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Cambio climático global:
¿una realidad ignorada?

María del Rosario Pineda López,
Lázaro R. Sánchez Velásquez
y Jorge Galindo González

Desde su primera interacción con la naturaleza, el hombre “pensante” ha tratado de entenderla, de indagar cómo funciona y beneficiarse de una relación poco equilibrada entre la sociedad que ha construido y aquélla. En este proceso ha modificado la dinámica ambiental, con consecuencias que desde hace algún tiempo hemos empezado a experimentar, y sobre las cuales muy poco estamos haciendo para que disminuyan. De esta manera, es necesario visualizar las consecuencias de los cambios desde una perspectiva del cambio climático global. Pero es preciso, en principio, definir lo que entendemos por clima.
El clima se define como un estado cambiante de la atmósfera debido a sus interacciones con el mar y el continente y en diversas escalas de espacio y tiempo. Cuando un parámetro meteorológico, como la precipitación o la temperatura, sale de sus valores medios de muchos años, se habla entonces de una “anomalía climática”, que puede ser ocasionada por forzamientos internos (por ejemplo, inestabilidad en la atmósfera o en el océano), por forzamientos externos naturales (volcanes, incendios, etc.) o por aquéllos causados por la actividad humana (como la concentración de gases de efecto invernadero, la modificación del uso del suelo, la deforestación, etc.), todo lo cual afecta la intensidad de la radiación solar recibida y, en general, las características del planeta.
La temperatura representa el parámetro meteorológico que se ve más alterado por las actividades humanas, y se ve asociado principalmente al fenómeno conocido como “efecto invernadero”; sin embargo, tal efecto ha existido desde que aparecieron las plantas verdes, las cuales comenzaron a liberar bióxido de carbono –que no existía entonces en la atmósfera–; así, el efecto invernadero es una consecuencia natural de la atmósfera.
El efecto invernadero es un fenómeno ocasionado por ciertos gases atmosféricos que evitan la pérdida del calor acumulado en la superficie de la Tierra, por el cual ésta tiene una temperatura relativamente alta que ha permitido el surgimiento y la evolución de la vida. Si dicho efecto no existiera, la temperatura efectiva de nuestro planeta sería de –18 °C, es decir, si no tuviera atmósfera sería 33 °C más fría: un planeta helado. Dado que se considera que debido al efecto invernadero se ha desencadenado una serie de modificaciones en diferentes componentes ambientales, empezaremos por ahí.

