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En el borde

Sandra Eunice Martínez Garza y
Gilberto Silva López

Cuando se corta un bosque, rara vez se corta por completo. Se tiende a cortarlo en secciones no siempre regulares, dejando en pie remanentes de vegetación de todas formas y tamaños esparcidos por el paisaje. Al apreciar uno de estos sitios desde el aire se tiene la impresión de una geometría caprichosa en la que, aquí y allá, fragmentos de vegetación natural se combinan con campos agrícolas, pastizales para el ganado u otras formas de uso de la tierra, todas de tamaños y formas diferentes. Todo el espacio disponible parece estar ocupado por este tipo de figuras que, en principio, resultan muy difíciles de entender. La dinámica ecológica en este tipo de lugares es igualmente compleja. Los cambios microambientales se suceden a cada paso y ello tiene repercusiones en la distribución de las plantas y los animales, tanto vertical como horizontalmente. Una de las modificaciones más notables ocurre en el margen o borde de los fragmentos remanentes de la vegetación original. La primer consecuencia obvia es la creación de muchos de estos “bordes”, cuyo perímetro conjunto es mayor en relación con el área de bosque que aún queda en el paisaje, una cuestión de geometría básica. Por ejemplo, el borde conjunto de cuatro remanentes de vegetación cuadrados de 20 m por lado (320 m de perímetro) es superior al borde de un bosque continuo (160 m de perímetro) de la misma superficie (1,600 m2). Debido a que el corte de los bosques ocurre en todo el mundo, los bordes han proliferado en cada ecosistema boscoso. Entender la compleja ecología de una zona fragmentada depende mucho de nuestra comprensión sobre lo que ocurre en los bordes de los fragmentos.

Hacia 1999, Glenn Matlack y John Litvaitis definieron un borde como una transición abrupta entre dos ecosistemas relativamente homogéneos, en los que al menos uno es un bosque. Como se puede apreciar, esta definición no sólo se refiere a zonas alteradas por las actividades humanas. Los bosques naturales no alterados con frecuencia incluyen bordes reconocibles, que usualmente corresponden a gradientes en la topografía, hidrología, sustrato o vegetación, o marcan las fronteras de grandes perturbaciones, tales como el fuego o los huracanes.

Bordes en fragmentos, bordes en bosques

En las zonas cortadas y f ragmentadas, los humanos hemos creado una forma nueva de borde que difiere del borde natural en varios e importantes aspectos. Primero, los bordes generados por el hombre son abruptos. Por ejemplo, cuando se detienen las operaciones de cosecha o extracción de madera se tienden a dejar fronteras lineales arbitrarias con una pared vertical de á rboles sobrevivientes. Por contraste, las perturbaciones naturales generan bordes discontinuos, con árboles individuales que varían en la estructura de la corona y grado de daño. Segundo, los bordes generados por el hombre también difieren de los naturales en cuanto al tamaño y características de los claros adyacentes. Como consecuencia de su mayor tamaño, por ejemplo, los claros generados por el hombre tienden a experimentar turbulencias causadas por el viento más severas que las que ocurren en los claros del dosel de un bosque, una condición que puede dañar a los árboles en los bosques adyacentes. Tercero, en contraste con los bordes naturales, los bordes generados por el hombre a menudo cortan paisajes complejos sin que importen los rasgos naturales del paisaje. Así, por ejemplo, una selva o bosque que en realidad están conformados por diferentes “matices” de la vegetación (v.g. selvas medianas subperennifolias mezcladas con bosques de helechos arborescentes o bosques de pino con mezcla de zonas de pinoencino), pueden ser reducidos a zonas simples de vegetación por un corte masivo a favor de un pastizal o un cultivo. Finalmente, los bordes generados por el hombre son inusuales en lo que se refiere a su gran longitud. No es raro que un campo ganadero ocupe enormes extensiones de tierra, en cuya periferia pueden ser fácilmente identificables los restos (por ejemplo árboles caídos, tocones) de lo que fue un gran bosque continuo. Por su parte, los procesos de perturbación natural rara vez generan tantos bordes en la proximidad de una proporción tan grande de bosque sobreviviente.

