Editorial
      Los temibles radicales libres
     
      ¿Qué son las feromonas?
     
     

La Homocisteína: predictor del riesgo cardiovascular

     
      Tuberculosis: nueva oleada de la peste blanca
     
      Catálogo de pescados y mariscos
     
      En el borde
     
      ¿Sabemos qué es el suelo y por qué se le debe cuidar?
     
      Ácidos Nucleicos Peptídicos: su implicación genética
     
      Corrosión: fenómeno natural, visible y desastroso
     
     

Microsensores de gas: detección de partículas

     
      Aprendizaje Móvil
     
    El problema de Hume en la filosofía de Karl Popper
     
    Instituciones de educación superior: ¿investigación y colaboración?
     
      ENTREVISTA
     
      Samuel Cruz Sánchez: constancia y disciplina, el mejor camino
     
      TRADUCCIÓN
     
      Proverbios y sentencias: la materia en movimiento
     
    RESEÑA
     
    Modernidad y estoicismo: Domme o el ensayo de ocupación
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Mary Shelley y la ciencia de Víctor Frankenstein
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      Tecleando historias ilógicas
   
 
     

Proverbios y sentencias : la materia en movimiento

Patrice van Eersel entrevista a Yves Coppens

Patrice Eersel: En uno de sus últimos libros, La rodilla de Lucy, marcan el compás cuatro proverbios venidos de cuatro culturas diferentes y escritos en su lengua original, ¿ está de acuerdo con que los utilicemos como trama para esta entrevista?

Yves Coppens: ¿Por qué no? ¡Adelante!

PE: Su primer proverbio viene de El Imperio de en medio, y dice: “Cuando ya no hay árboles, ya no hay simios”.

YC: Escuché esa frase por primera vez en boca de un joven chino que tenía un restaurancito en la rue des Carmes. Como me pareció formidable, le pedí que me la escribiera en su lengua. Su mujer lo ayudó, pero tenía dudas. Más adelante, como trabajo con frecuencia en Pekín, pude obtener el proverbio en su forma correcta. Si me gusta tanto, es porque ilustra una de las ideas a las que más me apego: pienso que es el Rift Valley del este africano, con su derrumbamiento y nacimiento de montañas, lo que originó la h u m a n i d a d . Hasta ahí llegaba la selva. Bruscamente, surgió un obstáculo geológico que impidió que la lluvia cayera más allá de cierta demarcación norte-sur. El África oriental vio menguar sus árboles gigantes, remplazados por la sabana. Fue probablemente para adaptarse a esa sabana, hace ocho millones de años, que apareció la rama de los prehumanos, que se erigieron sobre sus patas traseras. Hasta ahí é ramos simios, adaptados a la selva. La selva desapareció y nosotros nos volvimos, potencialmente, hombres.

PE: ¡Interpretación optimista! Un ecologista concluiría de ese proverbio chino que nadie puede existir si destruye su entrono...

YC: Es cierto que cuando uno entiende, por ejemplo, las interacciones entre biomas o entre especies, los protege mejor. Pero los hombres se las arreglan para adaptarse a cualquier situación.

PE: ¿Cómo nos adaptamos nosotros? ¿ No dice la teoría darwiniana de la evolución que al principio las mutaciones ocurrieron completamente por casualidad?

YC: No estoy seguro de ello. Hay un vaivén entre nuestros genes y el medio ambiente.

PE: ¿No creerá, como Lamarck en el siglo XIX, que si las jirafas tienen el cuello largo es a fuerza de querer ramonear en lo alto de los á rboles, y que eso lo transmitieron a su prole?

YC: Sin necesariamente erigirse contra Darwin, ni decir que Lamarck tenía razón, ahora disponemos, con la biología molecular, de una herramienta fabulosa que nos permite formular la hipótesis de que el medio ambiente modifica efectivamente el genoma –el medio ambiente se vuelve genético de algún modo. ¡Es tan notoria la adaptación! En el sur de Etiopía tuve la suerte de poder trabajar en un sitio extraordinario que, en un desnivel de mil metros, mostraba capas geológicas regulares que pasaban de menos de un millón de años en la superficie a menos d e cuatro millones en el fondo. Las capas profundas correspondían a lo que había sido un clima todavía bastante húmedo, que se secaba a medida que se remontaba. En cada nivel había centenas de especies admirablemente conservadas. Pues bien, esas se habían adaptado “ milagrosamente” a su medio. Ver allí un simple juego entre el azar y la necesidad me parecía tan insensato que sentí la necesidad de cavilar en otro tipo de explicación. Aún la busco, pero todo sucede como si el medio modelara el cariotipo...

