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De música y migración:
la ventaja de no pertenecer

Patricia Peralta Gainza y Álvaro Pérez García

Nos encanta viajar. Cualquier viaje implica conocer, descubrir, estar alerta a lo que suceda a nuestro alrededor para crecer, para comunicarnos con otros, los otros que conforman y hacen este mundo. No importa si cruzamos un océano o pagamos un boleto de metro; si nos esforzamos, viajamos a otra cultura o a distintas concepciones de vida con el simple hecho de escuchar un ritmo diferente. El eterno viajero, el ciudadano del mundo, es el que nos lleva y nos trae al querer comprender el viaje de otros.

Tomando el metro de Madrid como límite espacial, nos preguntamos qué porcentaje de los músicos que allí tocan son inmigrantes, y, como tales, qué características generales tienen. Partiendo de la base de que el ser humano necesita saciar sus necesidades materiales y espirituales, indagamos en qué medida esta actividad las cubre. Buscamos responder hasta dónde esta labor es una opción de vida o una elección temporal para ganarse el pan y, como consecuencia, qué calidad de vida implica.

Efraín es argentino, bandoneonísta e ingeniero, ¿o deberíamos decir bandoneonísta, argentino e ingeniero? Está “encariñado” con Madrid y enamorado de Isabel. Efraín forma parte prácticamente del inventario del metro, donde toca desde hace más de tres años. Mientras caminas formando parte de esa ola enajenada de transeúntes que hacen su trasbordo en Sol, de repente algo te saca de la inercia, del sin sentido, y sin sentir cambias tu ritmo y rumbo detrás de los compases, y doblando esquinas y siguiendo pasillos llegas a la olla de oro. El corazón rioplatense se emociona no por oír el bandoneón, sino por cómo suena ese bandoneón.

Efraín lo abraza –si es posible abrazar tus propios dedos– y toca y toca y toca desde lo más profundo de su alma y con una técnica impecable, según los entendidos. Desde la “oficina”, como llaman a su rincón del metro, Efraín forma parte cada día de un tramo del viaje de muchos pasantes, algunos de los cuales hacen un alto en su travesía para disfrutar de los tangos, milongas, fostros o pasodobles de Efraín, o de sus bromas, comentarios y dulzura. ¡Ah! Porque esa es otra de las particularidades de nuestro bandoneonísta: la inacabable dulzura, que, mezclada con su autosuficiencia rioplatense, logran una combinación fascinante.

En las noches también se puede oír a Efraín en algún concierto ocasional en alguna sala madrileña, o todos los jueves en su peña (ahora es el Bar Iruña, muy cerca de la Plaza Mayor), que comenzó hace como cuatro años por Carabanchel en un bar llamado Caminito. Aquí nuestro bandoneonísta nos halaga con la misma intensidad de los acordes. Lo único que cambia es el decorado: ya no hay señalizaciones que nos indiquen hacia dónde queda Moncloa. Efraín es el mismo; su sencillez y su altanería, su ternura y su entereza siguen siendo también las mismas que en el pasillo del metro, y la diversidad de sus oyentes los hace inclasificables. Se escucha a lo largo de la noche reiteradamente el “Buenas noches, maestro”, que suena igual al pronunciado en las mañanas por los guardias.

Efraín es un ser excepcional, como muchos de los músicos que nos hemos encontrado en esta odisea underground , pero él es además un afortunado: es un inmigrante que a los 63 años tuvo la audacia de dejar atrás su trayectoria de varios años de ingeniero en comunicaciones y de profesor de matemáticas, y comenzar una nueva vida de la mano de su bandoneón, lo único omnipresente desde sus 14 años. Todo esto porque sí, de alguna manera acompañando a un viejo amor para más tarde encontrar a su verdadero amor, y por aquella ventaja de no pertenecer.