El ambiente en los bordes

No sólo es el viento el único elemento abiótico cuyos efectos se ven aumentados con la fragmentación en los bordes. Los rayos solares y el calor concomitante, sin duda alguna, son factores ambientales cuya influencia también se ve aumentada en ellos. Todo aquel que ha estado en el campo bajo la sombra de las coronas de los á rboles y sale repentinamente al claro adyacente siente de inmediato los efectos del sol, aun antes de salir por completo del bosque. La temperatura aumenta sensiblemente al aproximarnos a la periferia, en ocasiones hasta dos o más grados. Aunque un buen sombrero y la manga larga de una camisa de algodón pueden protegernos de inmediato del calor del sol, ni la vegetación ni la fauna que se encuentra cerca de los bordes tiene recursos de este tipo para defenderse de la temperatura elevada. Por ello, no es raro que en los bordes de los fragmentos de bosque se observe, de manera exagerada, una alta incidencia de hojas secas tanto en árboles y arbustos como en el suelo, así como un elevado número de ramas quebradas. No es para menos: la desecación debida a los notables cambios microambientales en la temperatura llega incluso a romper el equilibrio hídrico que normalmente existe en el interior de los bosques y, con ello, la materia vegetal que se ve literalmente quemada por el sol aumenta sensiblemente. El caso de la lluvia es similar en sus efectos. Mientras que en el bosque la lluvia se desliza por hojas, ramas y troncos hasta esparcirse más o menos homogéneamente por el suelo, en el borde cae a plomo y empieza a actuar como una verdadera corriente, arrastrando sustancias orgánicas e inorgánicas nutritivas para la vegetación, inundando madrigueras de insectos y vertebrados y filtrándose rápidamente en el suelo sin beneficiar a la comunidad de plantas y animales residentes. Muchas especies se ven afectadas por este fenómeno, especies que en el bosque original poco se hubieran podido “preocupar” por los efectos de un buen aguacero. Los efectos ecológicos asociados con los bordes no siempre han sido considerados negativos. El científico R. H. Yahner, una de las personas que han dedicado buena parte de su trabajo profesional a estudiar los bordes, hacia 1998 escribió que “los expertos en manejo de fauna y uso de la tierra han considerado a las zonas de transición entre diferentes tipos de vegetación como beneficiosas para la fauna, porque la diversidad de las especies generalmente se incrementa cerca de estos ambientes”. La implicación es que no sólo la fauna sino también la flora se ven beneficiadas. Pero en una zona fragmentada por una actividad humana, este aumento en el número de especies puede ser algo así como un “espejismo ecológico” porque las especies que proliferan en esa “zona de transición” (el borde) no son todas propias del ensamble original. Muchas de ellas provienen de los espacios aclarados y otras más aprovechan la “oportunidad ambiental” del suelo para germinar. Así, paulatinamente, el número de elementos de la flora y fauna aumenta, pero con especies oportunistas, habituadas a esas condiciones de claridad, calor y abundante lluvia. El borde de un bosque ha dejado de ser bosque. Un nuevo y muy diferente hábitat ha sido creado.

¿Por qué estudiar lo que ocurre en los bordes?

El estudio de los bordes puede resultar de gran valor, especialmente desde un punto de vista ecológico. Debido a la fragmentación, el bosque se ve afectado, variando sensiblemente la estructura de la vegetación presente (v. g. altura de los árboles, estrato inferior, medio y superior del dosel y abundancia relativa del número de individuos de las especies). En esencia, tal y como apuntaron L. Harris y G. Silva-López en 1992, la fragmentación ha sido considerada como una separación no natural de un hábitat extenso en “fragmentos” espacialmente segregados, circundados por un tipo de vegetación que difiere del hábitat original; ésta reduce el área cubierta por el bosque, exponiendo a los organismos que permanecen en el fragmento a condiciones diferentes a las de su ecosistema natural y, consecuentemente, a lo que ha sido definido como "efecto borde". La investigadora colombiana Carolina Murcia ha señalado que los impactos de la fragmentación que resultan del efecto de borde deben ser evaluados precisamente porque, como ya vimos, las condiciones cerca del borde del bosque son influenciadas por las condiciones climáticas y bióticas de los alrededores de la matriz del paisaje. De hecho, hay que tener presente un principio fundamental de la ecología de la vida silvestre, según Larry Harris y colaboradores: el hábitat varía en tiempo y espacio y, con ello, varía el ensamble de especies de vida silvestre y sus abundancias relativas. En un fragmento, y especialmente en su borde, donde esta variación ha sido forzada debido al tamaño del fragmento y su exposición a los cambios ambientales ya comentados, sin duda habrá cambios de esta naturaleza. Conocer las “respuestas” del ambiente a los cambios que se producen en los bordes es primordial para prescribir acciones de restauración y conservación en zonas fragmentadas. Para poblaciones de especies de flora y fauna, las respuestas que pueden presentar ante la fragmentación pueden incluir una o más de las siguientes: 1 ) la pérdida de ciertas especies y el aumento en abundancia de otras, 2 ) la colonización por especies no nativas, 3 ) la depresión endogámica resultante de los pequeños tamaños de la población de las especies confinadas a los fragmentos y 4 ) los cambios dramáticos en las frecuencias de ocurrencia de las especies, que resultan de los primeros tres puntos. Por otra parte, un borde incluye tanto a especies florísticas de las comu- nidades adyacentes como especies que no se hallan de manera natural en las mismas, que tal vez se encontraban en el banco de semillas o que fueron depositadas en el borde por vectores como las aves o insectos. Por ello hablamos de “ especies de borde”, que se pasan la mayor parte del tiempo en el borde, viven en él o sus actividades son cercanas al mismo. Esto enfatiza la relevancia de estudiar los bordes para entender la dinámica ecológica de un lugar que ha sido impactado por las actividades humanas. ¿De qué manera se está afectando a la vegetación y la fauna nativas cuando se establece un cultivo o se siembran pastos para el ganado? Las diferencias en estos efectos son fundamentales para entender el problema y con ello contribuir a planificar el manejo y la recuperación de los ecosistemas y los valiosos servicios ecológicos que proporcionan.