PE: Sin embargo, hace no tanto tiempo – por ejemplo, cuando Jacques Monod estaba escribiendo El azar y la necesidad– eso ya se presentía (la influencia del medio sobre los genes) como una imposibilidad tan absoluta que hasta se había convertido en un dogma de la biología moderna.

YC: Todo eso ha evolucionado enormemente. Hay más genes que los que se imaginaban antes, con toda clase de categorías, de funciones, de especialidades... ¡Todavía estamos lejos de conocerlo todo! La inventiva de la vida es sorprendente... asociada a una inmensa rigidez – aquella que hace que el crío se parezca a sus padres. Constancia y elasticidad: esas son las dos caras de la vida. La generación de mis maestros decía: “Se necesita mucha imaginación para ser riguroso”. Es lindo. Podríamos aplicar eso a la vida misma. PE: Hablando de medio ambiente y de evolución, ¿qué nos espera, según usted?, ¿un calentamiento global o un enfriamiento? YC: Normalmente, deberíamos entrar en una zona de enfriamiento. Desde hace un millón de años los ciclos glaciares tienen una formidable regularidad: aproximadamente cien mil años. Actualmente, estamos en un periodo interglaciar y nos dirigimos, en principio, hacia tiempos más fríos. No obstante, el efecto invernadero y el calentamiento planetario debidos a las actividades tecnosféricas pueden muy bien contrariar la tendencia natural. Es apasionante mirar eso muy de cerca. PE: Su segundo “proverbio” es de hecho un verso de La Odisea de Homero: “Ayúdame, musa, a cantar al Hombre de las mil astucias”.

YC: Íbamos en barco, cuando un amigo escritor y poeta, Jacques Lacarrière, me recitó ese verso, antes de escribírmelo en griego, de lo cual yo soy desgraciadamente incapaz. Me vi allí, yo que, de paleontólogo, fui poco a poco convirtiéndome en paleoantropólogo. No ceso en efecto de cantar el hombre, su advenimiento, su evolución. Soy un humanista. Un humanista optimista. Incluso si a veces la humanidad se imagina libre de todo y se vuelve irresponsable, hasta ahora hemos enderezado los resbalones. Los humanos se saben, en el fondo, responsables. Así pues, cantar el hombre es algo que me queda, ¡aunque no estoy seguro de alcanzar siempre el tono!

PE: Concretamente, ¿cómo se manifiesta eso?

YC: Me gusta mucho la gente en general. Me siento verdaderamente ciudadano del mundo. Por eso es que no tengo problemas en conferencias ni cursos: mis alumnos, o mis oyentes, deben sentir que los quiero.

PE: Homero precisa: “El hombre de las mil astucias”. ¿No le parece que la astucia y la responsabilidad de la humanidad son tales que deberían darle derecho a llamarse “reino” y no solamente “ especie”? (con el riesgo de herir a los ecologistas antijudeocristianos, que ven en el Génesis la fuente de todos nuestros males, pues estiman que no valemos más que cualquier otra especie animal).

