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Nosotros, todos,infinitamente asesinos y suicidas involuntarios1

Mario Vázquez Torres

Vida versus muerte versus vida: eterna secuencia cíclica de la que participan todos los seres vivos: pasados, presentes y futuros.
Muerte para vivir en lo individual y en lo colectivo, generación tras generación,
aunque la autoperpetuación es teóricamente eterna. En el mundo de lo viviente, la vida y la muerte son estados coexistentes, aparentemente interdependientes, e incluso mutuamente subordinados y en equilibrio dinámico.
Si bien la concepción de la autotrofía (esto es, la nutrición a partir de sustancias inorgánicas y energía solar, asociada a los organismos poseedores de pigmentos fotosintetizadores –principalmente las clorofilas, distribuidas no sólo en el reino de las plantas sino también en el de las algas–) representa en gran medida un alto grado de autonomía, ésta no es totalmente cierta; dichos organismos requieren de la existencia directa e indirecta de otras formas vivientes con las que interactúan y de las que en buena medida dependen su ser y estar.
Las plantas no viven cumpliendo su ciclo completo si no es en razón de la existencia de los demás seres vivos, como ellas mismas, los animales y otros organismos. El suelo por sí solo no puede concebirse tampoco sin la activa participación de una variadísima biota que ha estado ahí a lo largo de cientos de millones de años, que coopera con el ambiente físico y que hace su propio aporte como materia orgánica inerte a partir de su muerte y depósito en el suelo de sus despojos.
Algunos ejemplos de estas cooperativas biológicas son los líquenes, las micorrizas y las interacciones simbióticas, como los polinizadores específicos, los dispersores de frutos y semillas, los fijadores de nitrógeno atmosférico y los que participan en el parasitismo, epibiosis y semiparasitismo, por sólo mencionar algunos.
Por otro lado, tenemos las campañas de erradicación del mosquito que produce el paludismo, garrapatas, murciélagos hematófagos (“vampiros”) o cucarachas, así como las campañas de desmonte2; la industria de los cidas
constituye hoy un negocio tan importante en todo el mundo como la misma fabricación, tráfico y comercialización de armas.
De entrada, hasta los homicidas reales se declaran inocentes, mayormente los no homicidas, y más aún los que “no matan ni una mosca”. Una sentencia del cristianismo establece para los humanos –aunque es válida para todos los seres vivientes– que “polvo eres y en polvo te convertirás” (+ agua = lodito), pero por supuesto que no es cualquier clase de polvo ni cualquier clase de lodito. Las cenizas de los seres vivos finalmente son sales
diversas, y esos polvos, aunque pueden variar muchísimo en las distintas especies, son mucho más parecidos entre sí que con los de una erupción volcánica, una ciudad, una tolvanera en las cercanías de Texcoco o cualquier desierto.
Si nos atenemos al remedo de definición de lo que puede ser la “vida” con la intención de asimilarla con cierta prudencia y, al mismo tiempo, con la finalidad de interpretarla a medias (la otra mitad del dualismo vida-muerte), quizá podamos percatarnos de que el encabezado de este escrito está mucho más cercano –en nosotros mismos en lo individual y en lo colectivo– de lo que imaginamos y, por lo tanto, no es una exageración o una impertinencia proponerla así: Vida: sistemas materiales complejos autorreplicables, interactivos y de heterogeneidad ordenada, mutables generación tras generación.
Pareciera que en el lenguaje humano coloquial el verbo matar tiene un significado y aplicación a todo lo viviente, y que el verbo asesinar sólo hace referencia a la especie humana, aunque en el fondo, a mi entender, es lo mismo. Así, se habla de matar una rata (de cuatro patas), cucarachas, hongos o bacterias, para los que no se usa el verbo “asesinar”; sin embargo, se habla de raticida, cucarachicida, fungicida o bactericida, en clara concordancia y significación con el término “homicidio”, es decir, asesinar.

