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La importancia de los ácidos grasos Omega 3

Rosa Ma. Infanzón y Stefan M. Waliszewski

Las grasas y los lípidos se definen como compuestos químicos orgánicos solubles en solventes orgánicos, es decir, en ciertos destilados del petróleo. A diferencia de otros nutrientes, los lípidos no se mezclan con el agua, lo que obliga a que sufran un procesamiento especial durante su digestión, absorción, transporte, almacenamiento y aprovechamiento.
A principios del siglo XX se descubrió que las grasas pueden ser esenciales para el crecimiento y desarrollo normal de los animales y humanos. Cuando no hay suficientes en los alimentos, se produce una detención del crecimiento por la falta de liberación de hormonas hipotalámicas e hipofisarias, problemas de la piel, necrosis, problemas relacionados con el colesterol, la actividad lipotrófica y hasta infertilidad. Dentro de las grasas se hallan los ácidos grasos denominados “esenciales”, los cuales no pueden ser sintetizados por los mamíferos y cuya deficiencia se puede corregir por el consumo adecuado de alimentos.
Los ácidos grasos esenciales, después de que han sido ingeridos, se distribuyen entre las células del tejido graso (adipositos), donde se almacenan y se incorporan con gran eficiencia a las estructuras del organismo.
Las evidencias epidemiológicas revelan que una dieta que contiene aceite de oliva y aceite de pescado atenúa el desarrollo de la hipertensión. En efecto, una dieta con un mayor contenido de grasas saturadas se relaciona con la presión arterial elevada, mientras que el consumo de grasas con aceites Omega–3, procedentes del pescado, la disminuye.
Se ha descubierto que los derivados de los ácidos grasos en cuya cadena se encuentran doble enlaces (enlaces no saturados), modulan funciones cardiovasculares, pulmonares, inmunitarias, reproductivas y secretoras en muchas células. Por esta razón, los humanos dependen de la presencia en la dieta de ácidos grasos como Omega–3, Omega–6 y Omega–9, indispensables para la síntesis adecuada de los precursores estructurales.
Los ácidos grasos esenciales denominados Omega–3 reducen hasta cierto punto los niveles séricos de colesterol, y de manera significativa los triglicéridos. También disminuyen la posibilidad de que las plaquetas de la sangre se agreguen y formen trombos, abatiendo así la enfermedad cardiovascular en la diabetes y mejorando la sensibilidad a la insulina.
Las grasas, básicamente compuestas por ácidos grasos, son las moléculas constituidas por la unión de átomos de carbono, hidrógeno y oxígeno. Son saturadas si no tienen dobles enlaces, e insaturadas si los tienen. Las grasas insaturadas se dividen a su vez en m onoinsaturadas cuando tienen un solo enlace doble, como el aceite de oliva, y poliinsaturadas si poseen dos o más dobles enlaces. A este tipo pertenecen los ácidos grasos esenciales Omega–3.
Para el buen funcionamiento del organismo debe haber una adecuada relación entre los ácidos grasos Omega–3 y Omega–6. Dado que ambos provienen esencialmente de los alimentos, es necesario cuidar esa relación que proporciona una dieta normal. La relación idónea entre esos dos ácidos grasos en la alimentación es de 1 a 1. Debido al consumo de alimentos industrializados en la dieta moderna, esta relación se ha desequilibrado, llegando a ser de 1 a 10 o 1 a 15. Tal desequilibrio se explica por el consumo de gran cantidad de cereales, carne de animales alimentados con cereales y aceites vegetales ricos en ácidos Omega–6 y pobres o carentes de Omega–3. Dicho desequilibrio también se explica por las campañas anticolesterol. Los aceites vegetales, ricos en ácidos grasos Omega–6, se utilizan en la lucha contra el colesterol y en la prevención de enfermedades cardiovasculares, lo que ha implicado su consumo excesivo. Es necesario señalar que el colesterol no es el único responsable de las enfermedades cardiovasculares, pero el desequilibrio de la relación entre los ácidos grasos Omega–3 y Omega–6 sí puede ser un factor de riesgo determinante. Los estudios de la relación entre los ácidos grasos Omega–3 y Omega–6 en la dieta recomiendan una relación de 1 a 4 o 1 a 5. Así, es necesario un mayor consumo de ácidos Omega–3 para preservar la salud.
