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La suma de todos los premios


Heriberto G. Contreras Garibay

Imagine que de pronto recibe una llamada telefónica informándole que ha sido condecorado con el premio más prestigioso de la rama profesional a la que dedica largas horas de trabajo. Así que en breve recibirá el reconocimiento mundial, será famoso, le entregarán un premio en efectivo por varios miles de dólares estadounidenses y seguramente saldrá en las noticias.
Como suele ocurrir, en unos años más alguna autoridad local pretenderá poner su nombre a una biblioteca o a un recinto dedicado a la ciencia o la cultura como muestra de la admiración que se le tiene por su destacado logro. No cualquiera gana el premio más prestigioso o importante en su rama profesional que hay en el mundo.
Hace unos meses entrevisté al doctor Ernesto Jáuregui Ostos, quien recibió a mediados del año pasado el Premio Hugh Howard por sus importantes estudios en torno al clima de las ciudades, área conocida como climatología urbana. Esta distinción es la más importante en esa rama de investigación en todo el orbe y muy pocos climatólogos la han obtenido.
Como éste, tenemos el ejemplo de los premios Nobel en las áreas de Medicina, Física, Química, Economía y Literatura, además del de la Paz, los cuales se entregan cada año a las personas cuyas investigaciones o trabajos en estas disciplinas son extraordinarios.
Recientemente, leía en el Times de Londres que un genio –según lo calificó el propio redactor de la nota– obtuvo la Medalla Fields correspondiente a 2006 junto con otros tres científicos. Este premio lo otorga la Unión Matemática Mundial, organización que a su vez es miembro del Consejo Internacional para la Ciencia. Sin embargo, más allá de haber obtenido la presea, que se considera el equivalente al Nobel pero en el ámbito de las matemáticas, resalta el hecho de que el condecorado en cuestión no lo quiso.
El nombre del protagonista es Grigori Perelman, un ciudadano ruso de cuarenta años, quien se hizo acreedor a la medalla por solucionar un acertijo de cien años de antigüedad referente al espacio tridimensional.

La conjetura de Poincaré

Perelman logró resolver una serie de ecuaciones y planteamientos matemáticos conocidos como la conjetura de Poincaré. Este complejo teorema sostiene, según los archivos de la propia Unión Matemática Internacional, que “la esfera tridimensional es la única variedad compacta tridimensional en la que todo lazo o círculo cerrado se puede deformar o transformar en un punto”.
Resumiendo lo anterior, y de acuerdo a la misma Unión Matemática Internacional, “el enunciado es equivalente a decir que sólo hay una variedad cerrada y simplemente conexa de dimensión 3: la esfera tridimensional”.
Un ejemplo más que intenta describir el teorema señala que “esencialmente lo que dice es que en tres dimensiones no es posible convertir una forma de dona en una esfera sin romperla, aunque cualquier forma que no tenga un agujero puede estirarse o encogerse hasta formar una esfera. El asunto es que el espacio tiene que ser finito, como la superficie de una esfera en la que caminara una hormiga”.
La conjetura fue planteada por Henri Poincaré en 1904, hace más de un siglo, y hasta el momento no había sido resuelta. Este teorema, como muchos otros, fue desarrollado por Henri Poincaré, quien es considerado el inventor de la topografía, una disciplina que busca establecer una clasificación apropiada de las superficies por las propiedades fundamentales de las estructuras y de los espacios.
En la actualidad, la topografía es fundamental para la ingeniería civil, pues está enfocada a la construcción de espacios comunes habitados por los seres humanos.

El premio del millón

Unos meses antes de que concluyera el siglo XIX, el científico alemán David Hilbert redactó una lista de los 23 grandes problemas que los matemáticos de entonces no habían podido resolver. Tal lista marcó el rumbo de las investigaciones en el tema durante el siglo siguiente, y al concluir este ya se habían resuelto veinte de los problemas planteados en la lista de Hilbert; de los restantes, dos ya no se consideraban cruciales, mientras que otro seguía estando vigente: el de Poincaré.
Para celebrar los cien años de la publicación de esa lista, el Colegio de Francia, entre otros actos, ofreció el 25 de mayo de 2005, a través del Instituto Clay y de la Universidad de Cambridge, un millón de dólares a cada persona que resuelva alguno de los siete nuevos problemas que se publicaron en una nueva edición de la lista. Dichos problemas han tenido en jaque a la comunidad matemática durante todo el siglo XX y lo que va de éste. Las reglas para poder acceder al premio señalaban que la solución propuesta deberá estar expuesta previamente, por un periodo de al menos dos años, al escrutinio de la comunidad matemática internacional.
La publicación de esta nueva oferta es de suma importancia para los matemáticos actuales, ya que quien resuelva cualquiera de los siete problemas, además de ganar el reconocimiento de sus pares y un gran prestigio, recibirá una buena suma de dinero.

La historia de Grigori Perelman

En el año 2003, Grigori Perelman, un matemático ruso considerado un genio, publicó en la Internet que había logrado descifrar la conjetura de Poincaré. Después de tres años, la Unión Matemática Internacional determinó que su trabajo era válido y le otorgó la Medalla Fields, misma que fue entregada en el mes de agosto durante el 25 Congreso Internacional de Matemáticas, cuya edición se llevó a cabo en Madrid. El propio rey Juan Carlos I entregó las condecoraciones a otros tres ganadores, pero Perelman no asistió.
El premio consiste en una medalla y 13 mil 400 dólares, algo así como 150 mil pesos mexicanos. Pese a ello, Perelman brilló por su ausencia; es más, ni siquiera hizo alguna declaración a los medios de comunicación y hasta se dice que se refugió en la casa de su madre.
La única comunicación que se obtuvo fue la de Alexander Abramos, miembro de la Academia Rusa de Educación y una de las muy escasas personas que tienen algún trato con Perelman. En sus propias palabras, Abramos señaló que estaba preocupado por su colega, quien incluso está pensando en dejar las matemáticas como su profesión, pues ni siquiera se considera un matemático profesional.
Otro allegado a Grigori Perelman, Serge Rukshin, quien fuera su profesor y supervisor científico, declaró que le parecía que el laureado no está interesado en los premios, las medallas ni en alguna otra actividad que no sea el conocimiento. Sopecha además que con el fin de evitar el glamour y el posible acoso de la prensa, fue por lo que Perelman se resguardó en la casa de su madre, en San Petesburgo, en donde sabe que vive desde hace varios años.
El rechazo del premio por parte de matemático ruso conmocionó a los miembros de la comunidad matemática; sin embargo, el impacto se tornó aún mayor cuando el Instituto Clay anunció que Perelman se había hecho acreedor al millón de dólares por haber resuelto uno de los siete problemas de la “Lista del Milenio”: el teorema de Poincaré.
Las únicas declaraciones que ha hecho Perelman las envió a sus pocos allegados a través de un correo electrónico, donde decía lo siguiente:

Si se demuestra que mis pruebas son ciertas, no necesito más reconocimiento. Dije desde el principio que rechazaré la distinción. La medalla no significa nada para mí. Si alguien está interesado en mi forma de resolver el problema, está todo ahí; que vayan y lo lean. He publicado todos mis cálculos; es lo que puedo ofrecer al público.

Tras conocer la decisión, John Ball, el presidente de la Unión Matemática Internacional, quien organizó la entrega de la Medalla Fields, señaló que aunque Perelman no haya aceptado la condecoración, se le seguirá considerando el ganador de la distinción, pues al decir de los expertos en las matemáticas, es una de las mentes más brillantes en los últimos cien años.