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MARÍA LA HEBREA: la alquimia como ciencia experimental y el preludio de la química

Angélica Salmerón Jiménez

En el intrincado laberinto de los tiempos, donde la memoria histórica parece perder el rumbo y naufragar en su intento por dilucidar los orígenes del pensamiento científico de las mujeres, encontramos –en el comienzo de nuestra era– el nombre enigmático y legendario de María la Hebrea. Y esta mujer aparece en las brumas de la historia, confundida entre verdades y mitos, casi como una “aprendiz de bruja” por su oficio y su misterioso saber alquímico. A pesar de ello –o por mejor decir justamente por ello–, bien puede figurar como una precursora de los estudios y experimentos que dieron origen a la química moderna. Así, esta casi mítica María, antecesora de las modernas y futuras “damas de ciencias”, nos ayudará a abrir el camino hacia el oculto y misterioso sendero de la antigua alquimia y nos acompañará como guía a recorrer sus caminos a través de una época en que las ciencias experimentales comenzaban a constituirse y cuyo recorrido habría de terminar muchos siglos después.
La ciencia experimental, cuyos balbuceos concluyen en el siglo XVII con la aparición de la química, tiene su origen en los primeros siglos de nuestra era a través de un grupo de estudiosos interesados en la filosofía de la naturaleza que aspiraban a arrancar sus secretos a la materia. Para ello utilizaron los resultados de las filosofías platónica y aristotélica, así como algunas prácticas industriales anteriores, todo ello amalgamado con otros tantos fundamentos religiosos y místicos. Estos primeros titubeos científicos se conocen en la historia de la ciencia como alquimia. Así pues, la alquimia nacía como una ciencia esotérica que, en virtud de su oculta y misteriosa significación, se fue presentando, más que como una ciencia o el origen de una, como una extraña mezcla de magia y ritos religiosos que condujeron a ver en los alquimistas una especie de hechiceros que se dedicaban a buscar la “piedra filosofal” y el “elixir de la vida” a través de extrañas prácticas y conjuros mágicos que más tenían de fantasiosas y quiméricas pretensiones –y en ocasiones hasta de demoníacas conjuraciones– que no como verdaderos estudios científicos, que es lo que realmente fueron o pretendieron ser. Y aunque hoy podemos aceptar que efectivamente muchos de los llamados alquimistas perdieron o desviaron sus caminos, lo cierto es que la imagen que de los verdaderos alquimistas podemos hacernos ahora es bien diferente. Por principio, podemos asentar el hecho de que es precisamente por ellos que la ciencia experimental empezó su recorrido y alcanzó con el paso de los siglos los logros que hoy todos podemos reconocer.
Es, pues, en este confuso ambiente intelectual donde aparecen nuestra incipiente “dama de ciencia”, la alquimista María, quien, al lado de otros muchos interesados en el conocimiento de la naturaleza y en la elaboración de artefactos que facilitaran sus experimentos, hace lo propio y colabora con su trabajo a configurar el concepto de que la combinación de la teoría y la experimentación habrá de dar su carácter propio a los métodos científicos. Quizá esto no estaba conscientemente formulado como un principio científico, pero podemos suponer –dados los datos con los que contamos– que quienes se dedicaron seriamente a la alquimia vislumbraron intuitivamente que era de este punto del que habría que partir si realmente se quería llegar a descubrir los secretos de la naturaleza. La historia misma de la ciencia nos ha de ir confirmando que en la alquimia, en su vertiente más seria y científica, se configura ya un espectro que permitirá más tarde establecer el camino propio y seguro que habrán de consolidar, pasado el tiempo, los estudios sobre la naturaleza. Así, pese a los errores que ciertamente encontramos en los principios y doctrinas que sustentaron estos primitivos científicos, es indudable que la alquimia fomentó el espíritu de la investigación y logró algunos descubrimientos importantes.
Los historiadores de la ciencia ubican el nacimiento de la alquimia en la Alejandría helénica, y están de acuerdo en general en que los primeros alquimistas se remontan al siglo I de nuestra y que los tratados más antiguos sobre el tema pueden ubicarse entre los siglos III y IV, cuando, según algunos, las enseñanzas alquímicas comienzan a liberarse de las leyendas que los envuelven y adquieren así los fundamentos de una ciencia experimental. Por ende, algunos estudiosos han visto en los textos de Zósimo Panópolis, los del llamado Pseudo-Demócrito (y aquí podemos también incluir los de María la Hebrea) como escritos realizados por investigadores serios. Hay que señalar que junto a estos escritos aparecen también los atribuidos a Hermes Trismegisto, que, como es sabido, amalgaman una serie de conocimientos que incluyen la filosofía platónica y estoica, así como otros estudios en torno a la astrología y que contienen también mucho del saber alquímico.
