Editorial
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      Toxicidad en los alimentos: la acrilamida
     
      El suero de queso: ¿producto vital o simple desecho?
     
      Tanta depresión me deprime
     
      ARNi: golpe de estado al ADN
     
      Trabajo cooperativo asistido por computadora
     
      El modelado computacional II
   

 

      ENTREVISTA
     
      Porfirio Carrillo:
Podemos unir la creación artística con la científica
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
   
      ¿Alucinaciones de laboratorio?
       
       
       
       
       
     
       
     
       
 
     

EDITORIAL

Siempre he considerado que, si queremos comprender un suceso, debemos empezar por conocer dónde y cuándo ocurrió. Por ejemplo, si desconocemos la geografía de nuestro país, y, peor aún, si ignoramos la fecha en que sucedió, no podremos jamás tener una idea mínima de lo que fue la Revolución Mexicana.
De igual modo, para entender el mundo en que vivimos hoy es necesario tener alguna idea, por remota que sea, de lo que son la ciencia y la tecnología. Vivimos inmersos en un mundo que nos será incomprensible si desconocemos cómo funcionan las cosas, la forma en que se inventaron o descubrieron, las personas que lo hicieron, las condiciones imperantes entonces y demás. Van algunos ejemplos.
El gato de mi vecino comenzó a padecer una inflamación en la pata posterior. Era una inflamación considerable, y en el centro de esa zona había una especie de furúnculo. Su suegra dictaminó sin más: “Es un nervio que se jaló con los colmillos y que se le enredó. Eso es”. Inútil fue hacerle ver que tal cosa era imposible –hasta donde sé– y que seguramente todo se debía a una simple infección dérmica.
Mi tía Concha, por su parte, me coloca un gran vaso de agua cada vez que me invita a comer, y me indica sabihonda que debo tomar mucha agua “para que se me laven los riñones”. O Donaciano el conserje, que supone que los alambres están llenos de luz en su interior, y que el apagador obra simplemente de llave que, al abrirse, permite que los focos la reciban y así alumbren.
Si se hiciera una somera encuesta entre los ciudadanos en la que se les preguntara cómo funciona un horno de microondas, por qué vuelan los aviones sin importar su tamaño, cuándo se descubrió la penicilina o cómo es que la televisión se prende o se apaga mediante el control remoto, casi con seguridad reprobaríamos todos, quizá con la honrosa excepción del lector que
tiene en su manos esta revista. Y es que poco o nada sabemos de ciencia y tecnología –a no ser quienes están específicamente consagrados a ellas–, y consecuentemente tenemos una visión del mundo bastante extraña, tan extraña como la de quien todo lo ignora sobre la historia y la geografía.
¿Qué sabe Esther, la ayudante de mi cuñado, respecto de las razones de que se mueva el auto que a veces conduce? ¿Sabrá algo de distribuidores, cigüeñales o amortiguadores? Si nada sabe nada de eso, o al menos lo intuye, ¿no tendrá una perspectiva mágica de lo que es un coche?
No es posible –y ni siquiera deseable– que todo el mundo sea un científico, pero la revolución en este campo que se ve hoy día es la mayor influencia que tenemos en nuestras vidas, y debiéramos al menos estar conscientes de la extensión en que las moldea. Véase el itinerario de algún posible lector:
Después de ver un rato los programas televisivos matutinos –los que ha cambiado una y otra vez gracias a su control remoto–, se levanta a prepararse un café calentando agua en el horno de microondas; se baña utilizando el champú con ingrediente FHP que evita que el pelo se le caiga más de la cuenta; se pone un desodorante que altera el pH de tal modo que no olerá mal durante todo el día; se pone una camisa o un vestido que utiliza velcro en
lugar de botones; se dirige al trabajo utilizando el auto que para arrancar emplea una computadora; al llegar, enciende otra más y contesta algunas llamadas telefónicas; lee los mensajes que recibió por el correo electrónico; prende algún aparato de discos compactos para que la música le alegre el día, así como el ventilador eléctrico de ochenta velocidades; le habla a un proveedor por el teléfono celular, y un largo etcétera.
Hasta hace veinte años escasos –según dijimos en algún editorial pasado–, nada había en nuestra vida cotidiana de hornos de microondas, teléfonos celulares, aparatos de discos compactos, DVD, walkman, televisores de color (los que había eran pésimos), controles remotos, computadoras personales y toda su parafernalia, entre muchísimas cosas más, por no hablar de los inventos y descubrimientos que surgen día a día en las áreas especializadas
de las ciencias. La revolución de estos últimos decenios nos ha dejado atrás en la comprensión de tales milagros.
Pues bien, este número de La Ciencia y el Hombre, como todos los anteriores, nos proporciona una panorámica de tales avances, así como de hallazgos recientes en las áreas del conocimiento tradicionales. Ojalá que el lector ojee sus páginas con interés.