Los ácidos Omega–3 se encuentran en el aceite de pescado de climas fríos, como el salmón y el bacalao, peces muy ricos en ácidos grasos poliinsaturados. La principal fuente de ácidos grasos Omega–3 en los peces son las algas que consumen. Este ácido graso es también la fuente natural de vitaminas A y D y se asimila mejor en presencia de la vitamina E, por lo que se recomienda consumi r estas dos sustancias
simultáneamente. Existen otras fuentes naturales de ácidos grasos Omega–3; entre ellas se pueden enlistar asimismo los aceites de sardina, atún y arenque. Las fuentes nutricionales de aceites Omega–3 de origen vegetal se concentran en frutos como las nueces y avellanas, las semillas de soya, calabaza y lino, así como en el germen de trigo, la col, la lechuga y el brócoli. Por ello, el consumo de dichos vegetales beneficia el balance de grasas endógenas y preserva la salud. El consumo de carne procedente de animales al imentados con pasto mantiene más estable la proporción de ácidos Omega 3 y Omega 6, en comparación con los que ingieren granos.
Una dieta equilibrada con alto contenido de ácidos Omega–3 disminuye el riesgo de enfermedad isquémica mortal en adultos mayores de 65 años. Esta protección es consecuencia de los posibles efectos antiarrítmicos de dichos ácidos; además, tienen una amplia variedad de efectos antiinflamatorios e inmunomoduladores, relevantes para la arteriosclerosis, que se manifiesta clínicamente como el infarto del miocardio, la muerte súbita y el ataque cardíaco.
Se han demostrado muchos de los beneficios biológicos que aportan los ácidos Omega–3, como su efecto en los triglicéridos, colesterol HDL (o colesterol de alta densidad), fisiología plaquetaria, funciones endoteliales y vasculares, presión sanguínea, excitabilidad cardíaca, estrés oxidativo y función inmune. Los pacientes que consumen habitualmente una dieta mediterránea y suplementos de ácidos grasos Omega–3 tienen 30 por ciento menos probabilidades de padecer muerte cardiaca y un riesgo 45 por ciento menor de sufrir muerte cardíaca repentina. Así, los ácidos grasos Omega–3 tienen efectos antiateroscleróticos al disminuir los niveles de triglicéridos y las concentraciones de colesterol. Además de la prevención primaria y secundaria de la enfermedad coronaria, también se han demostrado efectos benéficos de los mencionados ácidos en la hipertensión, la diabetes tipo 2 y en algunos pacientes con enfermedad renal, artritis reumatoide, colitis ulcerosa y enfermedad pulmonar crónica obstructiva.
El consumo de alimentos ricos en ácidos grasos Omega–3 se relaciona directamente con el desarrollo cerebral prenatal y con el posterior desarrollo infantil. Durante la gestación, el feto recibe por vía placentaria de la madre importantes cantidades de Omega–3, las que participan en el desarrollo del cerebro y los órganos visuales. El requerimiento fisiológico disminuye después del parto, pero sigue siendo importante durante la lactancia. El amamantamiento materno es asimismo una fuente importante de Omega–3. Por ello, las mujeres embarazadas, los recién nacidos y los lactantes son quienes necesitan mayor consumo de Omega–3 a través de los alimentos.
Diversos estudios epidemiológicos demuestran que un alto consumo de grasas saturadas y de grasas animales aumenta el riesgo de padecer cáncer de colon y mama. Los ácidos grasos Omega–3 pueden inhibir el crecimiento de las células cancerígenas in vitro y en vivo. Estos efectos tienen que ver con la absorción de esos ácidos por las células y su metabolismo competitivo con las grasas saturadas.
Se han publicado resultados de estudios nutricionales que revelan que entre 30 y 40 por ciento de los cánceres pueden prevenirse sólo con un estilo de vida y una dieta adecuada. La obesidad originada por el excesivo consumo de productos con azúcar y
harina refinada, una baja ingesta de fibra, el consumo de carne roja y el desequilibrio entre ácidos grasos Omega–3 y Omega–6 contribuyen al aumento de riesgo de cáncer. Se ha visto que una dieta equilibrada, que incluye un mayor consumo de pescado y vegetales que contienen los ácidos grasos Omega–3, disminuye de 60 a 70 por ciento el riesgo de padecer cáncer de mama, colorrectal y de próstata, y reduce en 40 a 50 por ciento los casos de cáncer de pulmón. Una dieta así ayuda a prevenir el cáncer y favorece la recuperación en estos padecimientos.
El incremento de la ingesta de pescados ricos en grasa es una alternativa razonable al consumo de alimentos como la carne y el queso, que tienen un alto contenido de grasas saturadas.