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Los rumbos del universo en El Tajín

Sara Ladrón de Guevara

Los estudios más recientes ubican la temporalidad de El Tajín entre los años 800 y 1200 de nuestra era. Otros estudiosos han propuesto cronologías que comienzan desde periodos anteriores, aunque para hacerlo toman en cuenta temporalidades de los sitios vecinos.
El tiempo en que El Tajín fue construido y habitado corresponde a un periodo en el que se desarrollaron varios otros centros urbanos en Mesoamérica. La gran urbe de Teotihuacan había decaído y su población se había reducido significativamente hacia el 650 d. C. Esta caída propició el desarrollo de otras ciudades a lo largo del territorio mesoamericano. Así, al declinar también el control político y económico teotihuacano, florecen sitios en diversas regiones mesoamericanas y se convierten en esos centros urbanos. Tal es el caso de El Tajín, en la costa del Golfo de México.
La herencia teotihuacana es evidente en todos estos centros: el urbanismo, la arquitectura, la pintura, la escultura, la cerámica y la lítica revelan algunas formas que permanecen. Esas formas corresponden sin duda a una ideología particular que, lo mismo que estas manifestaciones, revelan una permanencia en el ámbito de las ideas, aunque provistas de un estilo propio en cada sitio o área.
Una cosmovisión distinta a la propia significa no sólo una valoración del entorno, sino una manera diferente de vivir el transcurso entre los ámbitos sagrados y los profanos, los tiempos rituales y los cotidianos.
No es fácil enfrentarnos a una civilización que, por poner un ejemplo, no construye edificaciones vacías para ser penetradas, como las concebimos en nuestros términos culturales actuales, sino estructuras macizas para ser escaladas, lo que implica un modo de ver, comprender y modificar el mundo que nos es ajena.
Es por eso que para adentrarnos en el mundo desde el punto de vista de quienes construyeron El Tajín, intentaré explicar la cosmovisión que les fue propia.
Al igual que en el resto de Mesoamérica, el universo era comprendido como un plano horizontal con cuatro rumbos, y una quinta dirección como eje justo en el centro. Este plano se sobreponía a otros inferiores y yacía bajo otros superiores. En estas dimensiones transcurría el movimiento que significa el paso del tiempo.
El plano horizontal puede explicarse a través de una imagen esculpida en bajorrelieve que describe precisamente la concepción del universo y que puede ser cotejada con la lectura del plano de la ciudad de El Tajín, que corresponde también a la modificación de un espacio en estructuras correspondiente a su visión del universo. La pieza a la que nos referimos fue hallada por José García Payón en el edificio 4, en el área central del sitio.
Se trata de un altar esculpido en piedra en forma de paralelepípedo horadado en el centro. Están esculpidas tanto su cara superior como tres de sus caras laterales.
La representación del universo mesoamericano, más allá de los confines de El Tajín y de la costa del Golfo, fue a menudo realizada en forma cuadrangular o rectangular.
En la cara superior se aprecian cuatro personajes. Era común la idea en Mesoamérica de que eran cuatro personajes los que sostenían las esquinas del mundo. En el caso de la piedra que nos ocupa, los dos personajes centrales parecen ser principales, y los otros a los lados, persosecundarios. En los centrales observamos rasgos que nos llevan a pensar que se trata de un viejo frente a un joven. Son claras las arrugas sobre el rostro del que identificamos como un viejo. La posición de ambos nos recuerda algunas escenas de transición de poder. En este caso, llama la atención la parafernalia de cada uno, que incluye símbolos opuestos de muerte, en el caso del anciano, y de renovación y vida en el del joven.
Mientras que el viejo porta un cuchillo de sacrificio, el joven sostiene un atado de cañas, que se usa para encender el fuego nuevo al comienzo de cada ciclo de 52 años. El tocado del viejo, aunque similar al del joven, incluye plumas y una mano mutilada que alude al sacrificio y muerte de un individuo. Los dos llevan un lienzo en su mano izquierda .
Los individuos que se hallan detrás de los personajes centrales sostienen sendas bolsas de copal, una de las cuales está ornada por el glifo del movimiento –la que porta el personaje atrás del joven–, mientras que la que lleva el personaje detrás el viejo no presenta ningún ornamento central.