El efecto invernadero

Primero debemos entender que la Tierra, al igual que cualquier otro cuerpo, absorbe radiación solar (radiación de onda corta) a través de la superficie, la cual es redistribuida en todo el planeta, gracias a la circulación atmosférica y oceánica, para compensar los contrastes que hay entre la temperatura del ecuador y la de los polos. La energía recibida es vuelta a emitir o se refleja al espacio mediante longitudes de onda larga, con lo cual es posible mantener a largo plazo un balance entre la energía recibida y remitida.
Cualquier proceso que altere este balance, ya sea por cambios en la radiación recibida, remitida, o distribuida en la Tierra, se manifestará como un cambio en el clima. El aumento en las concentraciones de los llamados “gases de efecto invernadero” (dióxido de carbono [CO2], metano, óxido nitroso, clorofluorocarbonos, vapor de agua) reducen la eficiencia con la cual la Tierra remite hacia el espacio la energía recibida. Parte de esta radiación saliente de onda larga emitida es reflejada de nuevo a la superficie (o acumulada en la atmósfera) debido a la presencia de tales gases.
El nombre “efecto invernadero” nace de la similitud que existe entre este fenómeno con las instalaciones construidas para cultivar plantas, las que tienen un ambiente más cálido que el exterior debido a que el techo deja entrar la radiación solar y bloquea la radiación que se emite desde el interior. Se ha sugerido llamarlo“efecto atmósfera”, ya que un invernadero se calienta más por impedir la convección del aire (movimiento del aire caliente, que asciende al ser menos denso) que por atrapar radiación. Así, los cambios significativos en el balance radiativo de la Tierra alteran la circulación de los océanos y del aire de la atmósfera; consecuentemente, el ciclo hidrológico se modifica, cambiando las precipitaciones y temperaturas en la superficie de la Tierra y, a la postre, el comportamiento y distribución de la biota del planeta.
A mediados del siglo XIX, con el inicio de la Revolución Industrial, la situación natural del efecto invernadero se había alterado significativamente, toda vez que la industrialización inyecta dióxido de carbono (gas termoactivo) y gases traza (metano, óxidos de nitrógeno, clorofluorocarbonos, etc.) a la atmósfera, atrapando aún más radiación dentro del sistema climático. Desde entonces, las concentraciones de CO2 han aumentado en 30%; en el año 2001 se alcanzó un nivel de 370 ppmv de CO2, comparado con 280 ppmv previos a la
industrialización, concentración que se mantuvo casi constante durante varios siglos.
El problema del aumento no sólo consiste en las concentraciones alcanzadas, sino el corto periodo de tiempo en el que se llegó a cifras récord jamás antes observadas. A pesar de que existen varios factores que pueden alterar el clima, hay evidencias sólidas que atribuyen a las actividades humanas el calentamiento observado en la Tierra durante los últimos cincuenta años; se ha estimado que cerca de 90% de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero provienen de los países industrializados. Hoy, la temperatura del mundo es 0.6 °C más elevada que en el siglo pasado, y en la medida en que el CO2 siga aumentando, lo mismo hará el termómetro.
Cambios como los que hoy experimentamos, ocurridos en menos de un siglo, anteriormente acontecieron a través de decenas de milenios. Lo que preocupa a la comunidad científica son las consecuencias de esta violenta perturbación antropogénica del CO2 sobre el equilibrio de los sistemas naturales. Con el aumento de las temperaturas del planeta los hielos se derriten; en África, las nieves del Kilimanjaro se han derretido en más de 80% desde 1912. El Parque Nacional de los Glaciares, en Estados Unidos, en 1910 albergaba 150 glaciares, pero actualmente quedan menos de 30, y los que quedan se han reducido dos tercios. Lo mismo sucede con los hielos perpetuos de los polos, los cuales disminuyen 9% por década, y se han adelgazado entre 15 y 40%. Algunos científicos predicen que para 2100 el hielo podría desaparecer durante los veranos. Con los deshielos, el nivel del mar aumenta; de acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), se calcula que en los últimos 100 años el nivel promedio del mar ha subido entre 10 y 20 centímetros, lo que significa entre 1 y 2.4 milímetros por año.
Sólo para imaginar las graves consecuencias de este calentamiento sobre la población humana, basta mencionar que más de 100 millones de personas en el planeta viven a un metro o menos del nivel promedio del mar.
Enfrentando el cambio climático A finales de la década de los ochenta, el interés sobre el calentamiento climático estaba en su punto más intenso; en 1988 se crea el IPCC, de la Organización de las Naciones Unidas, con el objeto de proporcionar a los gobiernos y a quienes elaboran las leyes una opinión de expertos para enfrentar el cambio climático.
En 1992 se inaugura el Programa Internacional de la Geosfera- Biosfera (IGBP), el cual permitió la colaboración de científicos en todo el orbe. Durante ese mismo año, los líderes políticos del mundo se reúnen en Río de Janeiro, Brasil, para establecer una agenda que dirija los esfuerzos para dar respuesta a los retos ambientales, sociales y económicos de la comunidad internacional. En 1994, la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (UNFCC) impulsa un acuerdo para estabilizar las concentraciones atmosféricas de gases de invernadero en todo el mundo.
En 1997 se suscribe el Protocolo de Kyoto, con el cual se crea un marco reglamentario internacional para enfrentar el cambio climático, y representa a su vez la clave del mercado emergente de “pago por servicios”. El Protocolo de Kyoto compromete a los países integrantes (141 países hasta 2004) a presentar inventarios de emisiones periódicamente, fortalecer la investigación científica y tecnológica, promover programas de educación y sensibilizar a la población sobre el cambio climático y sus efectos; asimismo, compromete a los países industrializados a reducir al menos 5% de sus emisiones respecto de las que había en 1990; sin embargo, los países en vías de desarrollo y China no se comprometieron con limitar sus emisiones. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en el marco de la preparación del trabajo denominado Perspectivas del Medio Ambiente 2000, llevó a cabo una encuesta entre 200 científicos de más de 50 países industrializados y en vías de desarrollo, en la cual se les preguntaba cuáles serían los problemas ambientales emergentes en el siglo XXI. El problema ambiental mencionado por el mayor número de expertos encuestados fue el cambio climático, seguido por asuntos de tanta relevancia como la escasez de agua dulce, la deforestación y desertificación y la producción del agua, entre otros.
La percepción del cambio climático como uno de los problemas ambientales predominantes en el siglo XXI se está fortaleciendo en todo el mundo en los últimos años. La publicación del Tercer Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (2002) ha contribuido a generar una conciencia sobre las crecientes concentraciones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera.
El cambio climático se considera cada vez más como un problema del desarrollo. Cada país lo enfrenta en función de sus propias capacidades y posibilidades. Por ejemplo, en el caso del paradigma del desarrollo sostenible en América Latina –en cuyo marco se adoptan las medidas específicas frente al cambio climático–, se ha integrado a la agenda política de los países de la región. No obstante, el diseño e instrumentación de políticas públicas para responder a los impactos del cambio climático se encuentran acotados por las dificultades estructurales de la región: pobreza acelerada, insuficiente infraestructura básica de agua potable y saneamiento, inestabilidad económica y excesiva deuda pública, entre otros. Actualmente, las agendas de muchos países del primer mundo y de los países en desarrollo consideran un apartado dedicado al análisis de los impactos potenciales del “cambio climático, así como a la definición de medidas de adaptación y la vulnerabilidad de las regiones a condiciones extremas en el clima”. No obstante, en ese contexto se reconocen las limitaciones que existen en el conocimiento científico que se tiene sobre el problema.

