Editorial
      Historia de la estadística
     
      De música y migración: la ventaja de no pertenecer
     
      El estudio experimental de la ansiedad
     
      ¿Es este niño hiperactivo?
     
      Darwin y los demonios
     
      Sobre el impacto energético: reflexiones para la sostenibilidad
     
      ¿Regeneración de la selva? Los murciélagos, expertos en el asunto
     
      La biodiversidad como estrategia para la seguridad alimentaria
     
      Toxicidad en los alimentos: la acrilamida
     
      El suero de queso: ¿producto vital o simple desecho?
     
      Tanta depresión me deprime
     
      ARNi: golpe de estado al ADN
     
      Trabajo cooperativo asistido por computadora
     
      El modelado computacional II
   

 

      ENTREVISTA
     
      Porfirio Carrillo:
Podemos unir la creación artística con la científica
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
   
      ¿Alucinaciones de laboratorio?
       
       
       
       
       
     
       
     
       
 
     

Sobre el impacto energético: reflexiones para la sostenibilidad

Fernando N. Winfield Reyes

Después de las catástrofes sucedidas a finales de 2004 en Asia y África, hay motivos suficientes de alarma: se trata de señales que habían sido anticipadas de algún modo aunque no previstas en toda la magnitud de sus devastadores efectos, sobre todo cuando se trata de zonas con asentamientos humanos. En esta ocasión hemos sido partícipes de una tragedia gracias a la inmediatez propia de los medios masivos de comunicación en los inicios de este siglo XXI. No sabemos si la próxima vez nos tocará a nosotros ni dónde estaremos en este mundo, donde los eventos son cada vez más difundidos y por ende menos ajenos. El futuro, con su carga de inseguridad e incertidumbre, habrá que ser interiorizado a partir de planteamientos cada vez menos lejanos a una actitud de extrañeza. Aunque mucho es lo que se ha avanzado en la investigación, las fronteras de lo desconocido siguen siendo inconmensurables. Puede que no sea remoto el día en que caiga nieve en Coatzacoalcos, ni tampoco sea exótica la consideración de que, debido al calentamiento global y a la elevación del niveles de los mares, las costas de algunos de los países ubicados en el norte de Europa acaben por sumarse a la región mediterránea por la recomposición de climas y geografías.

Como nos lo informan innumerables reportes y estudios científicos –cuya difusión parece urgente ahora y son motivo del interés de la opinión pública y de los medios–, se trata sin lugar a dudas de la combinación de ciertos efectos naturales cíclicos cuyo creciente potencial destructivo se relaciona con el crecimiento urbano y el poblamiento de áreas que se hallan en condiciones de riesgo y vulnerabilidad. Al tratarse de un fenómeno de variadas dimensiones, es probable que uno de los efectos positivos de esa catástrofe anime a individuos, sociedad, gobiernos y organizaciones internacionales a plantear las necesarias consideraciones sobre las tendencias de desarrollo, organización espacial, producción y consumo desde un nuevo paradigma o conciencia existencial. Aunque nos alarmemos, los desastres son ahora parte de nuestra cotidianeidad y de nuestra crisis permanente. Si bien estas mismas líneas discursivas ya se han venido planteando en las últimas décadas con otros términos y con otra agenda, se hace necesario replantear su urgencia; a pesar de los pronunciamientos unánimes, implican tiempos y compromisos diferenciales.

La mercadotecnia ambiental ha encontrado un modo en la reinvención. Es probable que el capitalismo logre reinventarse o hacerse más atractivo, por lo menos para seguir siendo exitoso en sus propios términos. En efecto, se tiene que reinventar a fondo, est ructural y estratégicamente, y no sólo como un ingenioso aparato que redirecciona sus procesos e ingeniería a través de la mercadotecnia o la propaganda.

En tal contexto, puede preverse el desarrollo de renovadas tradiciones ideológicas o de un consumo informado sobre la base de viejas ideas cuya sabiduría está a la espera de ser redescubierta. Podemos leer en los periódicos del nuevo orden global mensajes como el siguiente: “El clima cambia. Creer que puede conducir al desastre es el primer paso para asegurarnos de que no suceda”. Observamos la dureza de los números e indicadores, y en ocasiones es difícil ligarlos a nuestra vida cotidiana. Seguimos con interés y hasta cierto punto incredulidad o escepticismo los esfuerzos gubernamentales emprendidos con más urgencia que convencimiento o determinación, sólo para concluir –así sea de un modo confuso– que son también nuestro problema y no sólo el de ellos.

Por fin mucha gente está de acuerdo. Lo creamos o no en sus detalladas explicaciones, una de las principales causas asociadas a la crisis ambiental y su radical incremento son las emisiones de gases a la atmósfera. Sin embargo, aunque se dispone de la tecnología para reducir las emisiones de carbono, dicha tecnología no está al alcance de todas las industrias ni su uso
puede incorporarse con la misma velocidad en todas las naciones, sean clasificadas como desarrolladas o en vías de desarrollo por los organismos internacionales.

