Editorial
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Escribir, un acto egoísta y narcisista

Angel Rodríguez Kauth

He de partir, para el desarrollo ulterior de este escrito, de un par de premisas psicológicas básicas. La primera de ellas suele ir en contra del sentido común, que afortunadamente, y pese a afirmaciones en contrario, es el menos común de los sentidos. Es preciso aclarar tal premisa para comprender el enfoque que daré a este escrito.
La misma sostiene que no existe conducta humana ni animal que no pueda ser de alguna manera calificable como egoísta. Aunque para el neófito en este tópico puede aparecer como una afirmación afrentosa y hasta herética, trataré sin embargo de esclarecerla en pocas líneas.
Con muy buen talante, el escritor y periodista satírico norteamericano Ambrose Bierce afirmaba: “Un egoísta es una persona que piensa más en sí misma que en mí”. Efectivamente, ya en la Biblia aparece el concepto de “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Y es que para poder ser altruista se debe tener una buena cuota de egoísmo en circulación, ya que, caso contrario, no se pueden llevar a cabo acciones en favor de los otros si éstas no nos producen de algún modo alguna satisfacción en lo más íntimo de nuestro ser. Si se buscan personajes altruistas en la historia universal, se encontrará que en todos ellos las máximas conductas altruistas – como puede ser la de ofrendar la vida por el prójimo– estuvieron cargadas con un elemento egoísta: eso que ellos hicieron es lo que mayor satisfacción les producía, aunque fuese la muerte.
La segunda premisa apunta al síndrome del escritor que siente recelo –o que teme– al imponerse la tarea de escribir. Esta es más compleja que la anterior, y se puede comprender por la inhibición que produce poner a la luz pública aquello que los angustia, o que al menos les preocupa y ocupa sus células grises en cuanto a la crueldad que se hace patente en el mundo. Existen diversas explicaciones para tal síndrome, que van desde la autocensura hasta la exposición al ridículo en que –según anticipan– pueden caer debido a las experiencias propias o las de otros autores. Lo más corriente es el caso de aquél que pierde su tiempo preparando la “obra monumental” y que lo único que logra es convertirse en un lector autómata de libros que, en la medida en que se retroalimenta, solamente logran opacar sus propias ideas y lo llevan a creer que nunca llegará a alcanzar el nivel deseado. El caso ejem- plificador es el del escritor que mientras más perfecciona su estilo, más hondo se encuentra en el intríngulis de que ya no tiene nada por decir en virtud de que ha descubierto que ya todo está dicho. Al respecto, sirve lo que sostenía André Gide: “Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha, es preciso comenzar de nuevo”.
A su vez, el miedo es una variable de doble vertiente: tanto puede hacer avanzar en la
búsqueda del peligro que significa la aventura de emprender algo novedoso, como también resultar paralizante. Esto último puede ocultarse bajo la forma de timidez, aunque en realidad aparece con suma frecuencia en los escritores que carecen de una educación formal adecuada, lo que los conduce a sospechar en sí mismos una supuesta incapacidad para colocarse a la altura de los modelos literarios elegidos. También el temor puede actuar sobre las personas inseguras de sí mismas, arrastrándolas al colmo de no entregar sus textos a las imprentas o revistas. Tal fue el caso de Franz Kafka, el que tras su deceso sólo había publicado La metamorfosis, y quien en su lecho de muerte, aniquilado por la tuberculosis, pidió que los originales de sus libros fueran quemados. Por suerte para la literatura universal, tal solicitud póstuma no fue tenida en cuenta.
A lo anterior se puede añadir la indisciplina al momento de escribir; no obstante, es precisamente la falta de disciplina la que en ocasiones puede acercar a la auténtica creatividad.
Obvio que existe una tercera causa que impide escribir: la que antiguamente –hasta hace algo más de una década– se conocía como el “síntoma de la página en blanco”, que en la actualidad, gracias al maravilloso procesador de textos, podríamos definir como el “síntoma de la pantalla iridiscente sin letras”. De más está decir que tal síntoma se produce cuando no tenemos el éxito deseado para hacer bajar a la musa inspiradora de nuestros desvelos. Pero no debemos desesperarnos: ya llegará algún día a tocarnos con su varita mágica.
Hechas de forma esquemática estas salvedades, que han de servir para comprender al resto del texto, ya estamos en condiciones de pasar a lo central que me ha movilizado a escribir esta nota.

