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El agua: ¿una crisis ignorada?

Carolina Andrea Ochoa Martínez*


Es de todos sabido que uno de los principales factores para la vida es el agua, aunque no todos estamos conscientes de lo que es. El agua es el líquido más importante en nuestro planeta ya que cubre las tres cuartas partes de la superficie total, forma parte esencial en el desarrollo de los seres vivos, nos provee de energía, es fuente de vida; sin ella, los campos estarían secos, moriríamos de sed y no podríamos asearnos; simplemente, no existiría la humanidad tal como la conocemos.

A través de la historia del hombre, este esencial líquido ha sido un elemento decisivo para el progreso o fracaso de las civilizaciones: así como favorece su desarrollo, crecimiento y evolución cuando se tiene en cantidades suficientes y se le da un manejo racional con la calidad adecuada, también se torna en un feroz enemigo cuando escapa a todo control humano y provoca desastres que han marcado nuestra historia.

El agua circula en la hidrosfera (espacio que va desde los quince kilómetros inferiores de la atmósfera hasta un kilómetro por debajo de la litosfera o corteza terrestre) a través de un laberinto de caminos que constituyen el llamado ciclo hidrológico, que no tiene principio ni fin y cuyos diversos procesos ocurren en forma continua. Veámoslos.

El agua se evapora desde la superficie del océano, cuerpos de agua y superficies con vegetación (evaporación); hecho esto, se eleva, el aire humedecido se enfría y el vapor se condensa (condensación). Las gotas se juntan y forman una nube, y luego caen por su propio peso (precipitación). Si la temperatura en la atmósfera está por debajo de los 10°C aproximadamente, el agua cae como nieve o granizo; si está por arriba de esta temperatura, entonces caerán gotas de lluvia.

En el desarrollo de las actividades de los seres vivos, la lluvia y la nieve suelen ser molestas, pero lo cierto es que la precipitación constituye la principal fuente de agua para todos los usos humanos y ecosistemas. Esta es recogida por las plantas y el suelo, parte de ella se evapora en la atmósfera mediante la evapotranspiración, y corre hasta el mar o hasta los
lagos y humedales a través de los ríos. El agua de la evapotranspiración mantiene los bosques, las tierras de pastoreo y de cultivo no irrigadas.

El agua en cifras

Del total de agua que hay en el planeta, los océanos almacenan 1,350 millones de kilómetros cúbicos (km3), mientras que en los continentes se
divide de la siguiente forma: los glaciares abarcan 227.8 millones de km3, las aguas superficiales sólo 8.06 millones, los ríos y lagos contienen una
porción más pequeña, cercana a 0.225 millones, y la atmósfera únicamente contiene 0.013 millones de km3.

La demanda de agua se ha incrementado seis veces en el último decenio, lo que equivale al doble de la tasa de crecimiento demográfico. En 1900, el consumo era de 250 metros cúbicos (m3), mientras que en la actualidad es de 700 m3 por persona al año. En Canadá, esta cifra se duplica, por lo que el país ocupa, por este concepto, el segundo lugar después de Estados Unidos. De continuar con este ritmo acelerado de gasto, en el año 2025 dos de cada tres personas enfrentarán graves problemas debido a la escasez de agua. Es importante señalar que por cada metro cúbico de aguas residuales contaminadas que se descargan en acuíferos, se vuelven no aptos para el consumo entre 8 y 10 metros cúbicos de agua pura.

Cada año, alrededor de 3.4 millones de personas, niños en su mayoría, mueren víctimas de enfermedades relacionadas con el agua, y aproximadamente 2.2 millones de personas fallecen por enfermedades diarreicas vinculadas a servicios insuficientes de abastecimiento de agua, saneamiento e higiene.

Los recursos hídricos mexicanos están constituidos por ríos, arroyos, lagos, presas y lagunas, así como por almacenamientos subterráneos y grandes masas de agua oceánica; la contribución de los glaciares es mínima. Debido al clima tan diverso del país, en casi todos los ríos existe una importante diferencia entre el volumen de agua que cae en la época de secas y en la de lluvia, acentuada principalmente por las obras de retención de agua y su uso para irrigación. En la superficie de la República Mexicana se registra una precipitación pluvial media al año de 777 litros por metro cuadrado, lo que equivale a un volumen aproximado de 1.52 billones de m3 anuales.

