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      Trótula y la escuela de Salerno: el renacimiento de la medicina
     
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Trótula y la escuela de Salerno: el renacimiento de la medicina

Angélica Salmerón Jiménez

En el siglo XI, apenas saliendo de lo que los historiadores han denominado el “hoyo negro”, es decir, la centuria anterior, el verdadero siglo oscuro de la Edad Media, nos encontramos con un hecho digno de mención y sobre todo de memoria: la escuela médica de Salerno y, con ella, la aparición de un grupo de mujeres dedicadas al estudio y práctica de la medicina.
Por desgracia, la historia de la medicina ha olvidado prácticamente todos los nombres de estas mujeres, conocidas como Las damas de Salerno, que, como en otros casos, permanecen tras el velo de la ocultación y el silencio. Pero, afortunadamente, el interés historiográfico que actualmente se ha despertado por las aportaciones de las mujeres medievales a la cultura y por la situación que vivieron nos permite hoy en día hacernos cargo de este episodio de la historia de la ciencia medieval, pues, no obstante los pocos datos e información con que actualmente contamos, podemos reconstruir en lo esencial la participación que las mujeres tuvieron en lo que los historiadores de la ciencia reconocen como el renacimiento de la ciencia médica, ocurrido en los primeros siglos de la Edad Media, y particularmente en el periodo escolástico de esta época.
Así las cosas, la historia de la medicina debe recobrar y recordar a este grupo de mujeres salertianas que, con su trabajo e investigación, propiciaron y contribuyeron a la especialidad médica, sobre todo en los campos de la ginecología y la obstetricia. De entre todas ellas se ha podido recoger el nombre y la obra de Trótula, figura al parecer preeminente, quien por sus estudios y conocimiento de la medicina de Hipócrates y de Galeno, traspasados por sus propias investigaciones, la colocan en un lugar privilegiado en el terreno de la ciencia.
Poco es lo que sabemos de la vida de Trótula. Se dice que vivió en Salerno, ciudad italiana situada al sureste de Nápoles, en la bahía de Pestum, entre los siglos XI y XII (los historiadores marcan uno u otro indistintamente), donde ocupó la cátedra de medicina en la Escuela de Medicina, en la cual muchas mujeres fueron estudiantes y profesoras de dicha ciencia. Algunos la han identificado como esposa de un médico, Johannes Platerius, y madre de Matthias y Johannes el Joven, dos autores de libros de medicina; además, parece ser que perteneció a la noble familia de los Di Ruggiero. Se
piensa que murió en su ciudad natal en 1097.
En relación con su obra, se han identificado dos textos de los que parece haber sido autora: el Passionibus mulierum curandorum y el Oenatu mulierum, libros estos en que algunos historiadores han creído ver la obra de un hombre; otros arguyen, no obstante, que esta falsa identificación se debe a la infinidad de copias que de su obra se hicieron durante el siglo XII, copias en las cuales su nombre fue sustituido por su forma masculina: Trottus, terminando así por darle la autoría a su marido. No hay, pues, acuerdo general al respecto. Pero si hacemos caso de los hechos, no sería en modo alguno sorprendente que quien hubiese escrito dichos libros fuera efectivamente una mujer, ya que es bien sabido que las mujeres en Italia tuvieron grandes posibilidades de educación, y todo parece indicar además que, tal como señala Margaret Alic, sus universidades siempre estuvieron “abiertas a las mujeres, y era tradicional su presencia en ellas como estudiantes o como profesoras”.
En virtud del ocultamiento natural que las mujeres han sufrido en el curso de la historia, tampoco es sorprendente que buena parte de las tareas llevadas a cabo por ellas haya sido olvidada y quizá hasta borrada, consciente o inconscientemente; es ese el motivo principal por el que muchas investigadoras, historiadoras y estudiosas de las distintas trayectorias que han trazado otras mujeres en el pasado, se estén dando a la tarea de rastrear sus huellas, recoger los indicios de su pensamiento y los fragmentos de sus obras. A ellas, pues, apelamos en esta reconstrucción, porque lo cierto es que los autores varones de todos los libros que hemos podido consultar se muestran casi siempre reacios a admitir la figura de nuestra médica, o bien simplemente la pasan por alto, con lo cual no hacen sino contribuir a la invisibilidad de las mujeres en cualquier campo de la ciencia de que se trate. Mala cosa es que esos insignes intelectuales no reconozcan la labor femenina como digna de ser introducida en los diversos campos de la cultura, pero peor aún es querer borrar todo vestigio de su pensamiento. Ya lo ha dicho Umberto Eco refiriéndose a las filósofas: “No es que no existieran mujeres que filosofaban.
