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Tanta depresión me deprime

Jorge Borja*

Una décima parte de la población mundial ha sufrido en algún momento de su vida un trastorno psicológico llamado depresión, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Es este un porcentaje alarmante si se considera que se trata de 600 millones de personas, ya que a comienzos de este siglo las previsiones de los organismos internacionales (la O N U, por ejemplo) estimaban una población total en el planeta de más de 6 mil millones. Evidentemente, tales cifras convertirían a la depresión en un problema de salud pública. Enfrentar un reto así supone que los estudiosos del tema deban poseer una definición comprensiva del fenómeno, pues sólo así podrían fructificar sus esfuerzos para resolver o paliar el problema. Pero tal definición no existe, pues esos expertos no se ponen de acuerdo acerca de lo que entienden por “depresión”. Los libros y artículos escritos sobre este tema no se refieren siempre a las mismas características psicológicas ni le asignan al trastorno el mismo origen. En efecto, algunos autores señalan que se trata de una perturbación estrictamente biológica cuya raíz está en los genes, otros afirman que lo que importa es la historia infantil de abandono de las personas afectadas, y no falta quien diga que la depresión es sólo una palabra para referirse a algo que no se comprende, y así por el estilo. Pero todos ellos, aunque sean muy pocos, comparten al menos un punto de vista: la depresión, indican, es un asunto de desconsuelo y falta de ganas de vivir. Asunto grave es que 600 millones de personas en el planeta vivan sin desear vivir. Aquí no se cuentan, por supuesto, los otros miles de millones que viven desamparados y sin esperanza por causa de la pobreza extrema en que se hallan.

A la depresión se le llamó “melancolía” o “spleen” en los siglos precedentes, y más antes simplemente “tristeza”, pero ahora el término “depresión” se ha vuelto ubicuo, se ha extendido, y, por lo mismo, se ha hecho vago e inútil, al igual que el concepto de estrés, que ya se usa en el lenguaje cotidiano para referirse sin mayor análisis a las expresiones de tristeza o duelo de la gente; así, se dice que alguien se encuentra “deprimido” porque perdió su empleo, o que tal persona también lo está pues lo asaltaron en la calle y le robaron todo su dinero; aún más, se habla de depresión cuando alguien sufre un dolor moral muy grande porque se le murió un familiar querido. En fin, los ejemplos abundan. La palabra “depresión” se usa en todos los casos mencionados, aunque no haya una razón evidente para considerar que tales manifestaciones de desconsuelo puedan definirse como verdaderos problemas psicológicos.

Se comprende que la gente de la calle no sea experta en el tema, por lo que podría perdonársele el mal uso del concepto. Pero el asunto se vuelve preocupante cuando uno se pregunta cómo hizo la OMS para llegar a la conclusión apuntada arriba. La verdad es que lo hizo de una manera muy similar a la gente común y corriente. Obviamente, no aplicó pruebas psicométricas — de esas que pretenden medir la depresión— a los millones de personas que, según afirma ese organismo, sufren de tal trastorno, pues ello significaría que hubieran debido utilizarse esas pruebas con mucha más gente para poder diferenciar a quienes sí la sufren de quienes no la padecen, lo que es prácticamente imposible no sólo por falta de dinero y de expertos para hacerlo, sino porque ya somos muchos en este mundo y no alcanzaría el tiempo para realizar el estudio. Se puede argumentar que los resultados son producto del análisis de una muestra y no de toda la población, tal como lo prescriben las reglas estadísticas; aun así, si tal hubiese sido el caso, esa muestra, para ser válida, debía estar compuesta por la tercera parte de la población mundial, por lo que seguiría siendo un trabajo para un Hércules de la epidemiología.

Lo que hizo la OMS fue más sencillo: utilizó un indicador indirecto del problema. Simplemente, solicitó a las empresas farmacéuticas el número de ventas de medicamentos antidepresivos en todo el orbe. A partir de ahí, empezó a hacer cálculos, de tal modo que, en la práctica, concluyó que es depresivo quien toma antidepresivos.

La información proporcionada por las instituciones de salud pública y los médicos particulares —a través de los agentes contratados por las empresas farmacéuticas—, así como los estudios llevados a cabo por algunos investigadores, también sirven de apoyo para afirmar que una décima parte de la población de la Tierra sufre o ha sufrido depresión. Pero otra pregunta surge de lo anterior: ¿Cómo deciden los médicos quiénes de sus pacientes sufren depresión? Eso tampoco está muy claro, por cuanto que la misma información de los laboratorios farmacéuticos indica que los antidepresivos son prescritos principalmente por médicos familiares o generales, sin especialidad en psicología, psiquiatría o neurología. Los médicos generales no
aplican pruebas psicométricas de ninguna especie; sin embargo, llegan con relativa facilidad a diagnosticar un trastorno, que en las publicaciones técnicas aceptadas por la Organización Mundial de la Salud, como el DSM IV y el C I E 10, se consideran de tipo “psicoemocional”, aunque entre ellas —también hay que decirlo— no haya un acuerdo preciso sobre este tema y muchos más.

No se niega aquí la posibilidad de que haya algo a lo cual llamar con propiedad científica depresión, pero lo que sí se cuestiona es que lo que la OMS, los fabricantes de antidepresivos, los médicos no especialistas y nuestros vecinos conocen como “depresión” no es más que una forma de rotular a los demás, un término ya vulgarizado y pervertido, sin sustento verdaderamente científico.

Quizá el verdadero problema de salud pública sea el uso excesivo y sin control de medicamentos antidepresivos que, por lo demás, pueden comprarse en las farmacias sin receta médica, junto con sus efectos colaterales negativos asociados. También podría considerarse parte de ese problema de salud pública la forma tan despreocupada con que muchos médicos y legos aplican el concepto.

Como parte de las políticas públicas que los gobiernos deberían diseñar y poner en marcha, tendría que estar el rescate de aspectos de la salud como el discutido aquí para devolver esa salud a quienes les pertenece, pues ahora se encuentra en las manos poco escrupulosas de la ignorancia, los prejuicios y los intereses económicos ilegítimos.

*Departamento de Psicología y Ciencias de la Comunicación,
Universidad de Sonora, Blv. Rosales y Transversal, 83000
Hermosillo, Son., correo electrónico:
jborja@xal.megared.net.mx.