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La influencia del darwinismo en México en el siglo XIX1

Lucrecia Arellano Gámez

Hace poco tiempo, al empezar mis estudios doctorales, tomé un curso sobre evolución. Fue como comenzar a quitar las telarañas de mi cerebro y recordar tantas y tantas cosas que aprendí hace unos quince años a lo largo de mi carrera de bióloga. Volvieron a mi mente los conceptos de “migración”, “selección natural”, “mutación”, “migración” y “flujo génico”, entre muchos otros. Recordé entonces mi fascinación por la persistencia de las células falciformes, que protegen a sus portadores de la malaria; la maravillosa historia sobre la deriva génica entre los habitantes del valle de Parma, y algo muy importante: mi primer contacto con el libro El origen de las especies, del que tanto me habían platicado mis profesores. Al leerlo, creció en mí la admiración por su autor, Charles Darwin, ya que no podía dejar de sorprenderme ante la enorme variedad de temas que este hombre investigó buscando apoyo para sus ideas. Pude comprender entonces la razón de que la primera edición completa de este libro se hubiese agotado el mismo día que apareció (el 24 de noviembre de 1859) y de que se haya editado seis veces en vida de su autor. Fue un libro importante en tiempos de Darwin y lo sigue siendo aún, ya que la teoría de la evolución es el principio unificador de la biología moderna, y la obra de este gran científico la base de dicha teoría .
El concepto de evolución ha sido esencial en la historia de la biología, ciencia en la cual provocó en su momento una revolución científica que se extendió a otras ciencias, como la antropología, la astronomía, la historia, la sociología y la economía, y no es exagerado afirmar que no existen disciplinas científicas, actitudes humanas ni poderes institucionales que no hayan sido afectados por las ideas provocadoras de El origen de las especies. Sus conceptos sencillos de la variabilidad entre los individuos de una especie, sus ideas sobre la “descendencia con modificación” (o sea, la evolución biológica) , su propuesta de un mecanismo convincente para explicar cómo las especies pueden cambiar (la selección natural), y su explicación comprensible de una vasta acumulación de datos biológicos, atraparon entonces y aún siguen atrapando a muchos lectores.
Al recordar el impacto que tuvo en mí la lectura de esta obra imprescindible, me puse a pensar en el alcance que tuvo este texto y otros del mismo autor entre los mexicanos contemporáneos de Darwin, y en qué medida influyeron sus ideas en las publicaciones mexicanas de esos tiempos. Ese es el motivo por el cual me atreví a escribir este ensayo.
No es fácil localizar las fuentes que iniciaron el darwinismo en México porque se requiere de una laboriosa investigación en toda o casi toda la prensa –científica o no– de la segunda mitad del siglo XIX, donde se encuentran dispersos los datos. Moreno, en una muy completa revisión sobre el tema elaborada en 1984, señala que aparentemente sólo hay dos trabajos en que se estudia el caso mexicano en relación con Darwin: el de Santiago Genovés y el de Maldonado-Koerdell, ambos publicados en 1959. El pr imer autor concluye que en México, por razones de inestabilidad histórica, se refleja débil y tardíamente la obra de Darwin. El segundo autor, por su parte, concluye que, a pesar de la notoria propaganda –favorable y desfavorable– que se hacía de las ideas de Darwin en muchos países, sólo aparecieron en el nuestro dos notas sobre sus trabajos entre los años 1870 y 1900. Afirma que el cuerpo de ideas darwinistas que ingresó a México estaba publicado principalmente en francés, y que por tanto se difundió solamente entre los grupos cultos de la sociedad.
No comparto la opinión de Genovés, pues el trabajo de Darwin se difundió ampliamente no sólo en el sector culto durante la segunda mitad del siglo XIX, sino también entre la población general. Para apoyar esta afirmación, enlistaré algunos libros sobre darwinismo que estaban al alcance del pueblo, así como citas y publicaciones relacionadas con el trabajo de Darwin hechas por mexicanos; asimismo, presentaré información sobre el trabajo de los principales darwinistas de ese siglo, su impacto en las diferentes áreas del conocimiento, la política y la religión, y las controversias más importantes que hubo como consecuencia.