Es que los filósofos han preferido olvidarlas, quizá tras haberse apropiado de sus ideas”. ¿Será por ello que también se han olvidado de Trótula? No lo sabemos y tal vez nunca lo sepamos a cabalidad; pero con base en lo que se ha podido saber sobre esta médica del siglo XI, hemos intentado aquí rescatarla del olvido y poner de manifiesto cuando menos su factibilidad histórica y su relevancia científica.
Para comenzar nuestro acercamiento a la obra de Trótula, partamos de su espacio y de su tiempo: la escuela de Salerno entre los siglos XI y XII. Encontramos pues a Trótula en una institución educativa que era considerada como la primera universidad de Europa. Ahora bien, para introducirnos de lleno en este recinto del saber médico y comprender su importancia y alcance en el siglo que nos ocupa, hagamos un poco de historia. Retroceder en el tiempo ha de darnos un horizonte general que nos permita seguir las peripecias que siguen a los siglos de confusión en los que se gesta el periodo medieval tras la caída del Imperio Romano y, con él, de todo el espectro cultural de lo que ha de ser conocido como el mundo pagano. La reconstrucción de la nueva figura del mundo –el mundo medieval– ha de llevarse a cabo a través de un proceso que trata de inventar nuevas configuraciones culturales que asuman en su seno al cristianismo naciente, pero a la vez intentará recuperar el pasado pagano dentro de esa nueva interpretación. Por ende, la ciencia, la filosofía, el arte y los nuevos modelos vitales y sociales han de ser reconfigurados con un elemento nuevo: la religión. Esto es el Medioevo: un mosaico complejo por la multiplicidad de elementos que lo conforman, un universo nuevo, diferente al antiguo, pero cuyos cimientos están dados por él.
Nace entonces un nuevo horizonte epocal sobre la ruina del anterior, que busca los claros de luz donde sea más ventajoso, y estos primeros atisbos son los del conocimiento, ese saber ancestral que ahora tendrá que introducirse en los marcos de la nueva sabiduría cristiana.
Ciencia y religión inician su recorrido. Tal vez sea por ello que es en los claustros donde empiezan a surgir los primeros signos del nuevo desarrollo cultural. Y, cosa curiosa, la primera ciencia que empieza a florecer es la medicina. Algunos historiadores han señalado que los Padres de la Iglesia pudieron en algún momento despreciar el conocimiento pagano por lo que tenía de profano y antirreligioso, pero lo que no podían desdeñar, dado el carácter de los relatos evangélicos, fueron las artes curativas, y es que no era posible soslayar que el cuidado de los enfermos era ante todo un deber cristiano. Por consiguiente, la medicina fue la primera ciencia que empieza a abrirse camino en el corpus de los saberes medievales. En el siglo VI encontramos ya a los benedictinos consagrados a estudiar las obras de Hipócrates y Galeno, pero no será sino hasta el siglo IX que esta ciencia aparezca con un carácter secular en la escuela de Salerno. A lo largo de ese siglo y del siguiente, dicha institución alcanzaría un reconocimiento cada vez mayor como centro de actividad médica, y ya en el siglo XI se convertiría en la primera facultad de medicina del mundo occidental. La enseñanza se centraba en la medicina antigua, en la práctica de la medicina hipocrática y sobre todo de la galénica, que era la predominante, aunque con el tiempo también se incluyeron los conocimientos derivados de la medicina árabe1. Así pues, en la escuela de Salerno no sólo se enseñaba medicina sino que en ella estaba depositado el saber médico de la época, si bien a finales del siglo XII tal fama empieza a ser oscurecida por el florecimiento de otras escuelas de medicina, como las de Bolonia, Padua y muchas otras.
