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Tecleando historias ilógicas

Leticia Garibay y Heriberto G. Contreras

Qué curioso, pero así fue: leyendo la novela de Paulo Cohelo Verónica quiere morir durante una travesía sobre el Atlántico, encontramos en el texto algo que nos remontó a la infancia, cuando nos preguntábamos siempre al jugar con la máquina de escribir de la abuela por qué el teclado era tan disperso según nuestra perspect iva, pues al t ratar de usar todos los deditos en aquel entonces (del mismo modo en que veíamos que la abuela lo hacía: gran maestría y sin ver el teclado) las letras en línea recta o en forma seguida de manera diagonal, tal como aparecen en el teclado, carecían al parecer de significado o de secuencia lógica.

Así pues, si se emplean los cinco dedos de la mano izquierda de forma seguida en la línea superior,o se escribe “qwerty”; mientras que con la mano derecha lo más que podremos conseguir anotar es “poiu”. Con la segunda y tercera la situación es la misma: “Asdfg”, “ñlkjh”, “zxcvb” y “ -.,mn”. Así, por más que lo intentábamos, era sin embargo muy complicado aprender el orden. Pero si horizontalmente no existe una secuencia lógica, el panorama tampoco es distinto de forma vertical; de abajo hacia arriba en el extremo izquierdo, por ejemplo tenemos: “zaq” o “ xsw”, “cde”… En fin, así se puede recorrer todo el teclado.

Como casi todas las cosas en este mundo, la máquina de escribir es uno de los miles de inventos que tiene una historia y un origen. Ahora bien, el teclado que hoy conocemos –sobre todo en las computadoras– se desarrolló en primera instancia para las máquinas de escribir, hoy casi en el desuso.

En los albores de 1714, la reina Ana, de la Gran Bretaña, otorgó la primera patente de un aparato que escribía caracteres automáticamente a Henry Mill. Sin embargo, aunque de construcción artesanal y sin gran repercusión en su época, Guiuseppe Ravizza inventó en 1855 un aparato que se podría considerar como el verdadero precursor de la máquina de escribir. Fue en el año de 1873, en los Estados Unidos, cuando se empezó a fabricar una serie de máquinas de escribir inventadas por Christopher Lathan Sholers y comercializadas en aquel entonces con la marca Remington. Eran unos aparatos rudimentarios que se montaban sobre una mesa de máquina de coser accionada por un pedal. Cuando una letra era pulsada en el teclado, se movía un diminuto martillo mecánico, que a su vez golpeaba el papel a través de una cinta especial que contenía la tinta, de tal manera que al escribir con varios de los dedos, los martillos se atoraban sin volver rápidamente a su lugar, y así unos a otros se atascaban constantemente, lo que impedía su acción.

Ante esto, el inventor decidió complicar al máximo la disposición de las letras en el teclado, intentando que no fuera lógico, a diferencia del original, que había tenido un orden alfabético. Y según cuenta la historia, una de las razones del peculiar “orden” del teclado es que se trató de evitar que los pares de letras del abecedario quedaran juntas para evitar que se obstruyeran las teclas a la hora de golpearlas, no pudiéndose imprimir en el papel tras el previo paso de la cinta. Como ejemplo tenemos la “a” y la “b”, las cuales, al estar juntas y oprimirse con la misma mano, terminaban por atascarse. Y así la distribución de las letras en el teclado hizo que las combinaciones silábicas más frecuentes debieran teclearse con el mismo dedo, y que la mano derecha se encargara del 40% del teclado y la izquierda del 60% restante.

Cabe hacer una reflexión: no obstante que nueve de cada diez personas somos diestras cuando escribimos manualmente, con un teclado de los actuales utilizamos ambas manos; de acuerdo al razonamiento descrito, parece ser que al usar el teclado la mano izquierda supera al uso de la derecha.

En cuanto a todo esto, hallamos algunas particularidades en los distintos idiomas. En el inglés, con una sola fila (la superior) se puede escribir “typewriter” (máquina de escribir), aunque, claro, empleando las dos manos; sin embargo, existen palabras que se pueden escribir con una sola mano, como “monopoly” (monopolio). En el alemán vemos la palabra “stewardesses” (azafatas), que curiosamente también se escribe con una sola mano. Más curioso aún resulta que este teclado hace que la lectura de lo que se va escribiendo sea más lenta, por lo que en el año de 1889 el propio Letham Sholes patentó un nuevo teclado, mismo que no fue aceptado.

Años más tarde, entre las décadas de 1920 y 1930, el problema del teclado QWERTY, hecho, según apuntaban, para frenar la producción eficiente de los mecanógrafos de la época, fue analizado ergonómicamente, y así August Dvorak y William Dealey rediseñaron un teclado que fuera más productivo. El teclado Dvorak trató de lograr que se usaran ambas manos alternadamente en un 50% con las cinco vocales y consonantes más usadas que estuvieran por debajo de la posición natural de los dedos; así se lograría que los mecanógrafos escribieran más rápido y se evitaran padecimientos como el llamado túnel carpiano y la tendinitis.

Pero curiosamente –y no obstante de la posible eficiencia del nuevo teclado propuesto– el diseño QWERTY obedece a una tradición cultural en la escritura actual, y si bien hay máquinas con teclados duales QWERTY y Dvorak, el teclado tradicional diseñado por Sholes se sigue utilizando. Está claro que el teclado actual proviene quizás de los primeros ábacos que se empleaban allá en el Lejano Oriente, pero lo que era un conjunto de letras, signos numéricos y ortográficos que de manera mecánica se accionaban para escribir un texto o realizar una operación matemática –como en las sumadoras–, hoy son caracteres digitales que se transforman fácilmente en las computadoras o dispositivos como los que despliegan clave Morse.

Existen en la actualidad varios tipos de teclados según las marcas, diseños y usos de las computadoras; algunos varían en sus letras de acuerdo al idioma, otros cambian la función al accionar un comando, y hay incluso teclas denominadas de función, alfanuméricas, de edición o de bloque numérico, entre las más conocidas. Y también hay teclados XT o AT con diversas cantidades de teclas, y el denominado teclado expandido, que contiene 101 ó 102. Los hay también ergonómicos, multimedia e inalámbricos. Hoy en día los teclados sustituyen casi totalmente nuestra capacidad de escribir las letras y las palabras de manera manual y continua, con lápiz o lapicero, de tal forma que parece que lo hacemos con más velocidad cuando golpeamos con los dedos esos cuadritos de pasta o plástico en el teclado (los que había antes de que hubiera máquinas de escribir eléctricas eran muy duros). Habremos de ver si en el futuro, al ritmo que avanzamos, las generaciones próximas tendrán que aprender primero el orden “qwerty” de las primeras cinco letras de la línea superior del teclado, antes que recordar el famoso “abcde…” del abecedario, aunque esto nos pueda parecer ilógico.

Con información de Santiago Bustelo, W i k i p e d i a, educar.org y Cablenet.