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El sistema inmune: nuevas alternativas terapéuticas

Judith González Christen, Fernando Esquivel Guadarrama, María Angélica Santana Calderón y Gabriela Rosas Salgado*

¿Qué es el sistema inmune?

El ser humano está expuesto a una infinidad de microorganismos capaces de producir enfermedades; sin embargo, como especie, ha podido sobrevivir al ataque de estos patógenos. Un elemento fundamental en la sobrevivencia y evolución del humano es el hecho de haber desarrollado un sistema de defensa capaz de contener la mayoría de los embates enemigos, al cual se le conoce como sistema inmune.

El sistema inmune es básicamente un ejército constituido por barreras tanto físicas y químicas como por células entrenadas para la destrucción de microorganismos, y es el resultado de millones de años de evolución, a lo largo de los cuales se construyó a partir de elementos sencillos, como los que encontramos en los organismos inferiores, hasta convertirse en un sistema sumamente sofisticado y versátil difícil de vencer por los microorganismos. Esto se ejemplifica dramáticamente por el hecho de que las personas con respuestas inmunes defectuosas son susceptibles de padecer infecciones recurrentes muy graves e incluso mortales.

Actualmente, sabemos que el sistema inmune no solamente está involucrado en el combate de las infecciones, sino que también es capaz de reaccionar contra células cancerosas y sustancias ajenas no infecciosas, como proteínas y azúcares. Como un resultado adicional de su función, el sistema inmune está fuertemente implicado en el rechazo de tejidos y órganos al reconocer como extrañas las proteínas propias de cada persona llamadas “moléculas de histocompatibilidad”. Aunque en principio este sistema está diseñado para atacar lo extraño, ciertas alteraciones de esta respuesta tienen como resultado el daño al tejido propio, como son los casos de las hipersensibilidades y las enfermedades autoinmunes, las que abordaremos más adelante.

Como se dijo antes, nuestro sistema inmune está constituido por diferentes moléculas, células y tejidos que funcionan de manera coordinada para generar una respuesta protectora. Hoy día se reconocen dos niveles de respuesta: la innata y la adaptativa. La primera, también llamada “respuesta inmune natural”, es la línea de defensa inmediata contra la entrada de microbios y la eliminación rápida de los que ya han penetrado al organismo. Esta respuesta se deriva directamente de los sistemas inmunes primitivos que se encuentran en los primeros metazoarios, es poco específica, de rápida activación y no genera memoria inmunológica, esto es, siempre reacciona de la misma manera contra determinado microbio. La respuesta inmune innata en el hombre está constituida por barreras anatómicas , como la piel y las mucosas; barreras fisiológicas, como la temperatura, el pH bajo (ambientes ácidos como los jugos gástricos), y mediadores químicos, como enzimas, proteínas de suero y factores solubles llamados interferones. Cuando estas barreras son traspasadas por algún microbio, entran en acción las células de la respuesta inmune innata diseñadas para reconocer y destruir a los microbios. Su ataque es contundente y mortal, y una de sus células más eficaces para ello son los macrófagos.

Estas células se encuentran en todos los tejidos del organismo y son capaces de engullir y destruir cientos de bacterias en un corto tiempo. También hay otras células en el sistema innato que cumplen misiones más especializadas, como los neutrófilos (encargados de la fagocitosis y de inducir inflamación), los eosinófilos y basófilos (que eliminan parásitos), las células dendríticas (coordinadoras y mensajeras de la respuesta inmune) y las células asesinas naturales (que eliminan virus y neoplasias). Todas estas células, junto con las células B y T, son los llamados “leucocitos”, o glóbulos blancos de la sangre.

La mayoría de las infecciones son controladas de manera eficiente por el sistema inmune innato sin que exista sintomatología alguna. Sin embargo, cuando los patógenos logran vencer esta barrera de contención, entran inmediatamente en acción las células de la respuesta inmune adaptativa, que poseen armas mucho más sofisticadas y poderosas para combatir al invasor. Esta respuesta está generada por las células llamadas linfocitos B y T, las cuales tienen moléculas en su superficie que les permiten reconocer de manera muy específica a los invasores. Después de reconocer al microorganismo, las células se multiplican rápidamente para generar células hijas capaces de reconocer al mismo microorganismo que la célula madre (es
decir, heredan la especificidad). Algunas células hijas atacan directamente al microorganismo mientras que otras entran en estado de reposo, esperando por mucho tiempo la llegada del mismo invasor para destruirlo más eficazmente que la primera vez que lo encontraron. Esta es la llamada “memoria inmunológica”, una propiedad del sistema inmune adaptativo en la que se basan las vacunas.