Aunque la alquimia puede tener orígenes más remotos y míticos, su aparición en los primeros siglos de nuestra era se debió a una reelaboración de lo que habían dejado como saldo la filosofía, las artes y la industria de los siglos anteriores. A principios de la era cristiana se había entrado a un periodo de decadencia intelectual; la Alejandría de esos días se volvió hacia el conocimiento filosófico elaborado por los antiguos griegos, y las doctrinas de la materia elaboradas por Platón y Aristóteles se convirtieron en un punto de partida para el nacimiento de las nuevas investigaciones, mismas que a su vez estuvieron estrechamente unidas con la astrología. Por otra parte, algunas prácticas industriales habían conducido ya a la fabricación de cosméticos y joyería de imitación, que se habían convertido en artículos de uso corriente y que impulsaron notablemente el comercio, a la vez que ayudaron a consolidar un arte industrial que producía atractivos y variados productos. Estos tres elementos –la filosofía de la naturaleza, la astrología y la industria textil, cosmética y metalúrgica– parecen ser las fuentes principales de las que la alquimia bebió y de la cual extrajo sus principios fundamentales. Siendo esto así, podemos comprender mejor el que los antiguos alquimistas “fueran reconocido físicos que trataban de entender la naturaleza de los procesos y de la vida”. Lo mismo cabe decir de nuestra alquimista María: una mujer ocupada en el estudio de la filosofía y la astrología y en los métodos industriales, que intentó también explicar los procesos naturales, buscó métodos y técnicas de experimentación y fabricó utensilios de laboratorio.
Centrémonos ahora en los principios básicos de la alquimia para lograr entrever su ciencia entre la maraña de su misterioso velo y de la superstición en que generalmente viene envuelta. La vieja idea de que la alquimia era pura charlatanería y, en el peor de los casos, una práctica de brujas y hechiceros –como ya hemos señalado antes–, no es del todo cierta porque en la leyenda popular que en torno del alquimista se ha creado hay algo totalmente falso. Expliquémonos: ha sido una idea muy socorrida, para desprestigio de la alquimia, que quienes se dedicaban a tal actividad pretendían, por un lado, transformar los metales en oro, y, por otro, encontrar el elixir de la vida, y que ambas cosas se buscaban a través de misteriosos conjuros o de fórmulas mágicas. Pues bien, resulta que ésta es sólo una parte de la verdad. La primera cuestión de la que cabe hacerse cargo para entender cabalmente dicha práctica es apuntar que la alquimia era una filosofía que se basaba en la idea de la unidad de la materia, la que tenía como creencia central el que las sustancias inanimadas se comportaban del mismo modo en que lo hacen los seres vivos; la segunda, que los alquimistas asumían que existía una perfección natural que podía alcanzarse a través de la intervención humana. Así, para los alquimistas la perfección de los metales se encontraba en el oro, y la perfección de los seres humanos radicaba en la salud y acaso en la longevidad. Por tanto –como apuntan los historiadores de la ciencia–, la alquimia tiene una base científica, y es justo aquí donde su doctrina central apunta a que todas las formas de la materia tienen el mismo origen y poseen la misma alma, “incorporada en cuerpos variables y transitorios”, y es por ello que era naturalmente posible la transmutación de unas formas en otras; por las mismas razones, tendría que haber “un poderoso agente transmutador. Aparecen así la llamada “piedra filosofal”, destinada a convertir los metales en oro, y el “elixir de la vida”, como una medicina sanadora que garantizaba la prolongación de la vida. He aquí todo el misterio. Veamos como lo explica Dampier:

La filosofía platónica, tal como se expone en el Timeo, presentaba un idealismo monista completo, y ponía de relieve la teoría de que la materia que constituía un elemento esencialmente sin importancia, pero necesario dentro del mundo sensible, era fundamentalmente de una misma especie. Nada existe sino en la medida en que encarna un ideal, en virtud del cual constituye un bien; toda la naturaleza tiene vida y –según las aclaraciones posteriores del gnosticismo– lucha por mejorar. Los alquimistas creían que la materia en sí misma carece de importancia, pero que sus cualidades son algo real. Todos los cuerpos humanos están hechos del mismo material y los hombres se hacen buenos o malos no cambiando sus cuerpos, sino sus almas. Así se pueden transformar los metales alterando sus cualidades, como saben muy bien los artesanos –decían los alquimistas–; de hecho, las cualidades son los metales. Los metales luchan por mejorar en una serie de transformaciones hacia el espíritu ideal del oro, hecho a prueba de fuego; por tanto, tiene que ser fácil ayudarles a realizar ese empeño innato. Se sabía que las sales fijadoras en el tinte podían trabar los metales al aguafuerte, de forma que añadiendo una pequeña cantidad de oro o un metal base se podía grabar el aguafuerte en la aleación, produciendo una superficie dorada. De esta manera, pensaban ellos, el metal más noble actuaba como fermento o levadura para sublimar la bajeza de la masa hasta darle la cualidad espiritual del oro [...] La propiedad principal de los metales nobles reside en su color: blanco en la plata y amarillo en el oro. El cobre puede tornarse amarillo por tratamiento químico, con lo que puede transformarse en oro.