Esto plantea la urgencia de disponer de políticas de desarrollo ambiental y de incentivos para que las empresas e industrias que en varios países altamente industrializados producen alrededor de la mitad de las emisiones de carbono a la atmósfera, obtengan beneficios al aplicar las nuevas tecnologías que las eliminen, pues son emisiones que, a final de cuentas –ya sea que se encuentre su relación directa con el ambiente o que no se acepten sus riesgos–, acaban por afectarlo todo.

Desde luego que la inversión energética tiene que ser rentable, aunque en su desarrollo histórico reciente no necesariamente se han reconocido con claridad conceptos nacionales tales como la soberanía o el derecho. La inversión energética no sólo debe traducirse en su rendimiento operativo, en las ganancias generadas o en su viabilidad financiera en el corto plazo, sino, ante todo, en su sostenibilidad en el mediano y largo plazo. Y aquí es donde algo parece despertar sospechas, sin importar qué tanto nuestras concepciones pueden ser excesivamente simplistas o abrumadoramente optimistas.

Participamos con los ojos abiertos o con los ojos cerrados en un complejo sistema de intercambios, voluntades y actos, como uno de los rasgos que definen la vida. Más allá de que se sepa el modo en el que opera la producción en un sistema capitalista, cuyos valores temporales y cuya visión del mundo tienden a constituirse en una visión hegemónica, probablemente sea una buena idea y un deber de supervivencia indagar nuestra relación con la complejidad del mundo y sus instituciones, procesos y dinámica. Esto no implica el conformismo, ni mucho menos el respaldo a ultranza, en el ejercicio de la esfera política a todas las escalas, y especialmente, en aquella que constantemente consideramos como la que menos nos afecta por su lejanía, aparente inaccesibilidad o distanciamiento en la jerarquía de las decisiones, sobre la que en un libro reciente, The New Imperialism, David Harvey abunda aportando importantes conceptos acerca del nuevo orden global.

Las imágenes de los desastres tienden a ser elocuentes y a movilizar nuestros argumentos más efusivos en direcciones de acción más o menos específicas. Es difícil permanecer indiferente o simular que a uno no le toca un problema que se expresa en nuestra condición contemporánea de una manera tan global como inevitable. La fuerza destructora de tales desastres naturales se manifiesta ante nuestras percepciones con una crueldad inédita,
como una condición histórica que nos aterra reconocer y que está asociada a la existencia de una mayor densidad poblacional y al crecimiento de los núcleos urbanos, aspectos cuya combinación en la desgracia se multiplica en ocasiones por la escasa cultura sobre el manejo inmediato ante las catástrofes.

El problema con las imágenes es que pueden generar una confianza excesiva y evitarnos la necesaria lectura y la reflexión sobre la información; que acabemos por aceptar sin meditar un poco todo lo que se nos dice; que la información sea un bien de consumo más, asistida por los intereses de la ignorancia, y que aceptemos dejar de lado la eficacia de la duda sistemática o el análisis crítico basados por lo menos en el sentido común, la experiencia empírica o las coordenadas de la razón. El problema de la velocidad con la que accedemos a la información y la prontitud de sus detalles puede no hacer relevante lo que constituye el sentido básico, esencial para el entendimiento.

La catástrofe es también oportunidad. Una de las respuestas a esta nueva condición planetaria plantea la reducción del consumo energético, mientras que otras exploran las fuentes alternativas de generación de energía, y otras más la movilización de las compañías y de las industrias en torno a una conversión de sus procesos productivos para que logren hacerse más sostenibles sin comprometer sus ganancias.

Ante la negligencia de algunas de las grandes corporaciones por reducir sus modos de operación y el rechazo de la ciudadanía de los países más desarrollados para limitar y modificar sustancialmente sus modos de vida y de consumo, la economía se ha vuelto hacia la ciencia y la tecnología como instrumentos que aseguren que el círculo de inversión y acumulación del capital no decaiga y, en segundo lugar, que se amplíe la actuación ambiental. Un modo de lograrlo –o más bien, un segmento que se ha considerado como crucial antes que reducir la demanda y la oferta– es el aseguramiento estratégico de fuentes energéticas para los próximos años. Esta perspectiva ha sido reforzada a partir del supuesto de las últimas dos guerras en el Oriente Medio emprendidas por una coalición de países industrializados encabezados por Estados Unidos.

Otra perspectiva ha sido la de animar un compromiso mundial para alcanzar un orden global más equilibrado en términos de la relación entre sociedad, economía y medio ambiente bajo la noción de la sostenibilidad, donde, a través de diferentes estrategias y agendas signadas por la mayoría de los países del mundo, se busca alcanzar determinadas metas estratégicas a plazos diferenciados. Desde esta perspectiva, un instrumento de observancia (casi mundial) parece aportar las claves para regular los intentos de una sociedad global o planetaria para determinar la condición de sostenibilidad: el Protocolo de Kyoto, que, para la tranquilidad de las grandes empresas, se ha mantenido en los medios y en la información gubernamental e implica una transformación progresiva de sus procesos sin que se afecten sus ganancias de la noche a la mañana.