En 1890, en la Biblioteca Nacional de México estaban a disposición del público, entre otros, los siguientes libros de Darwin: De la variation des animaux et des plantes sous l’action de la domestication (en dos volúmenes, París, 1868), La descen dance de l’homme (en dos volúmenes, París, 1873) y The expression of the emotions (París, 1870). También había libros donde se mencionaba o se apoyaba la teoría de la evolución, tales como el de L. A. Dumont: Haeckel et la theorie de l’evolution en Allemagne (París, 1873), el de J. L. De Lanessan: La lucha por la existencia y la asociación para la lucha. Estudio sobre la teoría de Darwin (Madrid, 1884) y el de L. Schmidt: Descendance et Darwinism (París, 1880).
En algunas publicaciones mexicanas de finales de ese siglo se puede hallar un buen número de citas a autores como Schmidt, Haeckel, Huxley, Wallace, Gervais, Quatrefages, Spencer, Vogt y al propio Darwin.
En lo que respecta a traducciones de trabajos evolucionistas, se sabe que Santiago Sierra tradujo El origen del hombre, pero no lo publicó porque murió en un duelo en 1880. Por fortuna, Sierra publicó varios artículos que explicaban las ideas de Darwin en la revista semanal del diario La Libertad con base en autores como Spencer y Haeckel.
El problema indígena en México y la situación general del país hacen que las aplicaciones del modelo darwinista a otras disciplinas sociales sean frecuentes en los escritores políticos de la época. Los hermanos Sierra y las personas ligadas a ellos (spencerianos) son un ejemplo de esto. La cita más antigua que se conoce referida a los trabajos de Darwin es de 1875: El espiritismo y el Liceo Hidalgo. Esta cita procede de Justo Sierra, personaje de gran influencia en la educación mexicana, positivista spenceriano, profesor de la preparatoria recién fundada y futuro impulsor de la reapertura de la Universidad. Justo Sierra estaba bien empapado de la teoría de Darwin, y meses después, en un escrito sobre la enseñanza de la historia publicado en el diario El Federalista, apunta: “La ciencia ha destruido la supuesta unidad de la familia humana, y haciendo retroceder nuestro origen más allá del mundo animal, hasta el vegetal, hasta las primeras manifestaciones de la fuerza vital en el planeta, ha formulado con Darwin y Wallace la ley grandiosa del transformismo”.
Entonces el darwinismo ingresa en la educación oficial desde finales de la época de los 70 y de los 80 gracias a Sierra y a Dugès. El mismo Justo Sierra publicó en 1878 un texto de historia por entregas en La Voz de México, intitulado “Compendio de historia de la antigüedad”, donde expuso lo que consideraba los elementos de la teoría de Darwin.
En 1876 encontramos al primer científico darwinista mexicano, Francisco Patiño, quien escribió un artículo sobre plantas carnívoras y se mostró partidario de las nuevas ideas.
Las controversias más importantes sobre el darwinismo se producen entre 1877 y 1878 y reflejan la resistencia al nuevo sistema natural por parte de la iglesia Católica y los positivistas comtianos. La oposición católica, si bien no fue débil, estaba inmersa entonces en una gran cantidad de problemas, en aquel entonces candentes, que provenían del triunfo liberal, por lo que no fue de gran importancia. Uno de los principales responsables de que la controversia religiosa no aumentara fue Justo Sierra, quien argumentó que, dada la separación de la Iglesia y el Estado, el profesor debe enseñar las ciencias a pesar de que choquen con posiciones teológicas. La oposición positivista, encabezada por Gabino Barreda, de la Asociación Metodófila Gabino Barreda, es sin duda la más fuerte y la de mayor gravedad debido a que la mayor parte de los educadores en México fueron positivistas durante muchos decenios; sin embargo, hubo un grupo de positivistas de tendencias darwinistas, entre los que se hallaban Pedro Noriega, Manuel Flores y Porfirio Parra.