Planteamiento de la trama
Aunque también dependen de varios otros organismos, los autótrofos (fabricantes y procesadores de sus propios alimentos) verdaderamente autosostenibles, capaces y autónomos en su sobrevivencia, constituyen a partir de esa sola cualidad la base y punto de partida de la existencia de aquéllos incapaces de producir por sí mismos sus propias materias primas, esto es, los heterótrofos (autoinsostenibles), o sea, los consumidores de los alimentos producidos por los primeros.
Los grandes grupos de discapacitados, por inútiles y atenidos, están representados por las bacterias, protozoarios, hongos y animales; entre ellos, el más claro ejemplo son los mamíferos, y principalmente los seres humanos. Significa, ni más ni menos, que los heterótrofos tenemos que matar para vivir, no de manera tan cruda como lo hicieron nuestros antepasados recolectores y cazadores itinerantes, sino de una forma cada vez más refinada y rebuscada.
Así, la tecnología aplicada a la pesca se ha transformado en acuacultura; la empleada en la recolección de frutos, tallos, raíces y semillas, en agricultura, con una tecnificación en algunos sitios y cultivos concretos casi insospechada (y no me refiero a los transgénicos); por su parte, la cacería cambió de rostro a partir de la domesticación de ciertos animales y el nacimiento de las ganaderías.
De todas maneras, la esencia y justificación sigue consistiendo en el aprovisionamiento y aseguramiento de los alimentos sólo por la necesidad termodinámica por excelencia a resolver, siempre depredadora: matar para vivir.
En sentido estricto, el cosechar los productos agrícolas es equiparable, en parte, a la obtención de lana, plumas, cuernos, piel, carne y otros derivados animales procedentes de los rastros o mataderos. Y sostengo que sólo es parcial su semejanza porque, a excepción de los huevos de las aves como parte viviente separada de su progenitora, cualquiera otra desprendida de los animales muy poco tiempo después está muerta. Pero en el caso de los vegetales comestibles, sus raíces, tallos, hojas, flores, frutos y semillas, una vez aislados, se mantienen vivos, metabolizan, respiran y responden a los cambios ambientales durante tiempos más o menos prolongados. Algunas semillas pueden seguir siendo viables durante siglos enteros.
Quizá si en la práctica percibiéramos y actuásemos conscientes de que las plantas son seres vivos, y de que su solo corte significa matarlas a medias, nuestra consumo voraz de ellas cambiaría como reflejo del respeto que merecen, como si fueran ciudadanos de la mejor posición en nuestra biosociedad, y no de segunda o de tercera clase.

Desarrollo de la trama
¿Puede haber algo completamente muerto? Sí . ¿Puede haber algo completamente vivo, es decir, con todas sus partes vivas? No.
Espero que quede claro el porqué los seres autótrofos (capaces, como ya dijimos, de producir sus propios nutrimentos a partir de materiales inertes vía fotosíntesis) son esencialmente autónomos, mientras que los heterótrofos, como los hongos y los animales, tienen subordinada su existencia a aquéllos. Téngase presente que entre las plantas también hay casos obligados de semiparasitismo y parasitismo, como ejemplos de las interacciones planta-planta, tales como las corrihuelas o los escápalos en el primer caso, y las longanicillas en el segundo, sin considerar ciertos altruismos como el epifitismo, condición en la que los hospederos –generalmente árboles– proporcionan albergue en las cortezas de sus troncos y ramas a una gran cantidad de hierbas perennes que se han adaptado a tales sustratos. En la América intertropical, una variada flora de helechos, orquídeas y bromelias (tenchos), principalmente, se desarrollan en ese medio.
Ejemplos de que la excepción confirma la regla en términos de que los animales dependen de las plantas o de otros animales, serían las plantas “carnívoras”, esto es, las que se nutren a partir de los despojos de animales, a los que cazan por medio de diferentes mecanismos, algunos bastante elaborados, cumpliéndose así el adagio de “una de cal por las que van de arena”.
En los casos de parasitismo entre plantas, el parásito mata lentamente al hospedero; los animales herbívoros matan parcial o totalmente a las plantas de las que se alimentan cada día, y las plantas “carnívoras” matan a los animales que atrapan.
A su vez, hay hongos que dañan en gran medida y en distintas formas tanto a plantas como a animales, llegando incluso a causarles la muerte; por su parte, los descomponedores aprovechan los detritos de los organismos muertos, lo que facilita su degradación e incorporación como partículas y moléculas al medio ambiente.

Vemos aquí ejemplos grupales de que la sobrevivencia de unos implica la muerte de otros; de que vida y muerte son, efectivamente, fases coexistentes e interdependientes.
Algunos ejemplos más específicos se mencionan a continuación, ahora relacionados con las necesidades esenciales de los humanos.