El siglo XI marca así, con la escuela de Salerno y sus famosos y reconocidos médicos, un periodo importante en la evolución de la ciencia médica, periodo al que algunos autores han denominado renacimiento en la medida en que tal siglo representa el auge y consolidación de la medicina como una ciencia que puede enseñarse y aprenderse. Justo en dicha época y en tal institución encontramos a Trótula. Y si fue maestra de medicina en la escuela de Salerno, podemos decir entonces que nuestra médica debió estudiarla previamente ahí mismo. Es posible imaginar a Trótula asistiendo a cursos durante un periodo aproximado de cinco años, tiempo en que seguramente se ocupó del estudio de la Articella, una antología de breves tratados médicos que incluía una introducción a la medicina de Johannitius y a las obras hipocráticas; aunque al parecer dichos textos fueron sustituidos por las obras de Galeno y algunos otros autores hasta el siglo XIV, no resulta aventurado señalar que en esta época, al menos en Salerno, la obra de Galeno era ya bien conocida; de hecho, parece que había mayor predilección por éste que por el mismo Hipócrates. Trótula y sus compañeros de escuela conocieron las obras hipocráticas, galénicas y algunas árabes. Entre esos estudios, Trótula debió cursar asimismo una especie de talleres prácticos que estaban dirigidos a dominar las artes curativas. La enseñanza profesional que proporcionaba la escuela era así teórico-práctica.
Arte y ciencia médica parece ser lo que allí aprendió Trótula, quien además, según suponemos, una vez concluidos sus estudios, presentó como todos los aspirantes un examen que le permitiría el ejercicio de la práctica médica profesional. Dado que Trótula enseñó y prácticó la medicina en ese mismo centro educativo, debió alcanzar el grado con el cual pudo dedicarse profesionalmente a dicha ciencia. Por ende, la médica Trótula habría abandonado el mero camino de la medicina doméstica –la de las comadronas, herbolarios, boticarios y practicantes– para alcanzar el que tal vez era el más elevado escalón de la jerarquía médica de la época: el de los médicos con educación académica, lo que era en principio posible, según dijimos antes, porque la escuela de Salerno facilitó la formación de mujeres expertas en la ciencia médica.
Preguntémonos ahora por la relevancia del trabajo médico de Trótula, por sus conocimientos y aportaciones al campo de la medicina; es decir, tratemos de determinar por qué es importante que nuestra médica sea tomada en cuenta al momento de ocuparse de esta ciencia, de su historia y de sus logros.
Pues bien, en primer lugar cabría señalar que al haberse conservado algunas de sus obras, podemos determinar que sus estudios le proporcionaron un marco de referencia que le hizo posible llevar a cabo una investigación más amplia y acertada, pero que sobre todo la condujo de lleno al campo de lo que hoy conocemos como las especialidades de la ginecología y la obstetricia; en otras palabras, Trótula se encaminó al ámbito de las enfermedades propias de la mujer e hizo allí aportaciones relevantes, como fueron sus investigaciones sobre el control de la natalidad y la infertilidad. Por otro lado, sabemos también que escribió sobre procedimientos dietéticos, ejercicios físicos y belleza, pero también sobre una serie de problemas médicos generales, como la sordera, el cáncer, los dolores de dientes y las enfermedades de los ojos; además, cosechó gran fama como cirujana, y al parecer se adelantó en mucho a la propia práctica de su época en cuestión de procedimientos quirúrgicos y anestésicos.
Por todo ello, podemos afirmar que tales cuestiones la colocan con todo derecho como una de las primeras médicas profesionales de la historia. Veámoslo. Dos obras se atribuyen a Trótula. La primera y más importante es Pasionibus mulierum curandorum, texto conocido como Trotula major2, que comprende sesenta y tres capítulos que tratan sobre la menstruación, la concepción, el embarazo, el parto y las enfermedades en general, así como de los tratamientos y remedios recomendados. La otra obra es un tratado de cosmética, disciplina ésta que se incluye en el Corpus hippocraticum, llamada Ornatu mulierum, también conocida como Trotula minor.