YC: Me inclinaría a darle la razón, aunque con algunas acotaciones. De entrada, me sorprende que el hombre se caracterice por el hecho de ser el receptáculo de una materia pensante. El universo está lleno de una materia que se dice inerte –aunque no lo sea tanto– y que se volvió viviente sobre el planeta Tierra. En el seno de la materia viviente apareció la materia pensante. Que llamemos a esta última “ reino” me parece bien. Segunda observación: la materia pensante se define sobre todo a través de la paradoja de la libertad y la responsabilidad: es curioso ser a la vez libre y responsable de las elecciones que continuamente hacemos. Sueño con encontrar una palabra especial para expresar ese extraño ensamblaje (les pedí a amigos africanos que inventaran esa palabra, pues son muy buenos para eso). La paradoja es que un niño al que se dejara “libre”, sin educación, instrucción ni norma carecería incluso de instinto y se vería extremadamente fragilizado. Esta fragilidad es el precio de nuestra libertad. Aquel que crece sin norma alguna está condenado. De cualquier modo, es imposible y estúpido decir –como algunas modas lo han querido– que el hombre es un simio, un animal. Al fabricar herramientas, nuestros antecesores crearon súbitamente, en medio del entrono natural, un medio cultural totalmente inédito, y éste se puso a retroactuar sobre la biología humana; es la famosa anilla mano-cerebro- boca. El hombre no puede entonces, de ningún modo, colocarse en la misma categoría que los animales. Entre nuestro cuerpo y la naturaleza surgió la pantalla de la cultura, y eso cambia todo. Un día le dije a mi amigo Jean Louis Etienne: “Hasta el Polo Norte, ¡qué frío debes haber tenido!”. Él me contestó: “Para nada: iba vestido”. Aunque haya tenido frío, logró esta experiencia increíble gracias a la cultura, es decir, gracias a las ideas. Saque de su jungla tropical a un Homo habilis de hace millón y medio de años y póngalo en el Polo Norte. Se muere. Un Homo sapiens, no obstante mucho menos robusto, logra adaptarse a todos los extremos gracias a su cultura.

PE: Su tercer proverbio es senegalés, y dice: “Cuando ya no sabes a dónde vas, vuélvete y mira de dónde vienes”.

YC: Todo el mundo está de acuerdo en que no se puede vivir sin raíces. Dondequiera que se vaya, en el momento en que se hace un amigo, éste le contará sus orígenes; a los ciudadanos de los países jóvenes les encanta –por ejemplo a los norteamericanos, que adoran peregrinar en los países de sus antepasados europeos. De hecho, se sabe que algunas enfermedades psiquiátricas se deben al olvido de las raíces; su cura pasa por el retorno de la memoria. Para un deprimido, volverse hacia su origen puede darle un nuevo impulso. Por ahí defiendo la legitimidad de mi oficio. Tenemos, en efecto, que la paleontología o la paleoantropología son consideradas disciplinas gratuitas, inútiles y elucubradoras. Me parece, por el contrario, que esta exploración del pasado –y las luces que arroja sobre nuestro pasado común desde hace tres millones de años– compone un conjunto de marcas de una gran importancia. El público se da cuenta; es algo que muchas veces he constatado. Por ejemplo, cuando organicé una exposición sobre la alimentación a través de los milenios en el Museo del Hombre, al menos cinco mil visitantes dejaron un mensaje en el Libro de Oro, la mayoría agradeciendo que esta mano tendida a la historia de la vida, según decían, los hubiera reconfortado. Incluso si, personalmente, no estoy totalmente convencido de que haya un crecimiento dramático de la “crisis”, incontestablemente atravesamos un periodo de disturbios, de incertidumbres, en donde las religiones desempeñan cada vez menos su papel tranquilizante y donde la mayoría de la gente tiende a volverse hacia los científicos. No somos párrocos. Nada nos ha preparado para eso. Sólo podemos atestiguar lo que creemos ver y oír. Si eso tranquiliza a nuestros contemporáneos, tanto mejor; eso nos anima a seguir adelante.

PE: A la paleontóloga Anne Dambricourt- Malassé le gusta recordar que el mundo, desde sus comienzos, siempre ha evolucionado en ciclos de rememorización-integración-innovación; esto es, que se necesita haber comprendido bien las etapas precedentes para poder darse el lujo de inventar una nueva.

YC: Cada uno de nosotros es una r e c o n stitución completa del universo. Lo digo cada vez que puedo, sobre todo a los jóvenes: Tomen un microscopio y miren su propia piel. Si el aparato es potente, van a poder ver los núcleos de los átomos que existen desde el principio del universo, o los átomos nacidos en el corazón de las estrel las. Con un microscopio un poco menos caro, podrán penetrar al interior de su ADN, una molécula aparecida hace al menos cuatro mil millones de años. Más cerca de nosotros, basta con una lupa binocular para ver todas las formas vi vas que aparecieron después. Si se toman una radiografía, van a ver su columna vertebral, una estructura que tiene quinientos millones años, o los pulmones, de cuatrocientos millones. Si se pasan la mano sobre la piel, el fino vello ya festejó su aniversario número doscientos millones. Y si tienen clavículas, no fueron hechas para abrazar a la enamorada, sino para trepar a los árboles, lo que fue una iniciat iva formidable de hace setenta millones de años. U observen sus pies, el dedo gordo paralelo a los otros: una invención reciente de apenas cuatro millones, etcétera.