Como afirma la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), “la distribución del agua en el país presenta fuertes contrastes. En el sureste, que abarca cerca de 15% del territorio nacional, se concentra 42% de los escurrimientos fluviales; mientras que en el altiplano del centro y la parte norte del país, 36% del territorio, se localiza sólo 4% de los escurrimientos. El escurrimiento en los ríos se estima en 410 mil millones de m3 al año, mientras que el almacenamiento en cuerpos naturales, como lagos y lagunas, se calcula en 14 mil millones de m3. En amplias zonas la deforestación y la erosión del suelo producen un aumento en el escurrimiento superficial y la disminución de la infiltración del agua de lluvia”.

La Ciudad de México, que fue antes un hermoso valle, se ha estado hundiendo por la cantidad de agua que se ha extraído del subsuelo. Sin embargo, en los últimos quinientos años los lagos se han desecado, y talado los bosques que rodean a la metrópoli. A medida que la ciudad crecía, el problema del agua era cada vez más grave. Esa ciudad afronta ahora el riesgo de verse privada de agua potable. ¿Cuántas ciudades en México o en el estado de Veracruz siguen este camino?

¿Existe una crisis del agua?

Actualmente, el mal uso del agua por parte de los seres humanos está provocando un gran desequilibrio en la naturaleza. Sólo 2.53% del agua es dulce, el resto es salada, y por ello es conveniente que la población mundial tome conciencia sobre el adecuado manejo de este precioso líquido.
Todas las señales parecen indicar que efectivamente existe una situación que está empeorando y que continuará haciéndolo, a no ser que la conciencia del ser humano logre comprender el daño que hacemos día a día a la Tierra y, por consiguiente, a nosotros mismos, porque tarde o temprano llegaremos a terminar con este recurso que, aunque no lo parezca, es finito. Se trata, pues, de una crisis de los recursos hídricos, causada esencialmente por su utilización inadecuada.

El agua tiene diversos usos o aplicaciones, entre las que cabe mencionar, por su grado de importancia, el consumo humano (tal vez la más importante, ya que nos sirve para beber, cocinar, asearnos, etc.), irrigar campos agrícolas, producir electricidad y otros múltiples usos industriales. En este último rubro, se produce la mayor cantidad de contaminación debido a los diferentes componentes químicos que manejan las distintas industrias y que manipulan a voluntad, enfermando así los ríos, mares y lagunas sin importarles las consecuencias. El consumo de agua de estas empresas es dos veces mayor que el doméstico en todo el mundo. En realidad, se trata fundamentalmente de un problema de actitud y de comportamiento, en su mayor parte conocido pero al mismo tiempo pasado por alto por la sociedad.

En efecto, el mayor problema del agua es la contaminación, pero ésta va más allá de las aguas superficiales, pues afecta de igual modo a las aguas subterráneas, las cuales pueden contaminarse de muchas maneras.
Muchos productos domésticos contienen gran cantidad de sustancias químicas orgánicas que, al ser descargadas en tanques sépticos y líneas de desagüe, llegan hasta el nivel freático. Las descargas de los tanques que se infiltran en el suelo son una fuente potencial de contaminación del agua subterránea, pues generalmente van saturadas de agua sucia doméstica e industrial en la que comúnmente se encuentran diversos microorganismos perjudiciales, así como numerosos compuestos sintéticos orgánicos e inorgánicos. De igual manera, algunas actividades comerciales —como servicios automotrices, lavado de autos e imprentas— resultan ser los mayores contaminantes del agua subterránea. Algunas operaciones realizadas en el ámbito agrícola la afectan al elevar la cantidad de pesticidas y sales orgánicas, disminuyendo considerablemente su calidad.

Cuando llueve sobre los basureros o rellenos sanitarios, se infiltra hacia el suelo una gran cantidad de contaminantes en la forma de una mezcla acuosa que tiene el desafortunado nombre de lixiviado.