 

El Protocolo de Kioto

En virtud del Protocolo de Kioto, los gobiernos suscritos se comprometen al acopio y suministro de información sobre las emisiones de gases de efecto invernadero, las políticas nacionales específicas y la observancia de las prácticas consideradas como óptimas. Deben poner en marcha estrategias nacionales para abordar el problema de las emisiones de gases de efecto invernadero y adaptarse a los efectos previstos, incluyendo la aceptación de mecanismos de apoyo financiero y tecnológico, la ampliación de la cooperación para prepararse, la adaptación a los efectos del cambio climático y el logro de las metas de reducción de las emisiones previstas.

El 16 de febrero de 2005 se llevó a cabo en Japón un simposio y una transmisión global a través del sistema de videoconferencia para celebrar la obligatoriedad del inicio del Protocolo de Kyoto, firmado en 1997. Este simposio comenzó a las 19:30 horas en Japón, a las 10:30 en Londres y a las 5:30 en Nueva York. La videoconferencia, denominada “The Relay of Messages”, comenzó dos y media horas más tarde. Entre los conferencistas estuvieron el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, el Secretario Ejecutivo de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (C M N U C C) , J o k e Waller-Hunter, y la ganadora del Premio Nobel Wangari Maathai.

El impacto energético es central, como lo es la solución que cada país o cada región instrumente en el corto plazo para asegurar la generación de energías que cumplan con las normas internacionales de sostenibilidad y contribuyan a lograr los parámetros establecidos en los compromisos mundiales a largo plazo. Adicionalmente al estudio de variadas alternativas para la generación y uso de energía, es esencial un replanteamiento de los hábitos de consumo y de los procesos de producción para aproximarnos a la condición de sostenibilidad planteada en estos días, en que se analizan las implicaciones energéticas para mantener el ciclo de la sociedad y de la economía en condiciones estables, sin que se vean afectados la maquinaria productiva ni el incremento que se pondera como aceptable en la inversión y reproducción del capital. Se revisan los acuerdos por cumplir, la disminución en la generación de energía a través de procesos con alto índice de emisiones, la puesta en marcha de nuevas políticas de fomento al sector energético, y la revaloración de energías que parecían fuera de uso y que ya declinaban como opciones viables por el riesgo de su manejo.

Se ha estudiado también el problema de la generación de energía desde distintas e interesantes escalas que nos invitan a revisar y pensar en este fenómeno desde perspectivas que constantemente parecen modificarse y que nos introducen en la complejidad: de lo local a lo global, de las aportaciones de lo individual a lo comunitario, y de lo comunitario a la sociedad global. Es una conciencia cuya determinación no debe limitarnos ni arredrarnos. Las áreas de bosque de niebla en México son propiedad de toda la humanidad –por citar un ejemplo–, y las catástrofes en cualquier punto del planeta forman ya parte cotidiana de nuestra realidad intelectualmente más insular, regionalmente global ante la desaparición de fronteras efectivas. El tiempo y los procesos humanos están llamados al flujo, y las fronteras –sean sólidamente construidas o virtualmente dispuestas– están llamadas a desaparecer. Este último enunciado puede incitar en nosotros ansiedad, temor y desconfianza, pero entraña también esperanza y fe en la herencia común de todos los pueblos y todas las sociedades en la historia, en los avances del pensamiento, la creatividad, la invención y la imaginación.

Una nueva conducta sobre el uso de la energía obliga a un pensamiento más responsable y a redoblar esfuerzos. Desde luego, esto no garantiza la recurrencia de eventos como el de las catástrofes naturales y su incidencia en áreas pobladas o asociadas a la producción, pero anima la posibilidad de que una actuación concertada pueda limitar sus devastadores resultados.

Y es que, al parecer, nada ni nadie se salva. Eso es lo que ahora está en el centro del debate. Es lo que se ha insistido con urgencia cada vez más. Aunque insospechables son por cierto nuestros límites humanos a la tolerancia, y grande siempre nuestra resistencia al cambio.

Facultad de Arquitectura de la Universidad Veracruzana
Zona Universitaria s/n, 91000 Xalapa, Ver.
correo electrónico: carpediem33mx@yahoo.com.mx.

Para el lector interesado

Carbon Trust (2005). “Climate change. Believing it could lead to disaster is the first step to making sure that it doesn´t”. Anuncio publicado en la página 4 de la sección de negocios del periódico The Independent on Sunday, domingo 13 de febrero.
Harvey, D (2005). The New Imperialism. Oxford: Oxford University Press.
Secretaría de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el
Cambio Cl imático (CMNUCC)/United Nat ions Framework
Convention on Climate Change (UNFCCC) (2004). Protocolo de
K y o t o. Disponible en línea: http://unfccc.int/portal_espanol/-
items/3094.php. (página consultada el 17 de febrero de 2005).