PE: A cada etapa de la evolución, a cada fin de ciclo de recapitulación, una novedad totalmente inédita aparece. ¿Tiene usted la impresión de que hoy día la cultura humana inventa verdaderamente algo nuevo?

YC: Dije lo que pensaba de eso en mi discurso de ingreso al Collège de France (fíjese, ese colegio fue fundado en 1530 por Francisco I, que veía a los italianos en plena creatividad, mientras que la Sorbona, enganchada en sus hábitos medievales, no avanzaba). El siglo XX no simplemente se caracterizó por un avance considerable del conocimiento y de las tecnologías: por primera vez en la historia nos beneficiamos del conocimiento de las demás culturas, o sea, del conocimiento de millones de seres humanos que vivieron antes que nosotros desde hace tres millones de años (gracias a la datación, sabemos ahora que en ese lapso la Tierra vio vivir a cerca de cien mil millones de hombres, repartidos en doscientas mil generaciones). Impartí un curso sobre ese tema, basado en una idea simple: les llevé a mis alumnos los equivalentes de la revista La Semana de París, comprados en todas las ciudades del mundo por las que pasaba. ¿Qué se veía ahí? En Moscú, por ejemplo, una exposición sobre arte inca, diversas conferencias sobre las pirámides de Egipto, y otras sobre la cultura papú. Como si una inmensa tela se tejiera a través del espacio y el tiempo entre todas las culturas. De cierta manera, la moda y el arte surgen de esa trama. Mire cómo Picasso se instruyó en el arte rupestre y lo aprovechó en su cerámica, por ejemplo. O cómo algunos grandes diseñadores se si rven de los drapeados indios y de las telas africanas... Entonces, para responder a su pregunta, creo que actualmente estamos implicados en un fantástico salto al frente. Una especie de Renacimiento. Estamos viviendo un nuevo humanismo. Pero como tenemos la nariz en el manubrio, no vemos muy bien lo que sucede. Y, por supuesto, tendemos a preocuparnos por las fiebres que acompañan eventualmente el proceso...

PE: Su cuarto y último proverbio es judío, puesto que fue sacado del Deuteronomio. Dice: “Recuerda los días pasados, cavila las crónicas de generación en generación. Interroga a tu padre, é l te contará, interroga a los ancianos, ellos te dirán”. ¿Qué diferencia hay con la “mirada atrás” del proverbio senegalés?

YC: Lo que recordaba era esta expresión, que se encuentra por todos lados en los textos hebreos: “de generación en generación”. Esta idea de conservación no puede sino gustar a un paleontoantropólogo cuya obsesión es, en general, buscar las filiaciones. Para redactar el mínimo artículo, en este oficio debemos hacer un árbol filético, que es en realidad un árbol genealógico. Eso modela cualquier forma de espíritu. Para alguien que no lo acostumbra, eso debe ser extraño. Yo miro un simple pedazo de hueso y, sin siquiera darme cuenta, de manera inconsciente, trataré de decir de dónde viene y a dónde va, a expresarme en términos de morfología evolutiva, de morfología móvil; es decir, que a través de ese objeto que parece estable yo veo toda una transformación: este hueso no flota en el vacío. ¿Por qué es así? Porque debe venir de una forma como ésta y ensamblarse en una forma como aquella. Esta especie de juego constituye una parte importante de mi actividad como investigador, al menos un tercio; o más aún si soy un joven investigador de quien sus mayores esperan hallazgos para formular nuevas hipótesis y ponerse al día.

PE: ¿Diría usted que existe una buena cadena de transmisión entre seniors y juniors en su particular disciplina?

YC: Sí, al menos en lo que a mi concierne, en todo caso. Los jóvenes investigadores me aportan mucho. Permanezco al día gracias a ellos. Por ejemplo, quizá no habría metido por mí mismo la nariz en las imágenes en tercera dimensión ni en algunos de los nuevos problemas matemáticos si los jóvenes no me hubiesen fastidiado con ello. Me gusta entender también para poderlos ayudar; si no, dejo mi función de padrinazgo. O sea, es una punzada en los riñones, pero es estimulante y adoro eso.