Por otro lado, las células B y las T usan diferentes armas biológicas para atacar al patógeno. Las primeras secretan proteínas denominadas anticuerpos, que se distribuyen por la vía sanguínea o en las superficies expuestas al medio ambiente, como las mucosas.

Los anticuerpos reconocen y neutralizan a los agentes patógenos de una manera sumamente eficiente, a tal grado que sólo los microorganismos capaces de mutar rápidamente pueden evadir esta respuesta, como es el caso del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), causante del sida, y los rinovirus, que provocan el resfriado común. Las células T se componen de dos
subpoblaciones: las células T citotóxicas (Tc) y las células T cooperadoras (Th). Las células Tc reconocen fragmentos pequeños (péptidos) de las proteínas derivadas del patógeno que se hallan asociadas a moléculas que se encuentran en la membrana de la mayoría de las células del organismo, las que se denominan moléculas de histocompatibilidad tipo I. Cuando las células Tc reconocen estos complejos, secretan proteínas tóxicas y destruyen a las células infectadas o neoplásicas. Las células Th también reconocen péptidos en la membrana celular, pero en este caso asociados a moléculas de histocompatibilidad tipo II, que sólo se encuentran en algunas células del organismo llamadas células presentadoras de antígeno profesionales. Las células Th auxilian en las funciones de las células B y Tc a través de la secreción de sustancias químicas a las que se conoce como “citocinas”, que ayudan a la activación y proliferación de esas células. Esta respuesta es suficientemente específica y potente como para eliminar de manera eficiente una infección agresiva. Por último, es importante señalar que las respuestas inmune innata y adaptativa actúan de manera coordinada y se regulan mutuamente.

Cuando el sistema inmune falla

Pese a su gran complejidad y especificidad, el sistema inmune no está exento de errores. ¿Qué es lo que ocurre cuando este sistema no está bien coordinado, o cuando alguno de sus componentes no funciona adecuadamente? Se generan entonces diferentes alteraciones patológicas: unas se deben a falta de capacidad de reconocer y responder ante agentes agresores, y otras son provocadas por el propio sistema inmune. Podemos tener un déficit en la función, a lo que llamamos “inmunodeficiencia”, o podemos perder la capacidad de discernir entre lo propio y lo extraño, a lo que denominamos “autoinmunidad”. Se estima que la autoinmunidad afecta a dos personas de cada cien. Aunque esta proporción parece baja, en números reales representa millones de seres humanos.

Cuando una o varias de las células y factores que integran al sistema inmune no se producen en cantidad suficiente o no son capaces de responder adecuadamente, estamos tratando con un problema de inmunodeficiencia. Existen dos tipos de inmunodeficiencias: la congénita, que se presenta desde el nacimiento del individuo, y la adquirida, que se desarrolla después de que un factor particular induce el desorden.

Las inmunodeficiencias congénitas son de varios tipos; en algunos se afecta a una sola parte del sistema (por ejemplo un tipo de célula),

mientras que en otros se ve alterada la totalidad del sistema. Cuando la deficiencia es parcial, el individuo suele padecer infecciones muy frecuentes, pero el tratamiento con medicamentos y cuidados especiales le permite vivir. Cuando la inmunodeficiencia es combinada, las personas viven continuamente con infecciones y desarrollan cánceres; normalmente no alcanzan a llegar a la madurez, sino que mueren en la infancia o en la juventud, aun con medicamentos. Un dramático ejemplo de este tipo de inmunodeficiencia fue el
“Niño de la burbuja”. Este caso fue muy difundido, pues la severidad de su inmunodeficiencia hacía imposible que el niño tuviera algún contacto con el medio ambiente, por lo que le crearon un ambiente estéril. Vivía dentro de un traje especial que filtraba el aire que respiraba e impedía que cualquier agente patógeno llegara a él; los alimentos que injería eran esterilizados totalmente, y el cuarto donde moraba estaba completamente libre de cualquier bacteria o virus. A pesar de todas estas precauciones, el niño murió a los diez años por una infección viral.