México ante el cambio climático

Con el objeto de cumplir con los objetivos de la Convención en el Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, en el Protocolo de Kyoto se establecieron tres mecanismos para ayudar a los países en desarrollo en la actualización de sus compromisos de mitigación de gases a la atmósfera: 1) la instrumentación conjunta, 2) el Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) y 3) el intercambio de emisiones y créditos. De estos, el segundo es el más relevante para los países en desarrollo –entre ellos México– ya que se refiere a proyectos llevados a cabo por los países industrializados para mitigar gases efecto invernadero en el territorio de aquéllos. De esta manera, se pretende proveer una fuente de capital para financiar el desarrollo limpio en dichos países a través de proyectos que reduzcan la deforestación y la degradación de los bosques. Mediante este mecanismo, México tiene un potencial de mitigación de 400 millones de toneladas de CO2 para el periodo 2005-2012, por lo que ha establecido memorandos de entendimiento con Japón, Holanda, Francia, Canadá, España y Alemania.
El tipo de proyectos dentro del Mecanismo de Desarrollo Limpio está relacionado con el aumento de la eficiencia energética, los cambios en el uso de combustibles fósiles por energías más limpias, el aprovechamiento de residuos, la generación de energía con fuentes renovables, y la reforestación, reducción de la deforestación y degradación de los bosques en dichos países. En este último apartado se reconocen dos estrategias para acumular o “secuestrar” carbono: la primera consiste en aumentar su fijación a través de la creación o mejoramiento de sumideros mediante tratamientos silviculturales, como la agroforestería, reforestación, restauración o rehabilitación de áreas degradadas; la segunda implica la prevención o reducción de la tasa de liberación a partir de la conservación de biomasa mediante el manejo forestal sostenible y quemas controladas, entre otros. Un ejemplo claro es el Memorandum de Entendimiento firmado en el 2004 entre Italia y México, el cual consta de catorce proyectos relacionados con rellenos sanitarios, plantas microeléctricas y de energía eólica y transporte urbano. Los otros dos mecanismos están también relacionados con la vinculación entre países industrializados, ya sea poniendo en ejecución proyectos de manera conjunta (implementación conjunta), o intercambiando certificados de reducción de emisiones (CER).
Así, ha surgido el Mercado de los Servicios Ambientales dentro del régimen de “comercio de los derechos de emisión”, mediante el cual el Protocolo de Kyoto, en su artículo 17, permite a los países industrializados sobrepasar sus cuotas de emisión de contaminantes a cambio de comprar “unidades de carbono” a países que emiten menos; es decir, que a través de la implementación de proyectos se generan CER que el país industrializado puede utilizar para demostrar el cumplimiento de sus compromisos.