Alimentación
La leche materna humana es el producto de la transformación de ciertas células especializadas que, al morir, vacían su contenido, lo que se traduce en ese líquido indispensable para las crías de todos los mamíferos. Pero la madre, a su vez, se alimenta de productos animales y vegetales, por lo que cabe la sentencia de que toda carne o leche fueron anteriormente pasto. Todos los alimentos simples o complejos, desde los propios para los infantes hasta los recomendados para los ancianos –es decir, desde que se nace hasta que se muere–, de alguna manera se originan en las plantas o en los animales que los produjeron como materia prima.
Considérese también que los cuidados requeridos para el logro de esas plantas y animales “útiles” implicaron el control de plagas, de enfermedades y de todo tipo de agentes patógenos y competidores a base de herbicidas, fungicidas, insecticidas y otras clases de biocidas, incluidos desde luego los antibióticos. Otra vez la lucha por la vida: matar para vivir.
Cuando comamos cualquier alimento, pongamos atención en su forma de materia prima preexistente. Nos sorprenderá conocer la enorme cantidad de asesinatos que se cometieron antes de que se presentaran esos alimentos para su consumo final. Ello no significa, desde luego, que la aspersión de insecticidas con aviones ad hoc en los grandes campos agrícolas pueda tener similitud alguna con la dispersión de napalm en la invasión artera a países tropicales. Pero tampoco hay que interpretar como una forma de holocausto el vaciado de frijoles o lentejas (seres vivos) en una olla con agua hirviente, y menos aún la utilización de un pelador de papas para quitar la piel a esos tubérculos o a las zanahorias como el equivalente de un instrumento de tortura para el desuello de una persona viva.
El comer una fruta carnosa fresca equivale a arrancarle a mordiscos parte de su existencia, pues se trata de un órgano de la propia planta materna que tiene las mejores condiciones para la nutrición y resguardo de los embriones (plantas potenciales representadas por las semillas) de la siguiente generación. Con tal acto estamos evitando el desarrollo de nuevos individuos –de la especie de que se trate– al matarlos indefensos, de manera similar a lo que ocurre en los abortos humanos.
Ciertamente, lo que consumimos como alimento o bebida –en numerosos casos ya muy transformados– tiene su origen en las plantas o animales, aunque no tengamos la noción, perspectiva, gusto o interés por establecer su valor nutritivo desde su origen hasta su degustación o paladeo, a modo de que el saborear una rica taza de café caliente en el invierno nos pueda remitir a las plantas del cafetal y, si le agregamos azúcar, a los cañaverales de las zonas tropicales, más allá de los frasquitos, sobrecitos y marcas comerciales de ambos productos una vez que se les ha transformado. Lo mismo vale para las tortillas, panes, sopas, guisados regionales –como el robalo a la veracruzana–, pizza hawaiana o comida enlatada.
En cualquiera de estos y muchos otros casos, sería un tema interesante y divertido comprender, durante la sobremesa y desde la perspectiva de la panza, la importancia de la biodiversidad.
Los ejemplos pueden ser tantos como productos alimenticios se incluyan en la dieta, individualmente o en sus diferentes combinaciones.

Salud
Sin lugar a dudas, otra de las necesidades fundamentales es el mantenimiento de la salud como condición complementaria de un bienestar pleno. Implica necesariamente no sólo la ausencia de enfermedades producida por competidores biológicos, sino también por otros factores.
Cuando se trata de “eliminar” a los agentes etiológicos (desde los virus, pasando por bacterias y hongos, hasta piojos, pulgas, chinches y garrapatas), los tratamientos implican el eliminarlos de la manera más eficaz posible, es decir, matándolos. No es fácil encontrar una mayor claridad para entender los principios darwinianos de la evolución –que se basa en la competencia y el imperio del mejor dotado, o sobrevivencia– que en cualquiera de esos ejemplos.
En otros casos de reparaciones orgánicas, menores o mayores, pueden enlistarse las extirpaciones de tejidos u órganos dañados, con la consecuente muerte de infinidad de células en virtud de la pérdida de sangre y de tejidos vecinos.
Esto también vale para las tumoraciones malignas o benignas en los seres humanos o en los animales. Estaríamos hablando, dependiendo del caso particular, de un experto cirujano (destazador) encargado de la maniobra.
Cabe aquí una reflexión: así como existen más de un centenar de especialidades médicas en el conocimiento y tratamiento de la anatomía y fisiología humanas, ¿las hay también para las plantas? ¿O acaso éstas no son seres vivos? ¿No sienten? ¿No enferman? La respuesta es que sí hay tales especialidades, aunque desde luego con menor profusión que las que atienden la salud del hombre.
En las sociedades cultas (que no necesariamente son las de los países poderosos) existe la noble y bien remunerada profesión de la dendrocirugía, que no tiene nada que ver con la cirugía microscópica a las ramificaciones (dendritas) de las neuronas, sino directamente con la extirpación, limpieza y cura de tumores o partes dañadas en los árboles, a los que por motivos especiales se pretende prolongarles la vida con dignidad.
Como ejemplos de respeto y culto que rendimos a ciertas especies de árboles y hacia algunos individuos en particular, pueden señalarse los robles en Europa, las secoyas en California, los ginkgos en China, el ahuehuete o sabino (árbol del tule) en la ciudad de Oaxaca, las ceibas en la tradición religiosa maya, y varios más, lo que denota la existencia de una íntima relación humana con los árboles (dendrolatría), a los que se ha llevado del nivel de meros seres vivientes al de testigos y partícipes importantes en la cosmogonía de los diferentes pueblos.