 

Un ejemplo de la inmunodeficiencia adquirida es el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, o sida. Esta enfermedad se debe a una infección por el VIH, que infecta y destruye a los linfocitos Th (también llamados CD4+). Cuando el número de células CD4+ en la sangre del individuo infectado disminuye drásticamente, ya no puede hacer frente a organismos presentes en el ambiente y enferma con mucha frecuencia. Los síntomas que generalmente asociamos con esta enfermedad son el desarrollo de ciertos tipos de cáncer, como el sarcoma de Kaposi, y la aparición recurrente de infecciones oportunistas que son producidas por microorganismos generalmente presentes en el ambiente, a los que son resistentes las personas sanas. Como ejemplo de estas infecciones, podemos mencionar las producidas por bacterias, hongos o parásitos. De hecho, los que padecen sida no mueren por el virus o por la pérdida de células, sino por las enfermedades que no pueden controlar.

Por otro lado, los problemas de autoinmunidad ocurren cuando el sistema inmune responde a componentes propios del organismo (como proteínas, azúcares o ácidos nucleicos), dañá ndose a sí mismo. Entre estas enfermedades podemos mencionar la artritis reumatoide, el lupus eritematoso sistémico y el síndrome de Sjögren. La primera se debe al depósito de complejos inmunes en las articulaciones, lo que provoca inflamación, dolor y malformación en ellas. En el lupus eritematoso sistémico las personas generan anticuerpos contra su ADN y contra sus proteínas, lo que provoca la destrucción de sus órganos. El síndrome de Sjögren aparece generalmente en mujeres y se debe a que se produce una respuesta que destruye las glándulas salivales y lagrimales, por lo que los pacientes no pueden producir lágrimas ni saliva. En estos casos no se sabe qué es lo que origina la producción de anticuerpos y células que atacan a su propio organismo.

Otro tipo de autoinmunidad se debe a que después de una infección viral o bacteriana se desarrolla una respuesta inmune contra las moléculas de los patógenos que se parecen a las proteínas propias (mimetismo molecular), por lo que la respuesta inmune contra aquéllos despierta una respuesta autoinmune. La diabetes mellitus tipo II y la esclerosis múltiple son ejemplos de este tipo de enfermedades; en el primer caso se dest ruyen las células b pancreáticas de los islotes de Langerhans, y en el segundo la mielina que recubre los nervios, lo que causa serios daños que conducen a estados clínicos graves.

Otras patologías del sistema inmune son el asma y las alergias, debido a una respuesta inmune excesiva a ciertas proteínas que deberían ser toleradas por el individuo. Por ejemplo, en el ambiente siempre hay polen que no provoca ningún daño, pero ciertos individuos producen anticuerpos tipo IgE contra el polen, los que desencadenan violentas respuestas para eliminarlo, como lagrimeo, tos, inflamación y otras.

Finalmente, aunque las razones por las cuales aparecen estas enfermedades aún se desconocen, se sospecha que están relacionadas con la información genética de las personas.

Las vacunas

Con mucha frecuencia escuchamos o utilizamos la palabra vacuna en nuestro lenguaje cotidiano, pero, ¿qué es en realidad una vacuna?, ¿qué hay detrás de ella?, ¿cómo funciona? El objetivo de una vacuna es preparar o alertar al organismo en contra de aquellos agentes que pueden causar enfermedades, es decir, es una muestra del patógeno, ya sea completo (pero en condiciones en que no causa la enfermedad) o sólo fragmentos de él, que se le administra al organismo con la intención de que prepare defensas en su contra, de manera que si el agente infeccioso se presenta, el sistema lo reconozca y utilice las defensas que creó para evitar así la infección.

Las vacunas son el descubrimiento médico que ha salvado más vidas y asimismo un factor que ha aumentado de manera significativa la calidad de vida de la humanidad, ya que desde que se descubrió la protección que ellas brindan se han convertido en el primer recurso para la prevención de enfermedades infecciosas. En efecto, han logrado prevenir enfermedades, tanto en los seres humanos como en los animales, que antes de su aparición eran verdaderos azotes; por ejemplo, la vacuna contra la viruela logró la eliminación del virus que la causaba gracias a los esfuerzos hechos por la Organización Mundial de la Salud.