Sinfonía ilegal

Bajo tierra probablemente haya el mismo número de usuarias que de usuarios del metro, pero no ocurre lo mismo en lo que respecta a los músicos que podemos encontrar en esa red, ya que sólo 3.9% son mujeres. La mayoría masculina es apabullante. Igual sucede con la forma de tocar, pues 92% corresponde a la categoría de móvil; es decir, los músicos se suben al metro guitarra al hombro y tocan de vagón en vagón. Para lograrlo hay varias técnicas posibles: unos se paran en los pasillos clave a determinadas horas, y se mueven a otros sitios a medida que avanza el día; otros escogen una línea (dentro de las más socorridasestán la 1, la 2 y la 5), se suben al vagón, tocan dos o tres canciones (el tiempo justo para que permanezca la mayoría de los pasajeros), recolectan el dinero, descienden y esperan el próximo tren. Y hay otros que, en el mismo tenor, se suben a los vagones, cantan dos canciones (exactamente calculadas para el tiempo que dura el recorrido de dos estaciones), recaudan el dinero y, cuando el tren para en la segunda estación, descienden y corriendo se cambian al vagón de adelante, donde se reinicia el ciclo. Los músicos que utilizan este tercer sistema (lo que no quiere decir que no haya otros) tienen la ventaja de que ganan más dinero, pero también aumentan su ya elevada cuota de estrés. Deben atender el tiempo de duración de las canciones, la coordinación de las paradas, la música propiamente dicha y la posible llegada de los guardias. El 62% de los entrevistados toca individualmente.

La inmensa mayoría –70% de los músicos– tiene entre 21 y 40 años, y sólo 15% de ellos son españoles, tres de cada cuatro son inmigrantes y casi uno de esos tres es ecuatoriano. El instrumento preferido por casi la mitad de ellos es la guitarra, y otra opción con el mismo peso porcentual es algún otro instrumento folklórico. Aquí comienza el otro viaje que el metro tiene para los transeúntes, un tour a través de distintos instrumentos y ritmos musicales, que van del piano, el acordeón y el bandoneón, al saxofón y la flauta, pasando por una lista interminable de instrumentos autóctonos.

El 30% de los músicos encuestados hace menos de seis meses que se gana la vida haciendo música en el metro, y si bien no son muchos los casos, para algunos esto se transforma en un verdadero modus vivendi que puede durar años, y cuando es así, pasan a trabajar bajo la modalidad fija; es decir, dejan de ir tocando de vagón en vagón para quedarse solamente en un sitio lo que dure su jornada laboral diaria. Dieciseis entrevistados, de un total de 26, trabaja de cinco a siete días a la semana y uno de cada dos músicos trabaja más de cinco horas diarias. Hay 42% que trabaja menos de 4 horas, donde están comprendidos todos los argentinos encuestados. Los que más horas trabajan son los rumanos ya que 60% de ellos lo hacen más de nueve horas diarias.

El 50% de los músicos gana en promedio menos de 20 euros diarios, considerando 8 horas de trabajo. Los que menos ganan son los ecuatorianos, que equivalen a la cuarta parte de los trabajadores y los inmigrantes de Europa del Este (rumanos y búlgaros) que son el 20%. Los nacionales que mejor ganan son los argentinos; todos ellos ganan más de 21 euros diarios y como vimos anteriormente, son los que menos horas trabajan.

Exactamente a la mitad de los entrevistados no les gusta tocar en el metro, a la tercera parte sí le agrada y a muy pocos les es indiferente. A quienes sí les gusta, argumentan que es un espacio apropiado para conocer gente, que no sólo reditúa vínculos personales y afectivos sino también actividades laborales o profesionales. De este grupo, la cuarta parte afirma que el metro es más rentable que cualquier otro lugar de la ciudad. En lo que respecta a aquellos a
quienes no les gusta, más de la mitad señala la persecución de los guardias como una de sus razones. Si bien tocar en el metro está prohibido, los guardias se hacen de la vista gorda. Viven músicos y guardias en un constante juego del gato y el ratón. En esta relación ambivalente, los músicos reconocen cierta permisividad por parte de los guardias para estar allí, pero también son ellos la mayor fuente de sus frustraciones. Hay algunos, como Mario, que es rumano, que consideran que el trabajo de los guardias es muy ingrato, pero que además son muy mal educados:

«Los vigilantes molestan mucho. He hablado con ellos, les explico que soy un músico que toco por un dinerito, coopero con ellos, me salgo cuando vienen. Tienen que tener más educación, no decir “hijo de puta”, “eres un cabrón”. No puedes usar eso para hablar con la gente; no es de hombres educados, y Madrid es una capital. Yo tengo vergüenza y salgo, pero ellos dicen: “Eres un puto extranjero”. He visto a un guardia pegándole a un músico; creo que no hay ley que permita pegarle a un músico. Deben crear confianza, que no tema uno hablar con él (sic). Un músico no es un mal educado ni viene de una sociedad más baja».

Otras razones de que no les agrade tocar en el metro tienen que ver con sus necesidades materiales no cubiertas. Casi la mitad de los músicos dijo que la rentabilidad es muy baja. Las dos restantes razones argumentadas tienen que ver con la insatisfacción de las necesidades espirituales de este grupo, y son que al cambiante público no le interesan las expresiones y manifestaciones culturales que se dan a su alrededor, y, por último, que sienten que están perdiendo el tiempo pues no avanzan económica ni musicalmente.

También estudiamos las razones que motivaron a estos individuos a emigrar a España, de lo cual hallamos tres categorías: las económicas, las socioculturales y las personales. Las primeras se refieren a la situación que padecen los países de los que son oriundos, y con ello la visualización (individual o colectiva) de España como un país donde el progreso material es posible. Las socioculturales se refieren a las alternativas que, movilizados por la novedad o la curiosidad, pueden ver en una sociedad diferente. Las personales están restringidas a la historia de vida de cada sujeto. Algunos inmigrantes han tenido más de una razón para emigrar, las que se combinan dependiendo del caso. En lo que respecta a las razones para emigrar a España, más de las dos terceras partes de los músicos señalaron como razón principal la económica. Notamos asimismo que, dependiendo de la nacionalidad, las razones, en líneas generales, se homogeneizan; así, cada comunidad nacional tiene un porqué de su emigración.

Las expectativas de vida tienen que ver con lo que cada individuo pretende o sueña de sí mismo con relación al contexto y al trabajo, lo que posibilita o impide que pueda desarrollarse en el medio que lo rodea. De la combinación entre razones para emigrar y expectativas de vida, vimos que ocho de cada diez aspiran a vivir en su país de origen, ya en un trabajo cualquiera –pero estable y formal–, ya de la música o la profesión, ya trabajando ocasionalmente en España. Los ciudadanos que optaron por este último tipo de vida representan sólo 9% del total, y son a su vez parte de la comunidad búlgara.

Es de resaltar el 45% de las respuestas, que atan razones económicas y socioculturales a la expectativa de “vivir en el país de origen con un trabajo relacionado con la música y la profesión”, o sea, que tienen como horizonte ideal su cultura y su profesión u oficio. De esto y de la observación anterior de que lo individual podría corresponder con lo colectivo-nacional, a lo que llamamos comunidades nacionales, resulta lo siguiente:

La totalidad de los ecuatorianos (31% de la población total) deseaba trabajar y vivir en su país en dos variantes: las tres cuartas partes de ellos en un trabajo relacionado con la música o la profesión, y el resto en cualquier trabajo formal y estable. Destaca que 75% de esta comunidad poseía un oficio o profesión.

Igual proporción de los individuos de la Europa del Este tenía también como expectativa de vida desarrollarse material y espiritualmente en sus países de origen.

Todos los argentinos entrevistados deseaban tener un trabajo relacionado con la música (de la forma en que lo estaban haciendo) en España o en cualquier país, sin manifestar una necesidad por vivir en el suyo sino en aquel que les diera la posibilidad de desarrollarse individualmente.

A modo de conclusión, diremos que todos los ecuatorianos y 70% de los migrantes de Europa del Este querían vivir en suspaíses, y que ambos grupos representaron el 70% de la población inmigrante estudiada.

