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¿Es este niño hiperactivo?

Francisco Javier Beltrán Guzmán, Irma Aída Torres Fermán, Ayulia Beltrán Torres y Francisco Vázquez Nava*

Es común hoy en día escuchar por los pasillos de una escuela, en charlas entre profesores o entre madres y padres de familia, comentarios como los siguientes: “Este niño es muy inquieto, ¿tendrá algún problema?”, “Este pequeño parece hiperactivo, ¿qué podemos hacer con él?”.

El problema de la conducta hiperactiva ha llevado a los investigadores del comportamiento humano a estudiarla profundamente, a enfocarla desde diferentes aspectos y a considerar diversas variables y circunstancias en su génesis. El conocer la forma como ha evolucionado el estudio de este trastorno nos ayudará a entender a nuestros pequeños y orientar a sus padres y maestros para que puedan ayudarlos de forma más efectiva.

La hiperactividad ha sido rotulada como hiperquinesis o disfunción cerebral mínima; actualmente se le ha llamado trastorno del déficit de atención con hiperactividad, o TDAH, y también desorden de atención deficiente, o DAD. Mas ¿qué sabemos acerca de ella?

¿Qué es la hiperactividad?

¿A qué nos referimos cuando mencionamos este término? ¿Cómo podemos diferenciarla de la actividad normal de un niño? ¿Cómo distinguir entre agresividad e impulsividad?

¿Cómo podemos enfrentar este problema? Estas y muchas otras preguntas suelen hacerse quienes conviven con los niños que sufren este trastorno.

Actualmente, se le ha caracterizado como un trastorno de la atención y se le ha relacionado con desórdenes cognitivos y conductuales. Así, los problemas que más se asocian a este trastorno son las dificultades en el aprendizaje, fallas para comenzar una actividad, atención sólo durante periodos cortos, distracción frecuente y falta de coordinación motora, entre otros.

Dado que este trastorno de la atención aparece en la infancia, cuando los niños tienen sus primeras experiencias escolares es que comienzan a manifestarse las dificultades para el aprendizaje que ocasionan los problemas de atención y de adaptación social debidos a los comportamientos peculiares de este tipo de niños.

¿Cómo se puede determinar si un niño es hiperactivo?, ¿es clara la clasificación de los comportamientos o síntomas de un niño hiperactivo? Algunos investigadores han señalado las dificultades que hay para tener una definición, una clasificación y un diagnóstico precisos de la hiperactividad en los niños preescolares, entre las cuales se hallan la falta de claridad en torno a los síntomas, la variabilidad e inestabilidad de los comportamientos de los niños, y los problemas de medición en este grupo de edad, aunado a que algunas de las conductas de los niños se confunden o se traslapan con los comportamientos propios de la etapa del desarrollo del pequeño.

Aparte de conocer el nivel de desarrollo y el ámbito normal en el que se desenvuelve el menor, el psicólogo debe evaluar su comportamiento atendiendo a varios puntos. En primer término, debe adoptar una perspectiva evolutiva que le permita conocer cuáles son los comportamientos normales y desviados en las distintas edades, y en segundo lugar saber de antemano cuál es el nivel de desarrollo de cada niño en particular.

A partir de estos criterios, el experto podrá dictaminar si realmente existen alteraciones psicológicas y su nivel de gravedad.

Con respecto a la evaluación y diagnóstico de los pequeños que muestran comportamientos o síntomas de dicho trastorno, algunos estudiosos del desarrollo infantil han indicado que la evaluación del trastorno debe hacerse desde una perspectiva multidisciplinaria, pues deben tenerse en cuenta los datos que proporcionan pruebas de distinta naturaleza y especialistas de diferentes materias. De esta manera, para evaluar al niño hiperactivo es necesario que intervengan varios profesionales de la salud y de la educación: médicos, neurólogos pediatras, maestros y psicólogos, quienes son los que realizan los distintos exámenes, a los que se añaden las valoraciones de la conducta infantil en la casa y en la escuela; pueden utilizarse también estudios sobre los riesgos psicológicos y sociales que puedan influir en la adaptación social y el rendimiento académico del niño.

