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¿Sabemos qué es el suelo y por qué se le debe cuidar?

Liliana Lara Capistrán, Ramón Zulueta Rodríguez ,
Dora Trejo Aguilar, Héctor López Moctezuma y
César E. Moreira Arana

¿Acaso estamos bien informados y realmente sabemos qué es el suelo y por qué se le debe cuidar? Si bien por lo general se le considera como el escenario de la corteza terrestre donde se obtiene nuestro sustento a través de la agricultura, resulta necesario recordar que el suelo es un recurso natural renovable que sirve de soporte a las plantas y les proporciona los elementos nutritivos que necesitan para su apropiado crecimiento y desarrollo. Sin embargo, la deforestación influye de modo indeseable sobre los procesos físicos, químicos y biológicos del suelo, a tal grado que su impacto sobre los ciclos naturales que garantizan la perpetuidad de los ecosistemas hace que se vean seriamente amenazados por el desequilibrio ambiental que, de una u otra forma, repercute en el cambio climático global, en la pérdida de la biodiversidad (especies vegetales y animales que año tras año entran en fase de extinción) y en la erosión continua de los paisajes en todo el mundo. La monumental y sistemática destrucción de bosques y selvas directa o indirectamente llegará a repercutir en la calidad de vida de todos los pobladores que habitamos este planeta, sobre todo porque las masas arbóreas son una parte inseparable de los sistemas de aprovechamiento de la tierra y tienen una innegable interrelación con la producción de alimentos y la generación de otros satisfactores.

Aunque a mediados del siglo pasado se planteó la llamada “ Revolución Verde” como la única alternativa tecnológica que mitigaría la escasez de alimentos y resolvería el problema del hambre, lo cierto es que desde entonces son graves y cuantiosos los impactos negativos, cuyas consecuencias actuales y futuras no sólo son cuantificables en términos sociales y ambientales, sino también por los efectos económicos que por desgracia este modelo productivo nos heredó. Lo señalado obedeció a que se supuso que la mecanización extensiva y la siembra de semillas milagrosas diseñadas en laboratorios y centros de investigación traerían consigo fabulosos incrementos en las cosechas, siempre y cuando se les acompañase de toda una gama de fertilizantes, herbicidas y plaguicidas cuyo uso desmedido ha sido el causante de la degradación del suelo, del paulatino envenenamiento de nuestro planeta y de la muerte de miles de campesinos que se han contaminado al manipular agrotóxicos. Otro efecto derivado de la modernización del campo se refiere a la pésima calidad de numerosos alimentos en los que se han detectado residuos de sustancias nocivas capaces de propiciar diversas enfermedades crónicas y degenerativas en el consumidor, algunas de las cuales se han logrado documentar para entablar demandas millonarias en contra de las compañías que producen y comercializan plaguicidas prohibidos en más de veinte países debido a su alta persistencia y residualidad (por ejemplo, DDT, endrín y fumazone o nemagón, entre otros), así como por los daños colaterales e irreparables que de su uso se derivan.

Con lo apuntado hasta ahora, puede resultar más claro cómo es que el progreso tecnológico y el acelerado crecimiento demográfico tienden a producir una alteración de nuestro entorno y a atentar contra el equilibrio ecológico del planeta. Asimismo, y aunque pudiera pensarse que entre estos factores hay una incompatibilidad absoluta, en realidad el hombre debe ser capaz de armonizarlos, para lo cual tendrá que proteger tanto a sus recursos naturales renovables (entre los que precisamente se encuentra el suelo), como a los no renovables, y tomar conciencia de que un ambiente sin contaminantes es fundamental para mantener y mejorar su bienestar. En este caso, solamente se abordarán algunos aspectos relacionados con el cuidado y la recuperación del suelo, por considerar que este es una unidad física para la producción que nos ofrece su riqueza y que es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades a corto, mediano y largo plazo a través del acertado manejo de los distintos sistemas agropecuarios y forestales que se diseñen para nejorar la productividad.

El suelo y toda la materia viva que hay en é l constituyen un sistema autorregulado del cual depende su fertilidad. Y es precisamente en este á mbito donde los microorganismos (hongos, bacterias, actinomicetos, nematodos, algas, protozoarios y otros) cumplen una función que es vital para el buen funcionamiento de los ecosistemas naturales. Su actividad es fundamental para asegurar el aprovechamiento de los bienes y servicios que provienen de la naturaleza, y que definitivamente son insustituibles para conseguir la sostenibilidad en nuestros agroecosistemas. Por tal motivo, el uso adecuado de recursos tales como á rboles, animales, cultivos, agua, mano de obra, herramientas y capital conllevan el mejoramiento y la conservación de las características estructurales del suelo que todo agricultor desea. Pero ¿ sabes por qué es beneficioso mantener la estructura de un s u e l o ? De hecho, la estructura del suelo es con frecuencia más importante que la textura debido a que la consistencia y la agregación de las partículas (Cuadro 1) determinan la proporción con que el agua y el aire pueden atravesar sus diferentes capas (llamadas “ horizontes”) y el grado en que estos elementos pueden ser retenidos en sus poros.

Al mismo tiempo, la penetración de las raíces, su anclaje y el drenaje dependen también de la estructura de aquél. Así, y aunque la mitad de la capa superior y cultivable de un suelo (los primeros 30 o 40 centímetros) está constituida por materiales sólidos (45% de partículas minerales y 5% de materias orgánicas), agua (25%) y aire (25%), todos estos componentes se encuentran subdivididos y mezclados de tal forma que los microporos o poros de almacenamiento, que retienen el agua que absorben las plantas, y los macroporos o poros de transmisión, que proporcionan aireación y quedan entre las partículas sólidas, son fundamentales para que el sistema radical de las plantas se desarrolle con toda normalidad. La estructura del suelo es una propiedad que puede modificarse para mejorar sus condiciones y obtener así un crecimiento y desarrollo óptimo de la planta, sobre todo porque en la agregación de las partículas la función de los microorganismos es crucial, tal y como lo han demostrado infinidad de reportes especializados.