Al tiempo que los dos personajes centrales tienen los pies sobre la tierra, los laterales parecen inmersos en el agua. Los cuatro tienen enormes tocados ornados con el ojo de volutas, típica representación de la deidad principal de El Tajín.
Es curioso notar también algunos detalles compartidos. Los dos personajes del lado del anciano tienen idénticas orejeras y pulseras, y además ambos portan rodilleras.Los personajes del lado del joven traen orejeras dobles también idénticas y sus pulseras de bandas son asimismo iguales.
Al centro de la escena, la horadación a que hicimos referencia está ornada de plumas. Esta es una representación codificada del Sol. El motivo en su conjunto está atravesado por flechas que hacen alusión al carácter guerrero del astro.
Además, el motivo está rodeado por los cuerpos de dos serpientes que se entrelazan formando el signo de movimiento tanto en la parte inferior como en la superior. De sus cabezas y colas surgen diseños de largas plumas. Estos cuerpos de serpientes descansan sobre el diseño de un altar visto de perfil, que a su vez reposa sobre una tortuga que a menudo representa a la Tierra en la iconografía mesoamericana.
De esta manera, y recapitulando, podemos observar cómo en esta escena, además de cuatro rumbos y una dirección como eje central marcado por el hueco del Sol y los cuerpos de las serpientes que al formar el signo de ollin indican el transcurrir del tiempo, tenemos representados a los cuatro elementos: fuego en el centro, el Sol y el atado de cañas; agua en los dos extremos de la pieza; tierra, representada por la tortuga en la parte inferior central, y aire, simbolizado por las serpientes emplumadas, una clara alusión
a Quetzalcóatl en su advocación de Ehécatl, deidad del viento.
En las caras laterales de esta pieza hay representaciones de volutas y joyeles, ornatos típicos del estilo de El Tajín, que han hecho pensar en una correspondencia con los niveles superpuestos que envolvían a aquéllos donde viven los hombres.
Esta pieza es, pues, la representación de un microcosmos ordenado y claro, que de alguna manera se reprodujo en el plano del sitio, organizando así una geografía ritual acorde a la visión del cosmos de sus constructores.
Durante mucho tiempo el plano del sitio de El Tajín fue visto como desordenado, pues en Mesoamérica solemos encontrar sitios organizados sobre un eje lineal o dos perpendiculares que funcionan como avenidas sobre las cuales se trazaba el plano regulador de las ciudades.
A primera vista, e incluso cuando camina uno entre los edificios piramidales de El Tajín, se tiene la impresión de un emplazamiento más asociado al azar y a la carencia de planeación. Sin embargo, al revisar el plano contrastándolo con la imagen de la escena descrita del altar, veremos una concordancia de elementos y de la disposición de los mismos:
Al centro del sitio encontramos la pirámide de los Nichos, la cual presenta 365 nichos dispuestos en siete cuerpos superpuestos. Esta es una obvia alusión al Sol, pues sabemos que el calendario solar de 365 días era uno de los dos que regían la cuenta del tiempo y permitían el control del ciclo agrícola. Así, en el sitio y en el altar el símbolo del Sol se halla precisamente en el centro.
Rodeando a la pirámide de los Nichos hallamos, al norte y al sur, varias canchas que sirvieron para el ritual del juego de pelota que, al igual que el signo que forman los cuerpos entrelazados de las serpientes en el altar, simbolizan un movimiento alrededor del Sol, que le permite a éste transcurrir por el firmamento y pasar por el inframundo, dando lugar a la sucesión del día y la noche, la luz y la oscuridad de cada día.
La tierra subyace, por supuesto, a las estructuras piramidales, y el agua se encuentra fluyendo en dos arroyos, uno al este y otro al oeste del área ceremonial del sitio, que, al igual que en el altar, están representados en sus dos esquinas inferiores, de la misma manera que el territorio mesoamericano estaba delimitado por dos océanos.
En cuanto al viento simbolizado en las serpientes emplumadas en el altar, es notable reconocer, en la parte norte del sitio, la construcción de un muro con la forma de una enorme greca escalonada. Este motivo es símbolo de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, ligada también a la deidad del viento, Ehécatl.
Asimismo, este muro posee 260 nichos que corresponden al segundo calendario utilizado en Mesoamérica, el ritual, que regía los destinos de los hombres. De esta forma reconocemos una estructura no solamente geográfica y espacial, sino también inmersa en el transcurrir del tiempo.

 

Ilustraciones de Juan Pérez Morales