Editorial
      La manipulación del cuerpo en los medios masivos de comunicación
     
      El dolor
     
      Fumo sólo para tranquilizarme
     
      De las vasijas de Aguasuelos a los nanosistemas de Zysvex
     
      El agua: ¿Una crisis ignorada?
     
      Fertilizando sin fertilizantes
     
      El suelo agrícola antes fue forestal
     
      El clima frío, ¿secreto de los violines de Stradivarius?
     
      ¿Qué son los marcadores moleculares?
     
      Un puente entre la física y la química
     
      El lindano
     
      El climaterio y sus efectos en la mujer
     
      El ácido fólico en la prevención de los defectos del tubo neural
     
      El sistema inmune: nuevas alternativas terapéuticas
     
      CURIOSIDADES CIENTÍFICAS
     
      ¿Porque utilizamos el calendario?
     
     
 
     
       
       
       
       
       
     
       
     
       
 
     

EDITORIAL

Paulatinamente, muchos de los autores que han colaborado desde hace cinco años en nuestra revista, así como otros muchos que se han sumado en el ínterin, comienzan a hacer un viraje en la forma de dar a conocer sus inquietudes científicas. Entendidos de la importancia de la divulgación, han debido hacer un considerable esfuerzo para alejarse de la comunicación especializada, erudita, dirigida a sus pares, para volcar su conocimiento en el lector que carece de esos conocimientos pero que tiene la pretensión genuina de acceder a ellos.
En efecto, los artículos que componen este número y los anteriores, a partir del año 2000, ya no incluyen terminajos sólo accesibles a los especialistas, fórmulas extraordinariamente complicadas ni temas que no sean del interés de los legos. No. Desde ese año (¡un lustro ya!), nuestros colaboradores, todos ellos expertos en los diferentes campos de la ciencia y la tecnología, han traducido sus saberes a un lenguaje llano, comprendido por todo el mundo, y nos han hecho, al ellos hacerlo así, penetrar en el arcano de la ciencia y entender que ésta no es un territorio hostil para el que se debe estar revestido de maestrías y doctorados, de conocimientos profundísimos y de intereses de tal naturaleza que escapan a los que tiene el más común de los mortales.
A lo largo de este recorrido, hemos podido –gracias a ellos– acceder a las complejidades de la genómica, a los laberintos de la astronomía, a los vericuetos de la robótica o a las sinuosidades de la psicología. Y lo hemos hecho, muchas veces, con la sonrisa en la boca, quizá sorprendidos de que las formulaciones que nos hemos acostumbrado a ver escritas con trazos abstrusos en el pizarrón de los académicos, o que aparecen también en las páginas de mamotretos nebulosos y enigmáticos que nos apresuramos a volver al librero, pueden traducirse y resultar ser que no eran eso que creíamos y temíamos; por el contrario, ahora se nos presentan con sencillez, con el deseo de sus autores de que se perciban como logros humanos, verdaderamente humanos, y no como productos esotéricos de mentes enfebrecidas y extrañas.
Pero eso, digo, ha significado una empeñosa tarea para la que esos valiosísimos colaboradores no fueron formados; antes bien lo fueron para decir a otros que disponen de similar formación los avances de su campo de estudio, es decir, para difundir sus conocimientos en un plano igual. Por ello han debido aprender a expresar sin mayores aprietos lo que de suyo los tiene, a transmitir sin envanecimientos lo que tanta dificultad entraña. El lector se sorprendería de ver los artículos técnicos, especializados, de quienes contribuyen con su saber en este número y en los anteriores: ahí sí hay textos saturados de fórmulas matemáticas, de conceptos la mar de espinosos, de elucubraciones arduas.
Si ahora bajan de su torre de marfil es porque, en primer lugar, han accedido a hacerlo con la bonhomía que caracteriza a las personas inteligentes, y, en segundo término, porque saben ya que la ciencia que no se divulga no puede aspirar a inducir el estudio de la ciencia misma ni formar a las generaciones
que nos seguirán, creando en ella las vocaciones necesarias o, en su caso, a fortalecerlas. Se han revestido, pues, de esa humildad que sólo es propia
de la gente de valía.
Alguna vez, al invitar a un conocido y reconocido científico a escribir en nuestra revista plantándole la necesidad de las nuevas aspiraciones para divulgar la ciencia, me dijo: “Yo no escribo para muchachos de secundaria”. Otros muchos, que encontraron en nuestras páginas esa constante invitación,
asumieron actitudes menos soberbias y ya han visto cristalizados sus empeños al ser más leídos que antes, más comprendidos y más apreciados.
A punto de cumplir cinco años en esta nueva fase de La Ciencia y el Hombre, no queda más que rendirles nuestra gratitud más sincera, sabiendo que la lección que nos dan habrá de ser justipreciada por muchos científicos más, quienes también nos acompañarán sin duda en esta fascinante aventura de
hacer accesible el conocimiento a quienes lo necesitan.