Del cruzamiento de las variables “músico por lugar de nacimiento” y “razones para gustarles vivir en Madrid”, obtuvimos que 56% de un total de dieciséis respuestas positivas pertenecía a individuos de Europa del Este, y que a su vez 78% de tales individuos consideraba que le gustaba esta ciudad debido a que podía cubrir sus necesidades materiales o, más bien, que la ciudad hacía posible su progreso económico o su posible realización personal.

También analizamos la percepción de los inmigrantes respecto a cómo son tratados por los españoles. Leemos claramente formas de trato positivas (el interés y el respeto) y negativas (la indiferencia y el rechazo). Nuevamente dos comunidades nacionales se hacen notar: todos los ecuatorianos respondieron que se les trataba con indiferencia o rechazo, y también todos los argentinos dijeron que recibían interés o respeto por parte de los españoles. Asimismo, tres de cada cuatro rumanos manifestaron que se les trataba con indiferencia.

Enlazando diversas variables, arribamos a un punto contradictorio e incluso paradójico tanto para los rumanos como para los búlgaros: cuando dieron sus razones de por qué les gustaba vivir en Madrid, señalaron que ahí podían hallar la prosperidad económica; no obstante, eran ellos los músicos que más horas trabajaban y menos dinero percibían, lo que hacía que a más de la mitad no les gustara trabajar en el metro. Aun así, Madrid sigue ofreciendo teóricamente la posibilidad a esta población migrante de satisfacer sus necesidades materiales.

El pecado de un ángel

Un ecuatoriano parte de su país con una maleta, muchas ilusiones y algún dinero prestado en los bolsillos. Es un hombre de 25 años, de piel oscura, pelo negro y lacio y con un brillo en los ojos que se va apagando a medida que cuenta su periplo por Madrid. Llegó hace siete meses, pensó que con su oficio de matricero industrial tenía el camino hecho, que de inmediato se iba a ubicar laboralmente, ganar lo suficiente para pagar la deuda del boleto de avión y comenzar a girar dinero a su familia. Ángel tiene dos hijos y una esposa, con quienes vivía en Quito. Tenía una casa y su taller, con el que trabajaba para una empresa multinacional, lo que le permitía cierto bienestar e independencia. También cultivaba esa pasión que a veces le daba alegrías: “Vas a tener que decidirte: la música o la familia”, le dijo un día su esposa sin que llegara a mayores. Un día empezó a mirar hacia Europa como posibilidad. “A mí me decían que yo en España, con mi oficio, podía llegar a ganar 1,800 euros al mes”, cuenta Ángel con tristeza, recordando tal vez su credulidad o su ceguera.

Cuando pisó tierra española creyó que ya había logrado parte de su objetivo y salió a la calle a ofrecer sus servicios. “Ahí eres un fantasma si no tienes papeles”, repite más de una vez mientras se acuerda de las tres veces que estuvo empleado en esta ciudad: en una no le pagaron después de haber trabajado un mes entero, de la segunda lo echaron acusándolo de haber roto una herramienta de trabajo, y en la tercera hubo de desistir de perseguir a su deudor luego de llamarlo reiteradamente a teléfonos móviles inexistentes.

Luego de estas experiencias, decide recurrir al otro talento para que le dé de comer: su guitarra. Y a meterse en el metro, entre tantas sombras humanas, a ganarse el pan, el dinero del alquiler de una habitación compartida con cuatro coterráneos en un apartamento en el que habitan catorce personas y la mensualidad del boleto de avión Quito-Metro La Latina. Y a soportar la rutina de tener que vivir huyendo. “Estoy estresado. Eso es lo peor de este trabajo, porque tengo que andar corriendo de los guardias”, dice mientras agrega que labora doce horas diarias para ganar unos veinte euros al día. Sólo Dios sabe (y también este incrédulo Ángel) qué hace con ese dinero para costear la habitación, comer y pagar su deuda. Claro que estar hacinado le cuesta cien euros mensuales y no gasta mucho más en comida. Vida austera si la hay.