El lixiviado es el factor principal en la generación de enfermedades gastrointestinales. Antiguamente, estos rellenos sanitarios se ubicaban lejos de las comunidades, pero el desarrollo acelerado de la población y la creciente necesidad de espacios para vivir han llevado a muchas familias a establecerse cerca de estos focos de infección.

Cuando la atmósfera recibe fuertes dosis de óxidos de azufre y nitrógeno, estos compuestos, debido a las complejas reacciones químicas en que participan, se convierten parcialmente en ácidos sulfúrico y nítrico. Algunas de esas partículas ácidas desaparecen, pero otras se impactan contra el suelo, edificios, plantas, en lo que recibe el nombre de “precipitación seca”. Otras permanecen en la atmósfera, donde se combinan con la humedad de las nubes y caen con la lluvia, la nieve y el rocío: es la lluvia ácida. Este tipo de lluvia es otro de los factores que afectan la calidad del agua subterránea, pues incrementa la movilidad y el lixiviado de metales pesados en el suelo, dando lugar así a un aumento de las reacciones químicas en él y en las rocas que afectan la calidad del agua subterránea debido a su creciente mineralización.

Durante años, el mal uso de los recursos hídricos ha afectado no sólo la cantidad sino también la calidad del agua. Sus efectos deben ser atendidos frenando y revirtiendo las tendencias de deterioro para transitar hacia un desarrollo sustentable.

Tal vez no sea tan fácil para nosotros comprender y valorar la magnitud del problema, pero debemos pensar en las siguientes generaciones y preguntarnos qué queremos para ellas.

Es tiempo de hacer conciencia

La crisis del agua debe situarse en una perspectiva más amplia. No es posible que una porción inadmisiblemente grande de la población mundial no tenga aún acceso al agua potable, y que más de la mitad no pueda sanearla. Algunos de los puntos principales para evitar que esta crisis se agudice podrían ser, entre muchos más, hacer consciente a la población sobre la importancia de este recurso y proporcionarle la información adecuada sobre su manejo, restringir gradualmente el uso indiscriminado del agua a las industrias mediante leyes que regulen su utilización, establecer plantas de reciclaje para las aguas residuales y administrarlas adecuadamente para que
brinden un mejor servicio, promover proyectos innovadores en esta área y aumentar el número de lugares de almacenamiento. Según el informe de la Comisión Nacional del Agua de 1999, existe en México un total de mil plantas tratadoras de aguas residuales municipales, con un caudal de 42.3 m3 por segundo, pero sólo 29 m3 caen dentro de la normatividad vigente. De continuar así el uso de este elemento, el planeta padecerá una creciente escasez, la que en el último siglo se ha disparado sin que la mayoría de la población tome conciencia de lo que está sucediendo; de no tomarse las medidas y precauciones necesarias, los usos que hasta hoy le damos se verán imposibilitados y se pondrá en riesgo la sobrevivencia de la sociedad.
La medida más adecuada que podríamos tomar es la de racionalizar el uso del agua para que cada habitante del orbe tenga la necesaria para vivir. Pero, ¿podremos algún día frenar esta crisis que nos puede llevar a terminar con nuestra propia existencia? La respuesta depende de nosotros.

* Facultad de Instrumentación Electrónica de la Universidad
Veracruzana, Circuito Gonzalo Aguirre Beltrán s/n, Zona
Universitaria, Xalapa, Ver., tel. (228) 842-17-46,
correo electrónico: orac8a@hotmail.com.


Para el lector interesado
Campos A., D. (1998). Procesos del ciclo hidrológico. San Luis Potosí, S.L.P. (México): Editorial Universitaria Potosina.
CONABIO (1998). Diversidad biológica de México. Estudio de país. México:
Autor.
Chilavert, J.M. (1999). Cambios climáticos: Una aproximación al sistema
Tierra. Madrid: Ediciones Literarias.
Millán, J. y Concheiro, A. (2000). México 2030: nuevo siglo, nuevo país.
México: Fondo de Cultura Económica.