La antropología es la ciencia en la que se pueden encont rar los mayores rastros del impacto de Darwin. Aunque en el terreno científico hubo también oposición, muchos científicos darwinistas lograron desarrollar sus ideas. A finales de 1878 apareció uno de los textos biológicos en que el darwinismo se muestra como de uso corriente en la ciencia mexicana. Se trata del artículo del médico José Ramírez titulado Origen teratológico de las variedades, razas y especies, en el que aporta sus propias ideas sobre la posibilidad de que ciertos caracteres monstruosos se hereden y lleguen a conformar nuevas especies. Aunque únicamente cita a Darwin, parece que conocía bien a autores como Haeckel.
El médico Ramón López y Muñoz es uno de los escritores de la época que asimilaron bien las nociones del darwinismo. En 1878 publicó un estudio llamado Generación, causa y condiciones de la sexualidad. Ovogénesis y embriología, en el que resume sistemáticamente las tesis de Haeckel . El mismo autor escribió La ley del hábito en biología, texto en el que insiste en demostrar la importancia del hábito (adaptación al medio) en la teoría de Darwin.
En esos años aparece en escena otro personaje, de mucha impor tancia para la biología en México, que es el doctor Alfredo Dugès (1826-1910). Sus artículos, así como los de su hermano Eugenio, llenaban muchas páginas de las revistas que en aquellos tiempos se dedicaban a difundir las ciencias. La mayor parte de sus trabajos son sencil los reportes donde no se menciona en absoluto el problema evolucionista, pero no por ello estaba alejado del mismo. Parece ser que, aunque simpatizaba con las nuevas ideas, era partidario de guardar una prudente cautela científica. En 1882 publicó su trabajo Consideraciones sobre la clasificación natural del hombre y de los monos, en el que pasa revista a las diversas clasificaciones propuestas para el hombre, principalmente por Huxley, Haeckel, Gervais, Quatrefages y otros, y reconoce que no hay razón para separar al hombre en un reino especial, pues las diferencias que tiene con los animales no son esenciales.
Dugès es autor de un texto de zoología en el que expone la teoría de Darwin y discute términos con los que no está de acuerdo, como la variabilidad ilimitada (no la prueban los hechos: las especies varían en términos muy limitados), la evolución progresiva (hay fósiles de animales superiores a los actuales) y la teoría de la descendencia (no se encuentran las formas transicionales de una especie a otra; cada forma ha aparecido tal y como la conocemos, aunque no sepamos cómo). Acusa a Darwin de hablar de probabilidades y suposiciones sobre la transformación de unas especies a otras en una ciencia como la zoología, la cual se debe fundar en la observación rigurosa de los hechos. Por otra parte, anota hechos a favor de la teoría de Darwin y termina diciendo: “Más valdría quedar en la duda filosófica que declararse partidario absoluto o irreconciliable enemigo de la teoría de Darwin”.
La postura de Dugès tiene su contrapartida en la obra de Vicente Riva Palacio (1832-1896), político, novelista, historiador, escritor satírico, naturalista aficionado, militar, gobernador, ministro y embajador de México en España. En 1884, Riva Palacio escribió un texto con una novedosa aplicación de la teoría de Darwin en el segundo tomo de su obra magna (escrita en la cárcel) México a través de los siglos, en el capítulo dedicado al virreinato. En este capítulo, considera que la raza indígena, juzgada según los principios de la escuela evolucionista, está en un punto de perfección y progreso corporal, pues tiene caracteres que hacen de ella una raza superior al de otras razas conocidas: ausencia de pelo en el cuerpo y en la cara, dentadura perfecta y muy blanca, carencia de muelas del juicio y presencia de un molar nuevo que sustituye al canino. Esto último generó mucha controversia.