He aquí entonces en qué consistía efectivamente el enigma y la magia de la piedra filosofal. Pues bien, tal como se habrá podido desprender de la cita anterior, esta transmutación en realidad sólo implicaba el cambio de algunas cualidades, como el color amarillo y el brillo, que eran las cualidades específicas del oro, y esto era justo lo que el alquimista alejandrino entendía por “convertir otros metales en oro”; para lograrlo no recurría a conjuros ni fórmulas mágicas, sino que apelaba a una práctica experimental. En efecto, para llevar a cabo semejantes “transformaciones” los alquimistas seguían una serie de procesos que implicaban la fundición y la mezcla de los metales, para lo cual idearon complicados aparatos de laboratorio que les permitieran la aleación y la fijación de los fermentos con los cuales “transmutaban” en oro otros metales. Pues bien, con ello podemos ver que los alquimistas tuvieron efectivamente que servirse de un buen mecanismo de experimentación que asimismo los llevó por el camino de la invención de utensilios que les hicieran posible poner en práctica sus teorías. Todo ello proporcionó a la alquimia un arsenal de conocimientos teórico-prácticos que contribuyeron a emprender el camino de la investigación a través de la observación y el experimento.
La alquimia era por consiguiente un sistema filosófico-científico basado en parte en las doctrinas platónico-aristotélicas y que tenía como eje central la idea de realizar una síntesis entre el hombre y el universo. Los alquimistas creyeron en la posibilidad de realizar esta integración entre el “cosmos” y el “microcosmos” a través de diferentes campos de trabajo (filosofía, astrología, mística), algunas veces desviados por la magia y la superstición, pero que en general nos hablan de una práctica rudimentaria de la química. Y con este reconocimiento apuntemos la conclusión de que, como dice el mismo Dampier, “el alquimista alejandrino no era ningún loco ni ningún charlatán, como lo fueron algunos de sus sucesores; era un científico que hacía sus experimentos de acuerdo con la mejor filosofía de su época; la culpa era de la filosofía”.
Sirva todo lo anterior de marco para colocar la figura y el trabajo de nuestra alquimista. Los datos que sobre ella registra la historia han hecho suponer que Maria la Hebrea desarrolla su vida y su obra entre los siglos I y II d. C. Así que, como hemos venido diciendo, esta rudimentaria científica abre la puerta a nuestra época a través de la ciencia enigmática que es la alquimia, pero que representa también el camino que conduce a la química moderna. De hecho, podemos pensar ahora que precisamente a partir de la labor que llevaron a cabo las alquimistas (la historia nos deja también apuntado el nombre de Cleopatra –distinta de la famosa reina de Egipto– y algunas otras) es que podemos ampliar y redondear nuestro horizonte de comprensión en torno a lo que la alquimia abonó en la constitución de la química como ciencia. Si bien es cierto que poco sabemos sobre lo que estas mujeres fueron dejando en pro de semejante saber, también lo es que quienes se han ocupado de ir recuperando estos nombres y obras que la historia tenía casi olvidados nos proporcionan una idea de lo que podemos suponer como verosímil para intentar después una reconstrucción más elaborada. Ya sabemos que las voces femeninas en estos campos son débiles, y lo son precisamente porque sus escritos aparecen como residuos de un pensamiento fragmentado y marginal; son, por decirlo de alguna manera, restos de un naufragio que van llegando de a poco a las playas de nuestro presente. ¿Cómo hacernos una idea plausible del tipo de nave a que pertenecen esos restos? Para intentar reconstruir la labor alquímica de María la Hebrea seguiremos los lineamientos que nos ofrece Margaret Alic, porque en lo que hasta ahora hemos recuperado de nuestra “damas de ciencia”, es prácticamente la única que se ocupa de aquella con cierto detenimiento, dándonos una imagen más o menos organizada de su trabajo y una clara y detallada descripción de los instrumentos de laboratorio que diseñó; por tanto, consideramos que por el momento es su estudio el que mejor recupera las aportaciones de nuestra alquimista.