En ambos textos se reconoce la mano de una mujer, y sus lineamientos teórico-prácticos parecen ser muy modernos. En particular, el Trotula Major ha corrido con toda suerte de aventuras e incidentes a lo largo de la historia; hasta el siglo XVI se usó como texto de medicina en las escuelas, y en el siglo XVIII forma ya parte del folclor popular. Por ello, se ha dicho que su propia popularidad complica el seguimiento de su trayectoria, a lo que hay que agregar que las copias y plagios y las diversas ediciones impresas que del texto se fueron haciendo terminaron por borrar el nombre de la autora y por adjudicarle la autoría a un varón. Sin embargo, según hemos apuntado líneas atrás, en el estado actual de la controversia se cuenta con varios elementos que si no ayudan a determinar contundentemente que Trótula fue la autora de Trotula Major, por lo menos sí hacen posible esgrimir buenos argumentos para decir que, sea como fuere, el texto parece a todas luces la obra de una mujer, llámese o no Trótula. En todo caso, siguiendo a los historiadores italianos de la medicina, estamos autorizados para sostener medianamente la autenticidad de nuestra Trótula y, sobre todo, la existencia de las mujeres médicas de Salerno.
Tomando como base la referida obra, digamos algo de la ciencia médica de Trótula. Lo primero que llama nuestra atención es lo que podemos llamar su “vocación médica”, que se caracteriza por dirigirse directamente en favor del sector que considera más desprotegido: las mujeres, de quienes anhela el alivio de su sufrimiento. La misma Trótula nos lo dice en el prólogo de su obra:

Puesto que las mujeres son por naturaleza más débiles que los hombres, es razonable que las enfermedades abunden en ellas con más frecuencia, especialmente alrededor de los órganos implicados en la labor de la naturaleza.
Como esos órganos están localizados en un sitio apartado, las mujeres, por modestia y por la fragilidad y delicadeza del estado de esas partes, no se atreven a revelar la dificultad de sus enfermedades a un médico hombre. Por lo cual yo, apiadándome de sus desventuras y por instigación de cierta matrona, empecé a estudiar cuidadosamente las enfermedades que con mayor frecuencia afligen al sexo femenino.

De entrada, pues, Trótula decide dedicar su ciencia al tratamiento de las enfermedades de la mujer y su cuidado, con lo que parece apuntar hacia dos cuestiones fundamentales.
Primero, que dadas la naturaleza y condición femeninas, era difícil que los médicos varones tuvieran un conocimiento certero sobre las enfermedades que las mujeres padecían, por lo que el escribir sobre estas cuestiones tal vez
pudiera servir también como introducción a sus compañeros médicos en el conocimiento del cuerpo y los padecimientos de ellas. Segundo, que ya existían campos de especialización particular y propia dentro del ámbito general de la medicina, que serían más tarde los de la ginecología y la obstetricia, que en buena medida la misma Trótula estaba abriendo con señalada fortuna y acierto.
En efecto, esta mujer preocupada por los padecimientos de su propio sexo y ocupada en ellos se nos presenta como una médica que en sus escritos (y podemos pensar que también en su práctica docente) arguye sobre la necesidad de centrarse en la investigación para conocer mejor las enfermedades de la mujer y, con esto, descubrir las técnicas y remedios más apropiados para su alivio. Y habría que pensar, hoy que dichas prácticas médicas son tan comunes, que en la época medieval –fuera del campo de las parteras y matronas– fueron algo realmente innovador en el ámbito de la medicina profesional e institucionalizada. Lo cierto es que de las mujeres y sus padecimientos siempre se han ocupado otras mujeres, y lo han hecho por lo común a través de una práctica ininterrumpida a lo largo de los siglos. Pero hete aquí que en pleno Medioevo –época en que abusivamente se ha visto sólo oscuridad y estancamiento– una mujer decide que dicha práctica ha de tener como telón de fondo un saber teórico y que ha de ser parte de un cuerpo organizado de conocimientos; en pocas palabras, que las enfermedades de las mujeres han de ser tratadas particularmente dentro del extenso corpus de la ciencia médica porque responden a los mismos mecanismos naturales que cualesquiera otras enfermedades. Y entonces, si de ciencia se trata, afecciones como la menstruación, la concepción, las relaciones sexuales y todo lo que esté con ellas relacionado han de responder a leyes naturales que permitan diagnosticar, prevenir, tratar y curar utilizando los mismos principios y recursos que proporciona la ciencia médica en general. Parecería poca cosa, pero al menos profesionalmente, insistimos, parece ser el primer intento por dar forma y contenido a un ámbito nuevo de conocimientos y a una especialización hasta entonces inexplorada como tal. Tampoco queremos sobrevalorar el trabajo de Trótula, pues seguramente en muchas cuestiones se siguió guiando por los aires de su tiempo, pero