Vivienda
El hogar, concebido como el espacio-tiempo en el que los humanos nos resguardamos individual o familiarmente de las presiones de diferenteíndole y del entorno físico que nos rodea –entre otras muchas más actividades que en él tienen cabida–, tiene una gama enorme de maneras de construirse según se refiera a las más primitivas (más naturales) o a las más modernas y sofisticadas (más artificiales) de nuestra sociedad contemporánea. Podemos encontrar una correlación positiva entre la cantidad de materiales naturales utilizados en las viviendas más primitivas, y la de los artificiales que se emplean en las más modernas. Pero en cualquiera de los casos, hallaremos en ellas productos de procedencia biológica que implican haber acabado con la vida de los organismos que producen las maderas, pieles, resinas, lacas, alfombras y otros enseres.
La cantidad asombrosa de utensilios que participan en la morfología, anatomía, fisiología y evolución del hogar puede variar desde la totalidad hasta la casi inexistencia de elementos naturales –esencialmente vegetales, desde luego–, ubicados en ambientes tan distintos como el que habita una tribu de la selva tropical lluviosa, o el propio de un modernísimo apartamento en un suburbio exclusivo de cualquier metrópoli postindustrial. Por ende, el mobiliario de la sala, el comedor, el corredor o los anaqueles, cucharas y mangos de cuchillos son ejemplos de enseres de procedencia viviente.

Indumentaria
Aunque nos hallamos todavía en la cima de la producción y diversificación de la textilería sintética que tiene como base la transformación del petróleo, las fibras y tejidos originales y naturales, principalmente, que han cubierto el cuerpo de la humanidad desde sus orígenes, no han desaparecido; por el contrario, ha vuelto a reforzarse su demanda.
Ya sea como pieles o pelos, lanas, mohair, armiño, pieles de zorro, cashmer, chinchilla y muchos otros, esos productos implican a fin de cuentas el sacrificio de sus legítimos dueños sólo para satisfacer las necesidades humanas de protección básica, o los caprichos derivados de los artificios sociales ligados a la moda y el glamour.
La seda ha jugado igualmente un papel crucial en la confección de la más variada indumentaria desde tiempos muy remotos. Las larvas que la producen para protegerse antes de ser mariposas se ven no sólo esquilmadas sino definitivamente asesinadas para robarles sus preciadas madejas, que luego serán transformadas en las blusas, faldas, camisas y elegantes corbatas que tanto distinguen a sus portadores.
De igual modo, cada vez que se usen cinturones, chamarras, zapatos o todo lo que implique piel, cuero o suelas naturales,hay que tener presente que provienen de animales que fueron sacrificados.
Las fibras de origen vegetal siguen estando presentes en el escenario de la confección y manufactura de tejidos. Los algodones y linos cubren la mayor parte de los requerimientos de la industria textil en el mundo basada en las fibras naturales, y el cáñamo y el ramio constituyen excelentes fibras textiles con amplia distribución y demanda en el sur y sureste asiático.
Por consiguiente, parece claro que, analizando cuidadosamente el origen de los enseres que le “dan vida” a nuestra casa, el de la indumentaria que portamos cada día, el de los medicamentos que usamos para la conservación de nuestra salud, el que empleamos para nuestros animales domésticos y para la agricultura, siguen proviniendo esencialmente de la misma gata, sólo que cada vez más revolcada, pudiéndose reconocer fácilmente su alto grado de transformación cuando los vemos presentados como comestibles y bebidas listos para su consumo final.