PE: Hace un momento evocaba los trabajos de la joven paleontoantropóloga Anne Dambicourt-Malassé, quien salió en la portada de La Recherche, en 1997, con su estudio sobre deformaciones craneofaciales, en donde revela insólitas constantes a lo largo de cincuenta millones de años, lo cual no encaja en el esquema darwiniano oficial, y dio mucho de qué hablar. A grandes rasgos, señaló una lógica evolutiva “ interna”, que tendría su inteligencia propia, independiente del entorno. ¿Diría usted que ella también estimula su investigación?

YC: Por supuesto. Incluso invité a Anne a exponer en mi clase. Me agrada esta mujer. Merece ser escuchada. Me parece que se ha topado con mucha hostilidad (yo estoy rodeado de jóvenes que la molestan, que la contradicen, no siempre de manera apropiada ni elegante). No obstante, lo que dice es sincero y su discurso es de gran calidad; no hay pues ninguna razón para atacarla de ese modo. Por mi parte, tengo una excelente relación con ella y con frecuencia nos escribimos. Estoy seguro de que de vez en cuando se excede, en particular al enganchar de manera demasiado directa sus trabajos a sus ideas confesionales, lo que es asunto suyo, pero bruscamente pierde un poco del rigor que a uno le gustar ía que tuviese. Pero el movimiento que describe es una realidad, no hay que taparse los ojos. Es plenamente apasionante descubrir movimientos evolutivos que no se habían tomado en cuenta, movimientos que ocurren contra viento y marea. Por supuesto, el entorno desempeña un papel esencial en la orientación evolutiva, en su aceleración y en su desaceleración. Pero también existe una presión interna. Yo me doy cuenta de otra manera... Al cabo de milenios, el hombre extendió su territorio de África oriental a toda África primeramente, luego a toda Euráfrica, antes de quedar atrapado en Europa por los glaciares, y en Indonesia por el mar, mar que asciende o desciende en función de los glaciares que se funden y se reforman de manera cíclica. En Europa y en Indonesia se establecen así dos formas humanas insulares, que se desarrollan cada una por su lado (completamente fuera del gran movimiento que va a hacer al “hombre moderno” en África y en Asia). Pues bien, a pesar de su incontestable aislamiento, ambas formas –el hombre de Neandertal y el hombre de Java– desarrollarán su encéfalo de modo similar, como si hubiese una presión, un motor activado desde mucho tiempo atrás, que empujara al encéfalo a desarrollarse hasta nuestra forma actual – y hacia formas futuras–, independientemente del contexto y de los flujos génicos.

PE: ¿Como si la humanidad no fuese aleatoria, sino que constituyera un estado ineluctable de la materia? Al final de L a rodilla de Lucy usted cita textos muy libres, a veces muy graciosos, canciones, sainetes de artistas que se inspiraron en sus trabajos y en Lucy. En uno de ellos, André Chedid ahoga a Lucy para impedir que aparezca la humanidad y que destruya al planeta. Podemos pensar que matar a Lucy no serviría de nada, porque la humanidad resurgiría forzosamente en algún lado, dado este impulso inexorable que parece habitar la naturaleza misma de la materia animada.

YC: Pues claro, ¿qué otra cosa dicen los astrofísicos y los paleontólogos más actuales? En esta especie de movimiento hacia una materia cada vez más compleja, cada vez más organizada, atravesamos innumerables vicisitudes, pero el impulso permanece.

PE: ¿Este “impulso” es lo que nos hizo erguirnos verticalmente?

