Editorial
      La realidad y nuestra percepción acerca de ella
     
      Desvaríos matemáticos
     
      La prueba de micronúcleos
     
      Materiales luminiscentes y algunas de sus aplicaciones
     
      La metatesis y el Premio Nobel de Química
     
      Nosotros, todos, infinitamente asesinos y suicidas involuntarios
     
      Las influencias forestales: ¿una realidad aparte?
     
      Rescatemos el Parque Nacional del Cofre de Perote
     
      Helechos: joyas naturales desapercibidas
     
      ¿Es útil la flora de la selva baja caducifolia de México?
     
      El problema de las plantas invasoras
     
      Mamíferos marinos: ¿veracruzanos desconocidos?
     
      Plantas medicinales: de la brujería a la ciencia
     
      Lo dulce del azúcar
     
      DISTINTAS Y DISTANTES: MUJERES EN LA CIENCIA
   

 

      Trótula y la escuela de Salerno: el renacimiento de la medicina
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      La velocidad de la vida
   
       
       
       
       
       
       
     
       
     
       
 
     

EDITORIAL

Hace algunas semanas, por no tener nada mejor que hacer, quien escribe estos renglones se dio a la tarea de llevar a cabo una brevísima y nada ambiciosa encuesta entre estudiantes de nivel preparatorio sobre sus conocimientos científicos. Sólo tres preguntas contenía ese cuestionario pergeñado sobre las rodillas: “¿Qué es una molécula?”, “¿A qué distancia está la Tierra del Sol?” y “¿Qué es un cromosoma?”. Sólo formulamos esas preguntas a doce jóvenes, de los cuales sólo dos pudieron responder aproximadamente la segunda y ninguno las otras.
Y es que vivimos hoy en un mundo en el que impera la incultura científica. Las librerías se llenan de cientos o miles de volúmenes de toda laya cuyo contenido es una perspectiva tergiversada de lo que la ciencia es, y los anaqueles se cubren de títulos de la llamada “pseudociencia”, cuando no de verdaderas falsificaciones, los que son devorados por una masa creciente de lectores, que no encuentran en la preparación escolar los elementos que les permitan juzgarlos. En efecto, el escaso conocimiento de la ciencia, incluso en personas inteligentes y con una cultura aceptable, es uno de los problemas más críticos e irritantes que enfrenta nuestra sociedad.
En el prefacio de un viejo y ya inaccesible libro, su autora se lamentaba de la creciente brecha entre lo pasmoso de los logros de la ciencia actual y la absoluta dificultad para comprenderla o percibir sus implicaciones en nuestra vida cotidiana por la mayor parte de la población. Y este es, como decimos antes, un problema cada vez más agudo, de modo que nuestra concepción del mundo que vivimos está absolutamente divorciada de la realidad.
Porque, ¿cómo entender el mundo sobre bases falsas? Es ya lamentable la preparación de nuestros estudiantes en este fundamental campo de la actividad humana, razón por la cual no debe extrañar que en las olimpíadas culturales y científicas ocupen los últimos lugares. Hace unos meses se proporcionaron datos que hablaban de la paupérrima preparación matemática de los jóvenes del nivel secundario; pero esa deficiencia no se aprecia solamente ahí sino en prácticamente todas las demás disciplinas que tienen que ver con el quehacer científico.

Afirma Louise B. Young: “Es un hecho interesante que […] que la mayor parte de los hombres cultos de hoy sepan menos sobre las tres leyes newtonianas del movimiento que sus contrapartes de hace dos siglos, no obstante que dichos principios son el fundamento de la era espacial”. Y es que en el siglo XVIII la mayoría de los hombres educados sabían bastante de la ciencia de sus días.
“La mecánica newtoniana –prosigue la autora– era discutida por los poetas, artistas y filósofos, así como por los propios científicos”. En efecto, los grandes maestros escribían buenos libros para los legos; se ofrecían cursos y demostraciones, y el interés por la ciencia absorbía incluso a las damas de la corte. “Pero hoy –concluye–, desalentados por el tamaño y la dificultad con la que se presentan [los resultados de la actividad científica], muchos ciudadanos inteligentes han perdido todo interés. Después de esforzarse sin medida en cualquier curso universitario, se sienten felices de cerrar el libro y alejar estos asuntos de sus mentes”.
No podemos dejar de citar en extenso, por interesante, lo que la citada autora señala: “Nuestra preocupación es una preocupación por la democracia misma porque la falta de comprensión de la ciencia hace surgir de manera dramática numerosas y perturbadoras cuestiones. Implica el asunto de la relación apropiada entre legos y expertos; nos impele a considerar lo adecuado del proceso de toma de decisiones en una sociedad libre; nos coloca ante el reto de justificar, en términos de las demandas del mundo moderno, el derecho básico de los ciudadanos a gobernarse a sí mismos. En el pasado, este derecho operaba por la convicción de que los hombres bien informados y capaces podían obtenerlo; que los ciudadanos pueden comprender los problemas, evaluar las opiniones en conflicto y tomar decisiones inteligentes en cuestión de políticas públicas”. Hoy, cuando las políticas públicas se han entremezclado con la ciencia cada vez más (petróleo, comunicaciones, etc.), a menos que los legos tengan una apropiada comprensión de la naturaleza de la ciencia y de los límites de la especialización científica, no podrán entender tales políticas, y no podrán tampoco hacer juicios sólidos sobre ellas.
Si la difusión del conocimiento logra evidentemente el avance de la ciencia, su divulgación –esto es, su dispersión a todas las capas sociales y no sólo la de los especialistas– creará una mejor conciencia de su importancia y fortalecerá la cultura. Desde estas páginas hacemos la tarea para ese propósito.