En consecuencia, si lo que se pretende es mantener la estabilidad de los agregados para que circule el aire, el agua y los nutrimentos en el suelo, bien vale la pena incorporar rastrojos, compuestos de desechos de las lombrices (“lombricompuestos”) o abonos verdes que incrementan la actividad microbiana, o implementar una secuencia rotativa de los cultivos en una parcela para que en ambos casos se desencadene una serie de procesos que dan lugar a la formación de micro y macroagregados cuya función generalmente tiende a generar suelos estructurados.

Grupo textural Clases texturales Textura fina Textura moderadamente fina Franco arcilloso arenoso Textura media Textura gruesa Textura muy gruesa Arcilla, Arcilla limosa, Arcilla arenosa Francoarcillo-limoso, Franco arcillosa

Franca, Franco limoso, Limo Franco arenosa, Arena franca Arena

Grupo textural

Clases texturales

Textura fina
Textura moderadamente fina
Franco arcilloso arenoso
Textura media
Textura gruesa
Textura muy gruesa

Arcilla, Arcilla limosa, Arcilla arenosa
Francoarcillo-limoso, Franco arcillosa

Franca, Franco limoso, Limo
Franco arenosa, Arena franca
Arena

Cuadro 1. Tipos de texturas del suelo (tomado de León, 1991).

 

Sin embargo, el riesgo de que un suelo pierda todas sus cual idades agronómicas deseables es cada día mayor ya que a menudo la pérdida de la fertilidad y las causas de su deterioro se originan a partir del inadecuado uso y manejo que el hombre da a los componentes en los sistemas agroproductivos que diseña. Uno de los aspectos que distinguen a la agricultura tradicional de la tecnificada es que en la primera casi siempre se ha procurado garantizar la conservación y el aprovechamiento de los recursos en favor del hombre, mientras que en la segunda se exigen cuant iosos recursos económicos y energéticos que se traducen en una explotación intensiva, agresiva e irracional de la naturaleza, sin tomar en cuenta los efectos físicos, biológicos, ambientales y socioculturales, cuyas repercusiones en la erosión y en la contaminación del agua, el aire y el suelo llegan a ser c r u c i a l e s .

En cuanto a la erosión y pérdida de la capacidad productiva de las tierras se refiere, resulta pertinente apuntar que si bien la aparición de una capa de suelo de un centímetro de espesor llega a demorar hasta 500 años en formarse, puede desaparecer en menos de una década debido a que el desmonte de terrenos no agrícolas promueve el roce del agua (erosión hídrica) o del viento (erosión eólica), y más tarde o más temprano provocan su pérdida progresiva hasta que se aprecia la constante improductividad en las cosechas. De esta manera, el manejo excesivo e inadecuado de los componentes agronómicos (suelo, plantas cultivadas e insumos) es lo que produce más contaminación en el agua subterránea y la de superficie en los países industrializados y en desarrollo, ya que en prácticamente todos ellos se utiliza riego y se aplica una gran cantidad de fertilizantes inorgánicos y plaguicidas (por ejemplo, insecticidas, herbicidas y fungicidas) , que en muchas ocasiones son cancerígenos y afectan al ser humano y a muchas formas de vida silvestre. De igual forma, la presencia excesiva de nutrimentos, salinidad, agentes patógenos y sedimentos a menudo suelen dejar inservible al agua que vuelve a los ríos y arroyos para cualquier otro uso posterior, a menos de que se le trate –casi siempre con un elevado costo– en instalaciones depuradoras de agua. Las actividades agropecuarias también son una fuente de contaminación del aire debido al amoníaco que vierten en el ambiente: cerca de 40% de las emisiones globales se relacionan con las excretas del ganado, 16% con los fertilizantes minerales y 18% con la combustión de biomasa y residuos de los cultivos (que implican compuestos como dióxido de carbono, óxido nitroso y partículas de humo).

Además, el amoníaco es un componente de la lluvia ácida que daña los á rboles, acidifica los suelos, los lagos y los ríos, y perjudica la biodiversidad. Si bien es cierto que se utilizan agroquímicos en la agricultura para el mejoramiento de las cosechas, la producción más eficiente de alimentos y la erradicación de plagas y epidemias, también lo es que tienen efectos contraproducentes al afectar las cualidades del suelo, alterar su ciclo natural y conducir a su paulatina degradación.

En consecuencia, muchas de las medidas que en un momento dado podrían reducir la erosión del suelo y la consecuente inseguridad alimentaría dependen de la selección de tecnologías y la adopción de prácticas agronómicas que aseguren la estabilidad y uso más eficiente de los recursos disponibles en un medio agrícola, tal y como sugiere la evolución e incuestionable sostenibilidad de los sistemas agroecológicos.

Para el lector interesado

FAO (2002). Agricultura mundial: Hacia los años 2015/2030 ( I n f o r m e resumido). Roma: FAO. López, F.R. (1991). La degradación y pérdida de los suelos agrícolas. Mérida (Venezuela): CIDIAT. León A., R. (1991). Nueva edafología. Regiones tropicales y áreas tem - pladas de México (2ª ed.). México: Distribuidora Fontamara. Zulueta R., R., Vázquez T., V. y Hernández Q., A. (1995) (Eds.). Memorias del Primer Curso-Taller sobre Agricultura Orgánica. Xalapa: Facultad de Ciencias Agrícolas de la Universidad Veracruzana.