Por principio, desde la fijación del nombre de nuestra alquimista ya nos encontramos con una serie de problemas, ya que María, apodada la Hebrea o la Judía, y conocida también como Miriam la Profetisa, se confunde con la hermana de Moisés, de donde resulta que hay quienes han afirmado que la bíblica Miriam es nuestra alquimista; además, se le toma también como María la Copta, de Egipto. Por otra parte, algunos estudios remiten la figura de María a los siglos III y IV d. C., la hacen contemporánea de Zósimo el Panopolitano y del Pseudo-Demócrito y nos dicen que fue introducida en los misterios del hermetismo, en el templo de Menfis, por Ostanes, lo cual tampoco debiera sorprendernos tanto si consideramos que esta tradición alquímica está fuertemente relacionada con las enseñanzas del llamado Hermes Trismegisto y que este no es sino el equivalente griego del dios egipcio Thoth. Aunado a todo lo anterior, no hay que olvidar que la misma práctica alquímica ha tejido sobre sí un velo tan misterioso y enigmático y tan bordado de alegorías y símbolos que no siempre es sencillo descifrarla. De todo ello resulta que lo que hasta ahora podemos suponer con cierta plausibilidad está siempre sujeto a prueba y correcciones. Pero es el caso que, por lo menos Alic, no tiene reparos en asumir que María forma parte del horizonte epocal del primer siglo de nuestra era; nosotros, haciéndonos cargo de lo que otros historiadores apuntan, estamos dispuestos a ampliar tal horizonte hasta el siglo II, asumiendo por lo pronto que los datos que tenemos nos permiten sostener en lo general este marco referencial como el más adecuado. Si bien hay quienes lo han fijado en los siglos III y IV, nos parece que tal vez estén confundiendo los textos con las personas, pues en estos siglos se conocieron los escritos de las alquimistas que nos ocupan, y sabemos que fue en el siglo IV cuando la alquimia buscaba adquirir los fundamentos de una ciencia, pero tal vez sea que semejante acción se lleva a cabo a partir de los textos que María bien pudiera haber escrito en una época anterior. Quizá es lo que tiene en cuenta Alic para fijar la época de María –y para el caso también la de Cleopatra, a quien considera su contemporánea– en el siglo I. Afirma esta autora: “Zósimo de Panópolis y su hermana (o amiga) Teosebeia (soror mistica, ‘hermana mística’) colaboraron en Cheirokmeta, una enciclopedia química en 28 tomos (ca. 300 d. C.), basada en las ideas y las técnicas de María y Cleopatra”.
Preguntémonos qué es lo que hizo María en el campo de la alquimia. María la Hebrea o la Judía, o Miriam la Profetisa, es quien –según afirma Alic– sienta “las bases teóricas y prácticas de la alquimia occidental, y por lo tanto de la química moderna”. Es esta una opinión que también comparten algunos otros historiadores de la química, quienes –según nos hacen saber Martino y Bruzzese– consideran a María como “la fundadora de la alquimia”. Estas afirmaciones nos llevan a entrever que el trabajo de María tiende a ser considerado como relevante en el campo de la ciencia, y que seguir investigando y profundizando sobre ella no es por tanto una tarea inútil o estéril.
Sabemos que María escribió sobre alquimia. Los historiares mencionan unos Discursos de la sapientísima María sobre la piedra filosofal, cuyo manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional francesa; se habla también de una Magia Práctica y de una María Práctica. De estos últimos no hemos logrado determinar si son el mismo texto o dos textos diferentes. Pudiera ser también obra suya una Práctica del arte químico, en uno de cuyos pasajes María la Profetisa (aquí confundida con la hermana de Moisés) apunta la importancia del llamado “vaso alquímico”: “Todos los filósofos enseñan estas cosas con excepción del vaso de Hermes, porque es divino, secreto y procede de la Sabiduría del Maestro del mundo; y quienes lo ignoran no conocen el régimen de la verdad debido a la ignorancia del vaso de Hermes”. Y decimos que el texto bien pudiera ser de María ya que la doctrina hermética versa también sobre alquimia, y porque, si es cierto que era una seguidora del culto de Isis, no hay que olvidar que todo el hermetismo deriva de la antigua mitología egipcia en torno al dios Thot. Por último, se han recuperado también algunos fragmentos de sus obras en colecciones de alquimia antigua.