Qué impactos debemos esperar

La realidad es que ya no podemos detener los efectos del cambio climático –aun y cuando se lograran todas las medidas de mitigación a escala global–, pues los volúmenes de las emisiones y la actual concentración de gases efecto invernadero en la atmósfera imponen una inercia climática imparable hacia el calentamiento. En todas las latitudes habrá impactos, por lo que se tendrán que desarrollar medidas de adaptación adecuadas, de modo que los efectos del calentamiento global no resulten en una multiplicación de catástrofes en muchas regiones del planeta. Si bien los impactos dependerán de la intensidad y duración de una anomalía en la lluvia o la temperatura en cada país, así como del grado de vulnerabilidad de una sociedad o de un ecosistema, los impactos del clima pueden variar desde ser apenas perceptibles hasta catastróficos.
Al tratar de entender el origen de muchos de los desastres naturales que están ocurriendo en nuestro entorno, es importante considerar el factor de riesgo, el cual es una combinación de la amenaza en sí y de la vulnerabilidad del país o ecosistema. Así, la amenaza podría consistir en las condiciones extremas que están asociadas al cambio climático (por ejemplo, aumento en las precipitaciones, elevación en el nivel del mar, aumento en la temperatura, etc.), y la vulnerabilidad estaría determinada por las condiciones de desarrollo o subdesarrollo en las que se halla un país.
Respecto a las implicaciones del calentamiento global para la conservación de las especies y las comunidades de plantas y animales, el doctor J. P. McCarthy señala que el calentamiento global podría provocar cambios en todos los niveles de organización ecológica: cambios poblacionales, en la distribución de los organismos, en la composición de las especies y en la estructura y funcionamiento de los ecosistemas.

En conclusión…

El enfrentar el calentamiento global provocado por el hombre requerirá profundas transformaciones tecnológicas y en los patrones de producción y consumo. Para la humanidad, hacer frente al cambio climático representa un reto de largo plazo, para el cual es imperativo actuar en el corto plazo. Ello implica que las sociedades deben considerar la adaptación; es decir, debemos adoptar medidas que permitan aumentar nuestra resistencia a los efectos adversos del cambio climático.
Es necesario tomar conciencia de que está ocurriendo un cambio en el clima, mismo que seguirá manifestándose a través de múltiples modificaciones ambientales ante las cuales, como especie, no somos inmunes. No podemos revertir los efectos a mediano plazo, pero sí podemos prevenir cambios drásticos mayores si logramos disminuir o revertir el aumento de sus causas.

 

Para el lector interesado
Bishop, J. y Landell-Mills, N. (2003). “Los servicios ambientales de los bosques: información general”. En S. Pagiola, J. Bishop y N.
Landell-Mills (Eds.): La venta de servicios ambientales forestales: mecanismos basados en el mercado para la conservación y el desarrollo. México: INE-SEMARNAT.
Guzmán, A., Laguna, I. y Martínez, J. (2004). Los mecanismos flexibles del Protocolo de Kyoto de la Convención Marco de la Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En J. Martínez y A. Fernández (Comps.): Cambio climático: una visión desde México. M é x i c o : INE-SEMARNAT, pp. 117-187.
McCarthy, J.P. (2001). “Ecological consequences of recent climate
change”. Conservation Biology 15: 320-331.