la verdad, toda vez que es enseñanza del sueño que la dificultad del trabajo intelectual por avanzar entre la maleza de la ignorancia no diseña vías regias ni finales. Los caminos por los que transita la ciencia son desconocidos y sólo revelan sus secretos al caminante que se aventura en ellos. Si al final aguarda el desencanto y la decepción, no debiera sorprendernos, pues por ello es justamente que se dice que la ciencia avanza y que lo hace a través tanto de aciertos como de errores, enseñanza popperiana ésta, que en buena medida la   monja adelanta, pues, como se sabe, el despertar del sueño desemboca en el fracaso: las vías elegidas fueron erróneas y no condujeron, como se esperaba, al conocimiento total del universo.

Pudiéramos ver en Sor Juana –al menos por la intención– a una fiel discípula de Descartes en  cuanto buscadora de un conocimiento universal y omnisciente desde el cual se configura la verdadera imagen del mundo, pero el caso es que nuestra monja no alcanzará este punto, y precisamente por eso nos ofrece una imagen diferente de la modernidad. Así, aunque ambos filósofos abren el camino de la modernidad a través de la vía onírica (el sueño de la ciencia es para ambos el punto de partida), la trayectoria que recorren los conduce a conclusiones diferentes. Si Descartes encuentra la manera de apuntalar la ciencia moderna en una metafísica racionalista, Sor Juana, más cauta, pensará que no hay forma de establecer cimientos tales para soportar la inmensa máquina de la naturaleza. Por ende, si el sueño de uno se cumple y se hace realidad en la  modernidad, el de la otra concluye en un fracaso que anuncia ya ideas científicas más actuales.

El desengaño que marca el despertar del sueño del conocimiento en el poema de Sor Juana denota un moderado escepticismo que nos deja una clara lección de prudencia filosófico-científica que no alcanzaron a entrever sus contemporáneos europeos: el camino del conocimiento es precisamente eso, una vía que va abriéndose de a poco, pero que, como el universo, no tiene fin. El sueño del conocimiento total es precisamente un sueño porque habrá de irse haciendo realidad paulatinamente. Y si al despertar descubrimos que todavía no estamos en posesión de él, eso no implica que debamos dejar de soñar; por el contrario, es justamente el sueño el que propicia la indefinida búsqueda del saber, y esto Sor Juana lo supo siempre. Por consiguiente, la idea de la ciencia como camino de apertura, cuyo modelo surge del sentimiento mismo de infinitud que provoca un universo que parece expanderse más allá de nuestro alcance y que no se deja aprisionar por unos cuantos principios, es, en términos generales, lo que contiene el sueño de Sor Juana. Sueño barroco que, entre luces y sombras y abriéndose siempre hacia lo inacabado en la forma de una constante interrogación, nos avisa que los caminos de la ciencia y del saber se van configurando  invariablemente entre penumbras.

1 Dice Trabulse:"Fue en el segundo tercio del siglo XVII cuando en la Nueva España se llevó a cabo el abandono gradual de la física aristotélica y su sustitución por los principios de la física moderna. El proceso fue lento y saturado de obstáculos, de tal forma que la lucha entre ambas concepciones del mundo físico duró de hecho hasta finales del siglo siguiente. Sim embargo, este fenómeno no fue privativo de México, ya que el rechazo a la filosofía natural que se dio entre los sabios europeos del siglo XVII también fue paulatino y preñado de resistencias por parte de los tradicionalistas".
2 Vale la pena recordar que autores renacentistas como Tómas Moro veían ya con buenos ojos que las mujeres recibieran una educación formal, y que filósofos modernos como Descartes y Leibniz no sólo avalaran estos proyectos, sino que fueran además maestros de princesas, y que incluso se atrevieran a discutir sus ideas con ellas. Baste aquí recordar nombres como los de Isabel de Bohemia, que fue una crítica de la metafísica cartesiana a quien el mismo Descartes reconoció sus aptitudes filosóficas y matemáticas; Cristina de Suecia, cuya corte fue una de las más cultas de Europa, en la que fueron acogidos numerosos músicos, artistas y filósofos, de entre los cuales destaca precisamente Descartes y Sofía de Hannover y Sofía Carolina, madre e híja, amigas y discípulas de Leibniz.
3 Sor Juana Inés de la Cruz: Autodefensa espiritual.
4 Si comparamos esta ruta de navegación con la que nos ofrece Descartes en sus Meditaciones, encontraremos una serie de notas que nos permiten ver de qué manera se configuran en el mismo siglo barroco dos modelos de modernidad científica y filosófica.
5 La interpretación de Elías Trabulse, por ejemplo, apunta a negar la lectura filosófica del conocimiento y afirma que el poema habla de un conocimiento científico del mundo tal y como lo concebían los filósofos herméticos de los siglos XVI y XVII, en donde el papel del científico era sintonizar con el mensaje del universo, captar su armonía; el cosmos hermético se explicaba así matemática y científicamente, pero sus relaciones eran mágicas (Cfr. El círculo roto. SEP, México, 1984.


Para el lector interesado

Paz, O. (1985). Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. México: Fondo de Cultura Económica.

Sor Juana Inés de la Cruz (2006). Primero Sueño y otros escritos (Ed. Elena del Río Parra). México: Fondo de Cultura Económica.

Trabulse, E. (1984). El círculo roto. México: Secretaría de Educación Pública.

Trabulse, E. (1992). Historia de la ciencia en México. Estudios y textos. Siglo XVII. México: Fondo de Cultura Económica.

Trabulse, E. (1994). Los orígenes de la ciencia moderna en México (1630-1680). México: Fondo de Cultura Económica.

Trabulse, E. (2005). Historia de la ciencia en México.Versión abreviada. México: Fondo de Cultura Económica.