Ahora bien, ya que ha sido en el ámbito educativo donde se manifiesta de forma más aguda este problema, se ha planteado que sea el psicólogo escolar el profesional que se ocupe de la detección y el diagnóstico de los niños que lo sufren; por supuesto, siempre y cuando la escuela a la que asiste el niño cuente con uno. La tarea de éste debe tener tres objetivos: identificar los posibles casos de niños con hiperactividad, evaluar a estos pequeños a través de diversas fuentes de información –incluidas las entrevistas al maestro y a los padres del pequeño, los estudios clínicos realizados por otros especialistas de la salud (neurólogos pediatras, psicólogos, etc.)– y manejar todos los casos de hiperactividad realizando un trabajo psicopedagógico que ayude a que esos niños se integren a sus actividades normales dentro de su escuela y su comunidad.

Abordando el problema

¿Cómo debemos abordar el problema cuando tenemos a un niño hiperactivo? La influencia del ambiente sobre el comportamiento infantil ha sido subrayada por numerosos autores, quienes coinciden en señalar que los niños no disponen de elementos de análisis o de crítica hacia su entorno, ni tampoco de las habilidades indispensables para reducir su dependencia de éste. Debido a ello, la forma en que se comportan los niños y los jóvenes depende en gran medida del entorno en el que viven y se desarrollan. Luego entonces, el tipo de familia y de escuela y el grupo de amigos y compañeros establecen las pautas educativas que transmiten y las normas de conducta que implantan. Por ello, el análisis del grupo familiar y del medio escolar y social reviste una gran importancia en la evaluación de los niños y adolescentes, y resulta indispensable para que el psicólogo pueda encontrar explicaciones sobre el comportamiento infantil en sí mismo y sus transformaciones.

El método que debemos seguir para abordar la hiperactividad es el mismo en cualquier caso: debemos definirlo lo más precisamente posible, evaluarlo para determinar sus posibles causas y, basándose en lo anterior , establecer una est rategia de tratamiento.

En cuanto a la evaluación psicológica, los expertos normalmente prestan atención a tres aspectos del problema: el déficit de atención, el nivel de actividad motora y el comportamiento general del niño en el medio natural; por lo tanto, la valoración del trastorno se basa en las pruebas, escalas de observación o inventarios que el psicólogo aplica al niño y las que administra a sus padres y profesores con el objeto de conseguir información sobre como es su comportamiento en el hogar, en la escuela y en otros escenarios de su vida cotidiana, como parques, paseos, centros de recreación o de convivencia infantil, entre otros. También puede recolectarse información importante a través del propio niño mediante pruebas para detectar sus posibles deficiencias perceptivas y cognitivas, la observación de su comportamiento y algunos métodos mecánicos que registran el nivel de su actividad en situaciones específicas.

En cuanto a la evaluación de los entornos familiar, social y escolar, cuando se examina la hiperactividad infantil se hace hincapié en ésta, ya que en un buen número de niños las conductas problemáticas aparecen en escenarios y ambientes específicos. De ahí que las descripciones sobre el comportamiento
de los niños que llevan a cabo los padres y profesores y las observaciones directas que hacen los profesionales en el medio natural, han puesto al descubierto que muchos niños no son hiperactivos de forma permanente; antes bien, lo que ocurre es que son desatentos, inquietos o distraídos cuando están en la escuela o en la casa, pero no muestran el mismo grado de actividad en ambas situaciones.

Los riesgos

Se ha dicho, y con mucha razón, que los niños hiperactivos o con déficit de la atención son en sí mismos chicos en riesgo ya que hay un cierto número de factores que así permiten considerarlo. En efecto, hay factores cognitivos que hacen que se expongan a situaciones que pueden ocasionar accidentes, que tengan una menor habilidad para prevenirlos y que desatiendan las reglas de seguridad. Estas deficiencias los hacen susceptibles de sufrir daños físicos, principalmente. A ello se debe agregar el daño emocional, frecuente en los niños, que es consecuencia del fracaso en las relaciones sociales con sus compañeros y de la intolerancia e incomprensión de los adultos que lo rodean.

Otro aspecto considerado como un factor de riesgo en los pequeños con trastornos de hiperactividad es el déficit en su autoestima, lo que ocasiona en muchos casos el rechazo y la falta de aceptación de quienes conviven con ellos.

La autoestima es un recurso emocional muy importante en todo ser humano. Saberse valiosa y apreciarse como tal permite a la persona desarrollarse y vivir en condiciones más adecuadas; una buena autoestima es, pues, muy significativa en esta clase de niños. Cuando los pequeños con DATH experimentan el rechazo social del que son víctimas en sus hogares y en sus escuelas, su autoestima, autoconcepto y autoimagen experimentan también una disminución importante. A la fecha, se sabe que esos procesos desempeñan un papel central en el desarrollo de la personalidad del niño, lo mismo que en su perspectiva de triunfo o fracaso en su desempeño escolar, por lo que esta información debe tomarse en cuenta para diseñar su tratamiento.

