Editorial
      Pensamientos de media noche
     
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      Maras y otras hierbas urbanas
     
      La influencia del darwinismo en México en el siglo XIX
     
      ¿Qué es el fenómeno de lo complejo?
     
      Los mamíferos amenazados en Veracruz
     
      Presente y futuro de la agroindustria azucarera mexicana
     
      Al rescate de la chía, una planta alimenticia prehispánica casi olvidada
     
      La importancia de los ácidos grasos Omega3
     
      Pulmones de México: los bosques de oyamel
     
      Las tomaínas
     
      ENTREVISTA
     
      Heriberto G. Contreras Garibay:
Divulgar la ciencia: compromiso con la sociedad
     
      CIENCIA, TECNOLOGÍA Y SOCIEDAD
     
      La relación hombre/naturaleza como entorno construido
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      María Gaetana Agnesi: El embrujo de las matemáticas
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      México a través de sus escudos: retratos de la naturaleza
   
 
     

Pensamientos de media noche


Manuel Martínez Morales

La compleja sociedad norteamericana se encuentra atravesada por innumerables diferencias –definidas por pares de opuestos– que se entrecruzan: ricos y pobres, negros y blancos, propietarios y trabajadores, tecnófobos y tecnófilos, creyentes y ateos, ciudadanos y nativos. En la mayoría de las pequeñas y grandes ciudades que conforman la geografía de ese país es posible distinguir con nitidez el barrio de los negros, el de los hispanos, el de los blancos pobres y el de los blancos ricos (que en realidad incluye ricos de cualquier color); hay publicaciones y lugares de encuentro para los tecnófobos y otros para los tecnófilos; en una sola calle de cualquier ciudad del sur de Texas pueden hallarse templos dedicados a todas las religiones imaginables (existe la “Iglesia de Cristo Científico”, por ejemplo); hay reservaciones para los nativos y el resto del país se conserva para los ciudadanos.
Muchas de estas diferencias se subordinan –con matices específicos– a una sola: la diferencia de clases, esto es, la oposición entre propietarios de capital y los trabajadores, aun cuando ésta se expresa un tanto diluida por la posición hegemónica de Estados Unidos en el escenario mundial, lo que permite a la mayoría de los habitantes de ese país tener un nivel de vida y de consumo que va mucho más allá del umbral de la subsistencia elemental. La clase hegemónica que tiene el poder para bombardear cualquier lugar del mundo es la misma que somete al pueblo estadounidense. Tal dominación da lugar a formas específicas de alienación y control ideológico que, en esa nación, producen en serie el prototipo descrito alguna vez por Herbert Marcuse: el hombre unidimensional.
Empero, lo contingente se filtra en lo previsible, en lo que se supone necesario. Dado que ningún proceso está determinado absolutamente y que, por tanto, no puede ser controlado perfectamente, en Estados Unidos –como en cualquier otra parte del planeta– constantemente surgen tendencias opuestas a la corriente principal. Y es así como aparecen aquí y allá hombres y mujeres, individuos y organizaciones que, rompiendo el molde unidimensional, acuñan nuevas ideas, actúan en favor de alternativas sociales, proponen nuevas formas estéticas; en fin, miran y asumen la vida desde una perspectiva ajena al culto del dólar y al consumismo ilimitado.
En 1913, en el seno de esa compleja sociedad (en la ciudad de Nueva York para ser
precisos) nace Lewis Thomas, un norteamericano como cualquier otro. Este hombre, como tantos otros en aquella nación, estudió medicina en Harvard, graduándose en 1937. La medicina en ese país es una profesión sumamente lucrativa, y se supone que sólo los estudiantes mejor dotados y más ambiciosos son los que tienen alguna probabilidad de culminar el ciclo de entrenamiento y ejercer la profesión exitosamente, particularmente en el aspecto pecuniario. Lewis Thomas realizó una carrera profesional plena de reconocimientos y ocupó importantes puestos académicos y administrativos en universidades e instituciones hospitalarias. Sería largo enumerar aquí sus aportaciones profesionales y científicas. Lo que me interesa
destacar es que Thomas forma parte de ese significativo grupo de norteamericanos que se han atrevido a formular sus propias ideas sobre el mundo, el ser humano y la vida en general, trascendiendo la magra visión del hombre unidimensional.
En un libro singular, Las vidas de una célula; notas de un observador de la biología, se reunieron ensayos escritos a lo largo de varios años, en los que Thomas reflexiona sobre la vida, la muerte, la ciencia y su significado social, la evolución, la tecnología, la guerra y la paz. No puede categorizarse a Thomas como divulgador de la ciencia ya que, si bien describe magistralmente los procesos que ocurren dentro de la célula, la forma en que funcionan los organismos multicelulares, los principios de la genética
moderna o el equilibrio dinámico de los ecosistemas, su reflexión siempre se mueve más allá del dominio puramente analítico-descriptivo, pues alcanza conclusiones, siempre tentativas, en que introduce su propia valoración ética o estética .
Posteriormente apareció otro libro de Thomas, La medusa y el caracol, en el que continúa sus reflexiones a partir de la biología. Precisamente en el ensayo que corresponde al título del libro el autor describe una singular simbiosis que acontece entre una especie particular de caracol del Mediterráneo y una especie de medusa. El artículo destaca la singularidad de todo ser vivo, sea un ente unicelular o un ser tan complejo como el hombre: “Aun las bacterias individuales que forman la progenie de un solo clon son entidades únicas y pueden distinguirse unas de otras”. Con sumo cuidado, Thomas siempre ilustra sus aseveraciones con maravillosos y sorprendentes ejemplos.
Notemos las fechas de su nacimiento (1913) y de su graduación (1937). Por consiguiente, Lewis Thomas vivió las dos guerras mundiales y sus secuelas. Murió en 1993. En las obras posteriores a las dos mencionadas asoma un pesimismo creciente en el ánimo de Thomas. En otro de sus libros, Pensamientos de media noche mientras escucho la Novena Sinfonía de Mahler, nos habla de los pensamientos, recuerdos y emociones que esa sinfonía le evocan. Dice que, siendo joven, el movimiento final de la obra le sugería “una aceptación abierta de la muerte, y al mismo tiempo una silenciosa celebración de la serenidad asociada al proceso (de la muerte). Tomé esta música como una metáfora de consuelo, que confirmaba mi propio presentimiento de que la muerte de cualquier criatura era la más natural de las experiencias y que tenía que ser una experiencia plena de serenidad”.
“ Ahora –continúa Thomas– no puedo escuchar el último movimiento de la sinfonía de Mahler sin la aplastante intrusión de otro pensamiento: la muerte por todas partes, la muerte de todo, el fin de la humanidad. Al escuchar las últimas notas me invade un enjambre de imágenes de un planeta en que las bombas termonucleares han comenzado a estallar en Nueva York, San Francisco, en Leningrado, en París...”.
Hacia el final del ensayo, Thomas trata de imaginar cómo vería el mundo si en ese momento fuera joven: «Si yo tuviera 16 o 17 años y escuchara decir a nuestros líderes que 40 millones de muertos es un “costo aceptable” de la guerra nuclear, seguramente querría dejar de escuchar y de leer. Comenzaría a pensar en nuevas clases de sonidos, distintos de cualquier música que se hubiese escuchado hasta ahora, y estaría retorciéndome y revolcándome para sacudirme de todo vestigio del lenguaje humano» .