En conclusión…
Vivimos porque otros muchos seres vivos mueren para satisfacer el incesante requerimiento de consumo del sistema termodinámico que somos.
Cada vez que respires (para vivir), recuerda que el oxígeno del aire bien puede provenir de plantas que ya murieron.
Cada que bebas agua o cualquier otro líquido orgánico (o los mezcles), ten presente que eso es posible gracias a la fotosíntesis y transpiración que han llevado a cabo vegetales que pueden estar anclados a varios miles de kilómetros de donde vives o a varios miles de años de tu existencia.
Cada vez que comas ensaladas crudas, recuerda que las miles de células que componen los tejidos de las porciones a consumir aún pueden estar vivas, y con un poco de imaginación hasta podrías escuchar su agonía mientras las masticas.
Cada que entres o salgas de tu casa, acuérdate que la puerta, si es de madera, proviene de un frondoso árbol que vivió muchos años ha, que asimiló muchas historias y que luego fue asesinado para usar sus restos en esa puerta.
Cada vez que enciendas una fogata, por necesidad o disfrute, considera que las astillas o troncos que ahí arden también formaron parte de individuos vivientes. Igual ocurre al fumar lo que fumes.
Cada vez que disfrutes de cualquier licor, ten presente que las uvas, el trigo, la cebada, el arroz, el maguey azul o de otro tipo, las papas, el maíz, la caña de azúcar y todos los productos vegetales susceptibles de fermentación alcohólica, tuvieron que ofrecer involuntariamente su vida para que saborearas esa bebida. Lo mismo vale para el chocolate, el café y el té.
Cada vez que te complazcas con tu guisado favorito, ponte a pensar en la naturaleza biológica de las plantas y animales que dieron origen a sus distintos ingredientes, y que para ello tuvieron que morir.
Cada vez que te transformes al disfrutar de la música, asóciala con los árboles de los que provienen las distintas partes de los instrumentos, y que incluso las cuerdas de la guitarra, los chelos, los violines y varios otros originalmente provenían de fibras vegetales, sin contar las conchas de caracol, los caparazones de tortugas y armadillos o los troncos ahuecados que sirvieron como instrumentos musicales primitivos.
Si un día eres capaz de percibir la tristeza de los animales que aguardan su sacrificio en los rastros, con mayor convicción protestarás hasta el cansancio contra cualquier tipo de genocidio –o peor aún, ecocidio planeado o accidental– por sus efectos devastadores en la humanidad entera.
Si un día escucharas los gemidos del maíz o los garbanzos al vaciarlos en el agua hirviente, o los gritos lastimeros de los árboles horrorizados en medio de un incendio, te darías cuenta de que tenemos mucho más en común con ellos de lo que nos imaginamos, y que debemos conducirnos hacia la convivencia y coexistencia armónica del planeta que compartimos. Todos necesitamos de todos.

La evidencia clara de que los seres vivos –y sobre todo los humanos– conformamos el cuerpo del delito, que lo portamos, lo consumimos y hasta tratamos de ignorarlo en la vida cotidiana, surge a partir de nuestra absoluta dependencia de la biota circunvecina, de la que obtenemos los satisfactores fundamentales que aseguran nuestra existencia; precisamente por esa inexorable realidad, es que merece un trato radicalmente diferente del acostumbrado.
Pensándolo un poco, un punto de conexión con las plantas puede ser tanto el dióxido de carbono que devolvemos al aire como producto de nuestra respiración, que aquéllas capturan para producir azúcares, o las cenizas de nuestros detritos cuando son absorbidas para elaborar sus proteínas. Si meditamos en esto, digo, entonces les habremos devuelto algo de lo mucho que les debemos dentro del eterno ciclo de vida-muerte-vida.

1 Con el agradecimiento a Ana María, Jaqueline y Alfredo, discípulos del autor, por su insistente entusiasmo para escribir el presente bosquejo.
2 La antítesis de la corriente conservacionista mundial fue, en México, la creación de la Comisión Nacional de Desmontes; algo parecido ocurrió en la cuenca del Amazonas.