En estos textos está seguramente la base teórica de la alquimia, pero mientras no podamos acercarnos a ellos es poco lo que podemos decir sobre tales teorías; lo que sí es posible es suponer que en ellas podemos encontrar el principio básico de los alquimistas: “Uno es Todo y Todo es Uno”, con el que se adopta la noción del macrocosmos-microcosmos. Por ende, tendemos a ver en María a una estudiosa de la naturaleza física y humana que intentaba encontrar la forma de integrar las fuerzas del espíritu con las de la materia, y para lograrlo estaba versada seguramente en la ciencia y la filosofía platónica y aristotélica. Siendo así, podemos suponer que científica y filósofa fue nuestra alquimista, y que seguramente su sabiduría, que yace aún sepultada en el olvido, nos introduciría en su propia manera de ver y hablar de este mundo en el cual vivió, al que también arrancó algunos de sus secretos. Pero poco sabemos a ciencia cierta de sus teorías. De lo que en cambio sabemos un poco más es de su práctica alquimista. Se dice que María inventó complicados aparatos de laboratorio destinados a la destilación y sublimación de materias químicas, así como el famoso “baño María”, que actualmente seguimos usando para su mismo propósito original, es decir, “para calentar lentamente las sustancias o para mantenerlas a una temperatura constante”. María inventó también el llamado tribikos o alambique de tres brazos: «Consistía en una vasija de barro que contenía el líquido que se iba a destilar, una mantera para la condensación del vapor (el ambix o alembic), de la que salían tres espitas de cobre, y frascos de vidrio para recibir el líquido. Una gotera o borde en el interior de la mantera recogía el destilado y lo llevaba a las espitas. La cabeza del alambique y los frascos se enfriaban con esponjas. La descripción de María incluía instrucciones para la fabricación de tubos de cobre a partir de hojas, y comparaba el espesor del metal con el de “una sartén de cobre para hacer pasteles”. Se recomendaba usar pasta de harina para sellar las juntas».
Pero su mayor aportación a la alquimia parece haber sido el proceso de “la acción prolongada de los vapores de arsénico, mercurio y azufre en los metales”, que María ideó llevar a cabo a través del kerotakis, que “era la paleta triangular que usaban los artistas para mantener calientes sus mezclas de cera y pigmentos” y que ella usó para “ablandar metales e impregnarlos de color”.
Kerotakis llegó a ser el nombre de todo su aparato de “reflujo”, que consistía en una esfera o en un cilindro con una cubierta hemisférica, colocado sobre el fuego. Las soluciones de azufre, mercurio o sulfuro de arsénico se calentaban en un recipiente colocado cerca del fondo. Cerca de la parte superior del cilindro, suspendida de la cubierta, iba la paleta con la aleación de cobre y plomo (o de otros metales) que se iba a tratar. Al hervir el azufre o el mercurio, el vapor se condensaba en la parte superior del cilindro y el líquido volvía a caer, dando así un reflujo continuo. Los vapores de azufre o el condensado atacaban la aleación de metal, dando un sulfuro negro –“negro de María”– que se suponía representaba la primera etapa de la transmutación. Las impurezas se recogían en un tamiz mientras que la escoria (el sulfuro negro) volvía hacia la parte inferior. El calentamiento prolongado llegaba a dar una aleación parecida al oro, dependiendo el producto de los compuestos de metales y mercurio o de azufre empleados. El kerotakis también se usaba para la extracción de aceites de plantas, como el aceite esencial de rosas.
Por la construcción de estos artefactos y por lo poco que sabemos de su teoría y práctica alquímica –y aunque la historia no nos abone nada en torno a su vida y a su específica figura femenina–, podemos sin embargo imaginarnos a María en el centro de su rústico laboratorio mezclando sustancias, observando reacciones, tomando notas y garabateando fórmulas. Así, a través del contexto histórico e intelectual en que construye su obra, y entre las espesas brumas de esta narración incompleta, los indicios encontrados nos permiten vislumbrar a María como una “dama de ciencia” que, al lado de otros investigadores, preludia en el horizonte de la historia de la ciencia lo que habrá de ser la transmutación última de la alquimia: la aparición de la química moderna.

Tintas sobre papel de Carlos Carmona Medina

Para el lector interesado

Alic, Margaret (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo XXI, pp. 162-165.
Dampier, William Cecil (1997). Historia de la ciencia y sus relaciones con la filosofía y la religión. Madrid: Tecnos
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