Hace 3 mil años, se comenzaron a desarrollar en China medidas específicas para la prevención de enfermedades graves a partir de la adquisición de una forma más benigna de la misma enfermedad. Esto se hacía a través de la variolización, que consistía en inocular la piel de personas sanas con las costras secas o el líquido de las pústulas de pacientes que sobrevivían a la viruela. Tal proceso causaba una infección limitada poco grave y provocaba una mortalidad más reducida que la que producía un brote epidémico, y posteriormente libraba al sujeto de contraer la viruela. Este procedimiento fue sustituido siglos después por la vacuna antivariolosa de Edward Jenner (1749-1823), un médico inglés que estudió la observación popular de que los ordeñadores de las vacas eran inmunes a la viruela, lo que se relacionaba con el contagio accidental de una infección benigna de estos animales que era simi lar a la viruela humana. A partir de 1796, comenzó a vacunar a los niños, y en 1798 demostró que quienes eran vacunados resistían ventajosamente las epidemias de viruela subsiguientes. Fue tan exitosa esta vacuna que el 26 de octubre de 1977 se presentó el último caso de viruela, lo que ocurrió en Merka, Somalia.

Después de la vacuna de Jenner, debió de transcurrir casi un siglo para que se dispusiera de nuevas preparaciones profilácticas. Gracias a los trabajos de Louis Pasteur se descubrió que los agentes causales de muchas enfermedades infecciosas eran agentes microbianos (bacterias). En ese entonces, él en Francia y Robert Koch en Alemania obtuvieron los primeros cultivos bacterianos responsables de algunas enfermedades de animales y seres humanos. Pasteur hizo los primeros experimentos con vacunas atenuadas en la enfermedad del cólera en las gallinas, causada por la bacteria Pasteurella multocida. Notó que cuando los cultivos viejos eran inyectados en las gallinas sanas, éstas no desarrollaban la enfermedad, ni siquiera cuando eran inyectadas después con la bacteria fresca. A este proceso Pasteur le llamó “atenuación”, y al proceso de inyectar a un individuo sano con un patógeno atenuado “vacunación” en honor a Jenner. Pasteur, además, logró atenuar y utilizar como vacuna a bacterias como la del ántrax (Bacillus anthracis), atenuadas al hacerlas crecer en diferentes condiciones de temperatura; la de la erisipela porcina (Erysipelothrix rusopathie), atenuada por varios pasajes en conejos, y al virus de la rabia, que fue atenuado al ponerlo a crecer en el tejido nervioso de ratones recién nacidos.

Durante todo el siglo XIX y principios del XX se hicieron muchos intentos para obtener vacunas contra bacterias que se habían identificado como agentes causales de varias enfermedades graves, de manera que la vacunación comenzó a tener un gran impacto en toda la sociedad y no sólo entre los médicos y el personal de salud. Se generaron amplias expectativas y se consideró la posibilidad de aplicarlas para prevenir otro tipo de enfermedades como el cáncer, para lo cual actualmente se realizan importantes investigaciones.

En las últimas dos décadas se han hecho descubr imientos fenomenales en diferentes campos de la ciencia, como la inmunología, la biología molecular, la genómica, la proteómica, la fi sicoquímica y la computación. Estos descubrimientos han revolucionado de manera muy importante el presente y el futuro de las vacunas, desde su diseño, formulación y producción, hasta la manera de probarlas y administrarlas. Hoy en día se puede vacunar de manera exitosa con proteínas que se encuentran en los patógenos, que son muy atractivas para el sistema inmune y que se pueden sintetizar en el laboratorio, purificar y aplicar como vacunas, a las que se les conoce como “vacunas recombinantes”; es el caso, por ejemplo, de las vacunas contra la hepatitis B y la tosferina .

Hay otras formas de inducir protección, y una de las más modernas es la vacunación génica, que consiste en que, una vez que se conoce la secuencia de ADN que codifica para un fragmento de proteína del patógeno contra el cual se quiere proteger, se puede incorporar dicha secuencia en una estructura molecular llamada plásmido, que tiene la capacidad de expresarse en las células del individuo a proteger, de manera que sus mismas células fabriquen de manera constante la proteína vacunal. Así, ya no es necesario el proceso de purificación de proteínas, el que puede ser bastante complicado y costoso.

