Editorial
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El poder de la abstracción: el uso de los símbolos

Fernando N. Winfield Reyes1

Arquitectura y matemática se identifican como construcciones del conocimiento basado en el uso de los símbolos. En ambas, el poder de la abstracción constituye un interesante punto de coincidencia a pesar de que el uso de símbolos o convenciones gráficas conlleva también diferencias importantes en cuanto a su aplicación para cada caso en particular.
Así, por ejemplo, una línea constituye uno de los convencionalismos gráficos fundamentales para el pensamiento, su representación y su extraordinaria capacidad de síntesis, con las posibilidades adicionales de integrar relaciones dimensionales de tiempo, espacio y energía en un lugar determinado. En el caso de la arquitectura, el lugar puede ser una construcción incluso hipotética, una ubicación precisa o tentativa en un mapa, territorio, ciudad, cuadra o terreno.
Bajo los convencionalismos de la gráfica y el pensamiento arquitectónico o urbanístico, una línea o un segmento de recta puede significar la orientación que sigue un sitio, el itinerario de una carretera, la definición de un borde o el espesor de un muro, atendiendo a la convención que se establezca para simplificar el significado de los elementos construidos, posibilitando su traslado a las operaciones del proyecto y tanteo.
Una línea con un espesor determinado o indeterminado puesta en un mapa, plano o fotografía aérea, asumiendo una simbología, puede implicar una   transformación radical del paisaje, la existencia de un proyecto o la simple consideración del movimiento del capital especulativo en el territorio.
Una vez que una línea se establece en un contexto, pierde su carácter de símbolo neutral y constituye la posibilidad de una realidad; de ser un elemento abstracto, adquiere connotaciones específicas en la medida en que se sitúa en ese contexto.
Una recta o un segmento de línea, parte de una abstracción para transformarse en un elemento orientador de la vida. Si se le dan atributos a una línea, se convierte en un elemento con el potencial y la capacidad de proyectar en la realidad una realidad paralela, complementaria o integrada.
Una línea puede ser una carretera, una supercarretera, una calle citadina o un pasillo que articule diferentes usos en un esquema de funcionamiento. Vista desde un contexto económico, cultural y ambiental, una línea pierde su simplicidad e inocencia para convertirse en una construcción de lo posible o de lo inapropiado. He aquí uno de los aspectos fascinantes, sin duda, de las posibilidades del proyecto como construcción virtual de una realidad. Independientemente de su escala o de su contenido utópico, la definición del espacio arquitectónico o urbano implica la posibilidad de su entidad y existencia. La no neutralidad de la línea que se sitúa en un conjunto de premisas sociales hace que toda decisión de escala, lugar o dimensión de la construcción implicada tenga también un sentido ético y moral.
La línea que traza un funcionario o sus asistentes con cierta idea de su implicación urbanística, sea en el sigilo de la complacencia para la inversión privada o en un ejercicio de participación democrática, constituye una responsabilidad pocas veces medida objetivamente; antes bien, puede ser motivada por la energía de la convicción, la emoción o la fe inquebrantable en los más altos valores del progreso. La línea que alguien borra acaba por mostrarnos la conveniencia o la complejidad de un mundo sin fronteras: explora la continuidad de los límites o la potencialidad del flujo del dinero.
Ya en este segmento entre dos puntos, independiente mente de los detalles de su color, consistencia, espesor o integridad, una línea abandona el territorio de lo imaginario o de lo abstracto para constituir la evidencia de un impacto medible.

 

1 Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana en Xalapa, Zona Universitaria, correo electrónico: carpediem33mx@yahoo.com.mx.