Editorial
      Los temibles radicales libres
     
      ¿Qué son las feromonas?
     
     

La Homocisteína: predictor del riesgo cardiovascular

     
      Tuberculosis: nueva oleada de la peste blanca
     
      Catálogo de pescados y mariscos
     
      En el borde
     
      ¿Sabemos qué es el suelo y por qué se le debe cuidar?
     
      Ácidos Nucleicos Peptídicos: su implicación genética
     
      Corrosión: fenómeno natural, visible y desastroso
     
     

Microsensores de gas: detección de partículas

     
      Aprendizaje Móvil
     
    El problema de Hume en la filosofía de Karl Popper
     
    Instituciones de educación superior: ¿investigación y colaboración?
     
      ENTREVISTA
     
      Samuel Cruz Sánchez: constancia y disciplina, el mejor camino
     
      TRADUCCIÓN
     
      Proverbios y sentencias: la materia en movimiento
     
    RESEÑA
     
    Modernidad y estoicismo: Domme o el ensayo de ocupación
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Mary Shelley y la ciencia de Víctor Frankenstein
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Tecleando historias ilógicas
   
 
     

E D I T O R I A L

En un librito aún inédito, un fino amigo describe lo que debió hacer para explicar a su pequeña hija lo que era un cómplice: “— Qué pregunta tan rara hija, déjame ver –dije vacilante. Y comenzó el reloj a avanzar, tic tac, tic tac, mientras yo esperaba que se me prendiera el foco. Pero nada... tic tac, tic tac… ¡Qué pregunta tan complicada! Pero algo tenía que decir ya que con sus ojitos me exigía una respuesta, y ¡zas!, de pronto se me ocurrió algo. —¿ Te acuerdas cuando fuiste con tu mamá a comprar mi regalo de mi cumpleaños y ella te pidió que no me lo dijeras? — Ajá, me acuerdo. —¿ Y te acuerdas que yo quería que me dijeras lo que era antes de que me lo dieran, y tú me dijiste que no lo harías porque era algo que te había confiado tu mamá y no podías decírmelo? — Si, porque mi mamá me dijo que no te dijera. — Ah, pues, eso es ser un cómplice, es decir, hacer algo con alguien comprometiéndote a no decirlo a los demás”. Y así continúa el diálogo. En El quinto día, de Frank Schätzing, otro libro caído en mis manos casi por accidente, leo un diálogo entre un sabio y una reportera: “— En mis publicaciones… — Ya he leído sus publicaciones, y no he entendido más de la mitad a pesar de que tengo formación científica.
Los artículos de divulgación tienen que entretener y estar redactados con un lenguaje que todo el mundo entienda. Bauer la miró ofendido. — A mí mis artículos me parecen perfectamente comprensibles. — Sí, a usted. Y a dos docenas de colegas suyos en todo el mundo. — Qué va. Si estudia el texto con atención… — No, doctor. Explíquemelo. — No puedo en este momento. Tengo que… — Hágame su cómplice. — Está bien. Trataré de mejorar”. En efecto, en el campo de la divulgación de la ciencia necesitamos cómplices. Si en el caso del primer libro se implica el silencio, en el segundo se habla de la necesidad de la comunicación. Como ya hemos dicho en muchos editoriales anteriores, el autor que quiere verdaderamente comunicar a todo el mundo los resultados de su trabajo, y no sólo a quienes comparten con él sus abstrusos conocimientos técnicos y científicos, debe hacer a todo el mundo cómplice de esos conocimientos, es decir, aclarar lo que significan de un modo tal que no haya duda de lo que quiere decir. Pero para hacerlo requiere descentrarse, o sea, dejar de pensar que todo el mundo sabe lo que él sabe, como acepta renuentemente el científico que Schätzing describe, y comenzar a ponerse en los zapatos de los lectores a los que quiere llegar.
Si estos son sus pares, otros científicos o especialistas como él, hará bien en olvidarse de la divulgación para siempre. Ya hemos contado en estas páginas el rechazo de un distinguido investigador cuando le propusimos escribir artículos de divulgación y no los especializados que acostumbraba: “Yo no escribo para escuincles de secundaria”, dijo terminantemente. Pero quizá lo decía porque era incapaz de poner “en cristiano” sus evidentes y muy reconocidos conocimientos especializados. Porque no es tarea fácil dejar de lado el lenguaje que nos exigen nuestros colegas a fin de comprendernos, para comenzar a utilizar otro, muy distinto y más extendido, que todos los demás manejamos con mayor o menos fluidez. Einstein pudo hacerlo en el ámbito de las altas matemáticas, pero también en el otro, el de todos los días. Por eso fue un gran científico. Pero no se necesita ser un Einstein para traducir los complejos términos científicos en otros más terrenales. Basta ese “ ponerse en los zapatos del otro” para que llevemos la ciencia a donde más se necesita en un país como el nuestro: al de los legos, esto es, al de que carecen de esos conocimientos. Sólo así podremos interesar a los estudiantes en la ciencia que tanto requerimos, y, de paso, eliminar los innumerables anaqueles repletos de pseudociencia que saturan nuestras librerías