Teóricamente, ahora se tienen las herramientas para desarrollar vacunas seguras y eficientes en contra de casi cualquier patógeno; sin embargo, la realidad es que hay muy pocas enfermedades, en relación al total de patógenos, contra los que se ha tenido éxito en la elaboración de vacunas, lo que se ha visto inf luido muchas veces por la complejidad de los patógenos, como es el caso de los parásitos pluricelulares, en contra de los cuales solamente hay una vacuna que ha demostrado tener una elevada eficiencia y que es la que se destina en contra de la cisticercosis.

La investigación sobre las vacunas es muy importante ya que brinda la posibilidad de prevenir o disminuir la gravedad de las enfermedades, lo que es más fácil y más barato que tratar de curarlas, pero aún queda mucho por hacer.

La genómica y la medicina del siglo XXI

En el año 2001 se publicó la secuencia del genoma humano, lo que fue un gran avance para la humanidad. Mas, ¿qué es el genoma humano y qué significado tiene para la ciencia, y en particular para la medicina y la inmunología? Este es el conjunto completo de nuestra información genética. Contar con la secuencia del genoma humano es como tener una biblioteca gigante que contiene la secuencia de bases del ADN de nuestra especie. El ADN es la molécula que guarda la información genética de los seres vivos y se asemeja a una escalera de caracol cuyos peldaños están constituidos por pares de bases nitrogenadas. Hay cuatro bases diferentes, y la secuencia de ellas en unidades denominadas “genes” son como el plano de construcción y mantenimiento de los seres vivos.

La secuencia de bases en los genes determina la estructura primaria de las proteínas, que son las moléculas que controlan la estructura y actividad metabólica de las células que constituyen nuestro cuerpo y, por ende, determinan cómo somos y cómo funcionamos. Determinar la secuencia del ADN de la especie fue una tarea titánica, pues nuestra escalera de ADN tiene 2,900 millones de peldaños. Ello nos brinda una gran cantidad de información que puede usarse para conocer desde la historia de nuestra especie hasta todos los genes (y proteínas) que realizan el gran trabajo bioquímico coordinado que significa la vida humana.

Aunque se puede hablar del ADN de nuestra especie, cada individuo (a excepción de los gemelos idénticos) es genéticamente único. ¿En qué consiste nuestra individualidad? Aunque todos tenemos los mismos genes, hay variaciones entre los genes indiv iduales en la población humana. En la mayoría de los casos, tales cambios son pequeñísimos (una de mil bases, por ejemplo), pero son muy significativos en la determinación de nuestras características particulares. Es evidente que podemos distinguir características tan específcas como nuestro color de ojos, estatura o forma de la nariz, pero existen otras diferencias que no vemos pero que nos pueden hacer susceptibles o resistentes a algún padecimiento en particular.

¿Qué importancia tiene contar con esta información para los fines de la salud? En particular, en el caso de enfermedades que se deben a un mal funcionamiento del sistema inmune, ha permitido crear una infinidad de nuevas posibilidades; en el caso de las inmunodeficiencias congénitas, se ha intentado introducir los genes faltantes a los pacientes que las padecen. En este tipo de casos el éxito ha sido parcial. Se logró sacar de su burbuja estéril a niños con inmunodeficiencia severa mediante terapia génica, pero desgraciadamente todos los pacientes murieron en el periodo de un año. La terapia génica es la introducción de secuencias de ADN en el paciente para remediar una enfermedad congénita en sus orígenes y tiene dos vertientes: una es para la eliminación específica de tejidos —por ejemplo tumores— a los que no se puede llegar por cirugía, y la otra sirve como vía para la administración de genes, secuencias pequeñas de ADN o inhibidores de genes en células particulares y en lugares precisos dentro de éstas. Una gran cantidad de investigación se está llevando a cabo para la generación de estos productos y para mejorar las vías para llevarlos al interior de las células (por ejemplo, a través de vectores virales). Para poder hacer lo anterior, se tiene que contar con un conocimiento muy profundo de los virus que se usarán y de los tejidos a los que se dirigirán los tratamientos.

El segundo problema es el de las enfermedades autoinmunes. Dichas enfermedades representan uno de los mayores retos en la investigación biomédica por el gran número de personas afectadas en todo el orbe y porque no existe un tratamiento curativo, pues todos son básicamente paliativos, esto es, que sólo alivian algunos de los síntomas. El problema de tales enfermedades es que no se deben a un solo factor sino a muchos, es decir, intervienen factores genéticos, hormonales y ambientales en su desarrollo. Para poder atacar esas enfermedades a fondo, lo primero es entender cómo se desarrollan. Aquí es donde interviene la genómica, que ayuda a identificar los genes que predisponen a un individuo a desarrollar este tipo de enfermedades.