¿Para qué se escribe?

Las razones para despejar tal incógnita son múltiples y variadas, y obviamente no creo estar en condiciones de presentar o resolver a toda la multiplicidad de variables que afectan a quien se resuelve a escribir algo.
En primer lugar, es preciso señalar que existen diferentes escritores: poetas, ensayistas, novelistas, cuentistas y demás. Cada uno de ellos ha de tener su motivación íntima, aunque a todos los reúne la necesidad de decir algo a los demás. Esa necesidad proviene de lo más profundo de las entrañas del escritor, y tanto puede tener una razón catártica como la de compartir con otros –los que están leyendo sus escritos– aquello que siente y piensa, o, más simple y ramplonamente, hacerse famoso y lograr que su nombre figure en las marquesinas de las librerías y con eso ganar algún dinero si tiene éxito o, mejor aún, convertir su obra en un best seller que después inmortalice su nombre; en otras palabras, algo que se venda mucho, rápidamente y que asegure no sólo ganancias inmediatas, sino que también le permita firmar contratos millonarios en el futuro con los editores. Debe decirse que ni los autores de la Biblia ni Cervantes tuvieron tal éxito, pese a que sus obras son los libros más vendidos a lo largo de siglos en virtud de las estrategias de venta de sus editores para cazar a incautos compradores.
El primero de los casos (comunicar aquello que se siente y piensa) sería el de los poetas; el segundo (hacerse famoso) el de los ensayistas, y el tercero (inmortalizar su nombre) el de los novelistas. Sin duda, este último representa el caso de mayor egoísmo ya que hay muy escasa proporción de altruismo en la motivación por escribir. La caracterización presentada es formalmente rígida y no debe considerársela más que como un “tipo ideal”, tal como lo definiera sagazmente el sociólogo Max Weber en 1922. Haciendo una analogía circense, los “tipos ideales” vienen a ser algo así como una ecuyére que cabalga con una pierna sobre cada caballo; aunque se apoya en ambos animales, sobre uno de ellos descarga mayor energía en diferentes momentos y de acuerdo a las demandas del espectáculo. Por ello es que sostuve líneas atrás que la categorización presentada es fría y solamente ha de ser útil para considerarla como un modelo de análisis, lo cual no quiere decir que cada uno de los escritores de cada género no esté atravesado por las características que corresponden a sus vecinos. Al fin y al cabo, a todos ellos los une un común d e n ominador, que es el de la necesidad de expresar “algo”, un algo que transita por sus neuronas e incluso por su torrente sanguíneo, haciendo entrar en ebullición la sangre.
Pero queda algo más por tratar en este punto de para qué y para quién se escribe. Algunos escr itores –afortunadamente no todos–, en un exceso de soberbia y omnipotencia, creen que su palabra es una necesidad para otros y se obsesionan en escribir a diario montones de líneas, como si el mundo estuviera anhelante de ellas y dejara de girar si no las escribe. Esto los conduce a producir como en la famosa línea de montaje de Chaplin, aunque sin estar obligados a agobiarse por un patrón externo sino por el interno, construido por ellos en sus fantasías, de que los demás aguardan sus frases con fervor.
El caso de Kafka puede ser tomado como un paradigma de una de las razones por las que escribimos; es decir, es útil como soporte terapéutico para las angustias y la soledad que nos atormentan de día o de noche, y permite –cualquiera sea el género en que se trabaje– combinar lo real con lo fantástico, descubriendo dentro de la realidad conocida los elementos fantasmales que la rodean, hasta llegar a ese absurdo que se presenta como auténtico. La paradoja es uno de los recursos que habitualmente más se utilizan para lograr este acercamiento entre la realidad fría y la fantasía que ronda el absurdo, pero que está más cerca de lo real que la propia realidad a la que se considera objetiva, aunque la objetividad se encuentre en los atravesamientos de la subjetividad, que tiene la capacidad de enfocarlos desde sus particulares ángulos.
Una fantasía que circula entre los lectores que no escriben es la de que los escritores viven de sus derechos de autor, pero solamente aquellos que han llegado a la fama indiscutida pueden hacerlo... y con creces. La inmensa mayoría muy raramente cobra alguna regalía por sus escritos, que es algo acerca de lo que me extenderé en el próximo apartado, sobre todo para quienes se mueven en el quehacer científico.
Me he dedicado a escribir y publicar ensayos (algunos con una pretendida rigurosidad científica y otros de mera divulgación o de análisis psicopolíticos de la realidad en que vive inmerso) y libros de textos universitarios durante más de cuarenta años. Empero, no por eso he dejado de tener alguna pequeña incursión ocasional en los géneros del cuento y de la poesía. Es por eso que básicamente me dedicaré a revisar en este ensayo qué es lo que sucede con los escritores de publicaciones científicas y de ensayos, pues es lo que mejor conozco, aunque eso no significa que sea un experto en el tema, ni tampoco que en los renglones que restan no trate otros géneros por los que transitan los escritores.