sí vale la pena señalar –como se supone– que conoció y aplicó las ideas de Hipócrates y Galeno y que seguramente siguió a ambos en la idea fundamental que se hicieron de la medicina como ciencia, es decir, como el producto de una búsqueda de comprensión racional que intenta reducir al mínimo los elementos mágicos y sobrenaturales. Particularmente, el primero de ellos, como sabemos (y de ahí que sea considerado como padre de la medicina y representante de la medicina culta), pugnó por establecer una visión profesional de ésta, que consistía fundamentalmente en buscar una explicación naturalista de sus causas, las que no habrían, por tanto, de ser fortuitas sino uniformes y universales. Así, las ideas hipocráticas sobre la salud y la enfermedad se basaron en la tesis de los cuatro humores, cuya explicación se remitía a una ley natural de equilibrio y desequilibrio: la salud respondía a la presencia de humores en una proporción correcta, en tanto que la enfermedad remitía a una desproporción –exceso o cortedad– de dichos flujos. Bajo tal patrón general, que se coloca en el espectro de la filosofía natural –es decir, que se mueve entre el arte curativo y la empresa filosófica–, Hipócrates estaba en condiciones de establecer un pronóstico y una terapia; pero no hay que olvidar que con dicha explicación universal era posible prevenir igualmente las enfermedades.
Por su parte, Galeno, la otra gran autoridad de la medicina antigua, la concibe también como una profesión teórico-práctica que tiene su fundamento en el conocimiento de la naturaleza y en la racionalidad humana. La medicina era para él la mejor de las actividades intelectuales porque, acorde al carácter racional del hombre, sabe combinar el ejercicio de la inteligencia con la recolección e interpretación de los datos. Galeno, como Hipócrates, buscó la integración de la filosofía y la medicina; de ahí que visualizara al médico como un personaje docto e ilustrado cuya formación incluía las tres ramas de la filosofía: la lógica como método demostrativo con el que responder a las divergencias y como instrumento para establecer una tipología de las enfermedades; la física para obtener conocimiento del cuerpo humano, de sus relaciones y funciones con los órganos, y la ética porque proporciona el fundamento moral necesario para ejercer la profesión. Por otro lado, hay que considerar que la obra de Galeno abarca diversos campos de la medicina: fisiología, clínica, dietética, anatomía y terapéutica, y aunque en estas dos últimas –como han señalado algunos especialistas– Galeno introduce grandes dosis de teleología, siempre mantuvo al margen sus creencias en la formulación de su filosofía médica, restringida siempre a la causalidad natural. Así, la medicina fue para Hipócrates y Galeno una ciencia racional y empírica, pero también una actividad humanística que se regía a partir de un centro moral cuya última implicación era un código ético: de ahí el juramento hipocrático. Bajo esta perspectiva tenemos también a nuestra Trótula y su vocación femenina en la medicina: la de aliviar el sufrimiento de las mujeres.
No vamos a extendernos más en las ideas de esas dos autoridades de la ciencia médica de la antigüedad; baste lo señalado para reconocer en ellos a los iniciadores de la medicina profesional, cuyas ideas reconocidas y estudiadas ampliamente en la Edad Media fueron fuente nutricia de la cual bebieron, desde la antigüedad hasta los inicios de la modernidad, muchos y muy grandes médicos, incluidas estas mujeres salertianas, de entre las que destaca Trótula, quien, además de seguir en lo general dichos lineamientos, los llevó a la práctica particular de las dolencias femeninas, toda vez que siempre creyó que por naturaleza las mujeres eran más susceptibles a las enfermedades y, por ende, necesitaban una atención médica especial. Señalemos también que, aparte de estas ideas generales sobre la concepción de la vocación humanística y científica de la medicina y su profesionalización, Trótula conoce y aplica ampliamente algunas de las doctrinas específicas de aquellos grandes médicos. En el texto que comentamos se encuentran muestras de que conoció y utilizó la teoría hipocrática sobre los humores en sus explicaciones, así como la teoría de Galeno sobre el pulso para el diagnóstico. En buena medida, la medicina de Trótula –según han hecho notar
quienes han estudiado su texto– es una medicina preventiva y poco agresiva que pone de relieve que para el equilibrio de los humores contribuyen en mucho el ejercicio, la limpieza y una dieta equilibrada; también recomendaba baños y masajes, reposo e inclusive una actitud positiva. Sus medicamentos consistían en hierbas, aceites de origen animal y especias. La idea fundamental parece ser la de mantener siempre una buena salud mediante recetas o remedios sencillos y económicos; pero si estos fallaban, también encontramos que Trótula recomienda tratamientos más agresivos, como las purgas o las intervenciones quirúrgicas.