Bordes en un mundo cambiante

Como ha apuntado la investigadora G. Williams- Linera, los bordes de los bosques son componentes comunes y característicos de los paisajes modernos, llegando a ser cuantitativamente relevantes. Por ello, aunque hemos visto que entender lo que ocurre en los bordes es particularmente importante, los cambios en las comunidades silvestres asociadas con bordes no son evaluables fácilmente porque enfrentan dos principales problemas: la definición de lo que es una especie de borde y la medición de las dimensiones del mismo. Por ejemplo, ¿qué tan “ancho” es un borde? C. Yahner ha hecho unas recomendaciones metodológicas para el estudio de los bordes, las cuales consisten en hacer tres consideraciones: definir las especies de borde, delimitar sus dimensiones y determinar la mejor manera de cuantificar su efecto, ya que no existe un método estandarizado para este último punto. Sin duda, delimitar y cuantificar las dimensiones de un borde requiere de establecer las dimensiones físicas y la continuidad de las características de la estructura de la vegetación. Los efectos de borde se encuentran entre los fenómenos mas extensamente estudiados en ecología, porque las respuestas al borde son la llave para entender la influencia de la estructura y modificaciones del paisaje en un hábitat de calidad.

El aumento mundial de la extensión de los bordes es motivo de preocupación por parte de los investigadores y ecólogos del mundo entero. Sin embargo, como ha indicado Carolina Murcia, los resultados de muchos estudios relacionados con los efectos que pueden tener los bordes sobre la ecología han sido todavía incapaces de delinear patrones claramente generales y aplicables en todo el mundo. Para muchos es claro que las respuestas de las especies a los bordes son marcadas para cada especie y dependen del contexto. En otras palabras, los estudios son muy sitio-específicos y sus resultados no pueden generalizarse para producir una teoría universal de los bordes. Los estudios bien diseñados a largo plazo en los bordes son necesarios para entender mejor los impactos positivos y negativos de estas áreas, determinar cuáles son las especies clave presentes en las mismas y cuantificar efectivamente el efecto del borde. Como anota G. Williams-Linera, los esfuerzos para la conservación de los bosques y el manejo de la tierra tendrán que considerar a los bordes como parte integral del bosque. En el borde ocurren muchas cosas. La misma frase que da título a este escrito ha sido utilizada en muchas ocasiones por novelistas y poetas de manera metafórica o literal para referirse a situaciones difíciles o delicadas en las que una decisión incorrecta o la inacción pueden ocasionar problemas serios.

En la naturaleza, el entender los bordes creados por nuestra incesante actividad representa uno de los más grandes retos ecológicos para el mantenimiento de la biodiversidad y su significado a largo plazo para el desarrollo ecológico, social y económico de nuestra especie. ¿De qué sirve que nuestro estado tenga el tercer lugar en diversidad biológica en el país si la enorme mayoría de las especies se encuentran en fragmentos muy pequeños de vegetación natural, siempre próximas a un borde? ¿Por qué hablamos de la “enormes riqueza natural” de Veracruz si una gran parte de ella se encuentra en pequeños remanentes, en pedazos de naturaleza? En muchos sentidos, las respuestas a preguntas de este tipo, como ya habrán deducido los lectores, se encuentran en el borde.