YC: No es algo evidente. Pienso que Anne Dambricourt se equivoca cuando dice que el hombre se habría erguido de cualquier modo, incluso en la selva. No lo creo. El entorno puede permitirse el lujo de retardar la evolución, de detenerla, de hacerla recomenzar. Cuando tratamos de entender por qué el hombre se irguió, nos damos cuenta primeramente que esta vía fue adoptada muy rápido; de ahí sin duda el hecho de que nuestra columna vertebral tenga tantos problemas: ¿quién de nosotros no ha tenido dolor de espalda al menos de vez en cuando? Nuestro sistema circulatorio también recibió el choque de la incorporación vertical, porque un corazón encaramado tan alto tiene que funcionar con una fuerza demente para hacer que suba la sangre desde los pies (y eso causa várices, hemorroides y otras delicias del mismo tipo). Otro ejemplo: se dice que la mujer tiene una vagina bien orientada –lo cual es excelente–, pero el ú tero no entendió nada y se quedó en la posición en que la tienen los cuadrúpedos. Dicho de otro modo, todo parece confirmar que la incorporación vertical del cuerpo humano se hizo en un santiamén, casi con urgencia, y que el resultado fue un poco al trancazo.

PE: ¿Piensa usted que hubiésemos podido adquirir nuestros grandes cerebros sin erguirnos? ¿No están unidos ambos fenómenos?

YC: No, no lo sé. Pero seguramente hay algo de los dos. Con frecuencia le recuerdo a Anne Dambricuourt que, según la terminología de Darwin, el entorno selecciona. ¡Pero para eso hace falta que haya algo que seleccionar! Desde ese punto de vista, el impulso hacia lo “cada vez más complejo” ejerce evidentemente un papel crucial.

PE: Llegada a cierto nivel, esta complejidad se vuelve eso que llamamos conciencia. Como paleontólogo, ¿puede aventurarse a decir algo acerca de la conciencia de nuestros antepasados?

YC: Hay que quedar se en lo concreto. ¿De qué disponemos? De piedras talladas, de instrumentos. Es a la vez poco y mucho. Fabricar un instrumento de manera deliberada, escoger un prototipo para una función determinada, saber reproducirlo, reconocer pues la forma que se ha descubierto y que se adapta bien a su función, todo eso corresponde forzosamente a cierto grado de conciencia. No obstante, la aparición de esta conciencia, de esta materia a la que llamo pensante –y que usted puede llamar “reino humano” si quiere– se produjo hace entre 2.5 y 3.5 millones de años. Es un poco amplio como margen; profesionalmente no puedo ofrecer uno mejor, ¡es mi última oferta!; aunque eso sirve para situar las cosas: no se produjo hace quinientos mil años, ni hace diez millones de años. Algo sucedió en el margen dado...

PE: Algunos aquí, como Anne Dambricourt, que no por nada es secretaria de la Fundación Teilhard de Chardin, hablan de una “flecha que se interroga sobre sí misma”, con una evidente connotación espiritual.

YC: Cuando hablo de “materia pensante”, hay en efecto la idea del mundo que se vuelve sobre sí mismo. Pero si se introduce la idea de una intención, de una convergencia intencional (por ejemplo hacia un punto omega, como en la teoría teilhardiana), yo ya no puedo seguir, porque atravesamos el umbral de la descripción del mundo para entrar en una visión espiritual. Tener una fe religiosa, proponer un modelo metafísico, eso ya no incumbe a lo científico. Dicho esto, la faceta espiritual del hombre es de suyo una realidad que la ciencia puede muy bien constatar. Por ejemplo, la emoción ligada a la desaparición de un ser querido, la unicidad de cada uno y el misterio de la muerte son un verdadero problema. Los biólogos dicen: “La muerte forma parte de la vida”, ¡ pero eso no arregla nada!

PE: La ciencia del siglo XIX creía poder descifrar todo y se oponía a la espiritualidad (con frecuencia es esta misma ciencia la que reina sobre nuestros espíritus). La verdadera novedad científica del siglo XX fue iluminar al mundo de manera que todas las grandes interrogantes metafísicas se encuentran dispuestas sobre la mesa, aunque sin respuesta, o sin una respuesta ú nica.

YC: Vivimos en una sociedad que arremete literalmente contra sus científicos para hacerles preguntas metafísicas que son absolutamente incapaces de responder, o no más aptos que un tendero o un campesino. El sentido de la vida es una cuestión demasiado importante para ser confiada a un grupo de expertos. Sería una abominación que la gestión del mundo la hiciesen los científicos. ¡No estamos mejor armados para el lo que para ser pár rocos! Cuando la gente se vol tea hacia nosotros para preguntarnos: “¿Qué piensa del futuro del hombre?”, ¿qué otra cosa puedo contestar sino cosas amables?

Traducción de Maliyel Beverido