Esta especialidad la centró Trótula en las cuestiones ginecológicas y obstétricas, dando con ello un lugar preferente al conocimiento e investigación de las enfermedades de la mujer, e instituyendo de paso, en el seno de la práctica médica, una serie de explicaciones y tratamientos que empezaron a configurar más ampliamente el espectro de la medicina. En efecto, el texto de Trótula llama ya la atención por su agudeza y acierto en algunas de tales cuestiones, pues encontramos en él estudios y tratamientos en los que, de acuerdo a quienes lo han estudiado, asoman teorías y técnicas sumamente avanzadas para su época, cuando no francamente modernas y hasta opuestas a las tendencias al uso.
Ejemplo de todo ello son sus observaciones sobre la menstruación3, a la que denomina “flores”, y señala en relación a la falta de ella que “así como los árboles no producen frutos sin flores, así las mujeres sin reglas están privadas de la función de la concepción. Esta purgación ocurre en las mujeres de la misma manera en que la polución ocurre en los hombres”. También se ocupa de la menstruación irregular, a la que relaciona con el ejercicio, las enfermedades y la dieta, o bien con algún dolor, enojo, emoción o temor, y para lo cual recomienda el uso de varias hierbas y, como métodos para propiciarla, masajes y relaciones sexuales. Explicaba el flujo menstrual excesivo diciendo que...

la bilis amarilla que sale de la vesícula enfebrece la sangre a tal punto que no puede ser contenida en las venas. A veces una flema salina se mezcla con la sangre y la adelgaza y hace que se precipite hacia el exterior. Si la sangre que sale se vuelve amarillenta, o su color se inclina hacia el amarillo, eso se debe a la bilis. Si su color se inclina hacia el blanquecino, se debe a la flema. Si tiende al rojo, es por la sangre.

Trótula se ocupó asimismo del control de la natalidad, estipulando que el mejor momento para la concepción es el último día de la menstruación, pero también de las causas y tratamientos de la infertilidad al sostener que tanto el hombre como la mujer podían padecer defectos fisiológicos que influirían en la concepción; el admitir que un hombre podía ser el responsable de la infertilidad es una idea que no deja de ser atrevida para su tiempo.
Por otra parte, el texto expone una técnica quirúrgica, que según se piensa fue desarrollada por ella, para reparar el perineo desgarrado en el parto: “Hay mujeres que, por lo riguroso del parto, sufren una ruptura de sus partes íntimas.
[Otras] son dañadas durante el parto por errores de los que las atienden. Hay algunas para quienes vulva y ano se convierten en un solo paso. La matriz de [éstas] se sale y se vuelve dura.
Después [de este ablandamiento y recolocación de la matriz] cosemos la rotura entre el ano y la vulva en tres o cuatro lugares con un hilo de seda”. Además de ser la primera en describir cómo coser el perineo rasgado, fue también la primera en reintroducir el apoyo perineal en el trabajo de parto para prevenir tales desgarramientos.
Trotula Major contiene igualmente métodos para tratar los partos difíciles, así como recomendaciones para el cuidado que hay que brindar después del parto a la madre y al recién nacido. Si puede ser Trótula la primera ginecóloga y obstetra en la historia de la medicina, no nos toca aquí decidirlo; estamos conscientes de que en este caso, como en muchos otros en donde quedan involucradas las mujeres, hace falta todavía mucha investigación con base en la cual podamos estar mejor dotados para dirimir tales cuestiones. Sin embargo, de lo que no puede caber duda es que Trótula –y con ella las llamadas Damas de Salerno– es un claro ejemplo de la contribución de las mujeres medievales al desarrollo de la medicina profesional y, con ello, al ámbito todo de la cultura.