En La Naturaleza, órgano de la Sociedad Mexicana de Historia Natural (1882-1884), se publicó una traducción del trabajo de Darwin intitulado La formación de la tierra vegetal por la acción de los gusanos, así como del trabajo antidarwinista de Virchow, Darwin y la antropología. En el Boletín de la Sociedad de Ingenieros de Jalisco (1882) se editó el trabajo moderadamente antidarwinista de Teodoro Hill: “El hombre fósil de Mentone” y el texto de Huxley “La mayor edad de El origen de las especies”.
El darwinista más activo y connotado que hubo en los últimos veinte años del siglo XIX es, sin duda, Alfonso L. Herrera (1868-1924), personaje activo, con una sólida preparación biológica, investigador de las ciencias naturales y maestro, que llegó a ejercer una influencia positiva en muchas generaciones de jóvenes. No es mi objetivo analizar todas las investigaciones hechas por Herrera en que se muestra evolucionista, por lo que sólo mencionaré algunos ejemplos. En su trabajo de 1891, Nota relativa a las causas que producen atrofia de los pelos, se apoya en Darwin y Wallace para debatir sobre algunos pensamientos poco darwinistas de Quatrefages. En 1892 publicó el estudio Medios de defensa en los animales, en que realiza aportaciones a la doctrina evolucionista y muestra una gran capacidad de sistematización. En 1895, en el trabajo Notas acerca de la zoología del lago de Texcoco, se apoya en Darwin y manifiesta la necesidad de estudiar el dimorfismo sexual, la selección sexual (que Darwin incluye en la sexta edición de El origen de las especies) y la afinidad sexual en la fauna mexicana. En Filosofía comparada. El animal y el salvaje, hace consideraciones teóricas sobre el origen del hombre y llama
la atención sobre la proximidad real entre el hombre y el animal.
Es muy importante señalar los dos trabajos de Herrera que están apoyados principalmente en las doctrinas evolucionistas: La vie sur les hauts plateaux. Influence de la presión barometrique sur la constitution et le développement des etres organisés. Traitement climaterique de la tuberculose, redactado en coautoría con Vergara Lope (1899), así como su obra maestra, El Recuéi des lois de la Biologie générale, dedicado a Dugès (su maestro), donde publicó las leyes cronológica, de la unidad, de la vida celular, de la finalidad particular, de la diferenciación de la variabilidad, de la adaptación, de la distribución, de la lucha por la vida y de la evolución. Según Moreno (1984), esta obra representa la síntesis del pensamiento darwinista en este país. La máxima aportación de Herrera a la difusión del evolucionismo fue la creación de la cátedra de Biología General en la Escuela Normal para Profesores en 1902, y asimismo el texto que dos años después publicó para esta cátedra.
Se puede concluir que, aunque a finales de siglo la dictadura apoyada por el Partido Científico (formado por positivistas) no admitió mayores libertades a los disidentes científicos, el triunfo liberal y la estabilidad política consiguieron que las ideas evolucionistas se difundieran, principalmente las de Dugès y Herrera, logrando cambios importantes en la orientación científica y el pensamiento en general.
Darwin era un excelente naturalista que supo hacer muy bien lo que se hace día con día en la ciencia: se genera una idea nueva, se descubre su trascendencia y se trata de convencer a los demás de su importancia. Los científicos sabemos que uno de los aspectos más dolorosos de la muerte de un hombre lo constituye el hecho de que su formación, sus ideas, su cultura, desaparezcan con él. Para Darwin debió ser muy satisfactorio que su teoría tuviera tantos seguidores y que su trabajo se difundiera en muchos países, entre ellos México.



Para el lector interesado

Moreno, R. (1984). La polémica del darwinismo en México. Siglo XIX.
Testimonios. Serie de Historia de la Ciencia y la Tecnología, 1.
México: Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

1 Agradezco al Dr. Mario E. Favila, del Instituto de Ecología, A.C., sus comentarios y observaciones, así como al proyecto CONABIO BE012 por el apoyo recibido durante la elaboración de este documento.