Ya hemos dicho que son muy importantes los aspectos relacionados con el rechazo y la aceptación social de los niños hiperactivos. Algunos investigadores afirman que los chicos hiperactivos rechazados muestranmayores deficiencias en el procesamiento de la información social en comparación con los que no lo son. Adicionalmente, manifiestan una excesiva codificación de la información social y una utilización insuficiente de los estímulos que controlan dicha información. Esto se refiere a que no se detienen mucho a procesar o digerir la información que reciben, por lo que actúan más impulsiva que racionalmente.

Por lo anterior, resulta conveniente reiterar que en muchas ocasiones se confunde la impulsividad de los niños hiperactivos con agresividad, lo que está muy lejos de ser cierto. Es común que los pequeños con DATH muestren señales de impulsividad, caracterizada por reacciones espontáneas, en las que no media la reflexión o el razonamiento, es decir, actúan “sin pensar”, pero esto no es lo mismo que exhibir un comportamiento agresivo.

Los niños con ese trastorno tienen una gran necesidad de afecto y, al no mediar en ellos algunos procesos de razonamiento o cognitivos, actúan sin medir las consecuencias de lo que hacen, y en su afán por conseguir objetos, afecto o atención terminan incomodando a sus compañeros o a los adultos con los que interactúan.

La familia del niño hiperactivo

Otro aspecto estudiado con relación a los niños hiperactivos es la constante tensión o el estrés de quienes se encuentran encargados de cuidarlos. Los resultados de los estudios realizados al respecto sugieren que los padres de nivel socioeconómico más bajo se hallan en mayor riesgo de padecer estrés que aquellos que pertenecen a un nivel medio. Además, señalan que ese estado de tensión hace más notorios los síntomas de hiperactividad de los menores bajo su cuidado.

¿Qué problemas enfrentan los padres y maestros de los niños de quienes se sospecha que pueden ser hiperactivos? Una de las principales dificul tades para detectar y tratar cualquier trastorno físico o emocional, así como de la hiperactividad en particular, radica en el diagnóstico. El concepto de diagnóstico procede del campo de la medicina, y etimológicamente significa “conocimiento completo”. De este modo, el diagnóstico implica determinar la naturaleza y las circunstancias de las enfermedades o padecimientos del individuo. Esta aproximación pretende establecer una etiología u origen común y específico, un conjunto común de síntomas, un curso conocido y un resultado observable susceptible de ser modificado. Siguiendo un razonamiento similar, los psicólogos han aplicado el concepto de diagnóstico al estudio de los trastornos conductuales, como es el caso de la hiperactividad.

Hay dos escuelas de pensamiento en relación con el diagnóstico. Una de ellas propone que el concepto de diagnóstico tiene poco o ningún valor y que se debe descartar debido a sus limitaciones. La otra, por el contrario, afirma que es muy necesario y que se requiere de una clasificación que haga posible
la generalización, la formación de conceptos y la investigación de las relaciones que existen en los fenómenos que una disciplina abarca. Como es de suponerse, los científicos no están en condiciones de trabajar eficientemente a menos de que cuenten con alguna forma de ordenar el conjunto de hechos y observaciones que hagan.

Toda vez que la conducta en cuestión es compleja e intervienen en ella una multiplicidad de factores, resulta de importancia medir la hiperactividad infantil para hacer más eficiente el diagnóstico, para lo cual se necesita al maestro y a los padres, así como definir la conducta global y la conducta objetivo. Con esos elementos, incluida la valoración médica, es que puede llegar a hacerse una evaluación integral.

Una evaluación integral

Ya que son muchos los determinantes ambientales de la conducta hiperactiva y que la generalidad de los niños se encuentran expuestos a una gran diversidad de est ímulos en el hogar, la escuela, el trabajo y las diversiones, los cuales les distraen e interfieren con la concentración y el aprendizaje, la evaluación integral nos permite llegar exitosamente a un diagnóstico diferencial.