Los géneros y el paso de unos a otros.

Quienes escriben sobre ciencias –ya sean las “duras” o las “blandas”, que aunque tal categorización es bastante rígida, sirve como tipología ideal–, lo hacen con la ambición de transmitir sus conocimientos para, de este modo, salir del anonimato del laboratorio o el gabinete. Dicha fuga les permite alentar la posibilidad de ganar algún premio (el Nobel, en los últimos tiempos, queda reservado a los que juegan en las ligas de primera y siempre que cuenten con el aval de sus universidades o de los laboratorios para los cuales trabajan) y, sobre todo, mejorar sus salarios con los plus que reciben por productividad. Algunos tienen la torpe ilusión de lograr discípulos –lo cual es una torpeza inigualable en el campo científico, puesto que los discípulos no
son más que meros repetidores del maestro– y con ello se alejan del objetivo central de la ciencia, que es, según Albert Einstein (un genio indiscutido del pensamiento riguroso, y asimismo sarcástico e irónico), nunca dejar de cuestionar.
Algo interesante entre los que hacen papers científicos se refiere al cobro de regalías. Curiosamente, sobre todo en los de las ciencias “duras”, no solamente los autores no cobran, sino que ¡tienen que pagar para que les reciban lo que desean publicar! Y eso se cobra por número de páginas, por lo que no debe extrañar que tales escritos suelan ser de tipo telegráfico.
A su vez, entre los científicos, que también pueden incursionar en el ensayo, se produce el efecto de tener que comunicar, apoyados en el prestigio de su nombre, no sólo lo que han elucubrado sus células grises, sino también lo que sienten frente a lo
que ocurre en su derredor, o sea, meterse en cuestiones políticas y sociales. Casos paradigmáticos fueron los del mencionado Albert Einstein, el prolífico Sigmund Freud, el filósofo Bertrand Russell o Linus Pauling, quien en 1954 ganó el premio Nóbel de Química y ocho años después el de la Paz1. Más recientemente, cabe mencionar los nombres del lingüista Noam Chomsky y del economista J. E. Stiglitz, entre muchas otras figuras destacadas.
En general, me atrevo a afirmar que quienes han dado ese salto del género científico al del ensayo han sido personajes angustiados por la injusticia e inequidad que señorea por el mundo bajo la forma perversa de la crueldad. Vale decir, el género del ensayo funciona como una válvula de escape catártica, a la vez que de denuncia pública de los hechos políticos, sociales y económicos que aterran y angustian a sus autores.
Un caso semejante se puede observar en el novelista que en algún momento de su quehacer gira hacia el ensayo. El caso más notable es el de Susan Sontag, quien con profundidad metafísica y moral inquiere acerca de las razones por las cuales las personas se matan, en inocultable reacción ante la guerra desatada por el belicista George Bush en Irak y Afganistán, y cuyo texto se inscribe en la tradición contestataria de tantos otros pensadores talentosos e inquietos por la suerte que corren los otros, víctimas de quienes pretenden manejar los piolines del orden mundial a su antojo y en función de sus intereses económicos.
Mas éste no es un fenómeno propio de la postmodernidad, pues desde mediados del siglo pasado los novelistas utilizaban su herramienta como instrumento de denuncia, e incursionaban asimismo en el ensayo para esos mismos propósitos; tales son los casos de Emile Zola, Fedor Dostoievski, Leon Tostoi , Ernest Hemingway, Graham Greene, A. J. Cronin, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y muchos más. En Argentina hubo escr itores que se movieron cómodamente entre ambos géneros; entre ellos, las f iguras de Manuel Gálvez y Roberto Arlt son paradigmáticas. El primero fue un