Lo del metro, además, le ha ido apagando la pasión por la música. Ahora sólo toca para sobrevivir: “Cuando llegue a mi país lo primero que haré es colgar la guitarra”. Ángel no ve la hora de irse de Madrid. Nadie sabe, ni él mismo, quién le dijo y cómo se dejó convencer de que en España su vida iba a dar un salto cuali tat ivo. Esta fue la historia de un Ángel y su inocencia, o quizás de su discreta codicia, que ha sido su mayor pecado, y del que sólo se redimirá cuando tome el camino de vuelta.

Hallazgos y valoraciones finales

A lo largo de esta investigación vimos un abanico de nacionalidades desplegado en el espacio físico del metro madrileño. Encontramos latinoamericanos, españoles y europeos del este. Esta muestra es representativa de los músicos que t rabajan en el metro, pero no de la población inmigrante que España está recibiendo, ya que, por ejemplo, los marroquíes no están representados, siendo estos 10% de la población extranjera de la Comunidad de Madrid, según datos actuales de la Consejería de Servicios Sociales.

En el trabajo hallamos una serie de justificaciones o explicaciones del porqué los individuos no estaban integrados laboral o culturalmente al país. Detectamos diversos eslabones de una cadena viciosa donde siempre hay un obstáculo a ser salvado, detrás del cual la integración sería, en sus fantasías, un hecho: para los europeos del este, el no dominar el idioma; para quienes dominan el idioma, regularizar sus documentos; para quienes tienen regularizados sus papeles, encontrar un trabajo; para quienes tienen trabajo, cubrir sus aspiraciones mínimas…

También cabe resaltar que los individuos que pertenecen a una misma comunidad nacional manifiestan características, intereses y proyecciones comunes, así como relaciones homogéneas con el contexto.

Tenemos varias lecturas. La primera, desde la percepción individual o grupal de estas comunidades: los ecuatorianos dicen recibir sólo rechazo e indiferencia, la persecución de los guardias y no encontrar espacios laborales adecuados a sus necesidades. Los que tienen una actividad laboral complementaria, lo hacen en áreas muy duras, como la limpieza o la construcción, cuando en su amplia mayoría son obreros calificados y tienen unoficio o profesión. Los argentinos, en cambio –según ellos mismos–, son tratados con respeto e interés y pueden integrarse tanto laboral como culturalmente en un ámbito de mayor igualdad. Si bien existen características culturales, históricas y raciales que podrían explicar estas dos formas tan distintas de sentir su paso por España –y podríamos suponer que la sociedad receptora tiene una forma institucionalizada de tratar a las diferentes comunidades nacionales–, también surge la incertidumbre de conocer hasta dónde existe una automarginación o una actitud frente a la sociedad receptora que predispone a ello. Por otro lado, en el caso ecuatoriano es revelador el hecho de que todos ellos desearían vivir en su país, siendo España solamente una forma de paliar la mala situación económica por la que atraviesa su nación. En el mejor de los casos, para ellos esta estancia podría representar mejoras materiales e incluso la posibilidad de llegar a cubrirlas, pero es muy baja la probabilidad, según sus testimonios, de que esta sociedad pueda saciar sus necesidades espirituales.

Otro descubrimiento es que los búlgaros plantean su propia solución. Afirman que lo deseable para ellos sería poder vivir en su país, pero realizando estancias de trabajo en España de cuatro a seis meses, adonde llegasen cada año a un trabajo específico y por un periodo finito.

Podemos concluir que el factor real para combatir estos flujos migratorios sería la creación de polos de desarrollo verdaderos en los países emisores de corrientes migratorias. Gran parte de los inmigrantes al universo español no pretenden la permanencia en el país, aun pudiendo saciar sus necesidades materiales, porque las espirituales sólo las resuelve su cultura. No obstante, también es posible que el hecho de que vivan apartados de sus culturas nativas es lo que los ha llevado a redescubrirlas y revalorizarlas.