Por ejemplo, el entorno psicológico, social y físico del hogar es frecuentemente muy perturbador. Desde luego, resulta difícil concentrarse en una casa ruidosa, con música estridente y donde el único lugar para estudiar sea la sala o el comedor. Como puede suponerse, el niño en tal circunstancia
se encuentra en medio del caos y la confusión. Si un chico tiende a mostrar conductas hiperactivas, lo recomendable es que haya un lugar tranquilo en su propia casa donde sus actividades no se vean interrumpidas.

Dent ro de un medio ambiente más amplio, hay factores sociales, económicos y geográficos que pueden provocar un comportamiento hiperactivo. Así, si el niño vive cerca de una fábrica, un aeropuerto o una avenida en donde hay un gran flujo vehicular; en un lugar donde se aprecian grandes concentraciones de personas, como las que viven en conjuntos multifamiliares, que se ven obligadas a vivir en departamentos reducidos, o bien donde hay un alto índice de criminalidad, se verá expuesto a un gran bombardeo de estímulos que le resultarán difíciles de procesar. En suma, ciertos factores ambientales como calor, humedad o frío excesivos, un transporte deficiente o grandes aglomeraciones de gente, entre muchos más, pueden llevar a que un niño muestre distracción, agresividad o desatención.

El clima psicológico es igualmente importante y significativo como factor ambiental; por ejemplo, una dinámica familiar inadecuada, problemas de pareja crónicos o desacuerdos entre los padres sobre la forma de educar a sus hijos. Un ambiente familiar tenso, irritante, punitivo y supresor, que haga que elniño perciba el rechazo de los adultos que le rodean, lo puede llevar a protestar activamente. Del mismo modo, en la escuela, y específicamente en el salón de clases, puede haber un gran número de factores determinantes de
comportamientos hiperactivos: una escuela pobre, un número excesivo de alumnos, un lugar ruidoso, asientos incómodos o una ventilación inadecuada son, entre otros, muchas de las condiciones ambientales con las que los alumnos deben luchar, aunque hay que señalar que los maestros se ven igualmente afectados en su eficacia y eficiencia docente. Cuando prevalece un clima así dentro de la escuela, el ánimo es bajo y la efectividad de la comunicación con los padres, alumnos y maestros se ve entorpecida. Igualmente, tal como afirma un autor, «la causa principal de las conductas
hiperactivas, de la falta de atención y de la distracción en clase son unos requerimientos curriculares irreales, arbitrarios […], así como las llamadas “ejecuciones modelo”». Más adelante señala que “muchas escuelas necesitan reprogramar sus expectativas curriculares y subsecuentemente agrupar a los alumnos para permitir estimular a cada niño a realizar continuos progresos, según su propia tasa de aprendizaje y evolución”.

Es por ello que la influencia de los factores ambientales debe considerarse con igual peso en el proceso de diagnóstico diferencial, pues estos determinan en buena medida la severidad de los síntomas.

Instituto de Investigaciones Psicológicas de la Universidad
Veracruzana, Dr. Luis Castelazo Ayala s/n, col. Industrial
Ánimas, 91190 Xalapa, Ver., tel. (228)812-57-40,
correo electrónico: itorres@uv.mx.

Para el lector interesado
Beltrán G., F.J. y Torres F., I.A. (1999). Hiperactividad: Estrategias de intervención en ambientes educativos. Enseñanza e Investigación en Psicología, 4(1).
Beltrán G., F.J. y Torres F., I.A. (2000). Qué hacer cuando tenemos un hijo
hiperactivo. La Ciencia y el Hombre, 13(3).
Beltrán G., F.J. y Torres F., I.A. (2003). Programa de entrenamiento en
estrategias metacognitivas para maestros de niños hiperactivos. Madrid: Grupo Albor.
Beltrán G., F.J., Torres F., I.A. Vázquez, F. y Díaz M., S. (1998). La intervención farmacológica en el tratamiento de la hiperactividad infantil. La Ciencia y el Hombre, 10, septiembre-diciembre.
Beltrán G., F.J., Torres F., I.A. Vázquez N., F., García P., M. y Magaz L., A.
(2003). Percepción del trastorno de déficit de atención con hiperactividad por los padres en sus hijos de edad escolar. Revista Sonorense de Psicología, 17(1 y 2).
Benassini, O. (2002). Trastornos de la atención: origen, diagnóstico, tratamiento y enfoque psicoeducativo. México: Trillas. Moreno, I. (2001). Hiperactividad: Prevención, evaluación y tratamiento en la infancia. Madrid: Pirámide..