escritor que está comenzando a ser revalorado y que en su momento –la primera mitad del siglo XX– no fue tenido en cuenta por los cánones literarios debido a que políticamente perteneció a la corriente del “revisionismo histórico”, asociada al fascismo nacionalista, a la par que sus convicciones profundamente católicas –al punto de convertirlo en un intolerante ultramontano– hicieron que fuese ignorado por la crítica librepensante y por el gran público en general. El caso de Arlt es bastante distinto en algunos aspectos, aunque muy semejante en cuanto a las angustias que rondaban a ambos, si bien con muy diferente contenido ideológico. Arlt
fue un torturado interior que, al igual que la mayoría de los escritores, ponía en boca de sus personajes los ahogos que lo avasallaban. Quizá uno de los mayores pecados que cometen la crítica y los lectores no avisados es el de pretender hallar en algún personaje la personalidad del autor. Craso error. El autor está en todos sus personajes de una manera u otra –aunque con mayor peso en unos que en otros–, ya que, al no ser una unidad indivisible, se mimetiza con sus partes buenas y malas en cada uno de los personajes que crea, o bien estos corresponden a personas que el autor conoce o ha conocido, y que han influido positiva o negativamente en su manera de sentir y pensar los objetos que pasan frente a sus recuerdos, como con absoluta sinceridad ha confesado Gabriel García Márquez en más de una ocasión.
En fin, estimo que de lo dicho hasta aquí las conclusiones debe sacarlas el propio lector; sin embargo, en este caso me voy a permitir añadir una conclusión que traigo guardada bajo la manga y sobre la cual no he querido anticiparme. Y para ello vaya una pregunta: ¿a quién no le agradaría y enorgullecería ver su nombre en la tapa de un libro o en el índice de una revista? Me atrevo a afirmar, sin hacer proyección personal alguna, que a todo el mundo. He ahí donde se encuentra el meollo del narcisismo que todos los escritores llevamos bien guardado. Esto vale tanto para hombres como para féminas, para jóvenes y para ancianos; a todos nos gusta ver nuestro nombre impreso, pues eso nos da patente de “escritores”, cualquiera que sea el género por el que transitemos. Aun aquellos que se paralizan frente a la “página en blanco” desean poder empezar su obra para terminarla algún día, con la secreta esperanza de que sea publicada.
En última instancia, escribir no es más que una tentativa de lograr la completud, de ocultar mediante un artificio ideológico o estético la castración que todo espécimen humano debe soportar por el simple hecho de ser mortal y ser consciente de esa condición. Paradójicamente, luego de realizado ese intento ilusorio, se renueva la necesidad de comenzar de nueva cuenta, ya que el deseo nunca se satisface: hay que decir algo más, y todo vuelve a comenzar desde cero.

Para el lector interesado

Einstein, A. y Freud, S. (1986). ¿Por qué la guerra? En S. Freud: Obras Completas, vol. 22. Buenos Aires: Amorrortu.
Einstein, A. (1949). ¿Por qué socialismo? Monthly Review, March.
Falcón, M. (1997). El goce en la literatura. Roberto Arlt, un monstruo chapoteando en las tinieblas. Quaderni Ibero-Americani (Turín), 81-82.
Rodríguez K. A. (1976). El que paga, sabe. Crisis (Buenos Aires), 37.
Rodríguez K. A. (1998). Aguafuertes de fin de siglo. Buenos Aires: Almagesto.
Rodríguez K. A. (2001a). ¿Quiénes son discípulos? La Ciencia y el Hombre, 14(1).
Rodríguez K. A. (2003). El miedo, motor de la historia individual y colectiva. Madrid: Eurotheo, Universidad Complutense.
Sontag, S. (2003). Ante el dolor de los demás. Madrid: Alfaguara.

1Hasta la fecha, Pauling es, junto con la física polaca Marie Curie, el único en ganar dos premios Nóbel.