Nuestra cultura occidental, hay que decirlo, debe mucho al trabajo realizado por las mujeres de todas las épocas, y justo es que poco a poco vayamos acercándonos a ellas y a sus aportaciones.
Quede, pues, nuestra médica Trótula como un ejemplo que, en su femenino perfil, nos ofrece con su obra una muestra de que las mujeres son capaces de involucrarse en campos que, casi por principio, parecían propiedad exclusiva de los hombres. Pero he aquí que Trótula, aunque medieval y todo lo oscura que se quiera, es también a su modo una mujer moderna, porque nuestra dama salertiana supo dejar su huella en una ciencia que habría de esperar mucho tiempo aún para que fuera campo reconocido de las actividades femeninas.
Dejemos así a Trótula, ocupada de su ciencia, y recordémosla como otra más de las muchas mujeres sabias que nos han precedido en el camino y que han hecho posible reconstruir paulatinamente una historia más cabal y más completa, una historia cuyos horizontes se muestran hoy por hoy más diáfanos y prometedores en la ruta de la ciencia porque nos permiten ver integrados los esfuerzos realizados por hombres y mujeres en la pretensión de aliviar los padecimientos y los dolores de los que nos hace víctimas, a todos por igual, la enfermedad.
La medicina, como ciencia humanística, esa en cuya práctica Galeno vio el camino que conducía a convertir al médico en un mejor hombre al ocuparse de sus semejantes, y por la cual Hipócrates pedía jurar en favor de una autorregulación para sus profesionales; esa medicina muestra, como en estos casos, una base ética que desde entonces y hasta hoy debe seguir siendo el centro mismo desde el cual ha de girar y expandirse todo conocimiento referido a la prevención, diagnóstico, tratamiento y curación de las enfermedades.
En ese centro se colocó también Trótula al intentar hacer lo propio con el sector de la población que en su tiempo y hasta hoy se ha considerado el más desprotegido –las mujeres–, ampliando con ello el horizonte ético-científico de la práctica médica. Son, pues, estas pequeñas historias (las de Hipócrates, Galeno, Trótula y muchas otras mujeres como ella), las que van completando el amplio rompecabezas que es hoy nuestra ciencia médica, actualmente tan técnica y tan poderosa, pero a la vez tan mecánica y tan fría. Tal vez valiera la pena volver a la lectura de estos autores antiguos y medievales porque lo que podemos aprender de ellos –obviamente no en cuestión de técnicas, que de eso ya tenemos mucho y mucho mejor, sino en cuestiones de humanidad y de humanismo (a veces se nos olvida que la medicina es ciencia humana y por ello humanística porque trata de y con seres humanos, hombres y mujeres)– es el compromiso que los médicos adquieren con los enfermos y aprender de esta vocación por la salud. Tal vez sea ésta la medicina que más necesitamos en nuestros tiempos tan tecnificados. Y es que a veces, más que una orden para los análisis de laboratorio, sería mejor escuchar el consejo del médico Hipócrates y sentir la mano amiga de Galeno tomándonos el pulso. O quizá necesitemos de la actitud suave y cálida de la médica Trótula ofreciéndonos un simple y aromático té de hierbas.

Para el lector interesado
Alic, Margaret (1991). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo Veintiuno.
Lindberg, David C. (2002). Los inicios de la ciencia occidental. Barcelona: Paidós (Para una información más amplia sobre la jerarquía médica y el ambiente de la práctica médica en el Medioevo, véase el capítulo 13).

1 Hay que recordar que el médico italiano Constantino el Africano, monje benedictino, fue uno de los principales traductores al latín de los textos de los médicos árabes y griegos, y que dichas traducciones fueron destinadas a los estudiantes de Salerno.

2Hay traducción al inglés: The diseases of women (Las enfermedades de la mujer), de la doctora Hurd-Mead.

3Recogemos del estudio de Margaret Alic, El legado de Hipatia, los ejemplos y las citas del texto de Trótula.