El “modelo de ratón” ha sido de gran utilidad para la identificación de los genes que predisponen a las enfermedades autoinmunes en el ser humano. Aunque esto parece extraño, bioquímica e inmunológicamente no somos tan diferentes de los ratones, pues la mayor parte de los genes del ratón tienen sus homólogos en el hombre. Esto se facilita porque también se cuenta con la secuencia completa del genoma del ratón. Una vez identificados los genes humanos que predisponen a la autoinmunidad, se hacen análisis estadísticos de las poblaciones afectadas por una enfermedad particular, o sea, se analizan los genes de pacientes que padecen la enfermedad en comparación con los de los individuos sanos y se identifican las variantes genéticas dañinas.

Siguiendo este tipo de estrategias, se han identificado genes particulares que intervienen en la susceptibilidad a diversas enfermedades autoinmunes. Por ejemplo, para la artritis reumatoide se encontró un gen denominado NCF que predispone a la enfermedad; de hecho, las deficiencias en este gen producen la destrucción del cartílago por linfocitos T. En este caso, se comprendió que el defecto aparece en el momento de la presentación del antígeno, antes de que los linfocitos se infiltren en la articulación, lo que fue algo inesperado para los científicos encargados de la investigación.

En el caso de otra enfermedad autoinmune, el lupus eritematoso sistémico, se han encontrado distintos locus, esto es, regiones de ADN que contienen varios genes que participan en la predisposición a padecer dicha enfermedad. En éstas se encuentran genes que colaboran en el funcionamiento del sistema inmune en distintos niveles; por ejemplo, en la presentación de antígenos, en la activación de los linfocitos, en la expresión de citocinas y también en la muerte celular de las células activadas. En otras palabras, puede haber distintas causas genéticas para la misma enfermedad. Se habla de un “umbral aditivo” en el desarrollo de la enfermedad, o sea que se requiere un número mínimo de genes defectuosos, en conjunto con factores ambientales y hormonales, para que aparezcan los síntomas.

En el caso del síndrome de Sjögren, se encontró que las células superficiales de las glándulas salivales expresaban una molécula de muerte celular que las conducía a la muerte celular programada. En este tipo de pacientes se está tratando de evitar la expresión de la molécula de muerte mediante terapia génica, entre otras cosas; el reto es hacer llegar a la célula el antídoto que evite que ese gen de muerte se exprese; además, se está tratando de introducir dicho antídoto a las células mediante un vector viral que no genera enfermedad pero que puede llevar a la célula este importante mensaje. Los virus son “expertos” para entrar en la célula y expresar sus proteínas, por lo que son un medio de entrega que se está considerando en la terapia génica.

La genómica también nos está ayudando a comprender el origen de las enfermedades autoinmunes y a diagnosticar a las personas susceptibles. El poder diagnosticar a los individuos propensos permitirá que se controlen a tiempo los factores ambientales y hormonales y se evite lo más posible la aparición de la enfermedad.

Pero el reto no termina aquí, pues se debe de tener una cura cuando la enfermedad aparece. Para esto se está haciendo uso del conocimiento que se ha acumulado en los campos de la biología celular y la inmunología molecular, que nos indica cómo funcionan las células del sistema inmune y cómo se comunican éstas en su conjunto. Diversas investigaciones han generado fármacos que pueden remediar los puntos en los que las células funcionan mal a un nivel muy preciso, afectando sólo sus funciones defectuosas en lugar de inhabilitarlas por completo, como lo hacen muchos de los medicamentos que se usan.

En resumen, se espera que la medicina del siglo XXI disponga de fármacos dirigidos a las disfunciones celulares que sean específicos para corregir los problemas que originan la enfermedad y para los que hasta ahora no existe cura. Además, se espera que podrán hacerlo sin efectos colaterales y sin dañar otras partes de nuestro cuerpo. Queda mucho trabajo por hacer, pero los primeros pasos ya han sido dados y se vislumbra un panorama optimista.

* Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Av.
Universidad 1001, Chamilpa, Cuernavaca, México, tel. y fax
(777)3-29-70-89, correo electrónico:
farmaciauaem@yahoo.com.mx.